64 – El lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo son los propios pecados

Cuando en una jarra de agua mineral se añade una minúscula gota de veneno, ya no se puede decir que este agua es apta para beber. Algo parecido ocurre en nuestra vida espiritual, en la que no es razonable elegir el camino de la mediocridad , o sea, establecer una componenda entre el agua pura de la virtud y el veneno del pecado. La santidad es un don de Dios que no se puede sin su ayuda, pero también es verdad que para alcanzarla es imprescindible la cooperación de nuestra voluntad, como tan acertadamente nos dice San Agustín: “quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti. Así, pues, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él” (Sermón 169, 11). Por tanto, no basta creer y reconocerse pecador, es necesario hacer todo esfuerzo para entrar por la puerta estrecha (cf. Mt 7, 13).

Francisco

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I   – El pecado y la gracia no pueden coexistir en una misma alma
II  – Para el verdadero cristiano es una obligación adecuar su vida a la fe que profesa
III – Nadie puede acercarse a la Eucaristía sin tener el alma debidamente preparada
IV – El verdadero “sentirse pecador” es cuando uno se arrepiente de sus pecados

I – El pecado y la gracia no pueden coexistir en una misma alma

Catecismo Romano

El pecado se opone a la gracia

El pecado y la gracia de ningún modo pueden coexistir en el alma. (Catecismo Romano. II, VIII, A)

León XIII

Diferencia entre la verdad y el error

Es contrario a la razón que la verdad y el error tengan los mismos derechos. (León XIII. Encíclica Libertas Praestantissimum, 23)

Juan Pablo II

Incompatibilidad de la gracia con el pecado grave

La gracia es incompatible con los pecados graves, con todos y cada uno. (Juan Pablo II. Mensaje a los prelados y oficiales de la Penitenciaría Apostólica, 20 de marzo de 1998)

La fidelidad a Cristo se manifiesta en la fidelidad a la doctrina inmutable de la Iglesia

El verdadero camino de la Iglesia es la fidelidad a Cristo. Por esto la Iglesia debe perseverar en “su verdad” y custodiar su “depósito” en el espíritu del amor y por el amor en que Dios se revela más plenamente, porque “¡Dios es Amor!” (1 Jn 4, 8). Honestamente no se puede hacer coexistir esta fidelidad siguiendo otros caminos que se alejan progresivamente de Cristo y de la Iglesia, poniendo en discusión puntos fijos de la doctrina y de la disciplina, que, como tales, han sido confiados a la Iglesia y a su mandato, con la garantía de fidelidad asegurada por el Espíritu Santo. (Juan Pablo II. Discurso a los colaboradores en los organismos de la Curia Romana, 28 de junio de 1980)

Santo Tomás de Aquino

La fe no puede coexistir con el pecado

La fe por la que somos purificados de los pecados no es la fe informe, que puede coexistir con el pecado, sino la fe informada por la caridad, para que, de esta manera, se nos aplique la pasión de Cristo no sólo en cuanto al entendimiento, sino asimismo en cuanto a la voluntad. Y también por este medio se perdonan los pecados en virtud de la pasión de Cristo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 49, a.1, ad 5)


El vicio y la virtud se excluyen

El vicio es contrario a la virtud directamente, así como el pecado al acto virtuoso. Y por eso el vicio excluye la virtud, como el pecado excluye el acto de la virtud. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teologica, I-II, q. 71, a. 4)

El pecado mortal excluye totalmente el hábito de la gracia

Un pecado venial no excluye cualquier acto de la gracia, por el que todos los pecados veniales pueden quedar perdonados. Pero el pecado mortal excluye totalmente el hábito de la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teologica, III, q. 87, a. 4)

La caridad y la sabiduría no pueden coexistir con el pecado mortal

Según hemos expuesto (a. 2 et 3), la sabiduría, que es don del Espíritu Santo, permite juzgar rectamente las cosas divinas, y las demás cosas en conformidad con las razones divinas, en virtud de cierta connaturalidad o unión con lo divino. Esto, como hemos visto, es efecto de la caridad. Por eso la sabiduría de que hablamos presupone la caridad, y la caridad no coexiste con el pecado mortal, como hemos expuesto (II-II 24,12). En consecuencia, tampoco la sabiduría de que hablamos puede coexistir con el pecado mortal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 45, a. 2)

