92 – “Deseo referirme a la situación de los que tras la ruptura de su vínculo matrimonial han establecido una nueva convivencia, y a la atención pastoral que merecen”

Cuando los sacerdotes preparamos a jóvenes parejas para contraer matrimonio sabemos que una de las cosas más importantes es dejarles bien clara la indisolubilidad del vínculo que van a sellar al contraer el sacramento del matrimonio. Es emocionante constatar el casos de aquellos fieles que se tomaron tan en serio este concepto que, incluso después de la desgracia de una separación no siempre querida por uno de los cónyuges, encuentran fuerza y valentía para respetar el vínculo matrimonial porque son conscientes de la belleza del testimonio de fidelidad de este sacramento, de los beneficios de vivir en estado de gracia y de la santidad de la indisolubilidad como imagen del misterio de la unión entre Cristo y su Iglesia.

Como el mundo se ríe de la perennidad de las leyes divinas predica una doctrina relativista mediante la cual se sugiere que el fracaso de un matrimonio equivale a la ruptura del vínculo matrimonial. El cónyuge que quiere permanecer fiel, a pesar de todo, tendrá que soportar presiones de todos los lados, incluso de sus mismos familiares, intentando convencerle de que ese matrimonio terminó con la separación de los cuerpos y que ahora puede formar nueva familia. El que acepta dicha propuesta tal vez tenga una vida más llevadera bajo ciertos aspectos, pero su actitud acarreará otras consecuencias desastrosas para sí mismo, para su vida eterna e inclusive para la sociedad.

Si verdaderamente somos pastores que quieren la salvación del rebaño, no podemos utilizar términos que contradicen la doctrina de la Iglesia o que pueden dar una idea errónea de sus enseñanzas. Por eso nos quedamos perplejos ante la reciente afirmación de Francisco, en la que se refiere “a la situación de los que tras la ruptura de su vínculo matrimonial han establecido una nueva convivencia, y a la atención pastoral que merecen”. Al análisis que ya hicimos hace algunos días a algunos aspectos de esas declaraciones, añadimos hoy un nuevo estudio, justamente sobre esa extraña afirmación sobre la supuesta “ruptura del vínculo matrimonial” a la que aludió Francisco: ¿Estaría afirmando que éstas existen? ¿Será posible que el Papa sostenga que el matrimonio no es indisoluble? Pues lo que puede sufrir rupturas no es indisoluble…

Para evitar confusiones, lo más indicado es recordar la doctrina clara de la Santa Madre Iglesia en lo tocante a este punto fundamental sobre el matrimonio.

Francisco

Cita A

Retomando las reflexiones sobre la familia, deseo referirme hoy a la situación de los que tras la ruptura de su vínculo matrimonial han establecido una nueva convivencia, y a la atención pastoral que merecen.
La Iglesia sabe bien que tal situación contradice el sacramento cristiano, pero con corazón de madre busca el bien y la salvación de todos, sin excluir a nadie. Animada por el Espíritu Santo y por amor a la verdad, siente el deber de “discernir bien las situaciones”, diferenciando entre quienes han sufrido la separación y quienes la han provocado.
Si se mira la nueva unión desde los hijos pequeños vemos la urgencia de una acogida real hacia las personas que viven tal situación. ¿Cómo podemos pedirle a estos padres educar a los hijos en la vida cristiana si están alejados de la vida de la comunidad? Es necesario una fraterna y atenta acogida, en el amor y en la verdad, hacia estas personas que en efecto no están excomulgadas, como algunos piensan: ellas forman parte siempre de la Iglesia.
“No tenemos recetas sencillas”, pero es preciso manifestar la disponibilidad de la comunidad y animarlos a vivir cada vez más su pertenencia a Cristo y a la Iglesia con la oración, la escucha de la Palabra de Dios, la participación en la liturgia, la educación cristiana de los hijos, la caridad, el servicio a los pobres y el compromiso por la justicia y la paz. La Iglesia no tiene las puertas cerradas a nadie. (Audiencia general, 5 de agosto de 2015)

(Nota: Las palabras de Francisco pronunciadas en esta ocasión en lengua española fueron ligeramente modificadas en la transcripción escrita vertida en la página del Vaticano . Sin embargo, se puede comprobar en el vídeo de dicha audiencia, que las mismas corresponden a las palabras transcritas encima).

