120 – Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva

“El misterio de la cruz es la respuesta de Dios al mal del mundo”. Con estas palabras Francisco encerraba su primer Via Crucis en el Coliseo como Obispo de Roma, durante un breve discurso que prenunciaba sus futuras predicaciones centradas en el perdón y la misericordia. El pontífice explicó de manera novedosa el significado de la inmolación del Cordero de Dios, que habría ofrecido su vida en la cruz para decirnos una palabra de amor más fuerte que de justicia.

El sentido de esta frase de acuerdo con la doctrina católica es que en el Madero Sagrado el Hijo de Dios sacrificó su vida por el género humano privado de la vida de la gracia e impedido de gozar la eterna bienaventuranza a causa de sus culpas. Su ofrenda reparó junto al Padre el abismo insuperable que nos separaba de Él, abriéndonos las puertas del cielo. Por lo tanto, fue un acto de suma justicia.

Entre la justificación del hombre y su salvación eterna hay un largo camino de perseverancia que debe ser recorrido, y que consiste en el abandono del pecado con la ayuda divina. Enseña San Hilario que “El mismo Padre que preparó para los justos el reino al que su Hijo hace entrar a quienes son dignos, así también preparó el horno de fuego para quienes por mandato del Señor serán arrojados en él por los ángeles que enviará el Hijo del Hombre”. Todo dependerá de las disposiciones de cada cual y de su correspondencia a los designios de Dios. Lo cierto es que la problemática del juicio, de la gravedad del pecado y de la condenación eterna persiste después del sacrificio del Calvario, por mucho que se quiera quitarle importancia.

Sin embargo, cuando escuchamos que “El misterio de la cruz es la respuesta de Dios al mal del mundo” y la interpretación que se siguió a este bello enunciado, ¿podemos estar seguros de la ortodoxia de lo que nos es transmitido? ¿No serían más bien palabras que preparaban un pontificado que “no responde al mal” y que prefiere “permanecer en silencio” cuanto a este tema? ¿Cómo entender esta confusión en medio de un Jubileo de la Misericordia cuyo sentido no le ha quedado claro a casi nadie?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutoresVI – Complemento doctrinal sobre el pecado mortal, única condición para la condenación eterna

I – ¿La única respuesta de Dios al mal es siempre la misericordia?
II – La Cruz de Cristo, misericordia para algunos, escándalo para otros
III – Para salvarse no basta profesar el nombre de Cristo, es necesario convertirse y vivir en la gracia de Dios
IV – ¿Qué dice la doctrina católica sobre el juicio final y la justicia divina?
V – Incluso en esta vida Dios castiga, pues en su obrar amoroso nos quiere salvar
VI – Complemento doctrinal sobre el pecado mortal, única condición para la condenación eterna

I – ¿La única respuesta de Dios al mal es siempre la misericordia?

Sagradas Escrituras

Antiguo Testamento

Exterminio operado por Dios en la época de Noé

Al ver el Señor que la maldad del hombre crecía sobre la tierra y que todos los pensamientos de su corazón tienden siempre y únicamente al mal, el Señor se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra y le pesó de corazón. Dijo, pues, el Señor: “Voy a borrar de la superficie de la tierra al hombre que he hecho, junto con los cuadrúpedos, reptiles y aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho”. Pero Noé obtuvo el favor del Señor. […] En el año seiscientos de la vida de Noé, el día diecisiete del segundo mes, reventaron las fuentes del gran abismo y se abrieron las compuertas del cielo, y estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches. […] El agua se hinchaba y crecía mucho sobre la tierra y el arca flotaba sobre la superficie del agua. El agua se hinchaba más y más sobre la tierra, hasta cubrir las montañas más altas bajo el cielo; unos siete metros por encima subió el agua, cubriendo las montañas. Perecieron todas las criaturas que se movían en la tierra: aves, ganados, fieras y cuanto bullía sobre la tierra; y todos los hombres. Todo lo que exhalaba aliento de vida, todo cuanto existía en la tierra firme, murió. Así fueron exterminados todos los seres de la superficie del suelo, desde los hombres hasta los ganados, los reptiles y las aves del cielo; todos fueron exterminados de la tierra. Solo quedó Noé y los que estaban con él en el arca. Las aguas llenaron la tierra durante ciento cincuenta días. (Gen 6, 5-8; 7, 11-12.18-24)

Dios envía azufre y fuego desde el cielo

El Señor contestó: “Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. […] Abrahán continuó: “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más: ¿Y si se encuentran diez?” Contestó el Señor: “En atención a los diez, no la destruiré. […] El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego desde el cielo. Arrasó aquellas ciudades y toda la vega; los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo. La mujer de Lot miró atrás, y se convirtió en estatua de sal. (Gen 18, 24.32; 19, 24-26)

A los que murmuran y desacreditan las palabras de Dios, Él les envía su castigo

Moisés replicó al Señor: […] “Perdona, pues, la culpa de este pueblo, por tu gran piedad, igual que lo has soportado desde Egipto hasta aquí”. El Señor respondió: “Le perdono, como me lo pides. Pero, ¡por mi vida y por la gloria del Señor que llena toda la tierra!, ninguno de los hombres que vieron mi gloria y los signos que hice en Egipto y en el desierto, y me han puesto a prueba diez veces ya, y no han escuchado mi voz; ninguno de ellos verá la tierra que prometí con juramento a sus padres. Nadie de los que me han rechazado la verá. (Num 14, 13.19-23)