San Juan Crisóstomo

La confesión de los pecados no puede coexistir con las liviandades

Ahora es tiempo de confesar los pecados para los catecúmenos y para los ya bautizados: para aquéllos, a fin de que, tras de cumplir su penitencia, se acerquen a los sagrados misterios; para éstos a fin de que limpios de las manchas contraídas después del bautismo, se acerquen a la sagrada mesa con una conciencia pura. Apartémonos de esta forma muelle de vivir y disoluta. Porque no, no pueden coexistir la confesión y las liviandades. (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 10)

San Agustín

No se puede admitir a los Sacramentos aquellos que no quieren abandonar la vida de pecado

¿Hay que admitir a todos los pecadores públicos al bautismo? —Algunos enseñan indiscretamente que todos deben ser admitidos al bautismo de la regeneración de nuestro Señor Jesucristo, aunque no quisieran cambiar su vida mala y torpe, conocida públicamente por la notoriedad escandalosa de sus pecados y delitos, incluso alardeando con descaro que quieren permanecer en ella. Un ejemplo: cuando alguno está viviendo con una meretriz, no hay que obligarle a que primero la deje y después venga al bautismo; al contrario, al que vive con ella y hasta confiesa públicamente y con insolencia que ha de vivir así, hay que admitirlo y bautizarlo, sin impedirle nunca que se haga miembro de Cristo, aunque él permanezca terne que terne en ser miembro de una meretriz. Es después cuando hay que enseñarle lo grave que es ese pecado, y, una vez bautizado, instruirlo sobre las costumbres y la conducta que tiene que mejorar. Juzgan perverso y a destiempo enseñar primero cómo debe vivir un cristiano y después bautizarlo. Estiman que debe preceder el sacramento del bautismo a la enseñanza de la vida y costumbres que practicará después, porque, si ha querido aprenderla y guardarla, lo habrá hecho con fruto; pero si no ha querido, conservando la fe cristiana sin la cual perecería eternamente, y aunque haya vivido en el pecado y en la inmundicia, se salvará como por el fuego, a la manera de uno que ha edificado, sobre el fundamento que es Cristo, no oro, plata y piedras preciosas, sino madera, heno y paja, es decir, no costumbres rectas y castas, sino malévolas e impúdicas. (San Agustín. La fe y las obras, I,1)

Que haya buenos y malos en la Iglesia no significa que deba relajarse la disciplina

Quien entienda los testimonios de las Escrituras sobre la mezcolanza, tanto presente como futura, de buenos y malos en la Iglesia, de manera que hay que relajar, y aun omitir totalmente la severidad y la vigilancia de la disciplina, no sólo es un ignorante de los libros sagrados, sino un iluso de su propia opinión. (San Agustín. La fe y las obras, I, 1)

II – Para el verdadero cristiano es una obligación adecuar su vida a la fe que profesa

San Agustín

La fe que justifica se manifiesta en las obras que proceden del amor

Cuando el Apóstol dice que cree que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley, no lo hace para que, recibida y vivida la fe, sean despreciadas las obras de la justicia, sino para que cada uno sepa que él puede ser justificado por la fe, aunque no hayan precedido las obras de la ley. En efecto, las obras siguen y no preceden a la justificación. […] No se trata de una fe cualquiera con la que se cree en Dios, sino de aquella fe saludable y evangélica cuyas obras proceden del amor: la fe que obra a través del amor. Se ve claramente cómo afirma que no aprovecha de nada la fe, que les parece a algunos que es suficiente para la salvación, cuando dice: Si tuviese toda la fe, hasta para trasladar montañas, pero no tengo caridad, nada soy. En cambio, cuando obra la caridad con fe, sin duda que se vive bien. (San Agustín. La fe y las obras, XIV, 21)

