El modernismo está vivo

Hace unos días, una persona nos envió una interesante consulta surgida, al parecer, al proponerse defender la verdad católica en los ambientes eclesiales que frecuenta con ayuda del caudal de documentos magisteriales que ofrece el Denzinger-Bergoglio. Por parecer, a primera vista, un problema enmarañado, nos pide una ayuda que gustosos le vamos a ofrecer, seguros de que la respuesta será útil no sólo en su caso sino en el de muchos de nuestros seguidores.

Antes de nada, queremos elogiar la sabia prudencia demostrada al no dejarse desanimar por un sofisma que, como bien nos dice, con buena fe se nota que es falso aunque no se disponga de la argumentación doctrinal para rebatirlo adecuadamente. Gracias a Dios, también aquí el magisterio de la Iglesia nos dará respuestas convincentes. Cabe decir también que es elocuente síntoma de espíritu católico recurrir con humildad al auxilio de la enseñanza de la Iglesia con la finalidad de salvaguardar la propia fe y, más aún, notar la presencia de la herejía aun sin suficientes conocimientos teológicos. ¿Herejía? Antes de meternos en harina… leamos el pedido a que hacemos mención:

“Hola. Encuentro el problema de que hay quienes (me refiero a referentes, catequistas, sacerdotes) ante las pruebas basadas en el Magisterio dicen que está bien pero que eso era para otro momento de la historia, que “hay que interpretar lo que Cristo nos dice HOY, para nuestra realidad concreta, como Iglesia que camina en este momento concreto de la historia, etc.”, y también oponen la doctrina a “la experiencia personal de encuentro con Dios”, como si fueran excluyentes y buscar la VERDAD enseñada por la Iglesia nos alejara de un encuentro auténtico con el Señor, más basado en lo emocional. Necesito orientación para responder a esto, que me doy cuenta de que es falso pero no tengo suficiente formación para rebatirlo. Me parece fundamental porque con eso anulan toda argumentación basada en el Magisterio. Del mismo modo para los errores de la Teología de la Liberación, que en Hispanoamérica se ha asumido en muchos sitios. Pienso que estos dos temas presentados con la claridad que ustedes lo hacen sería importantísimo.”

Prestemos atención a los pretendidos argumentos: “Hay que interpretar lo que Cristo nos dice hoy, para nuestra realidad concreta, como Iglesia que camina en este momento concreto de la historia”; oponer la doctrina “a la experiencia personal de encuentro con Dios” como si fueran excluyentes… Confesamos que al leer esto tuvimos un primer momento de horrorizada sorpresa, aunque después nos dimos cuenta que no era tan asombroso. Sí, porque justamente los argumentos que presentan los interlocutores –¡catequistas y sacerdotes!– son, ni más ni menos, que la espina dorsal de una doctrina que fue definida por el papa San Pío X como “conjunto de todas las herejías”, esto es el Modernismo. No es de extrañar que estas personas desprecien los documentos del magisterio pues, como bien decía el Santo Pontífice, “tres son principalmente las cosas que tienen por contrarias a sus conatos: el método escolástico de filosofar, la autoridad de los Padres y la tradición, el magisterio eclesiástico”. Curioso… justo aquello que el Denzinger-Bergoglio presenta a sus lectores como elementos de juicio.

 El Modernismo fue todo un sistema de doctrinas desenmascarado por San Pío X a través, principalmente, de una magnífica encíclica llamada Pascendi Dominici Gregis cuya genialidad consistió en presentar dicho sistema –cuyo pensamiento estaba hasta el momento disperso entre los entresijos de mil disciplinas y autores aparentemente inconexos– de forma coherente y estructurada, o sea, como un todo. Sería demasiado trabajoso y huiría de nuestro presente objetivo hacer ahora un estudio detallado sobre todo este tema. Pero lo que nos interesa es mostrar que, justamente, los argumentos que presentan esos “sacerdotes y catequistas” constituyen la tesis fundamental de los modernistas. Para ellos, esas fórmulas –dicen en tono medio despectivo– que los católicos verdaderos llamamos dogmas, están sujetas a constante mutación. Sí, dicen que el dogma no sólo puede desarrollarse y cambiar, sino que necesariamente debe hacerlo. En función de eso debería hacerse una distinción fundamental entre el significado concreto de las fórmulas y el impulso religioso y moral que mana del ser humano. Esa misteriosa “experiencia personal de encuentro con Dios” supuestamente puede contradecir lo que la Iglesia nos enseña, por lo que una adhesión excesiva a las fórmulas ahogaría, sin duda, lo que ellos consideran la verdadera religión. Menuda ensalada ¿no? Para mejor entenderlo, veamos lo que nos dice al respecto la propia encíclica Pascendi Dominici Gregis y varios documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe. (Como de costumbre, los subtítulos son nuestros para mejor comprensión del tema).