“En este desierto caerán vuestros cadáveres, los de todos los que habéis murmurado contra mí”

El Señor dijo a Moisés y Aarón: ¿Hasta cuándo seguirá esta comunidad malvada murmurando contra mí? He oído a los hijos de Israel murmurar de mí. Diles: “¡Por mi vida!, oráculo del Señor, que os haré lo que me habéis dicho a la cara: en este desierto caerán vuestros cadáveres, los de todos los que fuisteis censados, de veinte años para arriba, los que habéis murmurado contra mí. No entraréis en la tierra en la que juré estableceros. Solo exceptúo a Josué hijo de Nun y a Caleb hijo de Jefuné. A vuestros niños, de los que dijisteis que caerían cautivos, los haré entrar y conocerán la tierra que vosotros habéis despreciado. Vuestros cadáveres caerán en este desierto y vuestros hijos serán nómadas cuarenta años por el desierto, y cargarán con vuestra infidelidad, hasta que se consuman vuestros cadáveres en el desierto. Según el número de los días que empleasteis en explorar la tierra, cuarenta días, cargaréis con vuestra culpa cuarenta años, un año por cada día. Para que sepáis lo que es desobedecerme”. Yo, el Señor, juro que haré esto a la comunidad que se ha amotinado contra mí: en este desierto se consumirán y en él morirán”. Los hombres que había enviado Moisés a explorar la tierra, los que al volver habían incitado a toda la comunidad a murmurar contra él, tratando de desacreditar la tierra, y que, al volver desacreditaron la tierra, cayeron fulminados ante del Señor. (Num 14, 26-37)

Ante la insolencia, Dios hace que algunos se vayan vivos a la morada de los muertos

Moisés mandó llamar a Datán y Abirón, hijos de Eliab. Pero ellos respondieron: “No queremos ir”. […] Respondió el Señor a Moisés: “Habla a esa comunidad y diles: ‘Alejaos de los alrededores de la morada de Coré, Datán y Abirón’”. Moisés se levantó y fue a donde estaban Datán y Abirón. Los ancianos de Israel le siguieron. Y dijo a la comunidad: “Apartaos, por favor, de las tiendas de esos hombres malvados y no toquéis nada de cuanto les pertenece, no sea que perezcáis por todos sus pecados”. Ellos se apartaron de los alrededores de la morada de Coré, Datán y Abirón. Datán y Abirón, con sus mujeres, hijos y pequeñuelos, habían salido y estaban a la entrada de sus tiendas. Moisés dijo: “En esto conoceréis que es el Señor quien me ha enviado para hacer todas estas obras y que no es ocurrencia mía: si estos hombres mueren como muere cualquier mortal, según el destino común a todo hombre, es que el Señor no me ha enviado; pero si el Señor obra algo portentoso, si la tierra abre su boca y los traga con todo lo que les pertenece, y bajan vivos al Abismo, sabréis que esos hombres han despreciado al Señor”. Y sucedió que, nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo debajo de ellos; la tierra abrió su boca y se los tragó, con todas sus familias, así como a toda la gente de Coré, con todas sus posesiones. Bajaron vivos al Abismo con todo lo que tenían. La tierra los cubrió y desaparecieron de la asamblea. A sus gritos huyeron todos los israelitas que estaban a su alrededor, pues se decían: “No vaya a tragarnos la tierra”. Salía luego del Señor fuego que devoró a los doscientos cincuenta hombres que habían ofrecido el incienso. (Num 16, 12.23-35)

El Señor castiga quien lo odia

Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones. Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona. Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas. (Dt 7, 9-10)

Por obrar mal el pueblo judío estuvo bajo la opresión de los filisteos durante cuarenta años

Los hijos de Israel volvieron a obrar mal a los ojos del Señor y el Señor los entregó en manos de los filisteos durante cuarenta años. (Jue 13, 1)

