94 – ¿Dime con quién andas y te diré quién eres? (II): Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista

La sabiduría popular creo el famoso dicho: “Allá donde fueres, haz lo que vieres”, refiriéndose, como todos habrán entendido, a que debemos tener una cierta capacidad de adaptación a las costumbres de los lugares donde nos movemos, acaso para encontrarnos más a gusto y ser aceptados con más facilidad. Esta norma se aplica, obviamente, para aquellas prácticas que no agredan las buenas costumbres, pues también es verdad que, como católicos, nunca deberíamos frecuentar lugares donde esto ocurra. Mucho más, desde luego, si con ello ponemos en riesgo nuestra fe.

Pues bien, vimos en la anterior entrada (ver aquí ***actualizado***) quiénes fueron los protagonistas de las dos ediciones del Encuentro Mundial de Movimientos Populares (Roma – Santa Cruz de la Sierra) celebrados bajo los auspicios del Papa Francisco y promovidos por el Pontificio Consejo Justicia y Paz, en colaboración con la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales. A la vista de esos elementos, cualquier católico debería tener repelús de participar en dichos eventos con apariencia de levantiscos mítines políticos. Más grave aún sería, cometiendo el error de participar, dejarse influir por las ideas subversivas que fueron pregonadas durante las variadas intervenciones que allí tuvieron lugar. Ahora, ¿qué diríamos de quien se presentase en dicho encuentro y, quizá inebriado por las soflamas revolucionarias, se uniera a ellas con sus palabras? Sería llevar a un extremo la mala aplicación del viejo dicho que, adaptado, rezaría: “Allá donde fueres, di lo que los otros dijeren”… Y nosotros ¿con quién nos quedaremos? ¿Con el discurso revolucionario de los lideres sociales o con las palabras del Magisterio?

Francisco


“Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista”


Cita ACita BCita C

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I- Agitación, odio hacia clases superiores, rebelión, sed de justicia: instrumentos de lucha para cambiar el sistema
II- El fracaso económico y la opresión: frutos típicos del comunismo y del socialismo
III-
Las ilusiones, utopías o quimeras de “un mundo mejor” siempre son propaladas por marxistas, socialistas y comunistas

I- Agitación, odio hacia clases superiores, rebelión, sed de justicia: instrumentos de lucha para cambiar el sistema

León XIII

El socialismo y el comunismo incentivan la manía de revoluciones entre el pueblo

En efecto, suprimidos el temor de Dios y el respeto de la ley divina, dejando caer en el desprecio la autoridad de los gobernantes, dando libre curso e incentivando la manía de revoluciones; soltando la riendas a las pasiones populares, quebrando todo freno, a no ser el castigo, no puede no seguir una revolución y una subversión universal. Y esta ruina y trastorno es la intención deliberada que demandan con sus esfuerzos numerosas asociaciones comunistas y socialistas. (León XIII. Encíclica Humanum Genus, de 20 de abril de 1884)

Pío X

Al defender a los pobres no se debe atizar el odio contra las clases superiores

Finalmente los escritores católicos, al defender la causa de los proletarios y de los pobres, deben abstenerse de utilizar un lenguaje que pueda inspirar en el pueblo la aversión por las clases superiores de la sociedad. No hablen de reivindicación y de justicia, cuando se trata de simple caridad, como ya fue explicado. Recuerden que Jesucristo quiso unir todos los hombres por los lazos del amor mutuo, que es la perfección de la justicia y que incluye la obligación de trabajar para el bien recíproco. (Pío X, Motu proprio Fin dalla prima (“Sillabo sociale”), XIX, del 18 de deciembre de 1903)

Los cristianos no pueden promover enemistades y rivalidades entre las clases sociales

Los que se glorían del título de cristianos, ya tomados aisladamente, ya agrupados en asociaciones, nunca jamás deben, si tienen conciencia de su deberes, mantener enemistades y rivalidades entre las clases sociales, sino más bien la paz y la caridad mutua. La cuestión social y sus controversias asociadas, tales como la naturaleza y duración del trabajo, los salarios a pagar, y las huelgas de los obreros, no son simplemente de carácter económico. Por lo tanto, no pueden ser considerados entre los que pueden resolverse al margen de la autoridad eclesiástica. (Pío X. Encíclica Singulari quadam, 24 de septiembre de 1912)

Benedicto XV

Las falacias de los agitadores se dirigen a los pobres para que se revelen contra los que poseen mayores bienes

Frente a los que la suerte, o la propia actividad ha dotado de bienes de fortuna, están los proletarios y obreros, ardiendo de odio, porque participando de la misma naturaleza de ellos, no gozan sin embargo, de la misma condición. Naturalmente una vez infatuados como están por las falacias de los agitadores, a cuyo influjo por entero suelen someterse, ¿quién será capaz de persuadirlos que no por que los hombres sean iguales en naturaleza, han de ocupar el mismo puesto en la vida social; sino que cada cual tendrá aquél que adquirió con su conducta, si las circunstancias no le son adversas? Así, pues, los pobres que luchan contra los ricos como si éstos hubieran usurpado ajenos bienes, obran no solamente contra la justicia y la caridad, sino también contra la razón; sobre todo, pudiendo ellos, si quieren, con una honrada perseverancia en el trabajo, mejorar su propia fortuna. Cuáles y cuantos perjuicios acarree esta lucha de clases, tanto a los individuos en particular como a la sociedad en general, no hay necesidad de declararlo; todos estamos viendo y deplorando las frecuentes huelgas, en las cuales suele quedar repentinamente paralizado el curso de la vida pública y social, hasta en los oficios de más imprescindible necesidad; e igualmente, esas amenazadoras revueltas y tumultos, en los que con frecuencia se llega al empleo de las armas y al derramamiento de sangre. (Benedicto XV. Encíclica Ad Beatissimi Apostolorum, n. 9, 1 de noviembre 1914)

Los enemigos de la Iglesia instigan para exigir cosas inmoderadas fomentando el odio entre las clases sociales

Por lo cual, al par que exhortamos a los ricos para que practiquen la liberalidad, y miren más a la equidad que a su derecho, amonestamos a su vez celosamente a los proletarios para que se guarden d exigir algo tan inmoderado que ponga en peligro su propia fe. Pues la insidiosa intención de los enemigos llega hasta persuadir que se exija cosas inmoderadas incluso de la Iglesia, para incitar a la deserción a la multitud allí donde no fuere muy adicta. Hay por consiguiente, que abstenerse de toda falta de moderación y templanza; falta que se da siempre que o se hace uso de la fuerza, se fomentan los odios entre las diversas clases sociales, se olvidan las muchas diferencias naturales que hay aún entre la misma fraternidad e igualdad, o se pone el fin de toda la vida humana en la consecución de los bienes caducos. (Benedicto XV. Epístola Intelleximus ex iis, 14 de junio de 1920)

Los pobres deben precaverse de los enemigos que enseñan a violar el derecho ajeno

Bien saben los pobres y necesitados con qué especial amor los distinguimos Nos, en cuanto más cercanos a la imagen de Jesucristo. Tememos, sin embargo, que alguna vez, olvidando sus deberes, lleguen en la reclamación de sus derechos hasta avasallar los derechos ajenos, que la religión ordena considerar tan santos como los propios. Los enemigos, en cambio, enseñan a violar el derecho ajeno, demostrando a todas luces que ponen toda la felicidad del hombre en esta vida mortal; pero el derecho violado reclama justicia eternamente. (Benedicto XV. Epístola Intelleximus ex iis, 14 de junio de 1920)

Los absurdos errores del socialismo deben ser contrarestados por la caridad y el amor mutuo entre las clases sociales

No Nos parece necesario repetir ahora los argumentos que prueban hasta la evidencia lo absurdo del socialismo y de otros semejantes errores. Ya lo hizo sapientísimamente León XIII Nuestro Predecesor, en memorables Encíclicas; y vosotros, Venerables Hermanos, cuidaréis con vuestra diligencia de que tan importantes enseñanzas no caigan en el olvido, sino que sean sabiamente ilustradas e inculcadas, según la necesidad lo requiera, en las asambleas y reuniones de los católicos, en la predicación sagrada y en las publicaciones católicas. Pero de un modo especial, y no dudamos repetirlo, procuraremos con toda suerte de argumentos suministrados por el Evangelio, por la misma naturaleza del hombre, y los intereses públicos y privados, exhortar a todos a que, ajustándose a la ley divina de la caridad, se amen unos a otros como hermanos. La eficacia de este fraterno amor no consiste en hacer que desaparezca la diversidad de condiciones y de clases, cosa tan imposible como el que en un cuerpo animado todos y cada uno de los miembros tengan el mismo ejercicio y dignidad, sino en que los que estén más altos se abajen, en cierto modo, hasta los inferiores y se porten con ellos, no sólo con toda justicia, como es su obligación, sino también benigna, afable, pacientemente; los humildes a su vez se alegren de la prosperidad y confíen en el apoyo de los poderosos, no, de otra suerte que el hijo menor de una familia se pone bajo la protección y el amparo del de mayor edad. (Benedicto XV. Encíclica Ad Beatissimi Apostolorum, n. 10, 1 de noviembre 1914)

