El Catecismo Romano…

… juzga la idea de Francisco de que el adulterio realiza en parte el ideal familiar

Para ser familia, la prole debe nascer de la mujer propia y legítima

También se enseñará a los fieles que son tres los bienes del matrimonio: la prole, la fe y el sacramento, con cuya compensación se suavizan las molestias que indica el Apóstol por estas palabras: Estos tales (los casados) sufrirán las aflicciones de la carne, y se consigue que revista honestidad el comercio carnal, que es justamente reprobable fuera del matrimonio. Es, en efecto, el primer bien la prole, esto es, los hijos que se tienen de la mujer propia y legítima. Y en tanto grado estimó este bien el Apóstol, que llegó a decir: “Se salvará la mujer por medio de la crianza de sus hijos”. (Catecismo Romano. II, VIII, El sacramento del matrimonio)

… juzga la idea humanística que Francisco tiene de la familia

  • Tan santo es el matrimonio que los fieles no deben mancharlo con torpezas y liviandades

Primeramente, pues, se explicará el origen y la definición de Matrimonio; porque, ostentando muchas veces los vicios apariencia de virtud, es conveniente evitar que los fieles, engañados por un concepto erróneo del matrimonio, manchen sus almas con torpezas y perversas liviandades; y, para explicar todo esto, debe comenzarse por el significado del nombre. Llamase Matrimonio, porque  la mujer debe casarse principalmente para ser madre, o por ser propio de la madre concebir, parir y criar a los hijos. (Catecismo Romano, II, VIII, El sacramento del matrimonio)

… juzga el papel del sincretismo religioso en la misericordia que tiene Francisco

  • Los que entristecieron conscientemente el Espíritu Divino son recibidos de forma diferente a los que pecaron por ignorancia

Aún la razón de la divina justicia parece exigir que sean recibidos diversamente a la gracia aquellos que por ignorancia pecaron antes del bautismo y aquellos que, rescatados ya una vez de la esclavitud del pecado y de Satanás y adornados con el don del Espíritu Santo, no dudaron en violar conscientemente el templo de Dios y entristecer al Espíritu Divino. Y conviene a la divina clemencia que no nos sean perdonados los pecados sin alguna satisfacción, no sea que, juzgando cosa de poco la culpa y despreciando al Espíritu Santo, nos deslicemos en la primera ocasión a culpas más graves, acumulando así la ira divina para el día de la venganza. (Catecismo Romano, VII, C, 2, a)

… juzga la idea de Francisco de no ser necesario decir los pecados en la confesión

  • La confesión es una acusación de los pecados para recibir el perdón

Defínese así la confesión: Una acusación de los pecados hecha en el sacramento de la penitencia para recibir el perdón en virtud de las llaves. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 1)

  • La confesión de los pecados constituye la materia del sacramento de la penitencia, exigida para la plena y perfecta remisión de los pecados

En otros sacramentos, la materia es siempre una cosa sensible, natural o artificial (agua, crisma, pan, vino, etc.); en la penitencia, en cambio, son los mismos actos del penitente los que constituyen la cuasi materia del sacramento: contrición, confesión y satisfacción, como enseña el Concilio de Trento. Llámanse estos actos del penitente “partes” del sacramento de la penitencia en cuanto que se exigen en él, por institución divina, para obtener la integridad del sacramento y para la plena y perfecta remisión de los pecados. (Catecismo Romano, II, IV, V, A)

  • La confesión de los pecados es de necesidad absoluta

Estos tres elementos son de suyo necesarios como partes integrantes de un todo. Suprimido cualquiera de ellos, faltaría algo a la total perfección de la penitencia, del mismo modo que el cuerpo humano consta de muchos miembros (manos, pies, ojos, etc.), y ninguno de ellos puede faltar sin dañar a la perfección del todo. Mas si atendemos a la íntima esencia del sacramento, la contrición y la confesión son de necesidad absoluta. (Catecismo Romano, II, IV, VII)

  • Razones por las cuales la confesión es necesaria para el perdón de los pecados

Podemos demostrar la necesidad de estos tres elementos por una doble razón: 1) Ofendemos a Dios de tres maneras: por pensamiento, por palabra y por obra. Es lógico, pues, y justo que, sometiéndonos a las llaves de la Iglesia, nos esforcemos por aplacar la justicia de Dios y alcanzar el perdón de los pecados por los mismos medios con que le hemos ofendido. 2) La penitencia es la contrapartida del pecado cometido; penitencia querida por el pecador, pero dejada al arbitrio de Dios, contra el cual se pecó. Es necesario, por consiguiente, de una parte, que el pecador quiera dar esta reparación, y esto constituye la contrición; y es necesario además que el penitente se someta al juicio del sacerdote, que ocupa el lugar de Dios, para que pueda precisarle la pena conforme al número y a la gravedad de las culpas: de aquí la necesidad de la confesión y de la satisfacción. (Catecismo Romano, II, IV, VII)

  • La acusación de los pecados debe ser franca, escueta, sencilla y clara

De las muchas prescripciones que deben observarse en una recta y santa confesión, unas son esenciales al sacramento, otras no. a) Ante todo, la confesión debe ser íntegra, es decir, deben manifestarse al sacerdote todos los pecados mortales. […] Los pecados mortales, en cambio, deben acusarse todos y cada uno, aun los más secretos. […] Esta necesidad de acusar totalmente los pecados graves fue enseñada siempre por la Iglesia, según testimonio de los Santos Padres, y claramente definida en el Concilio de Trento. b) En segundo lugar […] no debemos limitarnos a acusar distintamente los pecados graves; es necesario manifestar todas aquellas circunstancias que agravan o disminuyen notablemente su malicia. […] c) La acusación de los pecados debe ser además franca, escueta, sencilla y clara, no concebida artificiosamente. […] La confesión debe mostrarnos al sacerdote tales cuales somos a nuestros ojos, dando lo cierto como cierto y lo dudoso como dudoso. Si no se confiesan los pecados o se entremezclan discursos extraños a ellos, es evidente que la confesión carece de estas virtudes. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 6)

  • Según la doctrina de la fe católica, sólo reciben el perdón de los pecados quienes se confiesan de ellos debidamente

Es cierto que la contrición perdona los pecados. Mas ¿quién puede estar seguro de haber llegado a tal grado de arrepentimiento que iguale con su dolor la grandeva del pecado? Pocos podían esperar por este solo camino el perdón de sus pecados. Fue, por consiguiente, necesario que Cristo, en su infinita bondad, pusiese en las manos de todos un medio más fácil de salvación, como lo hizo al entregar a su Iglesia las llaves del reino de los cielos. Todos debemos creer firmemente, según la doctrina de la fe católica, que, si alguno está sinceramente arrepentido de sus pecados y decidido a no cometerlos más en adelante, aunque su dolor no sea suficiente por sí para obtener la remisión de sus culpas, éstas se le perdonan en virtud de las llaves, siempre que se confiese debidamente con un sacerdote. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 1)

  • El sacerdote tiene la obligación de negar la absolución en caso de que falte al penitente la confesión de los pecados

Estos tres actos se requieren, por parte del penitente, para obtener la remisión de los pecados, cualquiera que sea el modo en que entren a constituir el sacramento de la penitencia. Además se han de manifestar externamente, y el sacerdote tiene obligación de comprobar su existencia, y de negar la absolución en caso de que alguno de ellos faltare. (Catecismo Romano, II, IV, VII, Nota 35)