El error de esperar la vida eterna con una fe muerta

Santiago, además, es tan enérgicamente contrario a los sabihondos que dicen que la fe sin obras vale para la salvación, que los compara con los demonios, diciendo: Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien, pero también los demonios creen y tiemblan. ¿Qué puede decirse más breve, veraz y enérgicamente, cuando leemos también en el Evangelio que esto lo dijeron los demonios al confesar que Cristo es el Hijo de Dios, y fueron reprendidos por él, mientras que es alabado en la confesión de Pedro? Dice Santiago: ¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso la fe le podrá salvar? Y añade: Porque la fe sin obras es muerta. ¿Hasta dónde están engañados los que se prometen la vida perpetua con la fe muerta? (San Agustín. La fe y las obras, XIV, 23)

No se puede llegar a la vida eterna sin la observancia de los mandamientos

¿Por qué dijo el Señor: Si quieres llegar a la vida, guarda los mandamientos, y por qué recordó lo que se refiere a las buenas costumbres, si se puede llegar también a la vida sin guardar todo eso, con sola la fe?, que sin obras es muerta. Además, ¿cómo puede ser verdad lo que les dirá a los que ha de poner a la izquierda: Id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles? A éstos no los increpa porque no han creído en él, sino porque no han hecho obras buenas. (San Agustín. La fe y las obras, XV, 25)

Pío XII

El quietismo es un peligroso error

Ni menos alejado de la verdad está el peligroso error de los que pretenden deducir de nuestra unión mística con Cristo una especie de quietismo disparatado, que atribuye únicamente a la acción del Espíritu divino toda la vida espiritual del cristiano y su progreso en la virtud, excluyendo, por lo tanto, y despreciando la cooperación y ayuda que nosotros debemos prestarle. (Denzinger-Hünnerman 3817. Pío XII, Encíclica Mystici Corporis Christi, 29 de junio de 1943)

El Espíritu no quiere obrar sin que los hombres pongan su parte

Nadie, en verdad, podrá negar que el Santo Espíritu de Jesucristo es el único manantial del que proviene a la Iglesia y sus miembros toda virtud sobrenatural… Sin embargo, el que los hombres perseveren constantes en sus santas obras, el que aprovechen con fervor en gracia y en virtud, el que no sólo tiendan con esfuerzo a la cima de la perfección cristiana sino que estimulen también en lo posible a los otros a conseguirla, todo esto el Espíritu celestial no lo quiere obrar sin que los mismos hombres pongan su parte con diligencia activa y cotidiana. “Porque los beneficios divinos —dice Ambrosio— no se otorgan a los que duermen, sino a los que velan.” (Denzinger-Hünnerman 3817. Pío XII, Encíclica Mystici Corporis Christi, 29 de junio de 1943)

Es una ilusión creer que la eficacia de la Eucaristía dispensa la cooperación propia para la salvación

La Iglesia en los siglos posteriores ha seguido siempre el mismo camino, y aún hoy no proceder de otra manera. ¿Quién no sabe cómo nuestro predecesor Pío X del s. m. ampliamente abrió a los fieles, y especialmente a los niños, las puertas a las fuentes de la gracia eucarística? Pero sería una ilusión fatal creer que la eficacia de la Santa Cena —el opus operatum— dispensa el alma de la cooperación en la adquisición de su salvación. Uno de los efectos de la Sagrada Eucaristía, “tamquam antidotum, liberemur quo en culpis quotidianis, et in peccatis mortalibus praeservemur”, consiste en dar la fuerza para luchar contra el pecado. La vida de un cristiano, que sigue el ejemplo de Cristo es la vida de combate contra el demonio, el mundo y la carne. (Pío XII. Discurso a los párrocos y predicadores cuaresmales de Roma sobre la observancia de los mandamientos de Dios, 23 de febrero de 1944)

Pablo VI

El Evangelio no es un código de fácil cumplimiento: exige esfuerzo y fidelidad

El Evangelio no es, en absoluto, un código de fácil cumplimiento: exige esfuerzo y fidelidad. Aquí se podrían analizar los sistemas morales que renuncian el esfuerzo personal para obtener la salvación, en la errónea convicción de que es sólo por la fe y la gracia que tenemos la suerte de ser salvo, sin una positiva y sistemática disciplina moral, como si la fe y la gracia, dones de Dios, verdaderas causas de la salvación, no exigiesen una respuesta, una coherencia, una cooperación libre y responsable de nosotros, ya sea como condición de cooperar en la obra salvadora de Dios en nosotros, sea también como consecuencia del renacimiento llevada a cabo por su misericordiosa acción sobrenatural. (Pablo VI. Audiencia general, 7 de julio de 1971)