Los socialistas se presentan como los creadores de una “mejor vida”. Utilizan un lenguaje arrebatado y duro para excitar a las multitudes hacia la revolución social

Vean por tanto, cuan mal hacían por los intereses de los obreros los que, presentándose como los creadores de una condición de mejor vida, se mostraban atentos exclusivamente al logro y dominio de cosas perecederas y caducas y no sólo descuidaban moderar los ánimos recomendando los deberes cristianos, sino que incluso los excitaban a una mayor enemistad contra los ricos, y todo ello con el arrebato y dureza de lenguaje que acostumbran los hombres ajenos a nosotros para incitar a las multitudes a la revolución social. Queda encomendado a tu vigilancia, venerable hermano, en orden a evitar tan grave peligro, amonestar, como lo haz venido haciendo, a cuantos tratan de verdad de beneficiar a los obreros, a fin de que, lejos de la destemplanza de lenguaje usada por los “socialistas”, imbuyan totalmente del espíritu cristiano su acción, su defensa y propaganda de esta causa. Si faltare dicho espíritu ciertamente será más el daño que el provecho. (Benedicto XV. Carta Soliti Nos, 11 de marzo de 1920)

La diferencia de clases tiene su origen en la naturaleza misma: Dios ha hecho al pequeño y al grande

Por lo demás, sepan muy bien los que se hallan en inferior posición y fortuna que la diferencia de clases en la sociedad civil tiene su origen en la naturaleza misma y que, por consiguiente, debe atribuirse a la voluntad de Dios: Porque Él mismo hizo al pequeño y al grande (Sab 6,8); y esto sin duda, para mayor utilidad y ventaja de los individuos y de la sociedad. Y que convenzan de que, aún cuando progresen por su habilidad e ingenio, consiguiendo abundantes bienes, siempre les quedará, como a los demás hombres, no poco para sufrir. Por lo cual, si son juiciosos, no se esforzarán por alcanzar utopías irrealizables, y soportarán con paz y constancia los inevitables males de esta vida, en la esperanza de los bienes eternos. (Benedicto XV. Carta Soliti Nos, 11 de marzo de 1920)

Pío XI

El ateismo comunista trabajan por medio de sus agitadores propiciando grandes eventos y conferencias públicas

Nunca han faltado los impíos, ni nunca faltaron tampoco los que niegan a Dios; pero eran relativamente pocos y raros, y no osaban o no creían oportuno descubrir demasiado abiertamente su impío pensamiento, como parece pretende insinuar el mismo inspirado Cantor de los Salmos, cuando exclama: Dijo el necio en su corazón: Dios no existe (Ps. XIII, 1, et LII, 1). El impío, el ateo, uno entre la multitud, niega a Dios, su Creador, pero en lo íntimo de su corazón. Hoy, en cambio, el ateísmo ha invadido ya grandes multitudes de pueblo: con sus organizaciones se insinúa inclusive en las escuelas públicas, se manifiesta en los teatros y para difundirse se vale de apropiadas películas cinematográficas, del fonógrafo, de la radio; con tipografías propias imprime folletos en todos los idiomas; promueve especiales exposiciones y públicas manifestaciones, ha constituido partidos políticos propios, instituciones comerciales y militares propias. Este ateísmo organizado y militante trabaja incansablemente por medio de sus agitadores, con conferencias e ilustraciones, con todos los medios de propaganda oculta y manifiesta, entre todas las clases, en todas las calles, en todo salón, dando a ésta su nefasta actividad la autoridad moral de sus mismas universidades, y estrechando a los incautos con los potentes vínculos de su fuerza organizadora. Al ver tanta laboriosidad puesta al servicio de una causa tan inicua, Nos viene, en verdad, espontáneo a la mente y a los labios el triste lamento de Cristo: Los hijos de ente siglo son en sus negocios más sagaces que los hijos de la Luz (Luc., XVI, 8). (Pío XI. Encíclica Caritate Christi Compulsi, 3 de mayo de 1932)

Los comunistas unen la Santa Cruz con los símbolos del comunismo: asocian la guerra contra Dios con la lucha por el pan, un terreno propio, un buen salario y una habitación digna

Los jefes y los autores de toda esta campaña de ateísmo, sacando partido de la actual crisis económica, con dialéctica infernal, buscan hacer creer a las masas hambrientas que Dios y la religión son la cusa de esta miseria universal. La Santa Cruz de Nuestro Señor, símbolo de humildad y pobreza, es colocada junto con los símbolos del moderno imperialismo, como si la Religión estuviese aliada con esas fuerzas tenebrosas, que tantos males producen entre los hombres. Así intentan, y no sin éxito, coligar la guerra contra Dios con la lucha por el pan de cada día, con el ansia de poseer un terreno propio, de tener salarios convenientes, habitaciones decorosas, en resumen, un estado de vida que convenga al hombre. Los más legítimos y necesarios deseos, como los instintos más brutales, todo sirve para su programa antirreligioso; como si el orden divino estuviese en contradicción con el bienestar de la humanidad y no fuese por el contrario su única y segura tutela; como si las fuerzas humanas con los medios de la moderna técnica, pudieran combatir las fuerzas divinas para introducir un nuevo y mejor orden de cosas. (Pío XI. Encíclica Caritate Christi compulsi, 3 mayo de 1932)

Los comunistas aprovechan la crisis económica para difundir entre los obreros los destructivos delirios de sus opiniones

Perdura, como lo hemos dicho, en todo el mundo la crisis económica, con lo que los pobres sufren con mayor crudeza (…) Los obreros y artesanos sufren espiritual y materialmente porque les faltan no solo aquellas cosas que pueden ganar dignamente, como le salario justo, sino incluso la ocupación y el trabajo; más aún se ven abocados al paro forzoso (…) Pero ciertamente hay quienes tratan de aprovecharse, provecho y utilidad bien triste desde luego, de tal estrechez y necesidad: los enemigos del orden político, civil y religioso. Traman hacen la guerra éstos contra la sociedad humana, contra la santa religión y contra el mismo Dios. Todos, sin duda, hemos conocido los destructivos delirios de sus opiniones, que divulgan por doquiera; y los crímenes cometidos hace poco y aún en fecha recientísima muestran más que suficiente que los tales trabajan denodadamente para sacar adelante sus nefastos proyectos y designios, lo que ya ocurre desde hace tiempo e incesantemente en las inmensas y desdichadas tierras de Rusia, lo que en España, lo que en Méjico, lo que finalmente, en las pequeñas y grandes naciones de la Europa central, todo ello evidencia con toda claridad lo que cabe esperar dondequiera que llegue- ¿y adónde no llega ya, venerables hermanos? – la propaganda de tan nefastas doctrinas y su todavía más nefasta influencia. (Pío XI. Alocución Iterum vos, 13 de marzo de 1933, Acta Apostolicae Sedis 25 (1933) pp. 112-113)

La dialéctica marxista afirmando que el conflicto mueve al mundo, exacerba la lucha de clases y los odios para que adquiera un aspecto de “cruzada” en favor de la humanidad

La doctrina que el comunismo oculta bajo apariencias a veces tan seductoras se funda hoy sustancialmente sobre los principios, ya proclamados anteriormente por Marx, del materialismo dialéctico y del materialismo histórico, cuya única genuina interpretación pretenden poseer los teóricos del bolchevismo. […] En esta doctrina, como es evidente, no queda lugar ninguno para la idea de Dios, no existe diferencia entre el espíritu y la materia ni entre el cuerpo y el alma: no existe una vida del alma posterior a la muerte, ni hay, por consiguiente, esperanza alguna en una vida futura. Insistiendo en el aspecto dialéctico de su materialismo, los comunistas afirman que el conflicto que impulsa al mundo hacia su síntesis final puede ser acelerado por el hombre. Por esto procuran exacerbar las diferencias existentes entre las diversas clases sociales y se esfuerzan para que la lucha de clases, con sus odios y destrucciones, adquiera el aspecto de una cruzada para el progreso de la humanidad. Por consiguiente, todas las fuerzas que resistan a esas conscientes violencias sistemáticas deben ser, sin distinción alguna, aniquiladas como enemigas del género humano. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 9, 19 de marzo de 1937)

Los apóstoles del comunismo explotan la miseria de los pobres para excitar la envidia contra los ricos