  • Quien no confiesa todos sus pecados, comete un nuevo pecado, el sacrilegio

Es tan necesario para la confesión que la acusación de los pecados sea efectivamente íntegra y completa, que, si alguno de propósito confiesa en parte sus culpas y en parte las omite, no sólo no saca provecho alguno de tal confesión, sino que comete un nuevo pecado, de sacrilegio. Ni siquiera merecería el nombre de confesión sacramental esta mera relación de pecados; el penitente debería repetirla de nuevo acusando este nuevo pecado de profanación de la santidad del sacramento. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 6)

  • El enemigo del género humano ha dirigido contra la confesión sus mejores y más satánicos tiros

La confesión constituye el segundo elemento esencial de la penitencia. Esta mera reflexión bastará para hacernos caer en la cuenta de su extraordinaria importancia y del sumo interés que, por consiguiente, debe ponerse en su estudio; todo cuanto, por la infinita misericordia de Dios, se conserva hasta hoy en la Iglesia de santo, piadoso y religioso, se debe en gran parte a la confesión. Por ello no nos extrañará que el enemigo del género humano, maquinando derribar desde sus mismos cimientos la fe católica, haya dirigido contra la confesión sus mejores y más satánicos tiros por medio de todos los satélites de la impiedad. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B)

  • Sin la confesión el mundo se vería en breve inundado de innumerables maldades secretas

Recordemos por último una nueva ventaja de la confesión, que interesa a toda la vida social. Porque es innegable que sin ella el mundo se vería en breve inundado de innumerables maldades secretas. El hábito del mal volvería poco a poco a los hombres tan depravados, que les empujaría a cometer las cosas más nefandas y hasta gloriarse públicamente de ellas. La vergüenza de la confesión refrena el frenesí y el deseo del pecado, oponiendo un dique eficaz a la creciente malicia de los hombres. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 1)

  • Nada resulta tan eficaz a los pecadores para enmendar sus depravadas costumbres como el verse obligados a confesarlas

Puede colegirse además la necesidad de la confesión de los mismos datos de la experiencia: nada resulta tan eficaz a los pecadores para enmendar sus depravadas costumbres como el verse obligados a manifestar los más secretos pensamientos de su corazón, las acciones y las mismas palabras, a un amigo prudente y fiel que pueda ayudarle con sus consejos. Del mismo modo, quien se sienta turbado por los remordimientos de sus culpas, encontrará alivio y paz descubriendo las enfermedades y las llagas de su alma al ministro de Dios, que queda obligado personalmente por la severísima ley del sigilo sacramental. De esta manera la confesión les proporcionará sin duda preciosos y divinos remedios, no sólo para curar las actuales enfermedades de su espíritu, sino también para guiar y sostener sus almas, de modo que no les sea fácil ya recaer de nuevo en los mismos pecados. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 1)

  • Nada más saludable para el alma que confesar inmediatamente sus culpas

Nada más saludable para el alma en pecado o asediada de peligros espirituales que confesar inmediatamente sus culpas. No afirmamos que no pueda un pecador vivir largos años aún, pero sería verdaderamente vergonzoso que, usando tanto cuidado en la higiene y cuidado del cuerpo y del vestido, fuéramos luego tan gravemente descuidados en lo que se refiere a la pureza y al esplendor del alma, tan frecuentemente ofuscado por las horrendas manchas del pecado. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 6)

  • Es deber sacerdotal ser diligente para conseguir que las confesiones no sean defectuosas o sacrílegas

Dolorosamente son muchos los cristianos que descuidan hasta el máximo su vida cristiana, y especialmente este sagrado deber de confesar los pecados. Será siempre sagrado deber sacerdotal el acudir con toda diligencia en socorro de estas pobres almas, hasta conseguir que sus confesiones no sean defectuosas o sacrílegas. Frente a los penitentes que se esfuerzan por excusar o atenuar por todos los medios sus pecados, será necesario reprimir su soberbia. […] Mucho más doloroso es el caso de quienes, dominados por una funesta vergüenza, no se atreven a confesar sus propios pecados. Es necesario animarles con oportunas exhortaciones, haciéndoles ver que no hay motivo alguno para avergonzarse de la confesión, desde el momento en que nadie puede maravillarse de que un hombre peque. ¿No entra esto dentro de la condición de debilidad en que todos nos encontramos? […] Todas estas cosas y otras parecidas deben tener muy presentes los sacerdotes que escuchan confesiones. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 7)

  • El ministro de la penitencia debe poseer una vasta doctrina y una notable prudencia

Además de la potestad de orden y jurisdicción, absolutamente necesarias, el ministro de la penitencia debe poseer una vasta doctrina y una notable prudencia, porque desempeña al mismo tiempo oficio de juez y médico de las almas. No basta una ciencia cualquiera. Como juez debe indagar sobre los pecados cometidos, clasificarlos en sus específicas categorías y distinguir los pecados más graves de los más leves, según la cualidad y condiciones de cada penitente. Y en cuanto médico necesita el confesor una suma prudencia. Es deber suyo el saber proveer al enfermo de los remedios más eficaces para sanar el alma y prevenirla contra las nuevas posibles acometidas del mal. De aquí la necesidad para todo cristiano de elegir con exquisito cuidado un sacerdote dotado de integridad de vida, de ciencia e inteligencia, capaz de valorar la importancia de su oficio, perspicaz en el sancionar la conveniencia de la pena para cada culpa y prudente en el juzgar quién debe ser absuelto y quién debe quedar ligado. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 7)

… juzga las actitudes de Francisco con los pecadores públicos, cambiando el protocolo Vaticano

  • Dios persigue a los pecadores

Hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: “Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal” (Rom 2, 8-9). Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo. (Catecismo Romano, IV, VI, II)

… juzga la idea de que Cristo se manchó por el pecado, que tiene Francisco

  • Cristo pagó el pecado que no tenía

Por el pecado nos hacemos reos delante de Dios y quedamos sometidos al débito de la pena que hemos de pagar o satisfaciendo o sufriendo. Por esto dijo Cristo de sí mismo por el profeta: “Tengo que pagar lo que nunca tomé” (Ps 68, 5). (Catecismo Romano, II, VI, III, 3)

  • El pecado nos hace reos delante de Dios y por eso Cristo dijo de sí: “Tengo que pagar lo que nunca tomé”

Por el pecado nos hacemos reos delante de Dios y quedamos sometidos al débito de la pena que hemos de pagar o satisfaciendo o sufriendo. Por esto dijo Cristo de sí mismo por el profeta: “Tengo que pagar lo que nunca tomé” (Ps 68, 5). Esto demuestra no sólo que el hombre es deudor, sino también que es un deudor insolvente, incapaz de satisfacer por sí mismo. (Catecismo Romano, II, VI, III, 3)

  • Hay guerra viva entre Dios y el pecador

Hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: “Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal” (Rom 2, 8-9). Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo. (Catecismo Romano, IV, VI, II)