También en el castigo Dios es justo y misericordioso

Los hijos de Elí eran unos desalmados, que no reconocían al Señor. […] El pecado de aquellos jóvenes era muy grande ante el Señor, pues trataban con desprecio la oblación del Señor. […] Elí era muy anciano. […] Un hombre de Dios se presentó a Elí, y le dijo: “Así dice el Señor: Yo me manifesté a los antepasados de tu padre, cuando vivían en Egipto sometidos a la casa del faraón. Lo escogí entre todas las tribus de Israel para que fuera mi sacerdote, subiera al altar a ofrecer incienso y llevara el efod en mi presencia. Concedí a la casa de tu padre todos los sacrificios de los hijos de Israel. ¿Por qué pisoteáis el sacrificio y la ofrenda que prescribí en mi Morada, y temes a tus hijos más que a mí, cebándolos con las primicias de toda ofrenda de mi pueblo Israel? Por ello —oráculo del Señor, Dios de Israel—, aunque había prometido que tu casa y la casa de tu padre caminarían en mi presencia para siempre, ahora lejos de mí tal cosa —oráculo del Señor—, pues honro a los que me honran, pero los que se burlan de mí son despreciados. He aquí que vienen días en que cortaré tu brazo y el de la casa de tu padre, de modo que en tu casa nadie llegará a ser anciano. Y verás un rival en el Templo, llevando a cabo la prosperidad de Israel, mientras en tu casa nadie llegará a ser anciano. Pero mantendré a uno de los tuyos junto a mi altar hasta que se agoten tus ojos y se consuma tu vida. Pero todos los retoños de tu casa morirán en edad viril. Te servirá de señal lo que les va a ocurrir a tus dos hijos, Jofní y Pinjás: los dos morirán el mismo día […] “Ese día cumpliré respecto a Elí cuanto predije de su casa, de comienzo a fin. Le anuncié que iba a castigar para siempre su casa, por el pecado de no haber reñido a sus hijos, sabiendo que despreciaban a Dios. Por ello, he jurado a la casa de Elí que el pecado de su casa no será expiado jamás ni con sacrificio ni con ofrenda” […] Elí oyó el griterío y preguntó: “¿Qué significa ese alboroto?” El hombre se acercó apresuradamente a Elí y le dio la noticia. El mensajero le respondió: “Israel ha huido ante los filisteos, y además ha habido una gran mortandad entre el pueblo. También murieron tus dos hijos Jofní y Pinjás, e incluso el Arca de Dios fue apresada”. En cuanto mencionó el Arca de Dios, Elí cayó de su sitial hacia atrás contra un lado de la puerta, se partió la nuca y murió, porque el hombre era anciano y pesado. Había juzgado a Israel cuarenta años. (1 Sam 2, 12.17.22.27-35; 3, 12-13; 4, 14.17s)

Hambre y desolación como respuesta de Dios a los que se habían apartado de Él

Acab, hijo de Omrí, inició su reinado en Israel el año treinta y ocho de Asá, rey de Judá. […] Acab, hijo de Omrí, hizo el mal a los ojos del Señor, más aún que todos los que le precedieron. No le bastó seguir los pecados de Jeroboán, hijo de Nebat, sino que, además, tomó por mujer a Jezabel, hija de Itobaal, rey de los sidonios, y se puso a servir a Baal, postrándose ante él. […] Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: “Vive el Señor, Dios de Israel, ante quien sirvo, que no habrá en estos años rocío ni lluvia si no es por la palabra de mi boca. […] Pasado mucho tiempo, al tercer año llegó la palabra del Señor a Elías, diciendo: “Vete, preséntate ante Ajab, pues voy a conceder lluvia sobre la superficie de la tierra”. (1 Re 16, 29-31; 17, 1; 18, 1)

Cae fuego del cielo y consume a los enviados del rey que creía en los falsos dioses

Entonces envió un jefe con sus cincuenta hombres, que subieron a donde estaba Elías y lo encontraron sentado en lo alto de la montaña. El jefe de los cincuenta le dijo: “Hombre de Dios, el rey ha ordenado: ‘Desciende’”. Respondió Elías: “Si efectivamente soy un hombre de Dios, descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta hombres”. Y descendió un fuego del cielo que lo consumió junto a sus cincuenta hombres. El rey volvió a enviar otro jefe de cincuenta hombres, quien subió de nuevo diciendo: “Hombre de Dios, así dice el rey: ‘¡Desciende sin demora!’” Pero Elías le respondió: “Si efectivamente soy un hombre de Dios, descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta hombres”. Y descendió un fuego del cielo que lo devoró junto a sus cincuenta hombres. El rey envió un tercer jefe de cincuenta con sus cincuenta hombres. Subió el tercer jefe de cincuenta, pero, al llegar, cayó de rodillas ante Elías y le suplicaba diciendo: “Hombre de Dios, te ruego que respetes mi vida y la de estos cincuenta servidores tuyos. Mira que ya descendió un fuego del cielo y devoró a los dos jefes de cincuenta anteriores y a los cincuenta hombres de cada uno. Pero ahora, respeta mi vida”. El Ángel del Señor dijo a Elías: “Desciende con él, no tengas miedo ante él”. Entonces se levantó y descendió con él adonde estaba el rey. Le dijo: “Así dice el Señor: Por haber enviado mensajeros a consultar a Baal Zebub, el dios de Ecrón, como si en Israel no hubiera Dios a quien consultar, para que envíes a consultar a Baal Zebub, el dios de Ecrón, por eso, no bajarás jamás de la cama a la que has subido. Morirás sin remedio”. Y murió conforme a la palabra del Señor que Elías había pronunciado. (2 Re 1, 9-17)

La mano de Dios en la maldición dada por un profeta

Más adelante [Eliseo] subió de allí a Betel y, según subía por el camino, unos cuantos muchachos salieron de la ciudad y se burlaban de él diciendo: “¡Sube, calvo; sube, calvo!” Él se volvió, se les quedó mirando y los maldijo en el nombre del Señor. Entonces salieron dos osos del bosque y despedazaron a cuarenta y dos de aquellos muchachos. De allí se fue al monte Carmelo, de donde regresó a Samaría. (2 Re 2, 23-24)