En esta materia recordarnos de modo particular a los sacerdotes la exhortación, tantas veces repetida por nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII de ir al obrero; exhortación que Nos hacemos nuestra complementándola con esta aclaración: «Id especialmente al obrero pobre; más todavía, id en general a los necesitados», como mandan las enseñanzas de Jesús y de su Iglesia. Los necesitados son, en efecto, los que están más expuestos a las maniobras de los agitadores, que explotan la mísera situación de los necesitados para encender en el alma de éstos la envidia contra los ricos y excitarlos a tomar por la fuerza lo que, según ellos, la fortuna les ha negado injustamente. Pero, si el sacerdote no va al obrero y al necesitado para prevenirlo o para desengañarlo de todo prejuicio y de toda teoría falsa, ese obrero y ese necesitado llegarán a ser fácil presa de los apóstoles del comunismo. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 64, 19 de marzo de 1937)

Pío XII

Las desigualdades de cultura, de bienes y posición social no son un obstáculo para la existencia de la fraternidad

En un pueblo digno de tal nombre, todas las desigualdades que derivan, no del arbitrio, mas de la propia naturaleza de las cosas, desigualdades de cultura, de bienes, de posición social – sin perjuicio, bien se entiende, de la justicia y de la caridad mutua – no son absolutamente un obstáculo para la existencia y el predominio de un auténtico espíritu de comunidad y fraternidad. Por el contrario, lejos de perjudicar de cualquier modo la igualdad civil, le confieren su significado legítimo, es decir, cada uno, de frente al Estado, tiene el derecho de vivir honradamente la propia vida personal, en el lugar y en las condiciones en que los designios y disposiciones de la Providencia lo colocaron. (Pío XII. Benignitas et humanitas, n.3, Radiomensaje de Navidad de 1944)

Pretender la igualdad entre los hombres sería lo mismo que pretender dar idénticas funciones los diversos miembros del mismo organismo

En segundo lugar es necesario que vos sintáis verdaderamente hermanos. No se trata de una simple alegoría: sois verdaderamente hijos de Dios y por lo tanto sois realmente hermanos. Ahora bien, los hermanos no nacen ni permanecen todos iguales: algunos son fuertes, otros débiles; uno inteligentes, otros incapaces; talvez alguno sea anormal, y también puede suceder que se vuelva indigno. Es pues inevitable una cierta desigualdad material, intelectual, moral, en una misma familia. Pero, como nada – ni en las contingencias, ni en el uso del libre albedrío – podrá destruir la paternidad y la maternidad, así también debe mantenerse intangible y operante, en los límites del justo y del posible, la fraternidad entre los hijos de un mismo padre y de una misma madre. Aplicad esto a vuestra parroquia, que Nos desearíamos ver transformada en una verdadera gran familia. Pretender la igualdad absoluta de todos sería lo mismo que pretender dar idénticas funciones los diversos miembros del mismo organismo. Esto dicho, es necesario hacer operante vuestra fraternidad, porque solamente se vos os amáis unos a otros, los hombres reconocerán que sois una parroquia cristianamente renovada. (Pío XII. Discurso a un grupo de fieles de la parroquia de Marsciano, Perusa, 4 de junio de 1953)

Trabajar por romper los vínculos entre empresarios y obreros: pretensión despótica, ciega e irracional

Acabamos de referirnos a las preocupaciones de los participan de la producción industrial. Erróneo y funesto es sus consecuencias es el prejuicio, desgraciadamente demasiado extendido, que ven en ellas una oposición irreductible de intereses divergentes. La oposición es tan sólo aparente. En el dominio económico existe una comunidad de actividades y de intereses entre los empresarios y los obreros. Querer ignorar estos vínculos recíprocos, trabajar por romperlos, no puede ser sino el resultado de una pretensión de despotismo ciego e irracional. Los empresarios y los obreros no son enemigos irreconciliables. Son cooperadores en una obra común. Comen, por decir así, en la misma mesa, porque a fin de cuentas viven de las utilidades netas y globales de la economía nacional. Cada uno de ellos recibe su parte, y bajo este aspecto, las relaciones recíprocas no ponen de ninguna manera, los unos al servicio de otros. (Pío XII. Discurso a la Unión internacional de asociaciones patronales católicas, n 2, 7 de mayo de 1949)

Juan XXIII

Dios quiere que en las relaciones sociales haya desigualdad de clases y quien lo niega, va contra las leyes de la naturaleza

Esta concorde unión entre pueblos y naciones es menester promoverla cada vez más entre las clases sociales de ciudadanos, porque si esto no se logra puede haber —como estamos viendo— mutuos odios y discordias y de aquí nacerán tumultos, perniciosas revoluciones y a veces muertes, así como también el progresivo debilitamiento de la riqueza y la crisis de la economía pública y privada. A este respecto, justamente observaba nuestro mismo predecesor [León XIII]: «(Dios) quiere que en la comunidad de las relaciones humanas haya desigualdad de clases, pero juntamente una cierta igualdad por amistosas intenciones» (Epíst. Permoti Nos; A.L., vol. XV, 1895, p. 259). En efecto, «como en el cuerpo los diversos miembros se combinan y constituyen el temperamento armónico que se llama simetría, del mismo modo la naturaleza exige que en la convivencia civil… las clases se integren mutuamente y, colaborando entre sí, lleguen a un justo equilibrio. Absolutamente la una tiene necesidad de la otra: no puede subsistir el capital sin el trabajo, ni éste sin el capital. La concordia engendra la belleza y el orden, de las cosas» (Encícl. Rerum novarum; A.L., vol. XI, 1891, p, 109). Quien se atreve, por tanto, a negar la desigualdad de las clases sociales va contra las leyes de la misma naturaleza. Pero quien es contrario a esta amigable e imprescindible cooperación entre las mismas clases tiende; sin duda, a perturbar y dividir la sociedad humana, con grave peligro y daño del bien público y privado. Como sabiamente afirmaba nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XII: «En un pueblo digno de este nombre, todas las desigualdades que no se derivan del arbitrio de los hombres, sino de la misma naturaleza de las cosas —hablamos de desigualdades de cultura intelectual y espiritual, de bienes materiales, de posición social, y dejando siempre a salvo la caridad y la justicia mutua—, no se oponen lo más mínimo a los vínculos de comunidad y fraternidad» (Radiomensaje de Navidad 1944; “Discorsi e radiomessaggi di S. S. Pio XII”, vol. VI, p. 239). Pueden ciertamente las clases y diversas categorías de ciudadanos tutelar los propios derechos, con tal de que esto se haga no con violencia, sino legítimamente, sin invadir injustamente los derechos ajenos, también inderogables. Todos son hermanos; así que todas las cuestiones deben arreglarse amistosamente con mutua caridad fraterna. (Juan XXIII. Encíclica Ad Petri Cathedram, 29 de junio 1959)

Pablo VI

La ilusión y el peligro que representa para el cristiano entrar en la lucha de clases marxista

Si bien en la doctrina del marxismo, tal como es concretamente vivido, pueden distinguirse estos diversos aspectos, que se plantean como interrogantes a los cristianos para la reflexión y para la acción, es sin duda ilusorio y peligroso olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente, el aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista, omitiendo el percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que conduce este proceso. (Pablo VI. Carta apostólica Octogesima adveniens, n. 34, 14 de mayo de 1971)

La Iglesia no puede adherir a los movimientos sociales y políticos marxistas: ellos presentan principios falsos y negativos del hombre, de la historia y del mundo

Y luego tenemos un sexto axioma, el más discutido y difícil. La Iglesia no adhirió y no puede adherir a los movimientos sociales, ideológicos y políticos, que, aprovechando su origen y su fuerza del marxismo, han conservado los principios y los métodos negativos, por la concepción incompleta, propia del marxismo radical, y por lo tanto falsa, del hombre, de la historia, del mundo. El ateísmo, que profesa y promueve, no está a favor de la concepción científica del universo y de la civilización, sino que es una ceguera a la que el hombre y la sociedad terminan a la larga sirviendo con las consecuencias más graves. El materialismo, en el que deriva expone al hombre a experiencias y tentaciones extremadamente nocivas; apaga su auténtica espiritualidad y su trascendente esperanza. (Pablo VI. Homilía del 22 de mayo de 1966 al celebrar el 75 aniversario de la Rerum Novarum)

La lucha de clases promovida por falsas y peligrosas ideologías desemboca en la violencia y los abusos instaurando un sistema autoritario y totalitario