… juzga la idea de “conversión del papado” que tiene Francisco

  • …que no existiría en otra parte si no la tuviera el Romano Pontífice

El Primado debe ser perenne en la Iglesia: a) porque la Iglesia fundada por Cristo había de ser perenne, y por lo mismo también el Primado, que es su fundamento: la piedra sobre la que está edificada; b) porque Cristo concedió a Pedro el Primado sobre todos los fieles, sin ninguna restricción ni en el espacio ni en el tiempo; c) el Primado lo posee el Romano Pontífice, como sucesor de San Pedro. Como consecuencia de las afirmaciones precedentes, deducimos que en la Iglesia ha de existir una autoridad suprema que ostente el Primado que Cristo fundó; ahora bien, si no lo tuviera el Romano Pontífice, no existiría en ninguna otra parte de la Iglesia; luego necesariamente hemos de concluir que el Obispo de Roma es el sucesor legítimo de San Pedro en la suprema potestad de la Iglesia. En efecto, sólo el Romano Pontífice lo ha reclamado para sí, y solamente a él se lo reconoció la Iglesia en todos los tiempos; luego él es el sucesor de Pedro en dicho primado. (Catecismo Romano, I, III, A)

… juzga la idea de Francisco de que en el confesionario el sacerdote actúa en nombre del Padre

  • Los sacerdotes son meros instrumentos de Cristo. Es Él quién perdona por virtud propia en el sacramento

Cristo puso limitaciones, en cambio, respecto a los ministros de esta divina potestad. No quiso concederla a todos, sino solamente a los obispos y sacerdotes. Y dígase lo mismo en cuanto al modo de ejercerla: sólo puede ejercerse por medio de los sacramentos y usando la fórmula prescrita. Ni la misma Iglesia tiene derecho de remitir de otro modo. De donde se sigue que, tanto los sacerdotes como los sacramentos, son meros instrumentos para la remisión de los pecados; por medio de ellos, Cristo nuestro Señor, autor y dador de la salvación, obra en nosotros el perdón de las culpas y la justificación. […] Este admirable poder no fue concedido jamás a ninguna criatura antes de Cristo. Por primera vez lo recibió Él, en cuanto hombre, de su Padre: “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa (Mt. 9,6 Mc. 2,9)”. Y, habiéndose hecho hombre para otorgar a los hombres el perdón de sus pecados, el Redentor, antes de ascender a los cielos para sentarse eternamente a la diestra del Padre, transmitió este poder a los obispos y sacerdotes en la Iglesia. Mas notemos de nuevo que Cristo perdona los pecados por propia virtud, mientras que los sacerdotes lo hacen sólo como ministros suyos. Es claro que, si todos los prodigios obrados por la divina omnipotencia son grandes y admirables, éste es, entre todos, el más precioso concedido a la Iglesia por la misericordia de Jesucristo. (Catecismo Romano, I, II, IV-V)

… juzga la idea que tiene Francisco de dialogar con el mundo

  • La predicación de la verdad revelada nunca fue tan necesaria como en el mundo actual

Y si siempre fue misión y deber esencial de la Iglesia el predicar la verdad revelada, hoy más que nunca representa una necesidad urgente, a la que debe dedicarse todo el posible interés y cele, porque los fieles necesitan, como nunca, nutrirse con auténtica y sana doctrina, que les dé fuerzas y vida. Nuestro mundo conoce demasiados maestros del error, falsos profetas, de quienes un día dijo Dios: Yo no he enviado a los profetas, y ellos corrían; no les hablaba, y ellos profetizaban (Jer 23, 21). Pseudoprofetas que envenenan las almas con extrañas y falsas doctrinas (Ph 2, 12; 2Co 7, 15; Ep 6, 5). La propaganda de su impiedad, montada con la ayuda de artes diabólicas, ha penetrado hasta los más apartados rincones. […] Sin referirnos al caso de naciones enteras que hoy, separadas del verdadero camino, viven en el error y hasta blasonan de poseer un cristianismo, tanto más perfecto cuanto más distante de la doctrina tradicional de la Iglesia y de sus antepasados, es fácil constatar que en nuestros días las doctrinas erróneas se han infiltrado y se siguen infiltrando subrepticiamente en los más insospechados rincones de la catolicidad. (Catecismo Romano. Prologo, cap. III)

… juzga la idea de gracia que tiene Francisco

  • La gracia es el principal efecto de los sacramentos

El primer lugar entre los efectos de los sacramentos lo ocupa, sin ninguna duda, la gracia llamada por los Padres santificante. Es doctrina clara de San Pablo: Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra (Ef 5, 25-26). Cómo pueda el sacramento realizar tan admirable prodigio; cómo suceda, por ejemplo, que —según la conocida frase agustiniana— el agua lave al cuerpo y toque al corazón, es misterio que la razón humana no puede comprender. Porque es evidente que ninguna cosa sensible puede penetrar por su naturaleza basta lo íntimo del alma. Sólo a la luz de la fe puede entenderse que en los sacramentos exista una virtud divina capaz de producir por medio de ellos lo que las mismas cosas naturales jamás podrían producir por su propia virtud. (Catecismo Romano, II, XII, A)

  • Aunque no lo podamos percibir con los sentidos, Dios demostró la realidad de la gracia con admirables prodigios

Para que no tuviéramos ninguna duda sobre este primer efecto [de los sacramentos, que es la gracia] y creyéramos firmemente que los sacramentos obran siempre en lo profundo del alma esta divina realidad, aunque no lo podamos percibir con los sentidos, quiso Dios demostrárnoslo con admirables prodigios cuando empezaron a administrarse los sagrados misterios de la Iglesia. (Catecismo Romano, II, XII, A)

… juzga la idea de Francisco de que las diferencias entre católicos y protestantes son meramente de interpretación

  • Hay que tener un especial estudio y dedicación por los sacramentos. “No deis las cosas santas a perros”

Si todas las verdades de la fe requieren conocimiento y celo adecuado, la doctrina de los sacramentos – tan necesarios por divina disposición y tan fecundos en bienes para la vida espiritual – exige de todo cristiano un especial estudio y una singular dedicación. Sólo mediante este cuidadoso estudio y su frecuente meditación nos dispondremos convenientemente para poder acercarnos de manera digna y provechosa a la recepción de tan sublimes y divinos misterios. Recordemos en esta ocasión aquellas palabras de Cristo: No deis las cosas santas a perros, ni arrojéis vuestras perlas a puercos (Mt 7,6). (Catecismo Romano, II, I)

  • Unidad sacramental que corresponde a la unidad del cuerpo místico

Aunque sean dos los elementos —el pan y el vino— que constituyen integralmente el sacramento de la Eucaristía, no por ello debe deducirse que son dos sacramentos. Es uno solo, como enseña la autoridad de la Iglesia. […] Esta unidad del sacramento corresponde plenamente al efecto que produce: la gracia, que une a todos los fieles en el único cuerpo místico de Cristo. (Catecismo Romano, II, III, IV, B)

… juzga la idea de Francisco de que Dios ama al pecador sin condiciones

  • Dios persigue a los pecadores

Hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: “Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal” (Rom 2, 8-9). Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo. (Catecismo Romano, VI, 2)

  • Nunca será excesivo el esfuerzo de todos por combatir tan enorme y detestable costumbre de la blasfemia

Quiso, no obstante, el Señor explicitar este mandamiento [el segundo], para señalarnos la suma importancia que Él atribuye al deber de tributar el honor y respeto que le son debidos a su divino y santísimo nombre. Procuremos también nosotros conocer y meditar con la máxima atención y distinción posibles todo cuanto se refiere a este mandamiento. Tanto más que no escasean, por desgracia, quienes, cegados por la ignorancia, se atreven a maldecir a Aquel a quien los mismos ángeles adoran; demasiados hombres que, olvidando tan grave precepto, cada día, cada hora y casi cada minuto arrojan contra la majestad de Dios la ofensa de sus insultos: juramentos falsos y vanos, discursos impregnados de imprecaciones y maldiciones, blasfemias, abuso del santo nombre de Dios, bajo mil formas, hasta por las cosas más frívolas e insignificantes. Nunca será, por consiguiente, excesivo el esfuerzo de todos por combatir tan enorme y detestable costumbre. (Catecismo Romano, II, I)