Tesis modernistas fundamentales desenmascaradas en la Encíclica Pascendi


1- La fe no es infundida por Dios, sino que surge del interior del hombre por la natural búsqueda de lo divino que anida en él

Siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino. Por otra parte, como esa indigencia de lo divino no se siente sino en conjuntos determinados y favorables, no puede pertenecer de suyo a la esfera de la conciencia; al principio yace sepultada bajo la conciencia, o, para emplear un vocablo tomado de la filosofía moderna, en la subconsciencia, donde también su raíz permanece escondida e inaccesible. (Pío X, Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, I, n. 5)

2- Así siendo, la fe no pasaría de un sentimiento, el cual sería el punto de partida de la religión

¿Quiere ahora saberse en qué forma esa indigencia de lo divino, cuando el hombre llegue a sentirla, logra por fin convertirse en religión? Responden los modernistas: la ciencia y la historia están encerradas entre dos límites: uno exterior, el mundo visible; otro interior, la conciencia. Llegadas a uno de éstos, imposible es que pasen adelante la ciencia y la historia; más allá está lo incognoscible. Frente ya a este incognoscible, tanto al que está fuera del hombre, más allá de la naturaleza visible, como al que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo (lo cual es puro fideísmo) suscita en el alma, naturalmente inclinada a la religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver en sí mismo la propia realidad de Dios, bajo el doble concepto de objeto y de causa íntima del sentimiento, y el unir en cierta manera al hombre con Dios. A este sentimiento llaman fe los modernistas: tal es para ellos el principio de la religión. (Pío X, Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, I, n. 5)

3- La revelación se verifica a partir de este sentimiento religioso. Resultado, éste se erige en norma universal, siendo irrelevantes las enseñanzas de la Iglesia

Pero no se detiene aquí la filosofía o, por mejor decir, el delirio modernista. Pues en ese sentimiento los modernistas no sólo encuentran la fe, sino que con la fe y en la misma fe, según ellos la entienden, afirman que se verifica la revelación. Y, en efecto, ¿qué más puede pedirse para la revelación? ¿No es ya una revelación, o al menos un principio de ella, ese sentimiento que aparece en la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento religioso se manifiesta al alma aunque todavía de un modo confuso? […] De aquí la indistinta significación de conciencia y revelación. De aquí, por fin, la ley que erige a la conciencia religiosa en regla universal, totalmente igual a la revelación, y a la que todos deben someterse, hasta la autoridad suprema de la Iglesia, ya la doctrinal, ya la preceptiva en lo sagrado y en lo disciplinar. (Pío X, Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, I, n. 6)

4- De la expresión de este sentimiento religioso, surgen después, por el concurso de la inteligencia, las fórmulas que resumen tal concepto erróneo de “fe”

En aquel sentimiento, dicen, del que repetidas veces hemos hablado, porque es sentimiento y no conocimiento, Dios, ciertamente, se presenta al hombre; pero, como es sentimiento y no conocimiento, se presenta tan confusa e implicadamente que apenas o de ningún modo se distingue del sujeto que cree. Es preciso, pues, que el sentimiento se ilumine con alguna luz para que así Dios resalte y se distinga. Esto pertenece a la inteligencia, cuyo oficio propio es el pensar y analizar, y que sirve al hombre para traducir, primero en representaciones y después en palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. De aquí la expresión tan vulgar ya entre los modernistas: ‘el hombre religioso debe pensar su fe’. La inteligencia, pues, superponiéndose a tal sentimiento, se inclina hacia él, y trabaja sobre él como un pintor que, en un cuadro viejo, vuelve a señalar y a hacer que resalten las líneas del antiguo dibujo: casi de este modo lo explica uno de los maestros modernistas. (Pío X, Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, I, n. 9)