La lucha de clases, erigida en sistema, vulnera e impide la paz social; desemboca fatalmente en la violencia y en el abuso, por tanto en la abolición de la libertad, conduciendo pues a la instauración de un sistema altamente autoritario y tendencialmente totalitario. Con esto la Iglesia no deja caer ninguna de las instancias vueltas a la justicia y al progreso de la clase obrera; más aún la Iglesia, rectificando estos errores y estas desviaciones, no excluye de su amor a cualquier hombre y cualquier trabajador. Cosas conocidas por lo tanto, inclusive por una experiencia histórica existente, que no permite ilusiones; sino que cosas dolorosas, por la presión ideológica y prácticas que se llevan a cabo en el mundo del trabajo, de los cuales pretenden interpretar las aspiraciones y promover las reivindicaciones, generando así grandes dificultades y grandes divisiones. No queremos discutir ahora, sino que recordar que la misma palabra, a la cual hoy, vosotros Trabajadores Cristianos, dais testimonio de honor y de gratitud, es la que nos advierte a no poner nuestra confianza en falsas y peligrosas ideologías. (Pablo VI. Homilía del 22 de mayo de 1966 al celebrar el 75 aniversario de la Rerum Novarum)

Juan Pablo II

Algunas interpretaciones de la “opción por los pobres” han convergido en una “politización” de la vida consagrada generando conflictos, violencias y partidismos

No han faltado casos en los que esta opción [por los pobres] ha llevado a una politización de la vida consagrada, no exenta de opciones partidistas y violentas, con la instrumentalización de personas e instituciones religiosas para fines ajenos a la misión de la Iglesia. Es necesario, pues, recordar lo dicho en la Instrucción Libertatis conscientia: «La opción preferencial por los pobres, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, manifiesta la universalidad del ser y de la misión de la Iglesia. Dicha opción no es exclusiva. Esta es la razón por la que la Iglesia no puede expresarla mediante categorías sociológicas e ideológicas reductivas, que harían de esta preferencia una opción partidista y de naturaleza conflictiva» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, Libertatis conscientia, 68). (Juan Pablo II. Carta Apostólica a los religiosos y religiosas de América Latina en el V centenario de la evangelización del Nuevo Mundo, n. 20, 29 de junio de 1990)

Benedicto XVI

Los marxistas rechazan las obras de caridad cristiana porque, según ellos, paralizan la insurrección

La actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita. Los tiempos modernos, sobre todo desde el siglo XIX, están dominados por una filosofía del progreso con diversas variantes, cuya forma más radical es el marxismo. Una parte de la estrategia marxista es la teoría del empobrecimiento: quien en una situación de poder injusto ayuda al hombre con iniciativas de caridad —afirma— se pone de hecho al servicio de ese sistema injusto, haciéndolo aparecer soportable, al menos hasta cierto punto. Se frena así el potencial revolucionario y, por tanto, se paraliza la insurrección hacia un mundo mejor. De aquí el rechazo y el ataque a la caridad como un sistema conservador del statu quo. (Benedicto XVI. Encíclica Deus caritas est, n. 31b, 25 de diciembre de 2005)

Congregación para la doctrina de la Fe

El análisis marxista apunta para una situación social intolerable que exige acciones eficaces: una situación que “no puede esperar más”

La impaciencia y una voluntad de eficacia han conducido a ciertos cristianos, desconfiando de todo otro método, a refugiarse en lo que ellos llaman «el análisis marxista». Su razonamiento es el siguiente: una situación intolerable y explosiva exige una acción eficaz que no puede esperar más. Una acción eficaz supone un análisis científico de las causas estructurales de la miseria. Ahora bien, el marxismo ha puesto a punto los instrumentos de tal análisis. Basta pues aplicarlos a la situación del Tercer Mundo, y en especial a la de América Latina. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. VII, nn.1-2, 6 de agosto de 1984)

Un axioma marxista: la lucha de clases es la ley de la historia: predicar el amor a los pobres constituye mala fe e intento de engañarlos en favor del capitalismo

Lo que estas «teologías de la liberación» han acogido como un principio, no es el hecho de las estratificaciones sociales con las desigualdades e injusticias que se les agregan, sino la teoría de la lucha de clases como ley estructural fundamental de la historia. Se saca la conclusión de que la lucha de clases entendida así divide a la Iglesia y que en función de ella hay que juzgar las realidades eclesiales. También se pretende que es mantener, con mala fe, una ilusión engañosa el afirmar que el amor, en su universalidad, puede vencer lo que constituye la ley estructural primera de la sociedad capitalista. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.2, 6 de agosto de 1984)

Otro axioma marxista: la “historia” movida por la lucha de clases lleva al proceso de autorredención, es decir, hacia el proceso del cambio social anhelado

En esta concepción [marxista], la lucha de clases es el motor de la historia. La historia llega a ser así una noción central. Se afirmará que Dios se hace historia. Se añadirá que no hay más que una sola historia, en la cual no hay que distinguir ya entre historia de la salvación e historia profana. Mantener la distinción sería caer en el « dualismo ». Semejantes afirmaciones reflejan un inmanentismo historicista. Por esto se tiende a identificar el Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación humana, y a hacer de la historia misma el sujeto de su propio desarrollo como proceso de la autorredención del hombre a través de la lucha de clases. Esta identificación está en oposición con la fe de la Iglesia, tal como la ha recordado el Concilio Vaticano II (Cf. Lumen gentium, n. 9-17). (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.3, 6 de agosto de 1984)

Por medio una actividad política fundamentada “en la lucha de clases” confiar en un futuro “mesiánico” donde los pobres serán finalmente liberados

En esta línea, algunos llegan hasta el límite de identificar a Dios y la historia, y a definir la fe como « fidelidad a la historia », lo cual significa fidelidad comprometida en una práctica política conforme a la concepción del devenir de la humanidad concebido como un mesianismo puramente temporal. En consecuencia, la fe, la esperanza y la caridad reciben un nuevo contenido: ellas son « fidelidad a la historia », « confianza en el futuro», « opción por los pobres »: que es como negarlas en su realidad teologal. De esta nueva concepción se sigue inevitablemente una politización radical de las afirmaciones de la fe y de los juicios teológicos. Ya no se trata solamente de atraer la atención sobre las consecuencias e incidencias políticas de las verdades de fe, las que serían respetadas ante todo por su valor trascendente. Se trata más bien de la subordinación de toda afirmación de la fe o de la teología a un criterio político dependiente de la teoría de la lucha de clases, motor de la historia. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, nn.4-6, 6 de agosto de 1984)

La lucha de clases exige ver al rico como el enemigo al que hay que combatir. El amor al prójimo sólo es válido para “el hombre nuevo” que surgirá de la revolución victoriosa

En consecuencia, se presenta la entrada en la lucha de clases como una exigencia de la caridad como tal; se denuncia como una actitud estática y contraria al amor a los pobres la voluntad de amar desde ahora a todo hombre, cualquiera que sea su pertenencia de clase, y de ir a su encuentro por los caminos no violentos del diálogo y de la persuasión. Si se afirma que el hombre no debe ser objeto de odio, se afirma igualmente que en virtud de su pertenencia objetiva al mundo de los ricos, él es ante todo un enemigo de clase que hay que combatir. Consecuentemente la universalidad del amor al prójimo y la fraternidad llegan a ser un principio escatológico, válido sólo para el « hombre nuevo » que surgirá de la revolución victoriosa. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.7, 6 de agosto de 1984)

Las “teologías de la liberación” establecen una amalgama ruinosa entre el pobre de la Escritura y el proletariado de Marx: “lucha de clases” y “lucha revolucionaria” para liberar a los pobres

Pero las « teologías de la liberación », que tienen el mérito de haber valorado los grandes textos de los Profetas y del Evangelio sobre la defensa de los pobres, conducen a un amalgama ruinosa entre el pobre de la Escritura y el proletariado de Marx. Por ello el sentido cristiano del pobre se pervierte y el combate por los derechos de los pobres se transforma en combate de clase en la perspectiva ideológica de la lucha de clases. La Iglesia de los pobres significa así una Iglesia de clase, que ha tomado conciencia de las necesidades de la lucha revolucionaria como etapa hacia la liberación y que celebra esta liberación en su liturgia. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.10, 6 de agosto de 1984)

Las “teologías de la liberación” propician la «concientización»: El pueblo debe tomar “conciencia” de su opresión en vista de la lucha liberadora

Pero las « teologías de la liberación », de las que hablamos, entienden por Iglesia del pueblo una Iglesia de clase, la Iglesia del pueblo oprimido que hay que «concientizar » en vista de la lucha liberadora organizada. El pueblo así entendido llega a ser también para algunos, objeto de la fe. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.12, 6 de agosto de 1984)

II- El fracaso económico y la opresión: frutos típicos del comunismo y del socialismo

León XIII

La sociedad civil, los bienes, las costumbres y la religión corren peligro por causa de los profundos errores del socialismo