León X

Condena papal a Martín Lutero por considerar innecesaria la absolución sacramental para la recepción de la comunión

[Proposición luterana condenada por León X] Grande es el error de aquellos que se acercan al sacramento de la Eucaristía confiados en que se han confesado, en que no tienen conciencia de pecado mortal alguno, en que previamente han hecho sus oraciones y actos preparatorios: todos ellos comen y beben su propio juicio. Mas si creen y confían que allí han de conseguir la gracia, esta sola fe les hace puros y dignos. (Denzinger-Hünermann 1465. León X, Bula Exurge Domine, 15 de junio de 1520)

Concilio de Trento

La sola fe no es suficiente si no estamos dispuestos a padecer con Cristo

Nadie debe lisonjearse a sí mismo en la sola fe, pensando que por la sola fe ha sido constituido heredero y ha de conseguir la herencia, aun cuando no padezca juntamente con Cristo, para ser juntamente con El glorificado. (Denzinger-Hünermann, 1538. Concilio de Trento, VI Sección, 13 de enero de 1547)

San Ireneo de Lyon

Si lo más valioso es amar a Dios, debemos conseguirlo luchando por ello

Corred de modo que lo alcancéis. Todo aquel que compite se priva de todo, y eso para recibir una corona corruptible, en cambio nosotros por una incorruptible. Yo corro de esta manera, y no al acaso; yo no lucho como quien apunta al aire; sino que mortifico mi cuerpo y lo someto al servicio, no vaya a suceder que, predicando a otros, yo mismo me condene. […] Cuanto más luchamos por algo, nos parece tanto más valioso; y cuanto más valioso, más lo amamos. Pues no amamos de igual manera lo que nos viene de modo automático, que aquello que hemos construido con mucho esfuerzo. Y como lo más valioso que podía sucedernos es amar a Dios, por eso el Señor enseñó y el Apóstol transmitió que debemos conseguirlo luchando por ello. De otro modo nuestro bien sería irracional, pues no lo habríamos ganado con ejercicio. (San Ireneo de Lyon. Contra herejes, IV, 37, 7)

San Cipriano de Cartago

Necesidad de la justicia para poder merecer ante Dios, nuestro juez

Cosa sublime y admirable es ciertamente profetizar, arrojar demonios y hacer grandes milagros en la tierra y, sin embargo, no alcanza el reino de los cielos quien todo esto realiza, si no encauza sus pasos atentamente por el camino de la rectitud y de la justicia. Esto lo afirma el Señor cuando dice: “Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu nombre y en tu nombre arrojamos demonios y en tu nombre hicimos grandes milagros?’. Y yo entonces les diré: ‘Nunca os he conocido; apartaos de mí los que obráis la maldad.’” Es necesaria, pues, la justicia para que alguien pueda merecer ante Dios, nuestro juez. Hay que observar sus preceptos y sus advertencias para que nuestros méritos reciban su recompensa. (San Cipriano de Cartago. La unidad de la Iglesia, 15)

San Gregorio de Nisa

La fe sin las obras de justicia no es suficiente para la salvación

Pablo, uniendo la virtud a la fe y tejiéndolas juntas, construye de ellas la coraza del hoplita, armando al soldado propia y seguramente de ambos lados. Un soldado no puede considerarse satisfactoriamente armado cuando una parte de la armadura no está unida a la otra. La fe sin las obras de justicia no son suficientes para la salvación, ni tampoco sin embargo, es justo vivir seguro en sí mismo para la salvación, si se separa de la fe. (San Gregorio de Nisa. Homilías sobre el Eclesiastés, 8)

San Juan Crisóstomo

Creer no es suficiente para la salvación

No piense, dice él, que porque habéis creído, que esto es suficiente para su salvación... a menos que exhiba una conducta intachable. (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre la Epístola a los Corintios, 23, 2)

San Basilio Magno

Además de renunciar el pecado, se exigen frutos de penitencia

La mera renuncia del pecado no es suficiente para la salvación de los penitentes, sino también los frutos dignos de penitencia, que también se requiere de ellos. (San Basilio Magno. Las Morales I, 3)

III – Nadie puede acercarse a la Eucaristía sin tener el alma debidamente preparada