  • Los culpables de blasfemia no podrán huir de la venganza divina

Puesto que el temor del castigo tiene con frecuencia más eficacia que cualquiera otra consideración, añade el mandamiento divino estas palabras, que deben meditarse con suma atención: No tomarás en falso el nombre de Yavé, tu Dios, porque no dejará Yavé sin castigo al que tome en falso su nombre (Ex 20, 7). […] Nunca se insistirá suficientemente en la gravedad de esta abominación ni se trabajará lo debido para desterrarla de entre los fieles. Tanto más cuanto que diabólicamente se ha ido acentuando esta horrenda costumbre, no bastando ya la ley para refrenarla, y siendo necesario recurrir a las amenazas y a los castigos. […] Notemos, por último, que Dios no ha querido precisar este o aquel castigo para quienes le niegan el honor que le es debido; únicamente ha anunciado con terrible gravedad que los culpables no podrán huir a su divina venganza. En las pruebas de cada día ―fruto, sin duda, del incumplimiento de este precepto― vemos que Dios no falta a su palabra de justicia. Y si en el día del juicio ha de pedir cuenta de toda palabra ociosa, ¿cuánto no habrán de temer su divina ira quienes se atreven a ofender y menospreciar su santísimo Nombre? (Catecismo Romano, II, V)

… juzga la idea de Francisco de que solamente se puede evangelizar con dulzura

  • La predicación de la verdad nunca fue tan necesaria cuanto en el mundo actual

Los fieles necesitan, como nunca, nutrirse con auténtica y sana doctrina, que les dé fuerzas y vida. Nuestro mundo conoce demasiados maestros del error, falsos profetas, de quienes un día dijo Dios: “Yo no he enviado a los profetas, y ellos corrían; no les hablaba, y ellos profetizaban” (Jr 23, 21). Pseudoprofetas que envenenan las almas con extrañas y falsas doctrinas (Flp 2, 12; 2 Cor 7, 15; Ef 6, 5). La propaganda de su impiedad, montada con la ayuda de artes diabólicas, ha penetrado hasta los más apartados rincones. […] Sin referirnos al caso de naciones enteras que hoy, separadas del verdadero camino, viven en el error y hasta blasonan de poseer un cristianismo, tanto más perfecto cuanto más distante de la doctrina tradicional de la Iglesia y de sus antepasados, es fácil constatar que en nuestros días las doctrinas erróneas se han infiltrado y se siguen infiltrando subrepticiamente en los más insospechados rincones de la catolicidad. (Catecismo Romano. Prólogo, cap. III)

… juzga la idea de propiedad privada que tiene Francisco

  • El robo

2) GRAVEDAD DE ESTE PECADO. – La gravedad del pecado del hurto está determinada por la misma ley natural. Por él se quebranta la justicia-esencial en la vida de los hombres-, que exige dar a cada uno lo que es suyo.
La distribución de los bienes naturales entre los hombres se apoya fundamentalmente en el mismo derecho de naturaleza y ha sido sancionada por las leyes positivas, divinas y humanas. Y mantener el respeto a estas leyes fundamentales es de absoluta necesidad en orden a la misma convivencia humana: Ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maledicentes, ni los rapaces, poseerán el reino de Dios (1Co 6,10). Y aparece más clara la gravedad del pecado contra la propiedad personal en las consecuencias funestas que de él se derivan: juicios temerarios, odios, enemistades, condenas injustas de inocentes, etc. Ya se comprenderá la gravedad de la sanción divina, que impone al ladrón el deber de restituir. El hurto no puede ser perdonado-escribe San Agustín-si no se restituye lo robado (SAN AGUSTÍN, Epist. 153: PL 33,662). ¡Y cuan difícil-por no decir imposible-resulta este deber para quien ha convertido el robo en una costumbre constante! El profeta Habacuc exclamaba: ¡Ay del que amontona lo ajeno y acrecienta sin cesar el peso de su deuda! (Ha 2,6). Este “peso de deuda” -la posesión de las cosas ajenas-, del que, según la Escritura es casi imposible librarse, es una prueba más de la gravedad del pecado y de la triste situación a que pueden llegar sus víctimas. Y baste lo dicho sobre el hurto para que podamos comprender y detestar la malicia de las demás formas del robo. (Catecismo Romano, capítulo VII Séptimo mandamiento del Decálogo)

… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes comparten la misma fe

  • La costumbre de orar en espíritu de ninguna manera la observan los infieles

Más importa muchísimo orar debidamente. Pues aunque la oración es un bien muy provechoso, de nada sirve si no se practica como se debe, porque muchas veces pedimos y no recibimos, como enseña Santiago, porque pedimos mal. […] Hemos de orar, pues, en espíritu y verdad. Porque tales los quiere el Padre celestial, que le adoren en espíritu y verdad. Ora de esta manera el que hace oración con íntimo y ardiente afecto del alma. No excluimos la oración vocal de este modo espiritual de pedir. Pero con todo nos parece que de justicia se debe la primacía a la oración que nace de un corazón fervoroso, la cual es la que oye Dios, a quien están patentes los pensamientos ocultos de los hombres, aunque no se pronuncie con la boca. […] Esta costumbre de orar en espíritu, propia de los cristianos, en manera alguna la observan los infieles, de quienes nos dice así Cristo Nuestro Señor: “Cuando oréis no queráis hablar mucho, como hacen los gentiles; que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras. No queráis, pues, imitarlos; que bien sabe vuestro Padre lo que habéis menester, antes de pedírselo”. […] Tampoco oran en verdad los hipócritas, de cuyo modo de orar nos aparta Cristo Señor nuestro por estas palabras: “Cuando oráis, no habéis de ser como los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo, que ya recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre, que ve lo más secreto, te premiará”. (Catecismo Romano, IV, VII, I)

… juzga la idea de familia que tiene Francisco

  • Los bienes del matrimonio: la prole nacida de la legítima esposa

Tres son los bienes del matrimonio: la prole, la fe y el sacramento. Bienes que compensan ampliamente las cargas matrimoniales de que hablaba San Pablo: “Si te casares, no pecas, y si la doncella se casa, no peca; pero tendréis así que estar sometidos a la tribulación de la carne, que quisiera yo ahorraros” (1 Cor 7, 28), y dan a las uniones físicas el don y la nobleza de la santa honestidad. Ante todo, la prole, es decir, los hijos nacidos de la legítima esposa. (Catecismo Romano, II, VII, 7)

… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes adoran al mismo Dios

  • La Trinidad nos fue revelada con toda claridad por Jesucristo

El mismo Jesucristo se dignó revelarnos con toda claridad el misterio: Enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). Porque tres son los que dan testimonio en el cielo —añade San Juan—: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y los tres son uno (1 Jn 5, 7). (Catecismo Romano, II, I, IV, D)

  • Es necedad no asentir a las palabras de Dios

Démonos por satisfechos con saber que todo cuanto por la fe tenemos como cierto y seguro, lo aprendimos del mismo Dios. ¡Sería incalificable necedad no prestar asentimiento a las palabras de un Dios! (Catecismo Romano, II, I, IV, D)