Desde el inicio de Nuestro pontificado, Nos advertimos para los peligros que por este concepto corría la sociedad civil y pensamos que era Nuestro deber de advertir públicamente a los católicos de los profundos errores que se encubren en las doctrinas del socialismo y de los peligros que de ellas se derivan, no sólo a los bienes externos, sino también a la probidad de las costumbres y la religión. Con este objeto dirigimos la Carta Encíclica Quod Apostolici muneris el 28 de diciembre de 1878. (León XIII, Encíclica Graves de Communi, de 18 de enero de 1901)

Pío XI

Las doctrinas comunistas llenas de ilusiones han demostrado ser incapaces de dar bienestar al trabajador

Vuestra solicitud paternal deberá cuidar con singular atención tanto de los obreros industriales como de los campesinos; son ellos los predilectos de Nuestro corazón porque se hallan en la situación social que Nuestro Señor escogió para si durante su vida terrena, y porque las condiciones de su vida material los sujetan a mayores sufrimientos, puesto que a menudo se ven privados de los medios suficientes para la vida digna de un cristiano y de aquella tranquilidad de espíritu que nace de la seguridad del porvenir. En su mayoría carecen desgraciadamente de aquellas confortaciones espirituales y morales que podrían sostenerlos en sus angustias. Además, su misma situación los expone a ser más fácilmente penetrables por aquellas doctrinas que se dicen, es cierto, inspiradas en el bien del obrero y de los humildes en general, pero que están llenas de errores funestos, puesto que combaten la Fe Cristiana, que asegura las bases del derecho y de la justicia social y rehúsan el espíritu de fraternidad y caridad inculcado por el Evangelio, el solo que puede garantizar una sincera colaboración entre las clases. De otra parte, tales doctrinas comunistas, fundadas en el puro materialismo y en el deseo desenfrenado de los bienes terrenos, como si ellos fuesen capaces de satisfacer plenamente al hombre, y porque prescinden en absoluto de su fin ultraterreno, se han mostrado en la práctica llenas de ilusiones e incapaces de dar al trabajador un verdadero y durable bienestar material y espiritual. (Pío XI. Carta Apostólica, 18 de enero de 1939, Acta Apostolicae Sedis 34 (1942) pp.261-262)

Pío XII

El Capitalismo de Estado (comunismo) siempre termina por comprimir y someter a los trabajadores dentro de una gigantesca máquina de trabajo

La revolución social se jacta de elevar al poder a la clase obrera: ¡vana palabra y mera apariencia de imposible realidad! De hecho vosotros veis que el pueblo trabajador permanece atado, subyugado y cercado por la fuerza del capitalismo de Estado; el que comprime y somete todo, no menos la familia que la conciencia, y transforma a los trabajadores en una gigantesca máquina de trabajo. No diversamente de los otros sistemas y órdenes sociales que pretende combatir, por eso todo concentra, ordena y constriñe en un terrible instrumento de guerra, que exige no sólo la sangre y la salud, sino también los bienes y la prosperidad del pueblo. Y si los dirigentes van altaneros por este o de aquella ventaja o mejoría conseguidas en el ámbito del trabajo, lo agitan y lo difunden con ruidosa jactancia, tal provecho material nunca podrá ser una digna recompensa por la renuncia a cada uno impuesta, que lesionan los derechos de la persona, la libertad en la dirección de la familia, en el ejercicio de la profesión, en la condición de ciudadano, y especialmente en la práctica de la religión e incluso a la vida de la conciencia. No, no está en la revolución, amados hijos e hijas, vuestra salvación; y está contra la auténtica y sincera profesión cristiana el propender, – pensando sólo en su propio beneficio y ventaja material, que parece, no obstante, cada vez más incierto – a una revolución que proceda de la injusticia y de la insubordinación civil, y el hacerse tristemente culpables de la sangre de los conciudadanos y la destrucción de los bienes comunes. (Pío XII. Discurso a una representación de trabajadores de Italia, Cortile del Belvedere, 13 de junio de 1943)

El marxismo promete que los trabajadores tendrán las fábricas y los campesinos la tierra. Por el contrario, después de difundir el odio los empobrecen haciendo reinar el terror

Sea por la habilidad con la que enmascara su táctica y oculta su estrategia, sea por el miedo que ha sabido infundir, como por la esperanza que ha despertado. El marxismo ateo ha penetrado entre vosotros y es todavía bien firme en su posición. Nuestro corazón está inquieto y lágrimas vienen a Nuestros ojos cada vez que nos preguntamos cómo es posible que todavía exista tal beneplácito y tanta obstinación en una parte considerable de las mejores agrupaciones de trabajadores. ¿Es posible que en este punto nada valga para abrirle sus ojos, nada sirva para mover sus corazones? Quieren quedarse con los enemigos de Dios, quieren reforzar las filas, cooperando, así, a empeorar el caos del mundo moderno. ¿Por Qué? Individuos y pueblos se han dejado llevar por el mal camino, porque han prometido una mejor distribución de los bienes, proclamando al mismo tiempo de querer salvaguardar la libertad, proteger la familia, asegurando que el pueblo tendrá el poder, los trabajadores las fábricas, los campesinos la tierra. Por el contrario, después de haber sembrado el odio, provocado la subversión, fomentado la discordia, llegan al poder, empobrecen al pueblo y hacen reinar el terror. Es esto lo que está sucediendo en estos días en el agitado pueblo húngaro, lo documenta la evidencia de la sangre donde saben hacer llegar los enemigos de Dios. (Pío XII. Discurso a una peregrinación de trabajadores de Terni, n.2, 18 de noviembre de 1956)

La Iglesia rechaza el comunismo como sistema social en virtud del derecho natural y la doctrina cristiana

En el radiomensaje de Navidad del año pasado expusimos el pensamiento de la Iglesia sobre este tema y ahora intentamos confirmarlo todavía una vez más. Nosotros rechazamos el comunismo como sistema social en virtud de la doctrina cristiana, y debemos afirmar particularmente los fundamentos del derecho natural. Por la misma razón, rechazamos igualmente la opinión de que el cristiano deba hoy ver el comunismo como un fenómeno o una etapa en el curso de la historia, como necesario “momento” evolutivo de la misma y, por consiguiente, aceptarlo como decretado por la Providencia divina. (Pío XII. Radiomensaje de Navidad, Col cuore aperto, 24 de diciembre de 1955)

Juan Pablo II

El comunismo es una utopía fracasada. El capitalismo al nivel de principios básicos es conforme con la ley natural

A los polacos usted les ha dicho una vez “buscad una vía hasta ahora inexplorada”. ¿Es un llamado para la búsqueda de una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo?
“Temo que esta tercera vía sea otra utopía. Por una parte, tenemos el comunismo que es una utopía que puesta en práctica ha demostrado trágicamente fracasar. Por otra parte está el capitalismo que en su dimensión práctica, al nivel de sus principios básicos sería aceptable desde el punto de vista de la doctrina social de la Iglesia, siendo en varios aspectos conforme a la ley natural. Es la opinión ya expresada por el Papa León XIII. Desafortunadamente suceden abusos – diversas formas de injusticia, la explotación, la violencia y la arrogancia – que algunos hacen de esta práctica en sí aceptable, y luego llegamos a las formas de un capitalismo salvaje. Son los abusos del capitalismo que debe ser condenados. (Juan Pablo II. Entrevista al periodista Jas Gawronski publicada en el periódico “La Stampa”, 2 de noviembre de 1993)

El marxismo en nombre de la justicia y la igualdad violó la libertad y la dignidad de los individuos y de la sociedad civil: convirtió al hombre en esclavo

Tenemos detrás de nosotros un historia larga y dolorosa, y sentimos la necesidad irrefrenable de mirar hacia el futuro. La memoria histórica, sin embargo nos debe acompañar, porque podemos hacer que la experiencia de estas décadas interminables, en que incluso vuestro país [Lituania] ha sentido el peso de una férrea dictadura que, en nombre de la justicia y la igualdad, violó la libertad y la dignidad de los individuos y de la sociedad civil. ¿Cómo pudo suceder esto?
El análisis sería complejo. Me parece, sin embargo, poder decir que entre las razones no menos importantes es el ateísmo militante en el que el marxismo se inspiró: un ateísmo ofensivo incluso del hombre cuya dignidad sustraía el fundamento y la garantía más sólida. A este error se añadirán otros, como la concepción materialista de la historia, la visión duramente conflictiva de la sociedad, el papel “mesiánico” atribuido al partido único, señor del Estado. Todo convergerá para que este sistema, nacido con la presunción de liberar al hombre, termine por hacerlo esclavo. (Juan Pablo II. Discurso al mundo académico e intelectuales de Lituania, 5 de septiembre de 1993)