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – Un matrimonio rato y consumado contraído válidamente es indisoluble y no puede ser disuelto siquiera por el Pontífice Romano
II –
La separación de los cónyuges no es una ruptura del vínculo matrimonial
III –
Anular un matrimonio equivale a reconocer que no hubo matrimonio y no que hubo ruptura del vínculo
IV –
Aclaración sobre el privilegio paulino in favorem fidei


I – Un matrimonio rato y consumado contraído válidamente es indisoluble y no puede ser disuelto siquiera por el Pontífice Romano


Juan Pablo II
-Si el Romano Pontífice pudiese disolver el vínculo matrimonial, éste no sería indisoluble
-Ni la Escritura, ni la Tradición, ni el Magisterio conocen una facultad del Romano Pontífice para la disolución del matrimonio

Catecismo de la Iglesia Católica
-El matrimonio no puede ser disuelto por ningún poder humano
-El vínculo matrimonial es una realidad irrevocable y la Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición

Pío XI
-Un matrimonio cristiano rato y consumado no puede ser desatado por ninguna autoridad humana

Comisión Teológica Internacional
-La Iglesia nada puede sobre la realidad de la unión conyugal que evoca el realismo de la Encarnación

Sagradas Escrituras
-Si Dios unió, ¿quién puede separar?

Código de Derecho Canónico
-Sólo la muerte disuelve un matrimonio


II – La separación de los cónyuges no es una ruptura del vínculo matrimonial


Catecismo Romano
-La ley del vínculo conyugal perdura inexorablemente aún después de la separación

Pío XI
-En caso de una separación entre los esposos aún queda intacto el vínculo matrimonial

Clemente XIII
-Hay separación de cohabitación pero no en cuanto vínculo

Sagrada Escrituras
-Quien se separa no vuelva a casarse

Juan Pablo II
-Es un testimonio de gran valor el cónyuge que sufrió un divorcio y sigue respetando la indisolubilidad del vínculo matrimonial


III – Anular un matrimonio equivale a reconocer que no hubo matrimonio y no que hubo ruptura del vínculo


Juan Pablo II
-Declarar nulo a un matrimonio es lo mismo que decir que el matrimonio no ha existido
-La declaración de nulidad no es un divorcio con otro nombre
-Las declaraciones de nulidad matrimonial deben presentarse y actuarse en un ámbito eclesial profundamente a favor del matrimonio indisoluble
-Un matrimonio fracasado no es sinónimo de matrimonio inválido

Benedicto XVI
-El objetivo de un proceso de nulidad matrimonial es declarar la validez o invalidez de un matrimonio concreto
-Hay que huir de las tentaciones pseudo-pastorales que visan satisfacer las peticiones subjetivas para obtener la declaración de nulidad
-En los discursos de los Papas a la Rota Romana se encuentra lo esencial sobre la realidad del matrimonio


IV – Aclaración sobre el privilegio paulino in favorem fidei


Código de Derecho Canónico
-En favor de la fe, el matrimonio de dos personas no bautizadas puede disolverse por el privilegio paulino

Juan Pablo II
-Los casos del privilegio paulino son relativamente poco frecuentes

Pío IX
-Una pagana casada con un pagano infiel, al convertirse puede usar del privilegio paulino

Congregación para la Doctrina de la Fe
-El privilegio paulino se aplica a matrimonios hechos entre personas no bautizadas


I – Un matrimonio rato y consumado contraído válidamente es indisoluble y no puede ser disuelto siquiera por el Pontífice Romano