Nuevo Testamento

Las duras, pero santas, palabras de Jesús a los fariseos

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”! Con esto atestiguáis en vuestra contra, que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo escaparéis del juicio de la gehenna? Mirad, yo os envío profetas y sabios y escribas. A unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad. Así recaerá sobre vosotros toda la sangre inocente derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el santuario y el altar. En verdad os digo, todas estas cosas caerán sobre esta generación. (Mt 23, 21-36)

Jesús predice la destrucción de Jerusalém, la ciudad infiel…

Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: “¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita”. (Lc 19, 41-44)

… y azota a los vendedores y animales del templo

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. (Jn 2, 13- 17)

La recompensa de Ananías y Safira por engañar a los Apóstoles fue una muerte fulminante

Pero un hombre llamado Ananías, de acuerdo con Safira, su mujer, vendió una propiedad y se quedó con una parte del precio, sabiéndolo su mujer; después llevó el resto y lo puso a los pies de los Apóstoles. Pero Pedro le dijo: “Ananías, ¿cómo es que Satanás se ha adueñado de tu corazón para que mientas al Espíritu Santo y retengas parte del precio de la propiedad? ¿Es que no la podías retener cuando la tenías? Y, una vez vendida, ¿no eras dueño legítimo del precio? ¿Por qué has puesto en tu corazón esta decisión? No has engañado a hombres, sino a Dios”. Al oír Ananías estas palabras, se desplomó y expiró. Y se extendió un gran temor entre todos los que lo oían contar. Aparecieron unos jóvenes que lo envolvieron en lienzos y lo llevaron a enterrar. Aconteció unas tres horas más tarde que entró su mujer sin saber lo que había sucedido, y Pedro le preguntó: “Dime si habéis vendido la propiedad por tanto”. Ella respondió: “Sí, por tanto”. Entonces Pedro le dijo: “¿Por qué os habéis puesto de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? Mira, los pies de los que acaban de enterrar a tu marido están a la puerta y también te van a llevar a ti”. Enseguida se desplomó a sus pies y expiró. Los jóvenes entraron, la encontraron muerta y la llevaron a enterrar junto a su marido.Y se extendió un gran temor en toda la Iglesia y entre todos los que lo oían contar. (Hch 5, 1-10)

En Salamina, Pablo ciega un falso profeta

Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos, llevando también a Juan, que los ayudaba. Después de atravesar toda la isla hasta Pafos, encontraron a un mago, un falso profeta judío, llamado Barjesús, que estaba con el procónsul Sergio Paulo, hombre prudente. Este mandó llamar a Bernabé y Saulo y deseaba oír la palabra de Dios, pero se les oponía Elimas, el mago (pues esto es lo que significa su nombre), intentando apartar de la fe al procónsul. Entonces Saulo, que también se llama Pablo, lleno de Espíritu Santo, se quedó mirándolo y le dijo: “Hombre rebosante de todo tipo de mentira y maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿cuándo vas a dejar de oponerte a los rectos caminos del Señor? Ahora, mira, va a caer sobre ti la mano del Señor y vas a quedar ciego, sin ver el sol, durante algún tiempo”. Al instante cayó sobre él oscuridad y tinieblas e iba de un sitio para otro buscando quién lo llevase de la mano. Entonces el procónsul, viendo lo sucedido, creyó, impresionado por la doctrina del Señor. (Hch 13, 5-12)

II – La Cruz de Cristo, misericordia para algunos, escándalo para otros

Sagradas Escrituras

Por no creer en el Hijo de Dios, muchos morirán en su propio pecado

De nuevo les dijo: “Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros”. Y los judíos comentaban: “¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: ‘Donde yo voy no podéis venir vosotros’?” Y él les dijo: “Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que ‘Yo soy’, moriréis en vuestros pecados”. (Jn 8, 21-24)

Cristo crucificado es escándalo y necedad para muchos

Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. (1 Cor 1, 22-25)

Cristo es piedra angular para los creyentes y piedra de escándalo para los incrédulos

Para vosotros, pues, los creyentes, ella es el honor, pero para los incrédulos la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular, y también piedra de choque y roca de estrellarse; y ellos chocan al despreciar la palabra. A eso precisamente estaban expuestos. (1 Pe 2, 7-8)

San Ireneo de Lyon

El mismo Dios premia a los justos y prepara el castigo de los malos

El mismo Padre que preparó para los justos el reino al que su Hijo hace entrar a quienes son dignos, así también preparó el horno de fuego para quienes por mandato del Señor serán arrojados en él por los ángeles que enviará el Hijo del Hombre. (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, 4, 40, 2)

III – Para salvarse no basta profesar el nombre de Cristo, es necesario convertirse y vivir en la gracia de Dios

Sagradas Escrituras

No basta decir que se adhiere a Cristo, es necesario obrar como Él

No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?” Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”. (Mt 7, 21-23)

Vosotros os habéis acercado a Dios, juez de todos: procurad que nadie se quede sin la gracia