El fracaso económico del comunismo demostró ser una utopía trágica

Aquello que durante años era imposible, hoy se ha convertido en realidad. ¿Cuáles coordinantes han contribuido y contribuyen para explicar el punto donde estamos? “Varsovia, Moscú, Budapest, Berlín, Praga, Sofía, Bucarest, para nombrar sólo las Capitales, que se han convertido prácticamente en las etapas de una peregrinación hacia la libertad” (Discurso al Cuerpo Diplomático 13 de enero de 1990). Aparentemente, todo comenzó con el colapso de la economía. Era este el terreno elegido para construir un mundo nuevo, un hombre nuevo, guiado por la perspectiva del bienestar; pero con un proyecto existencial rigurosamente limitado al horizonte terreno. Esta esperanza resultó una utopía trágica, porque eran desatendidos y negados algunos aspectos esenciales de la persona humana: su unicidad, el hecho de ser irrepetible, su anhelo incontenible para la libertad y la verdad, su incapacidad de sentirse feliz excluyendo la relación trascendente con Dios. Esta dimensión de la persona puede ser por un cierto tiempo negada, pero no perennemente rechazada. La pretensión de construir un mundo sin Dios se ha demostrado ilusoria. No podía ser de otra manera. Permanecía misteriosa sólo el momento y la modalidad. El sufrimiento de los perseguidos por la justicia (cf. Mt 5,10), la solidaridad de cuantos se han unido en el compromiso por la dignidad del hombre, el ansia del sobrenatural inherente al alma humana, la oración de los justos contribuyó para ayudarles a volver a la senda de la libertad en la verdad. (Juan Pablo II. Discurso en el aeropuerto internacional de Praga, 21 de abril de 1990)

La historia del mundo ha puesto de manifiesto la falacia del marxismo como sistema teórico y práctico para resolver las cuestiones humanas

El mismo curso de la historia mundial está poniendo de manifiesto la falacia de las soluciones propuestas por el marxismo. Este sistema teórico y práctico exacerba metódicamente las divisiones entre los hombres, y pretende resolver las cuestiones humanas dentro de un horizonte cerrado a la trascendencia. En la orilla opuesta, la experiencia contemporánea de los países más desarrollados pone de manifiesto otras graves deficiencias: una visión de la vida basada sólo en el bienestar material y en una libertad egoísta que se autoconsidera ilimitada. Estas consideraciones ofrecen, por contraste, orientaciones claras para vuestro futuro. No existe verdadero progreso al margen de la verdad integral sobre el hombre, que los cristianos sabemos que sólo se encuentra en Cristo. Anheláis, ciertamente, la prosperidad junto con la tan necesaria superación de diferencias económicas y culturales y con la plena integración de todas las regiones de vuestra extensa geografía en un amplio programa de progreso y desarrollo. Sin embargo, todo esto será frágil y precario si no va unido a una cristianización más profunda de vuestra tierra. (Juan Pablo II. Discurso al Presidente de la República de Chile, 22 de abril de 1991)

Benedicto XVI

La colectivización de los medios de producción, “panacea marxista” para resolver los problemas sociales y alcanzar un mundo mejor

El marxismo había presentado la revolución mundial y su preparación como la panacea para los problemas sociales: mediante la revolución y la consiguiente colectivización de los medios de producción —se afirmaba en dicha doctrina— todo iría repentinamente de modo diferente y mejor. Este sueño se ha desvanecido. En la difícil situación en la que nos encontramos hoy, a causa también de la globalización de la economía, la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental, que propone orientaciones válidas mucho más allá de sus confines: estas orientaciones —ante el avance del progreso— se han de afrontar en diálogo con todos los que se preocupan seriamente por el hombre y su mundo. (Benedicto XVI. Encíclica Deus caritas est, n. 27, 25 de diciembre de 2005)

Congregación para la Doctrina de la Fe

El comunismo precisamente en nombre de la liberación del pueblo, mantiene a naciones enteras en condiciones de esclavitud indignas del hombre

Millones de nuestros contemporáneos aspiran legítimamente a recuperar las libertades fundamentales de las que han sido privados por regímenes totalitarios y ateos que se han apoderado del poder por caminos revolucionarios y violentos, precisamente en nombre de la liberación del pueblo. No se puede ignorar esta vergüenza de nuestro tiempo: pretendiendo aportar la libertad se mantiene a naciones enteras en condiciones de esclavitud indignas del hombre. Quienes se vuelven cómplices de semejantes esclavitudes, tal vez inconscientemente, traicionan a los pobres que intentan servir. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, cap. XI, n. 10, 6 de agosto de 1984)

III- Las ilusiones, utopías o quimeras de “un mundo mejor” siempre son propaladas por marxistas, socialistas y comunistas

León XIII

Las facciones socialistas hacen locas promesas al pueblo para lograr sus criminales propósitos

Esta lamentable turbación moral fue semilla de inquietud en las clases populares, de malestar, de rebelión en los espíritus; de aquí las agitaciones y los desórdenes frecuentes, que preludian tempestades más graves. Las miserables condiciones de una parte tan grande del pueblo menudo, dignísima ciertamente de redención y de remedio, sirven por esto admirablemente a los intentos de expertos agitadores, y señaladamente de las facciones socialistas, que por el camino de locas promesas a los pueblos avanzan hacia la realización de los más criminales propósitos. (León XIII. Carta Apostólica Annum ingressi, Acte Sancta Sedis, 34 (1901-1902) p.520)

Los socialistas creen inadecuadamente que distribuyendo por igual las riquezas de los particulares se resolverán los problemas sociales

Para solucionar este mal, (la opresión de los proletarios por un número sumamente reducido de ricos) los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación. Creen que con este traslado de los bienes de los particulares a la comunidad, distribuyendo por igual las riquezas y el bienestar entre todos los ciudadanos, se podría curar el mal presente. Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones. (León XIII, Carta Encíclica Rerum Novarum, n. 2, 15 de mayo de 1891)

Muchos se esfuerzan por extender las pestes vergonzosas del comunismo y del socialismo con el pretexto de favorecer al pueblo

De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil. Y, sin embargo, son muchos los que se esfuerzan por extender el imperio de males tan grandes y, con el pretexto de favorecer al pueblo, han provocado no pequeños incendios y ruinas. Los sucesos que aquí recordamos ni son desconocidos ni están muy lejanos. (León XIII. Encíclica Diuturnum Illud, n.17, 29 de junio de 1881)

Pío X

Jesucristo enseñando a amar al prójimo no predicó la quimera igualitaria del socialismo

Nos queremos llamar vuestra atención, venerables hermanos, sobre esta deformación del Evangelio y del carácter sagrado de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre, practicada en “Le Sillon” y en otras partes. Cuando se aborda la cuestión social, está de moda en algunos medios eliminar, primeramente la divinidad de Jesucristo y luego no hablar más que de su soberana mansedumbre, de su compasión por todas las miserias humanas, de sus apremiantes exhortaciones al amor del prójimo y a la fraternidad. Ciertamente, Jesús nos ha amado con un amor inmenso, infinito, y ha venido a la tierra a sufrir y morir para que, reunidos alrededor de Él en la justicia y en el amor, animados de los mismos sentimientos de caridad mutua, todos los hombres vivan en la paz y en la felicidad. Pero a la realización de esta felicidad temporal y eterna ha puesto, con una autoridad soberana, la condición de que se forme parte de su rebaño, que se acepte su doctrina, que se practique su virtud y que se deje uno enseñar y guiar por Pedro y sus sucesores. Porque, si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado hacia si, para aliviarlos, los, a los que padecen y sufren (ver Mt 11,28), no ha sido para predicarles el celo por una del igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios (ver Mt 21,13 Lc 19,46), contra los miserables que escandalizan a los pequeños (ver Lc 17,2), contra las autoridades que agobian al pueblo bajo el peso de onerosas cargas sin poner en ellas ni un dedo para aliviarlas (ver Mt 23,4). Ha sido tan enérgico como dulce; ha reprendido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría (ver Pr 1,7 Pr 9,10) y que conviene a veces cortar un miembro para salvar al cuerpo (ver Mt 18,8-9). Finalmente, no ha anunciado para la sociedad futura el reino de una felicidad ideal, del cual el sufrimiento quedara desterrado, sino que con sus lecciones y con sus ejemplos ha trazado el camino de la felicidad posible en la tierra y de la felicidad perfecta en el cielo: el camino de la cruz. Estas son enseñanzas que se intentaría equivocadamente aplicar solamente a la vida individual con vistas a la salvación eterna; son enseñanzas eminentemente sociales, y nos demuestran en Nuestro Señor Jesucristo algo muy distinto de un humanitarismo sin consistencia y sin autoridad. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 38, 23 de agosto de 1910)