Juan Pablo II

  • Si el Romano Pontífice pudiese disolver el vínculo matrimonial, éste no sería indisoluble

Este encuentro con vosotros, miembros del Tribunal de la Rota Romana, es un contexto adecuado para hablar también a toda la Iglesia sobre el límite de la potestad del Sumo Pontífice con respecto al matrimonio rato y consumado, que “no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa, fuera de la muerte” (Código de Derecho Canónico, c. 1141; Código de Cánones de las Iglesias Orientales, c. 853). Esta formulación del Derecho Canónico no es sólo de naturaleza disciplinaria o prudencial, sino que corresponde a una verdad doctrinal mantenida desde siempre en la Iglesia.
Con todo, se va difundiendo la idea según la cual la potestad del Romano Pontífice, al ser vicaria de la potestad divina de Cristo, no sería una de las potestades humanas a las que se refieren los cánones citados y, por consiguiente, tal vez en algunos casos podría extenderse también a la disolución de los matrimonios ratos y consumados. Frente a las dudas y turbaciones de espíritu que podrían surgir, es necesario reafirmar que el matrimonio sacramental rato y consumado nunca puede ser disuelto, ni siquiera por la potestad del Romano Pontífice. La afirmación opuesta implicaría la tesis de que no existe ningún matrimonio absolutamente indisoluble, lo cual sería contrario al sentido en que la Iglesia ha enseñado y enseña la indisolubilidad del vínculo matrimonial. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 6, 21 de enero de 2000)

  • Ni la Escritura, ni la Tradición, ni el Magisterio conocen una facultad del Romano Pontífice para la disolución del matrimonio

En efecto, el Romano Pontífice tiene la “potestad sagrada” de enseñar la verdad del Evangelio, administrar los sacramentos y gobernar pastoralmente la Iglesia en nombre y con la autoridad de Cristo, pero esa potestad no incluye en sí misma ningún poder sobre la ley divina, natural o positiva. Ni la Escritura ni la Tradición conocen una facultad del Romano Pontífice para la disolución del matrimonio rato y consumado; más aún, la praxis constante de la Iglesia demuestra la convicción firme de la Tradición según la cual esa potestad no existe. Las fuertes expresiones de los Romanos Pontífices son sólo el eco fiel y la interpretación auténtica de la convicción permanente de la Iglesia.
Así pues, se deduce claramente que el Magisterio de la Iglesia enseña la no extensión de la potestad del Romano Pontífice a los matrimonios sacramentales ratos y consumados como doctrina que se ha de considerar definitiva, aunque no haya sido declarada de forma solemne mediante un acto de definición. En efecto, esa doctrina ha sido propuesta explícitamente por los Romanos Pontífices en términos categóricos, de modo constante y en un arco de tiempo suficientemente largo. Ha sido hecha propia y enseñada por todos los obispos en comunión con la Sede de Pedro, con la convicción de que los fieles la han de mantener y aceptar. En este sentido la ha vuelto a proponer el Catecismo de la Iglesia Católica. Por lo demás, se trata de una doctrina confirmada por la praxis multisecular de la Iglesia, mantenida con plena fidelidad y heroísmo, a veces incluso frente a graves presiones de los poderosos de este mundo. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 8, 21 de enero de 2000)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El matrimonio no puede ser disuelto por ningún poder humano

El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble (cf. Mt 5, 31-32; 19, 3-9; Mc 10, 9; Lc 16, 18; 1 Cor 7, 10-11), y deroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua (cf. Mt 19, 7-9).
Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte” (CIC c. 1141). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2382)

  • El vínculo matrimonial es una realidad irrevocable y la Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición

El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios (cf. Mc 10, 9). De su alianza “nace una institución estable por ordenación divina, también ante la sociedad” (GS 48, 1). La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: “el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino” (GS 48, 2).
Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina (cf. CIC c. 1141). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1639-1640)