5- De estas aserciones de la inteligencia, surgirán aquellas fórmulas que, sancionadas por la Iglesia, se transforman en dogmas

En este proceso la mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después, refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el dogma. (Pío X, Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, I, n. 9)

6- Resultado: los dogmas no pasan de fórmulas para dar soporte racional a la mencionada experiencia religiosa, pero nunca podrán ser absolutas, pues deben acomodarse al sentimiento religioso, tal como es vivido en un momento histórico concreto

Ya hemos llegado en la doctrina modernista a uno de los puntos principales, al origen y naturaleza del dogma. […] Para entender su naturaleza es preciso, ante todo, inquirir qué relación existe entre las fórmulas religiosas y el sentimiento religioso del ánimo. No será difícil descubrirlo si se tiene en cuenta que el fin de tales fórmulas no es otro que proporcionar al creyente el modo de darse razón de su fe. Por lo tanto, son intermedias entre el creyente y su fe: con relación a la fe, son signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se relaciona con el sentimiento religioso. Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez, el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. (Pío X, Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, I, n. 10)

Conclusión, tesis fundamental de los modernistas: el dogma es perfectamente mutable, en función de la íntima experiencia religiosa de cada tiempo

Por lo tanto, las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma.
¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!
No sólo puede desenvolverse y cambiar el dogma, sino que debe; tal es la tesis fundamental de los modernistas,
que, por otra parte, fluye de sus principios. […] es preciso que el corazón acepte y sancione la fórmula primitiva y que asimismo sea dirigido el trabajo del corazón, con que se engendran las fórmulas secundarias. De donde proviene que dichas fórmulas, para que sean vitales, deben ser y quedar asimiladas al creyente y a su fe. Y cuando, por cualquier motivo, cese esta adaptación, pierden su contenido primitivo, y no habrá otro remedio que cambiarlas. Dado el carácter tan precario e inestable de las fórmulas dogmáticas se comprende bien que los modernistas las menosprecien y tengan por cosa de risa; mientras, por lo contrario, nada nombran y enlazan sino el sentimiento religioso, la vida religiosa. Por eso censuran audazmente a la Iglesia como si equivocara el camino, porque no distingue en modo alguno entre la significación material de las fórmulas y el impulso religioso y moral, y porque adhiriéndose, tan tenaz como estérilmente, a fórmulas desprovistas de contenido, es ella la que permite que la misma religión se arruine. (Pío X, Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, I, n. 11)

Consecuencia: tales fórmulas, los dogmas, las usará el modernista en la medida que le convenga

Como los símbolos son tales respecto del objeto, a la vez que instrumentos respecto del creyente, ha de precaverse éste ante todo, dicen, de adherirse más de lo conveniente a la fórmula, en cuanto fórmula, usando de ella únicamente para unirse a la verdad absoluta, que la fórmula descubre y encubre juntamente, empeñándose luego en expresarlas, pero sin conseguirlo jamás. A esto añaden, además, que semejantes fórmulas debe emplearlas el creyente en cuanto le ayuden, pues se le han dado para su comodidad y no como impedimento; eso sí, respetando el honor que, según la consideración social, se debe a las fórmulas que ya el magisterio público juzgó idóneas para expresar la conciencia común y en tanto que el mismo magisterio no hubiese declarado otra cosa distinta. […]
[Resumiendo:] Y comenzando por el dogma, cuál sea su origen y naturaleza, arriba lo indicamos. Surge aquél de cierto impulso o necesidad, en cuya virtud el creyente trabaja sobre sus pensamientos propios, para así ilustrar mejor su conciencia y la de los otros. Todo este trabajo consiste en penetrar y pulir la primitiva fórmula de la mente, no en sí misma, según el desenvolvimiento lógico, sino según las circunstancias o, como ellos dicen con menos propiedad, vitalmente. Y así sucede que, en torno a aquélla, se forman poco a poco, como ya insinuamos, otras fórmulas secundarias; las cuales, reunidas después en un cuerpo y en un edificio doctrinal, así que son sancionadas por el magisterio público, puesto que responden a la conciencia común, se denominan dogma. (Pío X, Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, I, b, n. 20)