Santa Teresa de Jesús

Jesucristo se hace presente incluso en las manos del enemigo

Llegando una vez a comulgar, vi dos demonios con los ojos del alma más claro que con los del cuerpo, con muy abominable figura. Paréceme que los cuernos rodeaban la garganta del pobre sacerdote, y vi a mi Señor con la Majestad que tengo dicha puesto en aquellas manos, en la Forma que me iba a dar, que se veía claro ser ofendedoras suyas, y entendí estar aquel alma en pecado mortal. ¿Qué sería, Señor mío, ver vuestra hermosura entre figuras tan abominables? […] Díjome el mismo Señor que rogase por él, y que lo había permitido para que entendiese yo la fuerza que tienen las palabras de la consagración, y cómo no deja Dios de estar allí por malo que sea el sacerdote que las dice, y para que viese su gran bondad, cómo se pone en aquellas manos de su enemigo, y todo para bien mío y de todos. Entendí bien cuán más obligados están los sacerdotes a ser buenos que otros, y cuán recia cosa es tomar este Santísimo Sacramento indignamente, y cuán señor es el demonio del alma que está en pecado mortal. (Santa Teresa de Jesús. Libro de la Vida, 38, 23)

San Ambrosio

Jesucristo castiga y los Apóstoles persiguen los sacrílegos con santa cólera

Comemos el cuerpo de Cristo, para que podamos participar de la vida eterna. Porque lo que se nos promete como una recompensa y una dignidad, no es el comer y el beber, sino la comunión en la gracia y en la vida celeste; y no son los doce tronos quienes fueron creados para recibir nuestros cuerpos, sino que es el mismo Cristo, el cual, por medio de su identificación con la divinidad, juzga sin necesidad de preguntar por la conducta de nadie, gracias al conocimiento que tiene de los corazones, para premiar la virtud y castigar la impiedad, y también los apóstoles, que recibieron una formación espiritual especial para juzgar, recompensando la fe y desterrando las creencias falsas, reprendiendo con vigor el error y persiguiendo a los sacrílegos con santa cólera. (San Ambrosio. Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, 10, 1816, 49: ML 1515)

Catecismo de la Iglesia Católica

El peor sacrilegio se da contra la Eucaristía

El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2120)

San Agustín

Los dones de Dios llegan, incluso a través de personas como Judas

¿Qué os ha hecho Cristo, que soportó a su traidor con paciencia tan grande que llegó hasta el colmo de darle, al igual que al resto de los apóstoles, la primera eucaristía que confeccionaron sus manos y que recomendó con sus labios? ¿Qué os ha hecho el Cristo que al mismo que lo entregó, al mismo que llamó diablo, al mismo que, antes de entregar al Señor, había sido incapaz de ser honrado con el dinero que el Señor mismo depositaba en su bolsa, a ese mismo envió a predicar el reino de los cielos con el resto de sus discípulos? Todo ello para subrayar que los dones de Dios llegan a aquellos que los acogen con fe, aunque la persona a través de quien les llegan sea como de Judas. (San Agustín. Comentarios a los Salmos, 10, 6)

Los sacrílegos corrompen en sí mismos el templo de Dios

Todos los que dentro confiesan que conocen a Dios y lo niegan con sus obras […], todos estos carecen de esperanza, porque tienen mala conciencia; son unos pérfidos, porque no cumplen lo que prometieron a Dios; son mentirosos, porque profesan falsedades; son unos demoníacos, porque dan lugar en su corazón al diablo y a sus ángeles; sus palabras producen la gangrena, ya que corrompen las buenas costumbres con sus perversas conversaciones; son unos infieles, porque se burlan de las amenazas de Dios; son malvados, porque viven impíamente; son unos anticristos, por estar sus costumbres en oposición a Cristo; son malditos de Dios, porque en todas partes los maldice la Sagrada Escritura; están muertos, porque carecen de la vida de justicia; son unos inquietos, porque combaten con sus hechos la palabra de Dios; y unos blasfemos, porque con sus acciones perversas deshonran el nombre cristiano; y unos profanos, por estar excluidos espiritualmente de aquel santuario interior de Dios; y unos sacrílegos, porque con su mala vida corrompen en sí mismos el templo mismo de Dios; son unos pontífices del diablo, ya que sirven al fraude y a la avaricia, que es una idolatría. (San Agustín. Tratado sobre el Bautismo, VI, 8, 12)