Pío XI

  • Un matrimonio cristiano rato y consumado no puede ser desatado por ninguna autoridad humana

“Así, pues, cualquier matrimonio que se contraiga, o se contrae de suerte que sea en realidad un verdadero matrimonio, y entonces llevará consigo el perpetuo lazo que por ley divina va anejo a todo verdadero matrimonio; o se supone que se contrae sin dicho perpetuo lazo, y entonces no hay matrimonio, sino unión ilegítima, contraria, por su objeto, a la ley divina, que por lo mismo no se puede lícitamente contraer ni conservar” (Pius VI. Rescript. ad Episc. Agriens, 11 de julio de 1789).
Y aunque parezca que esta firmeza está sujeta a alguna excepción, bien que rarísima, en ciertos matrimonios naturales contraídos entre infieles o también, tratándose de cristianos, en los matrimonios ratos y no consumados, tal excepción no depende de la voluntad de los hombres, ni de ninguna autoridad meramente humana, sino del derecho divino, cuya depositaria e intérprete es únicamente la Iglesia de Cristo. Nunca, sin embargo, ni por ninguna causa, puede esta excepción extenderse al matrimonio cristiano rato y consumado, porque así como en él resplandece la más alta perfección del contrato matrimonial, así brilla también, por voluntad de Dios, la mayor estabilidad e indisolubilidad, que ninguna autoridad humana puede desatar. (Pío XI. Encíclica Casti connubii, n. 11-12, 31 de diciembre de 1930)

Comisión Teológica Internacional

  • La Iglesia nada puede sobre la realidad de la unión conyugal que evoca el realismo de la Encarnación

Por qué la Iglesia no puede disolver un matrimonio “ratum et consummatum”
Esta visión cristológica del matrimonio cristiano permite, además, comprender por qué la Iglesia no se reconoce ningún derecho para disolver un matrimonio ratum et consummatum, es decir, un matrimonio sacramentalmente contraído en la Iglesia y ratificado por los esposos mismos en su carne. En efecto, la total comunión de vida que, humanamente hablando, define la conyugalidad, evoca a su manera, el realismo de la Encarnación en la que el Hijo de Dios se hizo uno con la humanidad en la carne. Comprometiéndose el uno con el otro en la entrega sin reserva de ellos mismos, los esposos expresan su paso efectivo a la vida conyugal en la que el amor llega a ser una coparticipación de sí mismo con el otro, lo más absoluta posible. Entran así en la conducta humana de la que Cristo ha recordado el carácter irrevocable y de la que ha hecho una imagen reveladora de su propio misterio. La Iglesia, pues, nada puede sobre la realidad de una unión conyugal que ha pasado al poder de aquel de quien ella debe anunciar y no disolver el misterio. (Comisión Teológica Internacional. Doctrina Católica sobre el Matrimonio, n. 13, 1977)

Sagradas Escrituras

  • Si Dios unió, ¿quién puede separar?

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. (Mt 19, 6)

Código de Derecho Canónico

  • Sólo la muerte disuelve un matrimonio

El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte. (Código de Derecho Canónico, c. 1141)


II – La separación de los cónyuges no es una ruptura del vínculo matrimonial


Catecismo Romano

  • La ley del vínculo conyugal perdura inexorablemente aún después de la separación

Obligados, en cambio, por la ley del vínculo conyugal, que perdura inexorablemente aun después de la separación, y privados de toda esperanza de poder contraer nuevo matrimonio, los esposos se harán más cautos y comedidos en sus accesos de ira y discordia. Y aun justificadamente separados, terminarán fácilmente por sentir el más vivo deseo de la unión y volver de nuevo a la vida conyugal. (Catecismo Romano, II, VII, VI, C)

Pío XI

  • En caso de una separación entre los esposos aún queda intacto el vínculo matrimonial