Hasta aquí, de forma resumida, pero esperamos que suficientemente clara, la línea maestra del pensamiento modernista que tan bien exponen los interlocutores de quien nos escribe. ¡Sí! Así son las cosas… hasta las capilaridades ha penetrado con toda naturalidad este horrible sofisma que sustenta el “conjunto de todas las herejías”. Apegados a su teoría, podrán decir que eso fue en la época de Pío X, Papa anticuado que hizo recular cien años a la Iglesia en medio de una época de florecedor progreso. Pero ese pensamiento, oportunamente matizado, ha sido sustentado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en tiempo relativamente reciente en la Declaración Mysterium Ecclesiae, sobre la Doctrina Católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores actuales. Veamos:


La Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos errores recientes


 1- Como entender un posible condicionamiento histórico en la formulación de los dogmas

Por lo que se refiere a este condicionamiento histórico, se debe observar ante todo que el sentido de los enunciados de la fe depende en parte de la fuerza expresiva de la lengua en una determinada época y en determinadas circunstancias. Ocurre además, no pocas veces, que una verdad dogmática se expresa en un primer momento de modo incompleto, aunque no falso, y más adelante, en un contexto más amplio de la fe y de los conocimientos humanos, se expresa de manera más plena y perfecta. La Iglesia, por otra parte, con sus nuevos enunciados, intenta confirmar o aclarar las verdades ya contenidas, de una manera o de otra, en la Sagrada Escritura o en precedentes expresiones de la Tradición, pero al mismo tiempo se preocupa también de resolver ciertas cuestiones o de extirpar errores; y todo esto hay que tenerlo en cuenta para entender bien tales enunciados. Finalmente, aunque las verdades que la Iglesia quiere enseñar de manera efectiva con sus fórmulas dogmáticas se distinguen del pensamiento mutable de una época y pueden expresarse al margen de estos pensamientos, sin embargo puede darse el caso de que esas verdades pueden ser enunciadas por el sagrado Magisterio con términos que contienen huellas de tales concepciones. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae sobre la Doctrina Católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores recientes sobre los misterios de la Encanación y de la Trinidad. 24 de junio de 1973 – Acta Apostolicae Sedis an. 65 (1973), pp. 396-408. Ratificada y confirmada por Pablo VI el 11 de mayo de 1973)

2- Las formulas dogmáticas del Magisterio siempre son aptas para comunicar la verdad revelada

Teniendo todo esto presente, hay que decir que las fórmulas dogmáticas del Magisterio de la Iglesia han sido aptas desde el principio para comunicar la verdad revelada y, mientras se mantengan, serán siempre aptas para quienes las interpretan rectamente (cf. Pío IX, Breve Eximiam tuam: DzS 2831; Pablo VI, Enc. Mysterium fidei; “L’Oriente cristiano nella luce di immortali Concili” en Insegnamenti di Paolo VI, 5). Sin embargo, de esto no se deduce que cada una de ellas lo haya sido o lo seguirá siendo en la misma medida. Por esta razón los teólogos tratan de fijar cuál es exactamente la intención de enseñar contenida realmente en las diversas fórmulas, y prestan con este trabajo una notable ayuda al Magisterio vivo de la Iglesia, al que están subordinados. Por esta misma razón puede suceder también que algunas fórmulas dogmáticas antiguas y otras relacionadas con ellas permanezcan vivas y fecundas en el uso habitual de la Iglesia, con tal de que se les añadan oportunamente nuevas exposiciones y enunciados que conserven e ilustren su sentido primordial. Por otra parte, ha ocurrido también alguna vez que en este mismo uso habitual de la Iglesia algunas de estas fórmulas han cedido el paso a nuevas expresiones que, propuestas o aprobadas por el sagrado Magisterio, manifiestan más clara y plenamente su sentido. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae sobre la Doctrina Católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores recientes sobre los misterios de la Encanación y de la Trinidad. 24 de junio de 1973 – Acta Apostolicae Sedis an. 65 (1973), pp. 396-408. Ratificada y confirmada por Pablo VI el 11 de mayo de 1973)

3- El significado de las fórmulas dogmáticas manifiesta la verdad sin deformación o alteración