Los verdaderos amigos del pueblo no son los revolucionarios ni tampoco los innovadores

Mas cuiden esos sacerdotes de no dejarse extraviar en el dédalo de las opiniones contemporáneas por el espejismo de una falsa democracia; no tomen de la retórica de los peores enemigos de la Iglesia, y del pueblo un lenguaje enfático y lleno de promesas tan sonoras como irrealizables; persuádanse que la cuestión social y la ciencia social no nacieron ayer; que en todas las edades la Iglesia y el Estado concertados felizmente suscitaron para el bienestar de la sociedad organizaciones fecundas; que la Iglesia que jamás ha traicionado la felicidad del pueblo con alianzas comprometedoras, no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas.  (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 39, 23 de agosto de 1910)

Benedicto XV

No dejarse engañar por las falacias de los socialistas que prometen maravillas

Así pues, rogamos insistentemente a los ciudadanos de Bérgamo por su especial efecto y adhesión hacia esta Sede Apostólica, que no se dejen engañar por las falacias de aquellos que, prometiendo maravillas pretenden apartarlos de su fe tradicional, para acabar empujándolos a trastornarlo y revolverlo todo por la violencia. La causa de la justicia y de la verdad no se defienden con violencias ni con perturbaciones del orden: son estas armas tales, que quienes las emplean se hieren a sí mismos antes que a nadie. (Benedicto XV. Carta Soliti Nos, 11 de marzo de 1920)

La Iglesia a diferencia de los adversarios no se vale de engaños. Ella es madre cariñosa de ricos y pobres

Por lo cual, presten atención los proletarios oído atento a las enseñanzas de la Iglesia, aunque parezca dar menos que los adversarios, pues no se vale de vana superchería, sino que promete cosas justas y duraderas, y tengan presente que Ella, aun cuando es madre de todos, a ellos, como hemos dicho, los rodea de especial cariño, y que, si alguna vez defiende a los ricos, no los defiende porque son ricos, sino porque han sido vejados injustamente. Igualmente, obedezcan a la Iglesia los ricos, confiados en su maternal cariño y equidad. (Benedicto XV. Epístola Intelleximus ex iis, 14 de junio de 1920)

Pío XI

El comunismo sistema anticuado y rebatido por la realidad de los hechos, avanza presentado promesas deslumbradoras a la clase trabajadora

Pero ¿como un tal sistema, anticuado ya hace mucho tiempo en el terreno científico, desmentido por la realidad de los hechos, como -decimos- semejante sistema ha podido difundirse tan rápidamente en todas las partes del mundo? La explicación esta en el hecho de que son muy pocos los que han podido penetrar en la verdadera naturaleza del comunismo; los más, en cambio, ceden a la tentación, hábilmente presentada bajo promesas las mas deslumbradoras. Con el pretexto de no querer sino la mejora de la suerte de las clases trabajadoras, de suprimir los abusos reales causados por la economía liberal y de obtener de los bienes terrenos una más justa distribución (fines sin duda, del todo legítimos), y, aprovechándose de la crisis económica mundial, ha conseguido lograr que su influencia penetre aun en aquellos grupos sociales que, por principio, rechazan todo materialismo y todo terrorismo. Y como todo error contiene siempre una parte de verdad, este aspecto de verdad -al que hemos hecho alusión-, es puesto astutamente de relieve, según los tiempos y lugares para cubrir, cuando conviene, la brutalidad repugnante e inhumana de los principios y métodos del comunismo; así logra seducir aun a espíritus no vulgares hasta convertirlos en apóstoles junto a las jóvenes inteligencias poco preparadas aun para advertir sus errores intrínsecos. Los corifeos del comunismo saben también aprovechar los antagonismos de raza, las divisiones y oposiciones de los diversos sistemas políticos y hasta la desorientación reinante en el campo de la ciencia sin Dios, para infiltrarse en las Universidades y corroborar con argumentos seudocientíficos los principios de su doctrina. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 15, 19 de marzo de 1937)

La táctica insidiosa del comunismo: colaborar en el campo caritativo proponiendo cosas conforme al espíritu cristiano para infiltrarse en la Iglesia

Sobre este punto insistimos ya en Nuestra Alocución del 12 de mayo del ano pasado, pero creemos necesario, Venerables Hermanos, volver a llamar acerca de ello vuestra atención de manera especial. Al principio, el comunismo se mostró cual era en toda su perversidad; pero pronto cayo en la cuenta de que con tal proceder alejaba de si a los pueblos, y por esto ha cambiado de táctica y procura atraerse las muchedumbres con diversos engaños, ocultando sus designios bajo ideas que en si mismas son buenas y atrayentes. Así, ante el deseo general de paz, los jefes del comunismo fingen ser los más celosos fautores y propagandistas del movimiento por la paz mundial; pero al mismo tiempo excitan a una lucha de clases que hace correr ríos de sangre, y sintiendo que no tienen garantías internas de paz, recurren a armamentos ilimitados. Así, bajo diversos nombres y sin alusión alguna al comunismo, fundan asociaciones y periódicos que luego no sirven sino para lograr que sus ideas vayan penetrando en medios que de otro modo no les serian fácilmente accesibles; y pérfidamente procuran infiltrarse hasta en asociaciones abiertamente católicas y religiosas. Así, en otras partes, sin renunciar en lo más mínimo a sus perversos principios, invitan a los católicos a colaborar con ellos en el campo llamado humanitario y caritativo, a veces proponiendo cosas completamente conformes al espíritu cristiano y a la doctrina de la Iglesia. En otras partes llevan su hipocresía hasta hacer creer que el comunismo en los países de mayor fe o de mayor cultura tomara un aspecto más suave, y no impedirá el culto religioso y respetara la libertad de conciencia. Y hasta hay quienes, refiriéndose a ciertos cambios introducidos recientemente en la legislación soviética, deducen que el comunismo esta ya para abandonar su programa de lucha contra Dios. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 57, 19 de marzo de 1937)

Los pobres en su legítimo deseo de mejorar su condición social deben permanecer siendo pobres de espíritu

Los pobres, por su parte, en medio de sus esfuerzos, guiados por las leyes de la caridad y de la justicia, para proveerse de lo necesario y para mejorar su condición social, deben también ellos permanecer siempre pobres de espíritu (Mt 5,3), estimando más los bienes espirituales que los goces terrenos. Tengan además siempre presente que nunca se conseguirá hacer desaparecer del mundo las miserias, los dolores y las tribulaciones, a los que están sujetos también los que exteriormente aparecen como más afortunados. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 45, 19 de marzo de 1937)

Pío XII

Los falsos profetas que se presumen amigos del pueblo, llaman al bien mal; y al mal bien

La Iglesia, custodia y maestra de la verdad, en el garantizar y propugnar valerosamente los derechos del pueblo trabajador, en varias ocasiones, combatiendo el error, ha debido advertir para no ser engañados por el espejismo de teorías fatuas e ilusorias de bienestar futuro y las solicitaciones engañosas y la incitación de los falsos maestros de la prosperidad social, que dicen bien al mal y mal al bien y, presumiéndose amigos del pueblo, no permiten entre capital y trabajo y entre los empleadores y los trabajadores los acuerdos mutuos, que mantienen y promueven la armonía social y el progreso para el bien común. Estos amigos del pueblo vos ya los oísteis en las plazas, en los reductos, en los congresos; conocisteis las promesas de sus panfletos; los escuchasteis en sus canciones y en sus himnos; pero a sus palabras, ¿cuándo han contestado los hechos o han sonreído las esperanzas con la realidad? Engaños y desilusiones probaron y prueban de ello tanto en los individuos y el pueblo, que prestaron su fe y los siguieron por caminos que, lejos de mejorar, empeoraron y agravaron las condiciones de vida y de adelanto material y moral. Estos falsos pastores dan a creer que la salvación debe partir de una revolución que cambie la consistencia social o se revista de carácter nacional. (Pío XII. Discurso a una representación de trabajadores de Italia, Cortile del Belvedere, 13 de junio de 1943)

El “Pueblo” vive con vida propia, la “Masa” es fácil juguete en manos de manipuladores que saben excitar sus instintos