… juzga la idea de posibilidad de ruptura del vínculo matrimonial que tiene Francisco

  • La ley del vínculo conyugal perdura inexorablemente aún después de la separación

Obligados, en cambio, por la ley del vínculo conyugal, que perdura inexorablemente aun después de la separación, y privados de toda esperanza de poder contraer nuevo matrimonio, los esposos se harán más cautos y comedidos en sus accesos de ira y discordia. Y aun justificadamente separados, terminarán fácilmente por sentir el más vivo deseo de la unión y volver de nuevo a la vida conyugal. (Catecismo Romano, II, VII, VI, C)

… juzga la visión de la Iglesia hacia los divorciados en segunda unión que tiene Francisco

  • Los hombres esclavos de sus culpas no participan del fruto espiritual

De tantas y tan grandes dádivas y bienes que Dios concede a toda la Iglesia, solamente gozan los que haciendo una vida verdaderamente cristiana, son justos y amados de Dios. Pero los miembros muertos, esto es, los hombres enredados de sus culpas y apartados de la gracia de Dios, aunque no están privados del beneficio de ser aun miembros de este cuerpo; mas como son miembros muertos, no perciben el fruto espiritual que llega a los virtuosos y justos. (Catecismo Romano, I, X, 26)

… juzga la idea de anticlericalismo que tiene Francisco

  • Portadores del poder de Dios, en cuyo nombre comunican la ley y los misterios de vida

Los obispos y los sacerdotes son, en realidad, los intérpretes y embajadores de Dios, a quien visiblemente representan en la tierra y en cuyo nombre comunican a los hombres la ley y los misterios de vida. No cabe concebir aquí abajo misión ni dignidad más sublime. Con razón han sido llamados los sacerdotes, no simplemente ángeles, sino dioses, por ser ellos, entre los hombres, los portadores de la virtud y poder del Dios inmortal. (Catecismo Romano. Cap. VI, 2, a)

… juzga la idea de divorciados para padrinos que tiene Francisco

  • Que los padrinos conozcan sus obligaciones y las cumplan

Actualmente se les llama “padrinos”; antiguamente eran llamados “receptores”, “prometedores” o “fiadores”. Pueden ejercer este oficio casi todos los laicos. Conviene conozcan perfectamente las obligaciones para que puedan cumplirlas con exactitud. (Catecismo Romano, I, VII, B)

  • El bautizado debe ser encomendado a la prudencia y fidelidad de un pedagogo

Los motivos que indujeron a la Iglesia a añadir padrinos en la administración bautismal pueden deducirse del mismo significado de este sacramento. Porque el bautismo es un nacimiento espiritual, por el que nos hacemos hijos de Dios. San Pedro escribe: Como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual, para con ella crecer en orden a la salvación. Y así como el niño que nace tiene necesidad de nodriza y de pedagogo, con cuya ayuda y trabajo puede ser educado e instruido, igualmente es necesario que el bautizado, cuando empieza a vivir espiritualmente, sea encomendado a la prudencia y fidelidad de un experto pedagogo espiritual. (Catecismo Romano, I, VII, B)

  • El padrino puede prestar valiosa ayuda a los pastores de almas

Él [el padrino] le enseñará los preceptos de la religión cristiana, le iniciará en las prácticas de la piedad y le ayudará a ir creciendo poco a poco en la vida de Dios, hasta llegar, con el auxilio divino, a la madurez de hombre perfecto. De esta manera los padrinos pueden prestar una valiosa ayuda a los sacerdotes y pastores de almas, que, por sus múltiples tareas apostólicas, muchas veces no disponen de suficiente tiempo para ocuparse de la formación individual de los niños.  (Catecismo Romano, I, VII, B)

  • Misión frecuentemente ejercida con lamentable ligereza

Conviene además enseñar a los fieles cuáles son los deberes espirituales que contraen como padrinos. ¡Es lamentable la ligereza con que frecuentemente se realiza hoy este oficio! Parece que no nos queda vivo sino el nombre, sin que muchas veces sospechen siquiera quienes lo ejercen los elementos de santidad que en sí encierra este deber. Piensen seriamente los padrinos que por gravísima ley quedan confiados para siempre a su cuidado y tutela religiosa los hijos espirituales y que a ellos incumbe la obligación de desarrollar en sus almas la vida cristiana y asegurar el cumplimiento de las promesas hechas en el bautismo. (Catecismo Romano, I, VII, C)

  • “Os habéis constituido responsables de los ahijados ante Dios”

San Dionisio pone en boca del padrino estas palabras: Yo prometo que, cuando el niño llegue a poder comprender las verdades divinas, he de inducirle con mis asiduas exhortaciones a que profese y cumpla las cosas santas que promete y a que enteramente renuncie a las contrarias. Y San Agustín a su vez: Os amonesto, hombres o mujeres que apadrinasteis niños en el bautismo, que recordéis que os habéis constituido responsables de ellas ante Dios. Es lógico, por lo demás, que quien se ha comprometido con un cargo, no debe cansarse jamás de cumplirlo con la máxima diligencia. Y quien se comprometió a ser educador y guía de un niño, no puede permitirse abandonarlo mientras tenga necesidad de su tutela y apoyo.  (Catecismo Romano, I, VII, C)

  • Deber de inculcar en los hijos espirituales la guarda de la castidad

San Agustín resume en pocas palabras las enseñanzas que han de procurar los padrinos a sus hijos espirituales: Deben inculcarles la guarda de la castidad, el amor a la justicia y a la caridad; deben enseñarles el Credo, la Oración dominical, el Decálogo y los primeros elementos de la doctrina cristiana. (Catecismo Romano, I, VII, C)

  • Es fácil precisar a quiénes no debe confiarse el oficio de padrinos

Con estos conceptos será fácil precisar a quiénes no debe confiarse el oficio de esta santa tutela: a quienes no quieran ejercitarla con fidelidad o no puedan mantenerla con el debido cuidado y constancia. (Catecismo Romano, I, VII, C)

  • La doctrina de Cristo es clara: “Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera”

Según la doctrina de Cristo, el vínculo matrimonial no puede ser disuelto por el divorcio. Si el libelo de repudio dejase libre a la mujer, lícitamente podría contraer nuevo matrimonio sin incurrir en adulterio. Cristo en cambio claramente dice: Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera, y el que se casa con la repudiada por el marido, comete adulterio. Es doctrina cierta que el vínculo matrimonial no se disuelve más que con la muerte. (Catecismo Romano, 2, VII)

  • Obligados por la ley del vínculo conyugal, los esposos se hacen más cautos

Si el matrimonio pudiera disolverse por el divorcio, jamás faltarían razones subjetivamente suficientes para hacerlo; y el demonio, eterno enemigo de la paz y de la pureza, se encargaría de avivar el fuego de la discordia. Obligados, en cambio, por la ley del vínculo conyugal, que perdura inexorablemente aun después de la separación, y privados de toda esperanza de poder contraer nuevo matrimonio, los esposos se harán más cautos y comedidos en sus accesos de ira y discordia. Y aun justificadamente separados, terminarán fácilmente por sentir el más vivo deseo de la unión y volver de nuevo a la vida conyugal.  (Catecismo Romano, 2, VII)