Por lo demás, el significado mismo de las fórmulas dogmáticas es siempre verdadero y coherente consigo mismo dentro de la Iglesia, aunque pueda ser aclarado más y mejor comprendido. Es necesario, por tanto, que los fieles rehúyan la opinión según la cual en principio las fórmulas dogmáticas (o algún tipo de ellas) no pueden manifestar la verdad de modo concreto, sino solamente aproximaciones mudables que la deforman o alteran de algún modo; y que las mismas fórmulas, además, manifiestan solamente de manera indefinida la verdad, la cual debe ser continuamente buscada a través de aquellas aproximaciones. Los que piensan así no escapan al relativismo teológico y falsean el concepto de infalibilidad de la Iglesia que se refiere a la verdad que hay que enseñar y mantener explícitamente.
Una opinión de este tipo se opone a las declaraciones del Concilio Vaticano I, el cual, a pesar de ser consciente del progreso de la Iglesia en el conocimiento de la verdad revelada (Cf. Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 4: DzS 3020), ha enseñado sin embargo que “el sentido de los dogmas, que nuestra santa madre la Iglesia ha propuesto de una vez para siempre, debe ser mantenido permanentemente y no se puede abandonar con la vana pretensión de conseguir una inteligencia más profunda” (ibid.); condenó también la sentencia según la cual puede ocurrir “que a los dogmas propuestos por la Iglesia se les deba dar alguna vez, según el progreso de la ciencia, otro sentido diverso del que entendió y entiende la Iglesia” (ibid. can. 3): No hay duda de que, según estos textos del Concilio, el sentido de los dogmas que declara la Iglesia es determinado e irreformable.
La mencionada opinión discrepa también de la declaración hecha por el sumo pontífice Juan XXIII acerca de la doctrina cristiana, en la inauguración del Concilio Vaticano II: “Es necesario que esta doctrina cierta e inmutable, a la que se debe prestar fiel asentimiento, sea estudiada y expuesta en conformidad con las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades contenidas en la doctrina revelada, y otra cosa el modo de expresar estas verdades conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado” (Juan XXIII, Discurso en la inauguración del Concilio Vaticano II; Gaudium et spes, 62). Dado que el sucesor de Pedro habla aquí de la doctrina cristiana cierta e inmutable, del depósito de la fe que se identifica con las verdades contenidas en esta doctrina, y habla también de estas verdades cuyo significado no se puede cambiar, está claro que él reconoce que el sentido de los dogmas es cognoscible por nosotros, y es verdadero e inmutable. La novedad que él mismo recomienda, teniendo en cuenta las necesidades de los tiempos, concierne solamente a la manera de investigar, exponer y enunciar la misma doctrina en su sentido permanente. De modo semejante el sumo pontífice Pablo VI, exhortando a los Pastores de la Iglesia, declaró: «Debernos aplicarnos hoy con todo empeño en conservar en la doctrina de la fe la plenitud de su significación y de su contenido, expresándola, sin embargo, de manera que hable al espíritu y al corazón de los hombres a quienes va dirigida” (Pablo VI, Exhort. apost. Quinque iam anni). (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae sobre la Doctrina Católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores recientes sobre los misterios de la Encanación y de la Trinidad. 24 de junio de 1973 – Acta Apostolicae Sedis an. 65 (1973), pp. 396-408. Ratificada y confirmada por Pablo VI el 11 de mayo de 1973)


En la práctica, la misma Congregación para la Doctrina de la Fe se ha visto obligada a llamar al orden a determinados teólogos que sustentaban la tesis modernista. Podemos verlo en estos dos ejemplos, uno de ellos muy reciente:


Ejemplo I –Sobre las obras del P. Jon Sobrino S.J.