El Estado no contiene en sí y no reúne mecánicamente en un determinado territorio una aglomeración amorfa de individuos. Él es, y en realidad debe ser, la unidad orgánica y organizadora de un verdadero pueblo.Pueblo y multitud amorfa o, como se suele decirse, masa, son dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve por su vida propia; la masa es de por sí inerte y no puede ser movida sino desde fuera. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales —en su propio puesto y su propio modo— es una persona consciente de la propia responsabilidad y de las propias convicciones. La masa, por el contrario, espera el impulso desde fuera, fácil juguete en las manos de cualquiera que sepa sacar provecho de sus instintos o sus impresiones, pronta a seguir, una vez y otra, hoy esta, mañana aquella otra bandera. De la exuberancia de vida de un verdadero pueblo, la vida se difunde, abundante, rica, por el Estado y en todos sus órganos, infundiendo en ellos, con vigor incesantemente renovado, la conciencia de su propia responsabilidad, el verdadero sentido del bien común. De la fuerza elemental de la masa, hábilmente manejada y aprovechada, puede servirse también el Estado: en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos, que las tendencias egoístas hayan artificialmente reagrupado, el propio Estado puede —con el apoyo de la masa, reducida a no ser más que una simple máquina— imponer su capricho a la parte mejor del verdadero pueblo; el interés común queda así golpeado gravemente durante largo tiempo, y la herida es con frecuencia muy difícil de curar.
De esto se desprende con claridad otra conclusión: la masa, como Nos la hemos ahora definido, es la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad e igualdad. (Pío XII. Benignitas et humanitas, n.2, Radiomensaje de Navidad de 1944)

Juan Pablo II

Existe una creencia engañosa: la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre los grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases

Participando, como sacerdote, obispo y cardenal, en la vida de innumerables jóvenes en la universidad, en los grupos juveniles, en las excursiones por las montañas, en los círculos de reflexión y oración, aprendí que un joven comienza peligrosamente a envejecer cuando se deja engañar por el principio, fácil y cómodo, de que “el fin justifica los medios”; cuando llega a creer que la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre los grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases, que se revela muy pronto como creadora de nuevas clases. Me convencí de que sólo el amor aproxima lo que es diferente y realiza la unión en la diversidad. Las palabras de Cristo “Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13, 34), me parecían entonces, por encima de su inigualable profundidad teológica, como germen y principio de la única transformación lo suficientemente radical como para ser apreciada por un joven. Germen y principio de la única revolución que no traiciona al hombre. Sólo el amor verdadero construye. (Juan Pablo II. Homilía durante la misa para los jóvenes, Belo Horizonte, Brasil, 1 de julio de 1980)

El error de interpretar el problema de los pobres en clave marxista: ideologías engañosas, utopías que llevan a la violencia

Sin embargo, se han dado casos en los que una interpretación errónea del problema de los pobres en clave marxista ha llevado a un falso concepto y a una praxis anómala de la opción por los pobres y del voto de pobreza, desvirtuado por falta de referencia a la pobreza de Cristo y desconectado de su medida que es la vida teologal. La vida consagrada tiene que estar, pues, firmemente afianzada en las virtudes teologales, para que la fe no ceda al espejismo de las ideologías; la esperanza cristiana no se confunda con las utopías; la caridad universal, que llega hasta el límite del amor a los enemigos, no sucumba ante la tentación de la violencia. (Juan Pablo II. Carta Apostólica a los religiosos y religiosas de América Latina en el V centenario de la evangelización del Nuevo Mundo, n. 20, 29 de junio de 1990)

La utopía comunista lanzó a muchos en una mentira que ha herido profundamente la naturaleza humana: sacrificaron familia, energías y su propia dignidad

El reflujo del marxismo-leninismo ateo como sistema político totalitario en Europa está lejos de solucionar los dramas que ha provocado en estos tres cuartos de siglo. Todos los que han sido afectados por este sistema totalitario de un modo u otro, sus responsables y sus partidarios, como sus más extremos opositores, se han convertido en sus víctimas. Quienes han sacrificado por la utopía comunista su familia, sus energías y su dignidad comienzan a tomar conciencia de haber sido arrastrados en una mentira que ha herido profundamente la naturaleza humana. Los demás encuentran una libertad para la cual no estaban preparados y cuyo uso permanece hipotético, pues viven en condiciones políticas, sociales y económicas precarias, y experimentan una situación cultural confusa, con el despertar sangriento de los antagonismos nacionalistas. En su conclusión el Simposio pre-sinodal os preguntaba ¿hacia dónde y hacia quién se dirigirán aquellos cuyas esperanzas utópicas acaban de desvanecerse? El vacío espiritual que mina la sociedad es, ante todo, un vacío cultural. Y es la conciencia moral, renovada por el Evangelio de Cristo, que puede llenarlo verdaderamente. (Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Cultura, 10 de enero de 1992)

Las utopías, las ideologías y la tentación de realizar transformaciones sociales que conducen a la lucha de clases, no forman parte de la Revelación ni del Magisterio de la Iglesia

El Concilio Vaticano II, recordando el texto de la primera carta de san Juan que mencionamos aquí, nos muestra todo el dinamismo de la evangelización en las palabras de San Agustín, que subrayan que el amor debe guiar todo el proceso de la evangelización, de manera que el mundo entero, a través de la proclamación de la salvación, escuchando crea, creyendo espere, y esperando ame (cf. Dei Verbum, 1).
La fe que se basa sobre la Revelación y sobre el Magisterio de la Iglesia preserva la evangelización de la tentación de las utopías humanas: la esperanza cristiana no confunde la salvación con ideologías de ningún tipo; la caridad que debe animar la obra de la evangelización, preserva el anuncio evangélico de la tentación de la pura estrategia de una transformación social o de la violencia súbita que conduce a la lucha de clases. (Juan Pablo II. Carta por ocasión de la XV Asamblea General Ordinaria de la Conferencia de los Religiosos de Brasil, 11 de julio de 1989)

El comunismo: grandísima injusticia, gran utopía destructiva que no realizó el “paraíso” de la justicia en la tierra

Este mensaje de la Divina Misericordia, el mensaje de Cristo misericordioso, salió de esta tierra, pasó también a través de vuestra ciudad, y se fue difundiendo por todo el mundo. Este mensaje ha preparado generaciones enteras para que puedan hacer frente a la grandísima injusticia organizada en nombre de una gran utopía destructiva, que habría de haber realizado en la tierra “el paraíso de la justicia absoluta.” (Juan Pablo II. Homilía durante la beatificación de la Madre Boleslawa Lament, 5 de junio de 1991)

Sistemas que se dicen científicos para la renovación social, se convirtieron en trágicas utopías: la Fe en Cristo demostró que la religión no es el opio del pueblo

Un sentimiento común parece dominar hoy a la gran familia humana. Todos se preguntan qué futuro hay que construir en paz y solidaridad, en este paso de una época cultural a otra. Las grandes ideologías han mostrado su fracaso ante la dura prueba de los acontecimientos. Sistemas, que se dicen científicos de renovación social, incluso de redención del hombre por sí mismo, mitos de la realización revolucionaria del hombre, se han revelado a los ojos del mundo entero como lo que eran: trágicas utopías que han producido una regresión sin precedentes en la historia atormentada de la humanidad. En medio de sus hermanos, la resistencia heroica de las comunidades cristianas contra el totalitarismo inhumano ha suscitado la admiración. El mundo actual redescubre que la fe en Cristo, lejos de ser el opio de los pueblos, es la mejor garantía y el estímulo de su libertad. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Cultura, n.2, 12 de enero de 1990)

Benedicto XVI

Los instrumentos para el cambio social propuestos por Marx fascinaron y hasta hoy fascinan a muchos, su error está en el materialismo

Con precisión puntual, aunque de modo unilateral y parcial, Marx ha descrito la situación de su tiempo y ha ilustrado con gran capacidad analítica los caminos hacia la revolución, y no sólo teóricamente: con el partido comunista, nacido del manifiesto de 1848, dio inicio también concretamente a la revolución. Su promesa, gracias a la agudeza de sus análisis y a la clara indicación de los instrumentos para el cambio radical, fascinó y fascina todavía hoy de nuevo. Después, la revolución se implantó también, de manera más radical en Rusia. Pero con su victoria se puso de manifiesto también el error fundamental de Marx. Él indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, entonces se anularían todas las contradicciones, por fin el hombre y el mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros. Así, tras el éxito de la revolución, Lenin pudo percatarse de que en los escritos del maestro no había ninguna indicación sobre cómo proceder. Había hablado ciertamente de la fase intermedia de la dictadura del proletariado como de una necesidad que, sin embargo, en un segundo momento se habría demostrado caduca por sí misma. Esta «fase intermedia» la conocemos muy bien y también sabemos cuál ha sido su desarrollo posterior: en lugar de alumbrar un mundo sano, ha dejado tras de sí una destrucción desoladora. El error de Marx no consiste sólo en no haber ideado los ordenamientos necesarios para el nuevo mundo; en éste, en efecto, ya no habría necesidad de ellos. Que no diga nada de eso es una consecuencia lógica de su planteamiento. Su error está más al fondo. Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables. (Benedicto XVI. Encíclica Spes Salvi, n. 20-21, 30 de noviembre de 2007)


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