Procurad que nadie se quede sin la gracia de Dios, y que ninguna raíz amarga rebrote y haga daño, contaminando a muchos. Que nadie se prostituya ni profane como Esaú, que solo por una comida vendió su primogenitura. Sabéis que más tarde quiso heredar la bendición, pero fue excluido, pues no obtuvo la retractación, por más que la pidió hasta con lágrimas. No os habéis acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron que no continuase hablando, pues no podían soportar lo que mandaba: Quien toque el monte, aunque sea un animal, será apedreado. Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: “Estoy temblando de miedo”. Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel. (Heb 12, 15-24)

Escuchemos los enviados de Dios y mantengámonos en la gracia

Cuidado con rechazar al que habla, pues si aquellos no escaparon por haber rechazado al que transmitía los oráculos en la tierra, cuánto menos nosotros, si nos apartamos del que habla desde el cielo. […] Por eso, nosotros, que recibimos un reino inconmovible, hemos de mantener esta gracia; y, mediante ella, ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con respeto y reverencia, porque nuestro Dios es fuego devorador. (Heb 12, 25-29)

Reconciliarse con Dios es una necesidad para la salvación

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él. Pues dice: “En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé”. (2 Cor 5, 20; 6, 2)

Los malhechores no entrarán en el Reino de Dios…

¿No sabéis que ningún malhechor heredará el reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero fuisteis lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios. (1 Cor 6, 9-10)

…tampoco los que se dán a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero

Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios. (Ef 5, 5)

La pena de los que no creen es el fuego eterno

Aunque lo habéis conocido todo de una vez para siempre, quiero recordaros, sin embargo, que el Señor habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, después exterminó a los que no creyeron; y que a los ángeles que no se mantuvieron en su rango sino que abandonaron su propia morada los tiene guardados para el juicio del gran Día, atados en las tinieblas con cadenas perpetuas. También Sodoma y Gomorra, con las ciudades circunvecinas, por haberse prostituido como aquellas y por haber practicado vicios contra naturaleza, quedan ahí como muestra, padeciendo la pena de un fuego eterno. (Jds 5-7)

Vivid según Jesucristo en el amor a Dios

En cambio vosotros, queridos míos, acordaos de las predicciones de los Apóstoles de Nuestro Señor Jesucristo; pues os decían que en el tiempo final habrá gente burlona que actuará conforme a los propios deseos de impiedad. Son estos los que crean discordias, animales que no tienen espíritu. En cambio, vosotros, queridos míos, basándoos en vuestra santísima fe y orando movidos por el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. Tened compasión con los que titubean, a unos salvadlos arrancándolos del fuego, a otros mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por el vicio. (Jds 17-22)

San Agustín de Hipona

Para alcanzar el cielo es menester vivir santamente

Sabiendo, pues, que han tomado ocasión más que inicuamente de algunas frases difíciles del Apóstol Pablo para no preocuparse de vivir bien, como muy seguros de la salvación que consiste en la fe, [Pedro] recordó que en sus cartas hay pasajes difíciles de entender, que interpretan mal los hombres, como también otras Escrituras, para su propia perdición, diciendo el gran Apóstol lo mismo que los demás Apóstoles acerca de la salvación eterna; que no se otorga sino a los que vivan bien. (San Agustín de Hipona. De la fe y las obras, 14, 22)

Observar los mandamientos es condición para la salvación

La tercera cuestión es la más peligrosa, de la cual, por haber sido poco estudiada e investigada, no según la divina palabra, me parece a mí que ha salido toda esta opinión, en la que se promete a los que viven perversísima y perdidamente, que aunque perseveren en ese modo de vivir, y con tal de que crean solamente en Cristo, y reciban sus sacramentos, que van a llegar a la salvación y a la vida eterna, contra la sentencia clarísima del Señor que responde al que desea la vida eterna: Si quieres llegar a la vida, guarda los mandamientos; y recordó qué mandamientos, a saber: aquellos que evitan los pecados, a quienes no sé cómo se les promete la salvación eterna por la fe, que sin obras es muerta. (San Agustín de Hipona. De la fe y las obras, 27, 49)

Los que creyeron en Cristo en vano e inútilmente, estarán con los malos

Vendrá, efectivamente, en la claridad de su poder (cf. Mt 25, 31ss; 16, 27) el que antes se había dignado venir en la humildad de su humanidad. Y separará a todos los buenos de los malos, es decir, no sólo los que no quisieron creer en él expresamente, sino también los que creyeron en él en vano e inútilmente: a los buenos les dará un reino eterno en su compañía, y a los malos un castigo sin fin al lado del demonio (cf. Mt 25, 31-46). (San Agustín de Hipona. La catequesis a principiantes, II, 24, 45)

Santo Tomás de Aquino

Aquellos que obran con malicia no merecen la vida futura

Los efectos de los contrarios son contrarios entre sí: A las obras de la virtud se oponen la obras de la malicia y, por consiguiente, la desdicha a que se llega por las obras de la malicia es contraria a la felicidad que merecen las obras virtuosas. Los contrarios son de un mismo género, y como la dicha suprema, que se alcanza por las obras virtuosas, es un bien de la vida futura y no de la vida presente, es necesario que la desdicha suma, a donde conduce la malicia, sea un mal de la vida futura. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, cap. 173)

Concilio Vaticano II

Es necesario velar constantemente para ser contados entre los elegidos

Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Hb 9, 27), merezcamos entrar con El a las bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt 25, 31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt 25, 41), a las tinieblas exteriores, donde “habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 22, 13; 25, 30). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 48, 21 de noviembre de 1964)