Luego si la Iglesia no erró ni yerra cuando enseñó y enseña estas cosas [la indisolubilidad del matrimonio], evidentemente es cierto que no puede desatarse el vínculo ni aun en el caso de adulterio, y cosa clara es que mucho menos valen y en absoluto se han de despreciar las otras tan fútiles razones que pueden y suelen alegarse como causa de los divorcios.
Por lo demás, las objeciones que, fundándose en aquellas tres razones, mueven contra la indisolubilidad del matrimonio, se resuelven fácilmente. Pues todos esos inconvenientes y todos esos peligros se evitan concediendo alguna vez, en esas circunstancias extremas, la separación imperfecta de los esposos, quedando intacto el vínculo, lo cual concede con palabras claras la misma ley eclesiástica en los cánones que tratan de la separación del tálamo, de la mesa y de la habitación (CIC c. 1128 ss). Y toca a las leyes sagradas y, a lo menos también en parte, a las civiles, en cuanto a los efectos y razones civiles se refiere, determinar las causas y condiciones de esta separación, y juntamente el modo y las cautelas con las cuales se provea a la educación de los hijos y a la incolumidad de la familia, y se eviten, en lo posible, todos los peligros que amenazan tanto al cónyuge como a los hijos y a la misma sociedad civil. (Pío XI. Encíclica Casti connubii, n. 33-34, 31 de diciembre de 1930)

Clemente XIII

  • Hay separación de cohabitación pero no en cuanto vínculo

Si el fiel, previa dispensa, contrajo matrimonio con un infiel, se entiende que lo contrajo con la condición explícita de que el infiel quiera cohabitar con él sin ofensa del Creador. Por ello, si el infiel no cumple la citada condición, deben aplicarse, para que la cumpla, los remedios que el derecho determina para estas situaciones; en otro caso deben separarse por lo que hace relación al lecho y a la cohabitación, pero no en cuanto al vínculo. En consecuencia, en la hipótesis de que se trata, el fiel no puede volverse a casar, mientras viva el cónyuge infiel. (Clemente XIII. De la respuesta Saepe contingit, del Santo Oficio, al obispo de Cochin, India, 1 de agosto de 1759)

Sagrada Escrituras

  • Quien se separa no vuelva a casarse

A los casados les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con el marido; y que el marido no repudie a la mujer. (1 Cor 7, 10-11)

Juan Pablo II

  • Es un testimonio de gran valor el cónyuge que sufrió un divorcio y sigue respetando la indisolubilidad del vínculo matrimonial

Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero que —conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no se deja implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos.  (Exhortación Aspotólica Familiaris Consortio,83)


III – Anular un matrimonio equivale a reconocer que no hubo matrimonio y no que hubo ruptura del vínculo


Juan Pablo II

  • Declarar nulo a un matrimonio es lo mismo que decir que el matrimonio no ha existido

Ciertamente, “la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar ‘la nulidad del matrimonio’, es decir, que el matrimonio no ha existido”, y, en este caso, los contrayentes “quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión anterior” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1629). Sin embargo, las declaraciones de nulidad por los  motivos  establecidos  por las normas canónicas, especialmente por el defecto y los vicios del consentimiento matrimonial (cf. Código de Derecho Canónico, c. 1095-1107), no pueden estar en contraste con el principio de la indisolubilidad. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 4, 21 de enero de 2000)