… juzga la idea de pedir oraciones a no católicos y ateos que tiene Francisco

  • Es necesario que el Espíritu Santo oriente nuestras oraciones

El Autor de nuestras oraciones es el Espíritu Santo, con cuya dirección es necesario que sean oídas nuestras oraciones. Porque hemos recibido el espíritu de adopción de hijos de Dios por el cual clamamos Aba, Padre. Este mismo Espíritu ayuda nuestra flaqueza e ignorancia en este ejercicio de orar, ―Y aun él mismo, dice el Apóstol, pide por nosotros con gemidos inexplicables. (Catecismo Romano, IV, VII, V)

  • La costumbre de orar en espíritu en manera alguna la observan los infieles

Mas importa muchísimo orar debidamente. Pues aunque la oración es un bien muy provechoso, de nada sirve si no se practica como se debe, porque muchas veces pedimos y no recibimos, como enseña Santiago, porque pedimos mal. […] Hemos de orar, pues, en espíritu y verdad. Porque tales los quiere el Padre celestial, que le adoren en espíritu y verdad. Ora de esta manera el que hace oración con íntimo y ardiente afecto del alma. No excluimos la oración vocal de este modo espiritual de pedir. Pero con todo nos parece que de justicia se debe la primacía a la oración que nace de un corazón fervoroso, la cual es la que oye Dios, a quien están patentes los pensamientos ocultos de los hombres, aunque no se pronuncie con la boca. […] Esta costumbre de orar en espíritu, propia de los cristianos, en manera alguna la observan los infieles, de quienes nos dice así Cristo nuestro Señor: “Cuando oréis no queráis hablar mucho, como hacen los gentiles; que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras. No queráis, pues, imitarlos; que bien sabe vuestro Padre lo que habéis menester, antes de pedírselo”. […] Tampoco oran en verdad los hipócritas, de cuyo modo de orar nos aparta Cristo Señor nuestro por estas palabras: “Cuando oráis, no habéis de ser como los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo, que ya recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre, que ve lo más secreto, te premiará”. (Catecismo Romano, IV, VII, I)

  • Los hombres esclavos de sus culpas y apartados de la gracia de Dios no participan del fruto espiritual

Mas de tantas y tan grandes dádivas y bienes que Dios concede a toda la Iglesia, solamente gozan los que haciendo una vida verdaderamente cristiana, son justos y amados de Dios. Pero los miembros muertos, esto es, los hombres enredados de sus culpas y apartados de la gracia de Dios, aunque no están privados del beneficio de ser aun miembros de este cuerpo; mas como son miembros muertos, no perciben el fruto espiritual que llega a los virtuosos y justos. (Catecismo Romano, I, X, 26)

  • La oración de los empedernidos en el pecado no es oída por Dios

El último grado [de la oración] es el de aquellos que no sólo no están arrepentidos de sus fechorías y maldades, sino que añadiendo pecados a pecados, con todo no se avergüenzan de pedir muchas veces a Dios perdón de los pecados, en los cuales quieren continuar, cuando en tal disposición ni aún a otro hombre osarían pedir les perdonase. La oración de estos no es oída de Dios. Porque así está escrito de Antíoco: “Hacia este malvado oración al Señor, de quien no había de alcanzar misericordia”. (Catecismo Romano, IV, III)

… juzga la idea que Francisco tiene de las palabras de Jesucristo en la Cruz

  • Reconocimiento de que Dios es principio y fuente de todo bien

Al hacer oración nos reconocemos súbditos de Dios y le confesamos principio y fuente de todo bien; le invocamos como nuestro refugio y defensa, como nuestra seguridad y salvación. Es el mismo Dios quien nos dice: “Invócame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú cantarás mi gloria” (Ps 49, 15). (Catecismo Romano. Parte II, cap. IX, II, B, 1)

… juzga la idea de que los cristianos deben abajarse siempre que tiene Francisco

  • Jesús abarca lo más humillante y lo más grandioso

Los demás artículos del Símbolo que se refieren a Jesucristo nos muestran su inmensa bondad en la humillación: nada, en efecto, puede concebirse más humillante que el hecho de que Él haya querido asumir nuestra humana y débil naturaleza y padecer y morir por nosotros. La resurrección, en cambio […], y la ascensión, con el consiguiente triunfo a la diestra del Padre, representan lo más grandioso y admirable que puede decirse para la glorificación de su divina y gloriosa majestad. (Catecismo Romano, c. VI, IV, a)

… juzga la idea de que nuestros pecados nos aproximan de Jesucristo que tiene Francisco

  • El pecado se opone a la gracia

El pecado y la gracia de ningún modo pueden coexistir en el alma. (Catecismo Romano. II, VIII, A)

… juzga la idea de que el clamor del pueblo expresa la voluntad de Dios que tiene Francisco

  • La predicación de la verdad revelada nunca fue tan necesaria cuanto en el mundo actual, en que abundan los maestros del error y falsos profetas

Y si siempre fue misión y deber esencial de la Iglesia el predicar la verdad revelada, hoy más que nunca representa una necesidad urgente, a la que debe dedicarse todo el posible interés y cele, porque los fieles necesitan, como nunca, nutrirse con auténtica y sana doctrina, que les dé fuerzas y vida. Nuestro mundo conoce demasiados maestros del error, falsos profetas, de quienes un día dijo Dios: Yo no he enviado a los profetas, y ellos corrían; no les hablaba, y ellos profetizaban (Jr 23, 21). Pseudoprofetas que envenenan las almas con extrañas y falsas doctrinas (Ph 2, 12; 2Co 7, 15; Ep 6, 5). La propaganda de su impiedad, montada con la ayuda de artes diabólicas, ha penetrado hasta los más apartados rincones. […] Sin referirnos al caso de naciones enteras que hoy, separadas del verdadero camino, viven en el error y hasta blasonan de poseer un cristianismo, tanto más perfecto cuanto más distante de la doctrina tradicional de la Iglesia y de sus antepasados, es fácil constatar que en nuestros días las doctrinas erróneas se han infiltrado y se siguen infiltrando subrepticiamente en los más insospechados rincones de la catolicidad. (Catecismo Romano. Prologo, cap. III)

… juzga la idea de pecado y misericordia que tiene Francisco

  • Nuestras faltas violan la santidad del alma y profanan el templo de Dios

Con él [el pecado] queda violada la santidad del alma, esposa de Cristo, y profanado el templo del Señor, acerca de lo cual escribió San Pablo: “Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros” (1 Cor 3, 16-17). (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

  • Los pecados turban el orden establecido por la sabiduría divina

Cierto que nuestros pecados de pensamiento, palabra y obra van directamente contra Dios, a quien negamos obediencia, turbando, en cuanto nos es posible, el orden establecido por su infinita sabiduría. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 3)

  • El pecado envenena la razón y la voluntad

El pecado es una peste que corrompe la carne y penetra los huesos, envenenando la misma razón y voluntad. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

  • El hombre es un deudor insolvente

Por el pecado nos hacemos reos delante de Dios y quedamos sometidos al débito de la pena que hemos de pagar o satisfaciendo o sufriendo. Por esto dijo Cristo de sí mismo por el profeta: “Tengo que pagar lo que nunca tomé” (Ps 68, 5). Esto demuestra no sólo que el hombre es deudor, sino también que es un deudor insolvente, incapaz de satisfacer por sí mismo. De aquí la necesidad de recurrir a la misericordia divina. Mas no nos exime este recurso del deber de la satisfacción en la justa medida que exige la justicia divina, de la que Dios es igualmente celosísimo. Y esto nos exige acudir a los méritos de la pasión de Cristo, sin los que nos sería absolutamente imposible alcanzar el perdón de nuestros pecados. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