Catecismo de la Iglesia Católica

Morir en pecado mortal es separarse de Dios por libre elección

Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1033)

Benedicto XVI

Es falsa la conversión sin cambio de vida

Reflexionemos también sobre otro versículo: Cristo, el Salvador, concedió a Israel la conversión y el perdón de los pecados (ib., v. 31) —en el texto griego el término es metanoia—, concedió la penitencia y el perdón de los pecados. Para mí, se trata de una observación muy importante: la penitencia es una gracia. Existe una tendencia en exégesis que dice: Jesús en Galilea anunció una gracia sin condición, totalmente incondicional; por tanto, también sin penitencia, gracia como tal, sin condiciones humanas previas. Pero esta es una falsa interpretación de la gracia. La penitencia es gracia; es una gracia que reconozcamos nuestro pecado, es una gracia que reconozcamos que tenemos necesidad de renovación, de cambio, de una trasformación de nuestro ser. Penitencia, poder hacer penitencia, es el don de la gracia. Y debo decir que nosotros, los cristianos, también en los últimos tiempos, con frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura. (Benedicto XVI. Concelebración Eucarística con los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, 15 de abril de 2010)

Juan Pablo II

Conversión: pasar de la vida “según la carne” a la “vida según el Espíritu”

La conversión se expresa desde el principio con una fe total y radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la existencia, exigiendo un esfuerzo continuo por pasar de la vida “según la carne” a la “vida según el Espíritu” (cf. Rom 8, 3-13). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 46, 7 de diciembre de 1990)

El hombre se condena cuando utiliza mal su libertad

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 28 de julio de 1999)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Cristo pide una adhesión completa de la inteligencia, voluntad, sentimientos, actividades y proyectos

[…] Dios concedió a los hombres inteligencia y voluntad para que lo pudieran buscar, conocer y amar libremente. Por eso la libertad humana es un recurso y, a la vez, un reto para el hombre que le presenta Aquel que lo ha creado. Un ofrecimiento a su capacidad de conocer y amar lo que es bueno y verdadero. Nada como la búsqueda del bien y la verdad pone en juego la libertad humana, reclamándole una adhesión tal que implica los aspectos fundamentales de la vida. Este es, particularmente, el caso de la verdad salvífica, que no es solamente objeto del pensamiento sino también acontecimiento que afecta a toda la persona ―inteligencia, voluntad, sentimientos, actividades y proyectos― cuando ésta se adhiere a Cristo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 6 de octubre de 2007)

Un cambio de vida en el pensar y en el obrar

Generalmente se usa el término “conversión” en referencia a la exigencia de conducir a los paganos a la Iglesia. No obstante, la conversión (metanoia), en su significado cristiano, es un cambio de mentalidad y actuación, como expresión de la vida nueva en Cristo proclamada por la fe: es una reforma continua del pensar y obrar orientada a una identificación con Cristo cada más intensa (cf. Gal 2, 20) […]. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 6 de octubre de 2007)

Pablo VI

Metanoia: transformación profunda de la mente

Este reino y esta salvación […], cada uno los consigue mediante un total cambio interior, que el Evangelio designa con el nombre de metanoia, una conversión radical, una transformación profunda de la mente y del corazón. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 10, 8 de diciembre de 1975)

Sínodo de los Obispos

El encuentro con Jesús no deja nada como era antes

Este encuentro con Jesús, […] es un encuentro que no deja nada como era antes, sino que asume la forma de la metanoia, de la conversión, como Jesús mismo pide con fuerza (cf. Mc 1, 15). […] Es un encuentro que nos hace capaces de hacer cosas nuevas y de dar testimonio, gracias a las obras de conversión anunciadas por los Profetas (cf. Jr 3, 6ss; Ez 36, 24-36), de la transformación de nuestra vida. (Sínodo de los Obispos. XIII Asamblea General Ordinaria, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, Instrumentum Laboris, n. 19, 27 de mayo de 2012)

IV – ¿Qué dice la doctrina católica sobre el juicio final y la justicia divina?

Sagradas Escrituras

El Padre ha puesto todo juicio en manos de su Hijo

Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio. (Jn 5, 22.25-29)

La justicia de Dios en la condenación eterna

El Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”. (Mt 13, 41-42.25, 41)

IV Concilio de Letrán (XII Ecuménico)

Cristo vendrá como juez y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos

[Firmemente creemos y simplemente confesamos que Cristo…] ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora fueren malas; aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna. (Denzinger-Hünermann 801. IV Concilio de Letrán, cap. 1, De la fe católica, 11-30 de noviembre de 1215)

Catecismo de la Iglesia Católica

La justicia de Dios no es arbitraria

La omnipotencia divina no es en modo alguno arbitraria: En Dios el poder y la esencia, la voluntad y la inteligencia, la sabiduría y la justicia son una sola cosa, de suerte que nada puede haber en el poder divino que no pueda estar en la justa voluntad de Dios o en su sabia inteligencia” (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 25, a. 5, ad 1). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 271)