  • La declaración de nulidad no es un divorcio con otro nombre

La indisolubilidad del matrimonio es una enseñanza que proviene de Cristo mismo, y los pastores y los agentes pastorales tienen como primer deber ayudar a las parejas a superar cualquier dificultad que pueda surgir. Remitir las causas matrimoniales al tribunal debería ser el último recurso. Hay que ser muy prudentes al explicar a los fieles lo que significa una declaración de nulidad, para evitar el peligro de que la consideren como un divorcio con nombre diferente. El tribunal ejerce un ministerio de verdad: su finalidad es “comprobar si existen factores que por ley natural, divina o eclesiástica, invalidan el matrimonio; y llegar a emanar una sentencia verdadera y justa sobre la pretendida inexistencia del vínculo conyugal” (Discurso a la Rota Romana, 4 de febrero de 1980, n. 2). El proceso que lleva a una decisión judicial acerca de la presunta nulidad del matrimonio debería demostrar dos aspectos de la misión pastoral de la Iglesia. En primer lugar, tendría que manifestar claramente el deseo de ser fieles a la enseñanza del Señor sobre la naturaleza permanente del matrimonio sacramental. En segundo lugar, debería inspirarse en una auténtica solicitud pastoral para con los que recurren al ministerio del tribunal a fin de que aclarar su situación en la Iglesia. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Colorado, Wyoming, Utah, Arizona y Nuevo México en vista ad limina, n. 4, 17 de octubre de 1998)

  • Las declaraciones de nulidad matrimonial deben presentarse y actuarse en un ámbito eclesial profundamente a favor del matrimonio indisoluble

Más aún, la actitud de la Iglesia es favorable a convalidar, si es posible, los matrimonios nulos (cf. Código de Derecho Canónico, c. 1676; Código de Cánones de las Iglesias Orientales, c. 1362). Es verdad que la declaración de nulidad matrimonial, según la verdad adquirida a través del proceso legítimo, devuelve la paz a las conciencias, pero esa declaración —y lo mismo vale para la disolución del matrimonio rato y no consumado y para el privilegio de la fe— debe presentarse y actuarse en un ámbito eclesial profundamente a favor del matrimonio indisoluble y de la familia fundada en él. Los esposos mismos deben ser los primeros en comprender que sólo en la búsqueda leal de la verdad se encuentra su verdadero bien, sin excluir a priori la posible convalidación de una unión que, aun sin ser todavía matrimonial, contiene elementos de bien, para ellos y para los hijos, que se han de valorar atentamente en conciencia antes de tomar una decisión diferente. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores defensores del vínculo y abogados de la Rota Romana, n. 6, 28 de enero de 2002)

  • Un matrimonio fracasado no es sinónimo de matrimonio inválido

¿Qué decir, entonces, de la tesis según la cual el fracaso mismo de la vida conyugal debería hacer presumir la invalidez del matrimonio? Por desgracia, la fuerza de este planteamiento erróneo es a veces tan grande, que se transforma en un prejuicio generalizado, el cual lleva a buscar las pruebas de nulidad como meras justificaciones formales de un pronunciamiento que, en realidad, se apoya en el hecho empírico del fracaso matrimonial. Este formalismo injusto de quienes se oponen al favor matrimonii tradicional puede llegar a olvidar que, según la experiencia humana marcada por el pecado, un matrimonio válido puede fracasar a causa del uso equivocado de la libertad de los mismos cónyuges. (Juan Pablo II. Discurso a los miembros del Tribunal de la Rota Romana, n. 5, 29 de enero de 2004)

Benedicto XVI

  • El objetivo de un proceso de nulidad matrimonial es declarar la validez o invalidez de un matrimonio concreto

En este punto, viene espontáneamente la segunda observación. En sentido estricto, ningún proceso es contra la otra parte, como si se tratara de infligirle un daño injusto. Su finalidad no es quitar un bien a nadie, sino establecer y defender la pertenencia de los bienes a las personas y a las instituciones. En la hipótesis de nulidad matrimonial, a esta consideración, que vale para todo proceso, se añade otra más específica. Aquí no hay algún bien sobre el que disputen las partes y que deba atribuirse a una o a otra. En cambio, el objeto del proceso es declarar la verdad sobre la validez o invalidez de un matrimonio concreto, es decir, sobre una realidad que funda la institución de la familia y que afecta en el máximo grado a la Iglesia y a la sociedad civil. (Benedicto XVI. Discurso a los prelados auditores, defensores del vínculo y abogados de la Rota Romana, 28 de enero de 2006)