  • Disposiciones de alma para pedir perdón al Señor

Convendrá señalar las disposiciones con que debe acercarse el alma al Señor para pedir el perdón de sus culpas. 1. Ante todo, con conciencia de tus propios pecados y humilde arrepentimiento de los mismos y pleno convencimiento de que Dios quiere siempre perdonar a quien se acerca con estas disposiciones. 2. Ni basta simplemente recordar los pecados; es necesario que nuestra memoria de ellos sea dolorosa: un recuerdo que punce el corazón y excite el alma al arrepentimiento. La memoria de nuestros pecados debe ir siempre acompañada de este dolor y arrepentimiento, que nos harán recurrir con ansiedad y angustia a Dios, nuestro Padre, para que Él nos saque, con la gracia de su perdón, las espinas que llevamos clavadas en el alma. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

  • Dios persigue a los pecadores

Hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: “Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal.” (Rm 2, 8-9) Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo. (Catecismo Romano 4500, cap. VI, n. 2)

  • Por el pecado nos vendemos a la esclavitud del demonio

Esta ansiedad y angustia brotará espontáneamente no sólo de la consideración de la fealdad del mal cometido, sino también de la indignidad y audacia con que nosotros, pobres gusanos, osamos levantarnos y ofender la majestad e infinita santidad de Dios, que nos había colmado de tantos y tan inmensos beneficios. Y todo ello, ¿para qué? Para alejarnos de un Padre tan bueno —el Sumo Bien— y vendernos por un precio miserable a la vergonzosa esclavitud del demonio. Dios nos puso un yugo suave de amor, un lazo dulce y amable de infinita caridad; mas nosotros lo rompimos para pasarnos al enemigo, al príncipe de este mundo (Jn 12, 31), al príncipe de las tinieblas (Ep 6, 12), al rey de todos los feroces (Jb 41, 25). (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

… juzga la idea de Primera Comunión que tiene Francisco

  • La Eucaristía es misterio de la fe y verdadero sacramento

La Eucaristía es uno de los siete sagrados misterios reconocidos y venerados siempre en la Iglesia como verdaderos y propios sacramentos. En la consagración del cáliz se dice expresamente: “misterio de fe”. (Catecismo Romano. Parte II, cap. III, IV)

  • Unidad sacramental que corresponde a la unidad del cuerpo místico

Aunque sean dos los elementos —el pan y el vino— que constituyen integralmente el sacramento de la Eucaristía, no por ello debe deducirse que son dos sacramentos. Es uno solo, como enseña la autoridad de la Iglesia. […] Esta unidad del sacramento corresponde plenamente al efecto que produce: la gracia, que une a todos los fieles en el único cuerpo místico de Cristo. (Catecismo Romano. Parte II, Cap. III, IV, B)

  • Ningún cristiano debe ignorar os misterios ocultos en la Eucaristía

Y procedamos ya a declarar y desentrañar los divinos misterios ocultos en la Eucaristía, que en modo alguno debe ignorar ningún cristiano. San Pablo dijo que cometen grave delito quienes no distinguen el cuerpo del Señor. Esforcémonos, pues, en elevar nuestro espíritu sobre las percepciones de los sentidos, porque, si llegáramos a creer que no hay otra cosa en la Eucaristía más que lo que sensiblemente se percibe, cometeríamos un gravísimo pecado. En realidad, los ojos, el tacto, el olfato y el gusto, que sólo perciben la apariencia del pan y del vino, juzgarán que sólo a esto se reduce la Eucaristía. Los creyentes, superando estos datos de los sentidos, hemos de penetrar en la visión de la inmensa virtud y poder de Dios, que ha obrado en este sacramento tres admirables misterios, cuya grandeza profesa la fe católica. El primero es que en la Eucaristía se contiene el verdadero cuerpo de Nuestro Señor, el mismo cuerpo que nació de la Virgen y que está sentado en los cielos a la diestra de Dios Padre. El segundo, que en la Eucaristía no se conserva absolutamente nada de la substancia del pan y del vino, aunque el testimonio de los sentidos parezca asegurarnos lo contrario. Por último — y esto es consecuencia de los dos anteriores, y lo expresa claramente la fórmula misma de la consagración — que, por acción prodigiosa de Dios, los accidentes del pan y del vino, percibidos por los sentidos, quedan sin sujeto natural. […] Su propia substancia de tal modo se convierte en el cuerpo y sangre de Cristo, que deja de ser definitivamente substancia de pan y de vino. (Catecismo Romano. Parte II, Cap. III, VI)

… juzga la idea de paternidad responsable que tiene Francisco

  • Los bienes del matrimonio: la prole, la fe y el sacramento

Tres son los bienes del matrimonio: la prole, la fe y el sacramento. Bienes que compensan ampliamente las cargas matrimoniales de que hablaba San Pablo: “Si te casares, no pecas, y si la doncella se casa, no peca; pero tendréis así que estar sometidos a la tribulación de la carne, que quisiera yo ahorraros” (1 Cor 7, 28), y dan a las uniones físicas el don y la nobleza de la santa honestidad. Ante todo, la prole, es decir, los hijos nacidos de la legítima esposa. San Pablo valora en su justo valor este primer bien cuando dice: La mujer se salvará por la crianza de los hijos (1 Tim 2, 15). (Catecismo Romano. Parte II, Cap.VII, n.7)

… juzga la idea de felicidad que tiene Francisco

  • En la unión con Dios está la auténtica felicidad

Nadie dudará, por consiguiente, que éste debe ser también empeño especial de todo pastor de almas: suscitar en ellas el amor hacia la bondad inmensa de Dios, para que, encendidas en ese divino ardor, se sientan atraídas hacia aquel sumo y perfectísimo Bien,pues sólo en la unión con Él encontrarán la auténtica y segura felicidad. Por propia experiencia lo conocerá quien pueda decir con el profeta: ¿A quién tengo yo en los cielos? Fuera de ti, nada deseo sobre la tierra (Ps 72, 25). (Catecismo Romano. Prólogo, IV, 3) 

 … juzga la idea de amor fraterno que tiene Francisco

  • Las puertas están abiertas a los que hacen propósito de no pecar más

Quien pretendiera acercarse al sacramento sin estas disposiciones [verdadero arrepentimiento de los pecados cometidos en la vida pasada con propósito sincero de no volver a cometerlos], debe ser absolutamente rechazado. Nada, en efecto, más opuesto a la virtud y gracia del bautismo que la aptitud y disposición de quien no quiere proponer una seria renuncia a la vida de pecado. Debiendo desearse este sacramento para revestirnos de Cristo e incorporarnos a Él, es evidente que debe ser excluido de su recepción quien persista en su intención de pecar. No se puede abusar de la gracia de Cristo y de los sacramentos de su Iglesia. (Catecismo Romano. Parte II, Cap. 1, VIII, C, 3)