Benedicto XVI

Dios es justicia y crea justicia

La imagen del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza. ¿Pero no es quizás también una imagen que da pavor? Yo diría: es una imagen que exige la responsabilidad. Una imagen, por lo tanto, de ese pavor al que se refiere San Hilario cuando dice que todo nuestro miedo está relacionado con el amor. Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Pero en su justicia está también la gracia. Esto lo descubrimos dirigiendo la mirada hacia el Cristo crucificado y resucitado. Ambas — justicia y gracia — han de ser vistas en su justa relación interior. La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor. (Benedicto XVI. Encíclica Spe salvi, n. 44, 30 de noviembre de 2007)


Sobre la justicia de Dios, que puede condenar eternamente, ver los siguientes estudios en el Denzinger-Bergoglio:

"El Señor perdona siempre, jamás condena"
"Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos" 
"El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie eternamente"
"Una relectura del Credo: en el Juicio Final Jesucristo no nos va a juzgar; sino que será nuestro abogado"

V – Incluso en esta vida Dios castiga, pues en su obrar amoroso nos quiere salvar

Sagradas Escrituras

El Señor no deja impune el delito

Señor, lento a la ira y rico en piedad, que perdona la culpa y el delito, pero no lo deja impune, que castiga la culpa de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación”. (Num 14, 18)

El Señor corrige a los que Él ama

Hijo mío, no rechaces la reprensión del Señor, no te enfades cuando él te corrija, porque el Señor corrige a los que ama, como un padre al hijo preferido. (Prov 3, 11-12)

No castigar a los hijos es odiarlos

Quien no usa la vara odia a su hijo, quien lo ama lo corrige a tiempo. (Prov 13, 24)

Quién es corregido en esta vida se libra del infierno

No escatimes castigos al joven, no va a morir porque lo azotes; si lo azotas con la vara, librarás su vida del abismo. (Prov 23, 13-14)

El amor usa muchas veces el látigo

El que ama a su hijo lo castiga sin cesar, para poder alegrarse en el futuro. El que corrige a su hijo tendrá muchas satisfacciones, y entre sus conocidos se sentirá orgulloso de él. (Eclo 30, 1)

Corregir es una forma de educar y amar

Mima a tu hijo y te dará sorpresas, juega con él y te traerá disgustos. No rías con él y no llorarás con él, ni acabarás rechinando los dientes. En su juventud no le des libertad, ni pases por alto sus errores. Doblega su cuello mientras es joven, túndele las costillas cuando es pequeño, no sea que, volviéndose rebelde, te desobedezca y sufras por él una honda amargura. Educa a tu hijo y dedícate a él, para que no tengas que soportar su insolencia. (Eclo 30, 9-13)

Los que no son castigados son hijos bastardos y no legítimos

No escatimes castigos al joven, no va a morir porque lo azotes; si lo azotas con la vara, librarás su vida del Abismo y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: “Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos.” Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos? Si os eximen de la corrección, que es patrimonio de todos, es que sois bastardos y no hijos. Ciertamente tuvimos por educadores a nuestros padres carnales y los respetábamos; ¿con cuánta más razón nos sujetaremos al Padre de nuestro espíritu, y así viviremos? (Heb 12, 5-9)

El castigo imputado a Moisés fue no entrar en la tierra prometida

Aquel mismo día el Señor dijo a Moisés: “Sube a esa montaña de los Abarín, al monte Nebo, que está en la tierra de Moab, frente a Jericó, y contempla la tierra de Canaán que yo voy a dar en propiedad a los hijos de Israel. Después morirás en el monte y te reunirás con los tuyos, lo mismo que tu hermano Aarón murió en el monte Hor y se reunió con los suyos. Por haberme sido infieles en medio de los hijos de Israel, en la fuente de Meribá, en Cadés, en el desierto de Sin, y por no haber reconocido mi santidad en medio de los hijos de Israel, por eso verás de lejos la tierra, pero no entrarás en la tierra que voy a dar a los hijos de Israel”. (Dt 32, 48-52)

Dios castiga al rey David por despreciar su palabra

Entonces Natán dijo a David: “Tú eres ese hombre. Así dice el Señor, Dios de Israel: “Yo te ungí rey de Israel y te libré de la mano de Saúl. Te entregué la casa de tu señor, puse a sus mujeres en tus brazos, y te di la casa de Israel y de Judá. Y, por si fuera poco, te añadiré mucho más. ¿Por qué has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que le desagrada? Hiciste morir a espada a Urías el hitita, y te apropiaste de su mujer como esposa tuya, después de haberlo matado por la espada de los amonitas. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”. Así dice el Señor: “Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la luz misma del sol. Tú has obrado a escondidas. Yo, en cambio, haré esto a la vista de todo Israel y a la luz del sol”. David respondió a Natán: “He pecado contra el Señor”. Y Natán le dijo: “También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Ahora bien, por haber despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá sin remedio”. (2 Sam 12, 7-14)