El desarrollo dogmático de los primeros siglos de la Iglesia, incluidos los grandes concilios, es considerado por el P. Sobrino como ambiguo y también negativo. No niega el carácter normativo de las formulaciones dogmáticas, pero, en conjunto, no les reconoce valor más que en el ámbito cultural en que nacieron. No tiene en cuenta el hecho de que el sujeto transtemporal de la fe es la Iglesia creyente y que los pronunciamientos de los primeros concilios han sido aceptados y vividos por toda la comunidad eclesial.
[Ejemplificando: ] La divinidad de Jesús ha sido objeto de la fe de la Iglesia desde el comienzo, mucho antes de que en el Concilio de Nicea se proclamara su consustancialidad con el Padre. El hecho de que no se use este término no significa que no se afirme la divinidad de Jesús en sentido estricto, al contrario de lo que el Autor parece insinuar. Con sus aserciones de que la divinidad de Jesús ha sido afirmada sólo después de mucho tiempo de reflexión creyente y que en el Nuevo Testamento se halla solamente “en germen”, el Autor evidentemente tampoco la niega, pero no la afirma con la debida claridad y da pie a la sospecha de que el desarrollo dogmático, que reviste según él características ambiguas, ha llegado a esta formulación sin una continuidad clara con el Nuevo Testamento. Pero la divinidad de Jesús, está claramente atestiguada en los pasajes del Nuevo Testamento a que nos hemos referido. Las numerosas declaraciones conciliares en este sentido se encuentran en continuidad con cuanto en el Nuevo Testamento se afirma de manera explícita y no solamente “en germen”. La confesión de la divinidad de Jesucristo es un punto absolutamente esencial de la fe de la Iglesia desde sus orígenes y se halla atestiguada desde el Nuevo Testamento. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre las obras del P. Jon Sobrino SJ , 26 de noviembre de 2006 – Acta Apostolicae Sedis an. 99 (2007), pp. 181-194)

Ejemplo II –Sobre dos obras del Profesor Hans Küng

La opinión que, por lo menos, pone en duda el mismo dogma de fe de la infalibilidad de la Iglesia y la reduce a una cierta indefectibilidad fundamental de la Iglesia en la verdad, con la posibilidad de errar en las sentencias que el Magisterio de la Iglesia enseña que han de ser mantenidas de modo definitivo, contradice la doctrina definida por el Concilio Vaticano I y confirmada por el Concilio Vaticano II. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Christi Ecclesia sobre dos obras del Profesor Hans Küng, 5 de febrero de 1975 – Acta Apostolicae Sedis an. 67 (1975), pp. 203-204)


No sabemos, y hasta dudamos, que esta demostración convenza a los interlocutores de nuestro amigo, pero estamos seguros de que servirá a nuestros lectores para comprender mejor la firmeza de argumentos de la doctrina de la Iglesia manifestada en su Magisterio ya dos veces milenario. Como conclusión, no está de más incluir algunas de las proposiciones modernistas explícitamente condenadas por San Pío X. No viene mal conocerlas, y serán especialmente útiles en las próximas semanas…


Algunas proposiciones modernistas condenadas por la Iglesia


22. Los dogmas que la Iglesia presenta como revelados no son verdades venidas del Cielo, sino solo una interpretación de hechos religiosos que la mente humana se ha proporcionado por medio de un esfuerzo laborioso.
26. Los dogmas de la fe se han de admitir solamente según su sentido práctico; es decir, como normas preceptivas de conducta, no como normas de lo que hay que creer.
39. Las opiniones acerca del origen de los Sacramentos, de que estaban imbuidos los Padres de Trento y que indudablemente influyeron en sus cánones dogmaticos, están muy lejos de las que ahora mantiene con razón la investigación histórica sobre el cristianismo.
51. El matrimonio no pudo convertirse en Sacramento de la nueva ley, sino hasta muy tarde en la Iglesia; puesto que para que el matrimonio se considerase como Sacramento, era necesario que previamente se llegara a un pleno desarrollo teológico de la doctrina sobre la gracia y sobre los Sacramentos.
54. Los dogmas, los Sacramentos la Jerarquía -tanto en lo que se refiere a su concepto como a su realidad- no son más que interpretaciones y evoluciones de la mente cristiana, que hicieron crecer y perfeccionaron con añadiduras exteriornas, el germen diminuto latente en el Evangelio.
58. La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, y que con él, en él y por él evoluciona.
62. Los principales artículos del Símbolo de los Apóstoles no tenían para los primeros cristianos la misma significación que tienen para los cristianos de hoy.
63. La Iglesia se muestra incapacitada para defender con eficacia la moral evangélica al adherirse obstinadamente a doctrinas inmutables que no pueden estar en armonía con el progreso moderno.
64. El progreso de las ciencias está exigiendo una modificación de los conceptos acerca de Dios, de la Creación, de la Redención, de la persona del Verbo Encarnado y de la Redención.
65. El catolicismo actual no puede armonizarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmático: en un protestantismo amplio y liberal. (Denzinger-Hünermann 3422.2426.3439.3451.3454.3458.3462.3463.3464.3465. San Pío X, Lamentabili Sine Exitu – Decreto sobre los errores del ‘Modernismo’, 3/7/1907)