San Antonio de Padua

Quien comulga indignamente recibe la condenación

¡Desgraciado aquel que se atreve a entrar a este banquete sin el vestido nupcial de la caridad, o de la penitencia! “Aquel que lo recibe indignamente, recibe su propia condenación” (1 Cor 11, 29). ¿Qué relación puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿Entre el traidor judas y el Salvador? “La mano del traidor está junto a la mía sobre la mesa” (Lc 22, 21). Está escrito en el Éxodo: “Todo animal”, también el hombre que se hizo semejante al animal, si toca el monte”, o sea, el cuerpo de Cristo, “será apedreado”, o sea, será condenado (Ex 19, 12‑13). (San Antonio de Padua. Sermón en la cena del Señor (jueves santo): Segundo sermón alegórico, 6)

San Juan Crisóstomo

Mucho peor que un endemoniado es el pecador que se acerca a la Eucaristía

Voy a decir algo más espantoso: no es mal tan grave que los endemoniados estén dentro de la Iglesia, como que entren esos de quienes dice Pablo que pisotean a Cristo, que profanan la sangre del Testamento e injurian a la gracia del Espíritu Santo. Mucho peor que el endemoniado es el pecador que se acerca a la Eucaristía. Porque el endemoniado no merece castigo por serlo; mas los que indignamente se acercan a la Eucaristía son entregados a suplicio eterno. No expulsemos, pues, sólo a los endemoniados, sino a todos sin excepción que veamos se acercan indignamente. Que nadie, pues, comulgue, si no es discípulo del Señor. Que ningún Judas le reciba, porque no le pase lo que a Judas. (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 82, 6)

Sagradas Escrituras

Aquel que comulga indignamente come y bebe su condenación

Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación. (1 Cor 11, 26-29)

Las blasfemias brotan del corazón

Lo que sale de la boca brota del corazón; y esto es lo que hace impuro al hombre, porque del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias. Estas cosas son las que hacen impuro al hombre. (Mt 14, 18-20)

Santo Tomás de Aquino

Dos modos de recibir la Eucaristía

Hay dos modos de comer este Sagrado Manjar: sacramental y espiritual. Hay unos, pues, que lo comen de ambos modos, es a saber, son aquellos que toman el sacramento de tal suerte que de su esencia participan, esto es, de la caridad, por la cual hay unidad en la Iglesia; y de éstos se entiende lo de San Juan. Otros solo sacramentalmente, es a saber, aquellos que lo comen de tal suerte que no tocan el meollo, esto es, no tienen la caridad, y de los tales se entiende lo que aquí dice San Pablo: “quien lo come y lo bebe indignamente se traga y bebe su propia condenación”. Además de estos dos modos, hay otro tercero de tomar el Sacramento, por accidente llamado, esto es, cuando se toma no tal como sacramento, lo que acaece de tres modos: a) como cuando un fiel toma por no consagrada una hostia consagrada. El tal ya tiene costumbre de usar de este Sacramento, mas no como sacramento lo usa en el dicho momento. b) como cuando un infiel, que fe no tiene ninguna acerca del Sacramento, toma la hostia consagrada. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Primera Epístola a los Corintios, lec. 7, 1 Cor 11, 27-34)

IV – El verdadero “sentirse pecador” es cuando uno se arrepiente de sus pecados

Juan Pablo II

Reconocerse pecador para que Dios manifieste su poder

Reconocerse pecador es ante todo pedir a Dios que manifieste su poder y su amor, capaces de obrar maravillas en aquél que se arrepiente. (Juan Pablo II. Homilía en la Solemnidad de Pentecostés celebrada en la Catedral de Bruselas, 4 de julio de 1995)

Reconocerse las propias debilidades, principio indispensable para volver a Dios

Reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. […] En realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud concreta de arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta es una ley general que cada cual ha de seguir en la situación particular en que se halla. En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión solamente en términos abstractos. […] Para un cristiano, el Sacramento de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo. (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 13,31)