… juzga la idea de ascetismo, silencio y penitencia que tiene Francisco

  • Sin mortificación no se alcanza la corona incorruptible

Tiene también grandísima importancia en esta batalla contra los instintos de la carne la práctica de la mortificación del cuerpo con ayunos y vigilias, peregrinaciones y otros ejercicios de penitencia propios de la virtud de la templanza. San Pablo escribía a los Corintios: Quien se prepara para la lucha, de todo se abstiene, y eso para alcanzar una corona corruptible; mas nosotros, para alcanzar una incorruptible (1 Co 9, 24). Y poco después añade: Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado (1Co 9, 27). Y en la Carta a los Romanos: No os deis a la carne para satisfacer sus concupiscencias (Rm 13,14). (Catecismo Romano. Parte II, Cap. V, IV, B, 2)

… juzga la idea de obediencia religiosa que tiene Francisco

  • Muchos son incrédulos por querer vivir a sus anchas

Es importantísimo el papel que la voluntad desempeña en la fe. Una voluntad sincera, despojada de pasiones, prejuicios y respetos humanos. Muchos son incrédulos, no por cuestiones de entendimiento, sino porque anda por medio el corazón con sus pasiones: prefieren vivir a sus anchas antes que someterse al yugo de la obediencia. (Catecismo Romano 100, I, 3)

… juzga la idea de la omnipotencia de Dios que que tiene Francisco

  • Ni existe ni se puede imaginar cosa alguna que Dios no pueda hacer

Concepto de omnipotencia divina: Significamos con este título que ni existe ni puede pensarse cosa alguna que Dios no pueda hacer. Cabe bajo su poder no sólo realizar aquello que, aunque inmenso, de alguna manera entra en el ámbito de nuestra comprensión (reducir el universo a la nada, crear instantáneamente infinitos mundos posibles, etc.), sino también maravillas infinitamente más grandes, que la mente del hombre no puede pensar ni aun siquiera imaginar. (Catecismo Romano, n. 1000, V A)

  • Todo volvería a la nada si Dios no lo conservase perpetuamente

No concibamos nuestra fe en Dios, creador y autor de todas las cosas, como si éstas, terminada la acción creadora por parte de Dios, pudieran subsistir por sí mismas, independientes de su infinito poder. Porque así como sólo por el absoluto poder, sabiduría y bondad del Creador fueron creadas todas las cosas, del mismo modo todas volverían instantáneamente a la nada si no estuvieran asistidas por la divina Providencia, que perpetuamente las conserva en la existencia con el mismo poder que las hizo existir. (Catecismo Romano, n. 1000, VI E)

… juzga la idea de que Dios nunca condena que tiene Francisco

  • Quien abusa de la misericordia se torna indigno de recibirla

Mas el hecho de que el beneficio del perdón se nos haya concedido con tal amplitud y generosidad no debe inducirnos a pecar más fácilmente o a demorar el arrepentimiento. En el primer caso, evidentemente culpables de irreverencia y desprecio hacia esta potestad, nos haríamos indignos de la divina misericordia (Si 5, 6-8). En el segundo, temamos seriamente no nos sorprenda la muerte de improviso como meros creyentes de una remisión de pecados que nosotros mismos convertimos culpablemente en imposible e inútil (Lc 12, 37-40). (Catecismo Romano, n. 1100)

  • El pedido de misericordia sin la contrición es vano

Y si leemos en la Sagrada Escritura que algunos no consiguieron misericordia a pesar de haberla implorado con vehemencia (Cf. 2Mc 9, 13, y He 12, 17), debe entenderse que fueporque no estaban arrepentidos de corazón de sus pecados. (Catecismo Romano, n. 2400) 

… juzga la idea de Cristo en el Juicio que tiene Francisco

  • Durante esta vida, Cristo es nuestro abogado ante el Padre

Según San Pablo, subió Jesús a los cielos además para comparecer en la presencia de Dios a favor nuestro (He 9,24). Hijitos míos – escribía San Juan -, os escribo esto para que no pequéis. Si alguno peca, Abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, justo, Él es la propiciación por nuestras pecados (1Jn 2,1-2). Nada puede llenar de más alegría y esperanza nuestros corazones como el pensar que Jesucristo – que goza ante el Padre de toda gracia y autoridad – es el defensor de nuestra causa y el intercesor de nuestra salvación. (Catecismo Romano, 1060)

  • El día del Juicio, el Hijo será nuestro juez

Recordemos, además, que todos los hombres habremos de comparecer dos veces delante del Señor para dar cuenta de todos y cada uno de nuestros pensamientos, palabras y acciones, y para escuchar su sentencia de Juez. […] El segundo será el universal. En un mismo día y en un mismo lugar compareceremos todos ante el tribunal divino, y todos y cada uno, en presencia de los hombres de todos los siglos, conoceremos nuestra propia y eterna sentencia. Y no será ésta la menor de las penas y tormentos para los impíos y malvados. Los justos, en cambio, recibirán entonces gran premio y alegría, porque entonces aparecerá lo que fue cada uno en esta vida. […] Porque, si bien es cierto que la potestad de juzgar es común a las tres Personas de la Santísima Trinidad, se le atribuye de manera especial al Hijo, como igualmente se le atribuye la sabiduría. (Catecismo Romano, 1060) 

… juzga la idea de condenación eterna que que tiene Francisco

  • El infierno: la verdad cristiana más molesta y desagradable

Existe, ante todo, una cárcel horrible y tenebrosa, donde yacen, atormentadas con fuego eterno, las almas de los condenados y los demonios. Este lugar es llamado en la Sagrada Escritura “gehenna”, “abismo” y propiamente “infierno”. (Catecismo Romano, 1050)

… juzga la idea de Verdad de Francisco

  • Si existe un solo Dios, sólo existe un Ente absoluto

De todo lo dicho se deduce que hemos de confesar que hay un solo Dios, no muchos dioses. Si atribuímos a Dios la suma bondad y la perfección absoluta, nos resultará evidente la imposibilidad de que lo infinito y absoluto puedan encontrarse en más de un sujeto; a quien faltare el más insignificante detalle de perfección, se convertiría por lo mismo en imperfecto, y en modo alguno podría convenirle la naturaleza divina.
Numerosos textos de la Sagrada Escritura afirman y prueban esta verdad: Oye, Israel: Y ave, nuestro Dios, es el solo Y ave (Dt 6,4); No tendrás otro Dios que a mí (Ex 20,3); Así habla Y ave: Yo soy el primero y el último; y no hay otro Dios fuera de mí (Is 44,6); Sólo un Señor, una fe, un bautismo (Ep 4,5) (10). (Catecismo Romano)

… juzga la idea de pena de muerte de Francisco

  • La represión de la delincuencia garantiza la vida querida por Dios

A) Excepciones [al quinto precepto del Decálogo]:
En cuanto al primer aspecto, notemos que el precepto no prohibe de manera absoluta toda clase de muerte.
(…)
2) En segundo lugar, entra dentro de los poderes de la justicia humana el condenar a muerte a los reos. Tal poder judicial, ejercido conforme a las leyes, sirve de freno a los delincuentes y de defensa a los inocentes.
Dictando sentencia de muerte, los jueces no sólo no son reos de homicidio, sino más bien ejecutores de la ley divina, que prohibe matar culpablemente. Éste es, en efecto, el fin del precepto: tutelar la vida y la tranquilidad de los hombres; y a esto exactamente deben tender los jueces con sus sentencias: a garantizar con la represión de la delincuencia esta tranquilidad de vida querida por Dios. El profeta David escribe: De mañana haré perecer a todos los impíos de la tierra y exterminaré de la ciudad de Dios a todos los obradores de la iniquidad (Ps 100,8). (Catecismo Romano, III Parte, Capítulo V, III)