Clemente Romano

Aprended a someteros, deponiendo la arrogancia de vuestra lengua

Amados, asumamos la corrección por la que nadie debe irritarse. La advertencia que mutuamente nos hagamos es muy buena y muy beneficiosa, pues nos une a la voluntad de Dios. Pues así dice la palabra santa: el Señor me corrigió y no me entregó a la muerte (Sal 140, 5). Porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que acepta como hijo (Prov 3, 12) […]. Ahora, pues, los que fuisteis causa de que estallara la sedición, someteos a vuestros presbíteros y corregíos para penitencia, doblando las rodillas de vuestro corazón. Aprended a someteros, deponiendo la arrogancia jactanciosa y altanera de vuestra lengua; pues más os vale encontraros pequeños pero escogidos dentro del rebaño de Cristo, que ser excluidos de su esperanza a causa de la excesiva estimación de vosotros mismos. (Clemente Romano. Epístola a los Corintios, n. 56-58)

Santo Tomás de Aquino

El que no persevera en la disciplina o corrección no es hijo de Dios

Acerca de lo primero hace este raciocinio: todos los santos, que agradaron a Dios, pasaron por muchas tribulaciones, para llegar a hijos de Dios. Luego el que no persevera en la disciplina o corrección no es hijo, sino bastardo, esto es, nacido de adulterio. De este razonamiento pone solamente la conclusión: “si estáis fuera de la corrección de que todos los justos participaron, bien se ve que sois bastardos, y no hijos legítimos”; pues “todos los que quieren vivir virtuosamente, según Jesucristo, han de padecer persecución” (2 Tim 3, 12; Jud 8). Ni es preciso que las tribulaciones que padecen los santos hayan de ser siempre exteriores, cuando no faltan las interiores ocasionadas del trato y mal ejemplo de los hombres perversos; como el justo Lot “a quien estos hombres abominables [de Sodoma y Gomorra] afligían y perseguían con su vida infame” (2 Pe 2, 7). (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta de San Pablo a los Hebreos, lec. 2, Heb 12, 511)

Congregación para el Clero

Como educador genial, Dios recuerda el premio y el castigo

“Como a hijos os trata Dios; y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige?” (Heb 12, 7). La salvación de la persona, que es el fin de la revelación, se manifiesta también como fruto de una original y eficaz “pedagogía de Dios” a lo largo de la historia. En analogía con las costumbres humanas y según las categorías culturales de cada tiempo, la Sagrada Escritura nos presenta a Dios como un padre misericordioso, un maestro, un sabio que toma a su cargo a la persona ―individuo y comunidad― en las condiciones en que se encuentra, la libera de los vínculos del mal, la atrae hacia sí con lazos de amor, la hace crecer progresiva y pacientemente hacia la madurez de hijo libre, fiel y obediente a su palabra. A este fin, como educador genial y previsor, Dios transforma los acontecimientos de la vida de su pueblo en lecciones de sabiduría adaptándose a las diversas edades y situaciones de vida. A través de la instrucción y de la catequesis pone en sus manos un mensaje que se va transmitiendo de generación en generación, lo corrige recordándole el premio y el castigo, convierte en formativas las mismas pruebas y sufrimientos. (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, n. 139, 25 de agosto de 1997)

San Alfonso de Ligorio

Más almas van al infierno por la misericordia que por la justicia de Dios

Dices que el Señor es Dios de misericordia. Aquí se oculta el tercer engaño, comunísimo entre los pecadores, y por el cual no pocos se condenan. Escribe un sabio autor que más almas envía al infierno la misericordia que la justicia de Dios, porque los pecadores, confiando temerariamente en aquélla, no dejan de pecar, y se pierden. El Señor es Dios de misericordia, ¿quién lo niega? Y, sin embargo, ¡a cuántas almas manda Dios cada día a penas eternas! Es, en verdad, misericordioso, pero también es justo; y por ello se ve obligado a castigar a quien le ofende. Usa de misericordia con los que le temen (cf. Sl 102, 11-13). (San Alfonso de Ligorio. Preparación para la muerte, parte III, consideración 23, n. 2)

VI – Complemento doctrinal sobre el pecado mortal, única condición para la condenación eterna

Catecismo de la Iglesia Católica

¿Qué es el pecado?

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (San Agustín de Hipona. Contra Faustum manichaeum, 22, 27; Santo Tomás de Aquino. Summa Theologiae, I-II, q. 71, a. 6). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1849)

El pecado mortal destruye la caridad y aparta el hombre de Dios

El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1855)

Condiciones para que un pecado sea mortal

Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: “Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento” (Reconciliatio et penitentia, n. 17). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1857)

El pecado tiene diferencias de gravedad

La materia grave es precisada por los diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1858)

Para caer en culpa grave hay que conocer el carácter pecaminoso del pecado y consentirlo deliberadamente

El pecado mortal requiere plena conciencia y entero consentimiento. Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso del acto, de su oposición a la Ley de Dios. Implica también un consentimiento suficientemente deliberado para ser una elección personal. La ignorancia afectada y el endurecimiento del corazón (cf Mc 3, 5-6; Lc 16, 19-31) no disminuyen, sino aumentan, el carácter voluntario del pecado. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1859)

El pecado más grave es el que se comente por elección deliberada del mal

La ignorancia involuntaria puede disminuir, y aún excusar, la imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie ignora los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de todo hombre. Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1860)

El pecado mortal entraña la pérdida de la caridad y priva de la gracia

El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1861)

Los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos para siempre

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1035)

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

¿En qué consiste el infierno?

Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 212)


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