Catecismo de la Iglesia Católica

Las dos conversiones del hombre pasan por el agua y las lágrimas

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que “recibe en su propio seno a los pecadores” y que siendo “santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación”. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito”, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero. […] San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, “en la Iglesia, existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1427;1429)


La conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia

El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1440)

Concilio de Trento

La contrición exige el horror al pecado y el propósito de no pecar en adelante

La contrición, que ocupa el primer lugar entre los mencionados actos del penitente, es un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. Ahora bien, este movimiento de contrición fue en todo tiempo necesario para impetrar el perdón de los pecados, y en el hombre caído después del bautismo sólo prepara para la remisión de los pecados si va junto con la confianza en la divina misericordia y con el deseo de cumplir todo lo demás que se requiere para recibir debidamente este sacramento. Declara, pues, el santo Concilio que esta contrición no sólo contiene en sí el cese del pecado y el propósito e iniciación de una nueva vida, sino también el aborrecimiento de la vieja, conforme a aquello: Arrojad de vosotros todas vuestras iniquidades, en que habéis prevaricado y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. (Denzinger-Hünermann 1676. Concilio de Trento, XIV Sesión, 25 de noviembre de 1551)

San Agustín

Es preciso que odies en ti tu obra y ames en ti la obra de Dios

Pues muchos han amado sus pecados y muchos han confesado sus pecados, ha puesto el acento ahí: en que quien confiesa sus pecados y acusa sus pecados ya obra con Dios. Dios acusa tus pecados; si también tú los acusas, te unes con Dios. Hombre y pecador: son como dos realidades. Dios ha hecho lo que oyes nombrar “hombre”; ese hombre mismo ha hecho lo que oyes nombrar “pecador”. Para que Dios salve lo que ha hecho, destruye tú lo que has hecho. Es preciso que odies en ti tu obra y ames en ti la obra de Dios. Ahora bien, cuando empiece a disgustarte lo que has hecho, a partir de entonces empiezan tus obras buenas, porque acusas tus obras malas. Inicio de las obras buenas es la confesión de las obras malas. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 12, 13)

La imprescindible aversión al pecado

Esto es lo que te dice tu Dios: “El pecado debe ser castigado o por ti o por mí”. El pecado lo castiga o el hombre cuando se arrepiente, o Dios cuando lo juzga; o lo castigas tú sin ti o Dios contigo. Pues ¿qué es el arrepentimiento, sino la ira contra uno mismo? El que se arrepiente se aíra contra sí mismo. En efecto, salvo el caso de que sea ficticio, ¿de dónde proceden los golpes de pecho? ¿Por qué te hieres si no estás arrepentido? Así, pues, cuando golpeas tu pecho, te aíras con tu corazón para satisfacer a tu Señor. De ese modo puede entenderse también lo que está escrito: Airaos y no pequéis. Aírate por haber pecado y, dado que te castigas a ti mismo, no peques más. Despierta tu corazón con el arrepentimiento, y ello será un sacrificio a Dios. (San Agustín. Sermón 19, 2)


Nos deben desagradar los propios pecados, porque desagradan a Dios

Sintamos desagrado de nosotros mismos cuando pecamos, ya que a Dios le desagradan los pecados. Y ya que no podemos estar sin pecado, seamos semejantes a Dios al menos en el hecho de sentir desagrado por lo que le desagrada. […]. Dios es tu hacedor; pero mírate a ti mismo y destruye en ti lo que no salió de su taller. Pues —como está escrito— Dios creó al hombre recto. (San Agustín. Sermón 19, 4)

Pío XII

Para progresar en el camino de la virtud es necesario hacer uso de la confesión frecuente

Esto mismo sucede con las falsas opiniones de los que aseguran que no hay que hacer tanto caso de la confesión frecuente de los pecados veniales, cuando tenemos aquella más aventajada confesión general que la Esposa de Cristo hace cada día, con sus hijos unidos a ella en el Señor, por medio de los sacerdotes, cuando están para ascender al altar de Dios. Cierto que, como bien sabéis, Venerables Hermanos, estos pecados veniales se pueden expiar de muchas y muy loables maneras; mas para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo. (Denzinger-Hünermann 3818. Pío XII, Encíclica Mystici Corporis Christi, 29 de junio de 1943)


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