61 – Un cristiano debe gloriarse de los propios pecados

“Para una recta interpretación de la Sagrada Escritura es necesario investigar con atención qué quisieron afirmar verdaderamente los hagiógrafos y qué quiso manifestar Dios mediante palabras humanas”; sabio consejo que el hoy ya Papa Emérito Benedicto XVI dio en los días de su luminoso reinado a los participantes de la Pontificia Comisión Bíblica. De hecho, el griego, lengua extremamente rica, exige una labor interpretativa de ciertos pasajes de la Revelación que supone un verdadero arte pues, además del conocimiento de este idioma, se presume en el buen exegeta una total sumisión al Espíritu Santo para no oscurecer con ideas propias aquello que realmente es Palabra de Dios. Las cartas paulinas son el mejor ejemplo de lo dicho y, por eso, nos pareció imprescindible la elaboración de esta entrada.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAclaración exegética previaAutores

I- Aclaración exegética previa
II – ¿De qué debilidades se gloría San Pablo?
III – El pecado no es un factor de unión con Dios, sino de separación
IV – Quien se aleja del Señor debe arrepentirse y recibir la absolución sacramental

I- Aclaración exegética previa

En el capítulo 12 de la Segunda Carta a los Corintios el Apóstol repite varias veces los términos “gloriarse” y “debilidad” (καυχήσομαι / ἀσθενείαις): “¿Hay que gloriarse?: sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor! (2 Cor, 12, 1); “De alguien así podría gloriarme; pero, por lo que a mí respecta, solo me gloriaré de mis debilidades. Aunque, si quisiera gloriarme, no me comportaría como un necio, diría la pura verdad” (2 Cor, 12, 5-6); “‘Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad’. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor, 12, 9-10). ¿Qué debilidades son estas? ¿Es real que son los pecados? Es improbable, una vez que en este misma epístola cuando él habla del “pecado” utilizando otros términos: ἁμαρτίαν / προημαρτηκότων.

II – ¿De qué debilidades se gloría San Pablo?

San Agustín

Nadie puede gloriarse del mal pues esto no es gloria sino miseria

Señor, yo me creía que era algo por mí solo, me juzgaba autosuficiente por mí, sin caer en la cuenta de que Tú me regías, hasta cuando te apartaste de mí, y entonces caí en mí, y vi y reconocí que eras Tú quien me socorría; que si caí fue por mi culpa, y si me levanté fue por ti. Me has abierto los ojos, luz divina, me has levantado y me has iluminado; y he visto que la vida del hombre sobre la tierra es una prueba, y que ninguna carne puede gloriarse ante ti, ni se justifica ningún viviente, porque todo bien, grande o pequeño, es don tuyo, y nuestro no es sino lo malo. ¿De qué pues podrá gloriarse toda carne?, ¿acaso del mal? Pero eso no es gloria sino miseria. ¿Podrá gloriarse de algún bien, aunque sea ajeno? Pero todo bien es tuyo, Señor, y tuya es la gloria. (San Agustín. Soliloquio del alma a Dios, 15)

Santo Tomás de Aquino

La flaqueza es materia de la virtud

Y esta expresión: “la fuerza se perfecciona en la flaqueza” se puede entender de dos maneras: materialmente u ocasionalmente. Si se entiende materialmente, el sentido es éste: la fuerza se perfecciona en la flaqueza, esto es, la flaqueza es la materia de la virtud que se ha de ejercer. Y primeramente de la humildad, como arriba se dijo; y luego de la paciencia (La prueba de la fe produce la paciencia: Sant. 1, 3); tercero, de la templanza, porque por la flaqueza se debilita el fomes y se hace uno moderado.
Y si se entiende ocasionalmente, entonces la fuerza se perfecciona en la flaqueza, o sea, es la ocasión de alcanzar la virtud perfecta, porque sabiéndose débil el hombre, más se esfuerza por resistir, y por el hecho de resistir y luchar se hace más esforzado, y consiguientemente más fuerte. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios, lec. 3: 2 Cor 12, 7-10)

Las flaquezas nos son dadas para nuestro provecho espiritual

En seguida expresa el Apóstol el efecto de la respuesta del Señor, diciendo: con sumo gusto me gloriaré, etc. E indica un doble efecto. El uno es el de la glorificación, por lo cual dice: Como mi fuerza se perfecciona en las flaquezas, por lo tanto con sumo gusto me gloriaré en mis flaquezas, las que se me han dado para mi provecho. Y eso porque más me uno a Cristo. A mí líbreme Dios de gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6, 14). […] Y la razón de que con gusto me gloríe es para que la fuerza de Cristo habite en mí, para que por las flaquezas inhabite y se consume en mí la gracia de Cristo. Él es el que robustece al débil (Is 40, 29). Otro efecto es de gozo. Por lo cual dice: Por cuya causa me complazco, etc. Y acerca de esto hace dos cosas. Primero indica el tal efecto; luego indica su razón de ser: Porque cuando soy débil, etc. Así es que indica el efecto del gozo y la materia del gozo. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios, lec. 3: 2 Cor 12, 7-10)

Que no se padezcan tribulaciones por obrar mal

La fuerza de Cristo habita en mí en todas las flaquezas y tribulaciones, por lo cual me complazco, o sea, mucho me deleito y gozo con las dichas flaquezas mías. Tened, hermanos, por sumo gozo el caer en varias tribulaciones (Sant. 1, 2). […] Pero la materia de todas estas cosas que son para gozo es que son por Cristo; como si dijera: Me complazco porque por Cristo padezco. Jamás venga el caso en que alguno de vosotros padezca por homicidio, o ladrón, o maldiciente, o codiciador de lo ajeno (1P 4,15). […] O sea, que cuando por lo que ocurre en mí o por la persecución de los demás incurro en algo de las cosas predichas, se me concede el auxilio divino, con el cual soy fortalecido. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios, lec. 3: 2 Cor 12, 7-10)