  • Hay que huir de las tentaciones pseudo-pastorales que visan satisfacer las peticiones subjetivas para obtener la declaración de nulidad

La caridad sin justicia no es caridad, sino sólo una falsificación, porque la misma caridad requiere la objetividad típica de la justicia, que no hay que confundir con una frialdad inhumana. A este respecto, como afirmó mi predecesor el venerable Juan Pablo II en su discurso dedicado a las relaciones entre pastoral y derecho: “El juez […] debe cuidarse siempre del peligro de una malentendida compasión que degeneraría en sentimentalismo, sólo aparentemente pastoral” (AAS 82 [1990] 875, n. 5, 18 de enero de 1990).
Hay que huir de las tentaciones pseudo-pastorales que sitúan las cuestiones en un plano meramente horizontal, en el que lo que cuenta es satisfacer las peticiones subjetivas para obtener a toda costa la declaración de nulidad, a fin de poder superar, entre otras cosas, los obstáculos para recibir los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. En cambio, el bien altísimo de la readmisión a la Comunión Eucarística después de la reconciliación sacramental exige que se considere el bien auténtico de las personas, inseparable de la verdad de su situación canónica. Sería un bien ficticio, y una falta grave de justicia y de amor, allanarles el camino hacia la recepción de los sacramentos, con el peligro de hacer que vivan en contraste objetivo con la verdad de su condición personal. (Benedicto XVI. Discurso a los miembros del Tribunal de la Rota Romana, 29 de enero de 2010)

  • En los discursos de los Papas a la Rota Romana se encuentra lo esencial sobre la realidad del matrimonio

Gracias a esa obra, en las causas de nulidad matrimonial la realidad concreta es juzgada objetivamente a la luz de los criterios que reafirman constantemente la realidad del matrimonio indisoluble, abierta a todo hombre y a toda mujer según el plan de Dios creador y salvador. Eso requiere un esfuerzo constante para lograr la unidad de criterios de justicia que caracteriza de modo esencial a la noción misma de jurisprudencia y es su presupuesto fundamental de operatividad.
En la Iglesia, precisamente por su universalidad y por la diversidad de las culturas jurídicas en que está llamada a actuar, existe siempre el peligro de que se formen, sensim sine sensu, “jurisprudencias locales” cada vez más distantes de la interpretación común de las leyes positivas e incluso de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio. Deseo que se estudien los medios oportunos para hacer que la jurisprudencia rotal sea cada vez más manifiestamente unitaria, así como efectivamente accesible a todos los agentes de justicia, a fin de que se encuentre una aplicación uniforme en todos los tribunales de la Iglesia.
En esta perspectiva realista se ha de entender también el valor de las intervenciones del Magisterio eclesiástico sobre  las  cuestiones  jurídicas matrimoniales,  incluidos  los discursos del Romano Pontífice a la Rota Romana. Son una guía inmediata para la actividad de todos los tribunales de la Iglesia en cuanto que enseñan con autoridad lo que es  esencial sobre la realidad del matrimonio.(Benedicto XVI. Discurso al Tribunal de la Rota Romana, 26 de enero de 2008)


IV – Aclaración sobre los privilegios paulino y in favorem fidei


Código de Derecho Canónico

  • En favor de la fe, el matrimonio de dos personas no bautizadas puede disolverse por el privilegio paulino

El matrimonio contraído por dos personas no bautizadas se disuelve por el privilegio paulino en favor de la fe de la parte que ha recibido el bautismo, por el mismo hecho de que ésta contraiga un nuevo matrimonio, con tal de que la parte no bautizada se separe.(Código de Derecho Canónico, c. 1143 § 1)

