27 – Dios ha salvado a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado

¿Qué opinaríamos de un libro de cocina que esconde cuáles son los principales ingredientes de sus recetas y, para colmo, explica de forma confusa los pasos para preparar cada plato? Ahora bien, cualquier manjar terreno, por exquisito que sea, pierde toda su importancia delante de un asunto tan delicado como nuestro destino eterno. Pues bien, al interpretar ciertas palabras del Papa Francisco en su entrevista a Antonio Spadaro, poco menos que algunos han querido reducir esta problemática esencial a un simple axioma que se podría resumir así: “Dime con quien andas y te diré si estás salvado o condenado”. En efecto, si nuestra salvación eterna no depende de lo individual y sí exclusivamente de nuestra pertenencia al pueblo de Dios, es indiferente que nuestras obras sean buenas o malas. Pero si esto es verdad, ¿para qué esforzarse en practicar la virtud y permanecer en el estado de gracia? ¿Nuestro destino eterno no estaría dependiendo más de las comunidades humanas y las dinámicas populares que de nosotros mismos? Para evitar juicios confusos, nunca será excesivo recordar la doctrina católica verdadera sobre la conquista de la eterna bienaventuranza.

Francisco

Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

 I – La Iglesia Católica es necesaria para la salvación eterna
II – Pero dentro de la Iglesia, cada fiel se salva personalmente por la práctica de los mandamientos, auxiliado por la gracia

I – La Iglesia Católica es necesaria para la salvación eterna

Pío IX

Vivir ajeno a la unidad católica no lleva a la eterna salvación

Es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación [v. 2917]. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica. (Denzinger-Hünermann 2865. Pío IX. Encíclica Quanto conficiamur moerore, a los obispos de Italia, 10 de agosto de 1863)

Catecismo de la Iglesia Católica

La Iglesia es el sacramento universal de salvación

Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo “como instrumento de redención universal” (LG 9), “sacramento universal de salvación” (LG 48), por medio del cual Cristo “manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre” (GS 45, 1). Ella “es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad” (Pablo VI, Discurso a los Padres del Sacro Colegio Cardenalicio, 22 junio 1973) que quiere “que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo” (AG 7; cf. LG 17). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 776)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

La Iglesia Católica es la única y verdadera religión, el camino por el que los hombres pueden salvarse

En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica y Apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la misión de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Por su parte, todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla. Confiesa asimismo el santo Concilio que estos deberes afectan y ligan la conciencia de los hombres, y que la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas. Ahora bien, puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo. (Concilio Vaticano II. Declaración Dignitatis humanae, n. 1, 7 de diciembre de 1965)

Solamente se puede conseguir la plenitud de los medios salvíficos por medio de la Iglesia Católica de Cristo

Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios. Pueblo que durante su peregrinación por la tierra, aunque permanezca sujeto al pecado, crece en Cristo y es conducido suavemente por Dios, según sus inescrutables designios, hasta que arribe gozoso a la total plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis redintegratio, n. 3, 21 de noviembre de 1964)

La pertenencia a la Iglesia Católica es necesaria para la salvación, pero no su garantía

El sagrado Concilio fija su atención en primer lugar en los fieles católicos. Y enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. Él mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella.
A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en ella, y en su cuerpo visible están unidos con Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica. No se salva, sin embargo, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia “en cuerpo”, mas no “en corazón”. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 14, 21 de noviembre de 1964)

II – Pero dentro de la Iglesia, cada fiel se salva personalmente por la práctica de los mandamientos, auxiliado por la gracia

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

La salvación eterna depende de la fidelidad al bautismo y a los mandamientos

Los Obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda creatura, a fin de que todos los hombres consigan la salvación por medio de la fe, del bautismo y del cumplimiento de los mandamientos. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 24, 21 de noviembre de 1964)

Auxiliado por la gracia, cada cual rendirá cuenta de su vida ante el tribunal de Dios

La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 17, 7 de diciembre de 1965)

Santo Tomás de Aquino

Para practicar el bien el hombre necesita el auxilio divino

Así, pues, en el estado de naturaleza íntegra el hombre sólo necesita una fuerza sobreañadida gratuitamente a sus fuerzas naturales para obrar y querer el bien sobrenatural. En el estado de naturaleza caída, la necesita a doble título: primero, para ser curado, y luego, para obrar el bien de la virtud sobrenatural, que es el bien meritorio. Además, en ambos estados necesita el hombre un auxilio divino que le impulse al bien obrar. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 2)

El hombre necesita el auxilio de la gracia para amar a Dios

Mas en el estado de naturaleza caída el hombre flaquea en este terreno, porque el apetito de la voluntad racional, debido a la corrupción de la naturaleza, se inclina al bien privado, mientras no sea curado por la gracia divina. Debemos, pues, concluir que el hombre, en estado de integridad, no necesitaba un don gratuito añadido a los bienes de su naturaleza para amar a Dios sobre todas las cosas, aunque sí necesitaba el impulso de la moción divina. Pero en el estado de corrupción necesita el hombre, incluso para lograr este amor, el auxilio de la gracia que cure su naturaleza. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 3)

Catecismo de la Iglesia Católica

El destino eterno se define en función de la vida de la persona

La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a La aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tim 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Cor 5, 8; Flp 1, 23; Heb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.
Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1021-1022)

La salvación eterna es incompatible con el pecado mortal

No podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si nos omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1033)

Juan Pablo II

Cada uno es responsable por sus obras y por su salvación

La fe de la Iglesia, fundada sobre la Revelación divina nos enseña que cada uno de nosotros será juzgado según sus obras. Nótese: es nuestra persona la que será juzgada de acuerdo con sus obras. Por ello se comprende que en nuestras obras es la persona la que se expresa, se realiza y —por así decirlo— se plasma. Cada uno es responsable no sólo de sus acciones libres, sino que, mediante tales acciones, se hace responsable de sí mismo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 20 de julio de 1983)

Benedicto XVI

La esperanza en la vida eterna no puede ser considerada de forma individualista pero tiene un sentido personal

Cómo ha podido desarrollarse la idea de que el mensaje de Jesús es estrictamente individualista y dirigido sólo al individuo? ¿Cómo se ha llegado a interpretar la “salvación del alma” como huida de la responsabilidad respecto a las cosas en su conjunto y, por consiguiente, a considerar el programa del cristianismo como búsqueda egoísta de la salvación que se niega a servir a los demás? […] La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces “vivimos”.
Pero ahora surge la pregunta: de este modo, ¿no hemos recaído quizás en el individualismo de la salvación? ¿En la esperanza sólo para mí que además, precisamente por eso, no es una esperanza verdadera porque olvida y descuida a los demás? No. La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (cf. 1 Tim 2, 6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser “para todos”, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos. […] Aunque el “para todos” forme parte de la gran esperanza —no puedo ciertamente llegar a ser feliz contra o sin los otros—, es verdad que una esperanza que no se refiera a mí personalmente, ni siquiera es una verdadera esperanza. (Benedicto XVI. Encíclica Spe salvi, n. 16.27-28.30, 30 de noviembre de 2007)


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