Juan Pablo II

  • Los casos del privilegio paulino son relativamente poco frecuentes

Quisiera citar, en particular, una afirmación del Papa Pío XII: “El matrimonio rato y consumado es, por derecho divino, indisoluble, puesto que no puede ser disuelto por ninguna autoridad humana (cf. Código de Derecho Canónico, c. 1118). Sin embargo, los demás matrimonios, aunque sean intrínsecamente indisolubles, no tienen una indisolubilidad extrínseca absoluta, sino que, dados ciertos presupuestos necesarios, pueden ser disueltos (se trata, como es sabido, de casos relativamente muy raros), no sólo en virtud del privilegio paulino, sino también por el Romano Pontífice en virtud de su potestad ministerial” (Discurso a la Rota Romana, 3 de octubre de 1941: AAS 33 [1941] 424-425). Con estas palabras, Pío XII interpretaba explícitamente el canon 1118, que corresponde al actual canon 1141 del Código de Derecho Canónico y al canon 853 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales, en el sentido de que la expresión “potestad humana” incluye también la potestad ministerial o vicaria del Papa, y presentaba esta doctrina como pacíficamente sostenida por todos los expertos en la materia. En este contexto, conviene citar también el Catecismo de la Iglesia Católica, con la gran autoridad doctrinal que le confiere la intervención de todo el Episcopado en su redacción y mi aprobación especial. En él se lee: “Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo, que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio, es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina” (n. 1640).
(Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 6, 21 de enero de 2000)

Pío IX

  • Una pagana casada con un pagano infiel, al convertirse puede usar del privilegio paulino

Debe del todo evitarse el matrimonio entre una cristiana y un pagano; con todo si, previa la obtención de la Santa Sede, de la dispensa de disparidad de cultos, llegara a darse un matrimonio de este tipo, es sabido que sería indisoluble en cuanto al vínculo, y que sólo cabría la posibilidad de darse alguna vez separación de lecho, en el caso de que para ello existieran motivos canónicos a tenor del juez eclesiástico. Por tanto nunca, mientras viva el marido infiel, aunque sea concubinario, podrá la mujer cristiana contraer un segundo matrimonio. Cuando, sin embargo, se trate de una pagana que es esposa de un pagano que vive en concubinato, y que se convierte (la mujer), entonces ésta podrá usar del privilegio concedido en favor de la fe, después de que habiendo hecho la interpelación (como antes —para la dispensa—), el otro no quiera convertirse o cohabitar sin ofensa del Creador, y consiguientemente no renuncie a seguir viviendo en concubinato —algo que evidentemente no puede darse sin ofensa del Creador. (Pío IX. De la Instrucción propositis dubiis, del Santo Oficio, al Vicario Apostólico de Siangyang, China, 4 de julio de 1855)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • El privilegio en favor de la fe se aplica a matrimonios hechos entre personas no bautizadas

Como es sabido, esta Sagrada Congregación ha estudiado y tratado con atención la cuestión sobre la disolución del matrimonio en favor de la fe.
Ahora, finalmente, después de haber investigado diligentemente este asunto, nuestro Santo Padre, el Papa Pablo VI, se ha dignado aprobar estas nuevas normas en las que se presentan las condiciones para la concesión de la disolución del matrimonio en favor de la fe, tanto en el caso de que se bautice o se convierta la parte peticionaria, o en el caso contrario.
I. Para que esta disolución se conceda válidamente se requieren tres condiciones indispensables:

a) ausencia del bautismo en uno de los cónyuges durante todo el tiempo de la vida conyugal;
b
) no haber hecho uso del matrimonio después de que la parte no bautizada hubiera recibido, si ése fuera el caso, el bautismo;
c
) que la persona no bautizada fuera de la Iglesia Católica concediera libertad y posibilidad a la parte católica para profesar su propia religión y bautizar y educar en la fe católica a los hijos; esta condición debe asegurarse de forma cautelar.

(Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre la disolución del matrimonio en favor de la fe, 6 de diciembre de 1973)


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