San Agustín

La fuerza se perfecciona en la debilidad

Conoció [Pablo] que no era nada por sí mismo; que no debía atribuirse nada de lo que era a sus propias fuerzas, sino a la gracia de Dios. Reconoció lo que él dejó dicho: Yo me gloriaré de mis flaquezas; y también: No te engrías, sino más bien teme; y además: Dios da su gracia a los humildes. Y se vino a menos; pero tú la has perfeccionado, porque la fuerza se perfecciona en la debilidad. (San Agustín. Comentario al Salmo 67, 12)

La flaqueza es un poder que frena nuestro orgullo

El poder se perfecciona en la debilidad, pues es la flaqueza la que nos obliga a combatir. Cuanto mayor sea la facilidad en la victoria, menor es el esfuerzo en el combate. ¿Quién va a pelear contra sí mismo, si en su interior no encuentra resistencias? Y ¿qué es lo que en nosotros se resiste sino lo que necesita ser curado, para ser por completo libres? La debilidad es, pues, la única causa que nos obliga a entablar combate dentro de nosotros; y esta nuestra flaqueza es aviso para no ensoberbecernos. Por consiguiente, el poder que frena nuestro orgullo cuando podemos sentirnos soberbios, se perfecciona en la debilidad. (San Agustín. Réplica a Juliano, 4, 2, 11)

San Juan Crisóstomo

Cuando las pruebas se hacen más rigurosas, la gracia adquiere intensidad

Hay aquí un nuevo pensamiento, que se indica en términos velados: cuando las pruebas se hicieron más rigurosas, tanto más la gracia adquirió persistencia e intensidad: “Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades” (2 Cor 12, 10)”. ¿Qué debilidades, dime? “Insultos, las privaciones, y las dificultades sufridas por Cristo”. ¿Vea cómo aquí la explicación es más clara? En estos diferentes tipos de debilidades, que no habla de fiebres o cualquier otra enfermedad del cuerpo, pero de los insultos, la persecución y la ansiedad. ¿Entiendes lo que muestra la sabiduría? Él quería ser liberado de sus aflicciones, pero siempre y cuando Dios le dijo que esto no se daría, no sólo no fue desalentado por no obtener el efecto de su oración, sino que se regocija. De ahí el dicho: “Por eso vivo contento”, es decir, quiero ser insultado, perseguido, quiero las angustias por Cristo. Y mediante el uso de este lenguaje que menospreciaba a los soberbios, levantó el coraje de los fieles, impidió que ellos sonrojarse ante la idea de su sufrimiento. (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre la segunda Carta a los Corintios, 26, 3)

San Pablo se gloría de las persecuciones porque son marcas de la debilidad

¿No ves cómo en modo alguno se gloria de los milagros, sino de las persecuciones y de las pruebas? Es que estas son las marcas de la debilidad. (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre la segunda Carta a los Corintios, 25, 2)

San Alfonso María de Ligorio

Nuestra gloria ha de consistir en un profundo conocimiento de nuestra insuficiencia

Decía el Apóstol San Pablo: “Libentur igitur gloriabor in infirmitatibus meis, ut inhabitet in me virtus Christi” (2 Cor 12, 9). Así debemos también decir nosotros: toda nuestra gloria ha de consistir en un profundo conocimiento de nuestra insuficiencia, y de este modo adquiriremos la virtud de Jesucristo, esto es, la santa humildad. (San Alfonso María de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas, 2, 6, 10)

Benedicto XVI

Toda dificultad se puede superar abriéndose con confianza a la acción del Señor

¿De qué debilidades habla el Apóstol? […] su actitud da a entender que toda dificultad en el seguimiento de Cristo y en el testimonio de su Evangelio se puede superar abriéndose con confianza a la acción del Señor. San Pablo es muy consciente de que es un “siervo inútil” (Lc 17, 10) —no es él quien ha hecho las maravillas, sino el Señor—, una “vasija de barro” (2 Co 4, 7), en donde Dios pone la riqueza y el poder de su gracia. (Benedicto XVI. Audiencia general, 13 de junio de 2012)

En el momento en que se experimenta la propia debilidad, se manifiesta el poder de Dios

En este momento de intensa oración contemplativa, San Pablo comprende con claridad cómo afrontar y vivir cada acontecimiento, sobre todo el sufrimiento, la dificultad, la persecución: en el momento en que se experimenta la propia debilidad, se manifiesta el poder de Dios, que no nos abandona, no nos deja solos, sino que se transforma en apoyo y fuerza. (Benedicto XVI. Audiencia general, 13 de junio de 2012)

No es el poder de nuestras capacidades el que realiza el reino de Dios

El Señor no nos libra de los males, pero nos ayuda a madurar en los sufrimientos, en las dificultades, en las persecuciones. […] Por tanto, en la medida en que crece nuestra unión con el Señor y se intensifica nuestra oración, también nosotros vamos a lo esencial y comprendemos que no es el poder de nuestros medios, de nuestras virtudes, de nuestras capacidades, el que realiza el reino de Dios, sino que es Dios quien obra maravillas precisamente a través de nuestra debilidad, de nuestra inadecuación al encargo. Por eso, debemos tener la humildad de no confiar simplemente en nosotros mismos, sino de trabajar en la viña del Señor, con su ayuda, abandonándonos a él como frágiles “vasijas de barro”. (Benedicto XVI. Audiencia general, 13 de junio de 2012)

Catecismo de la Iglesia Católica

No hay santidad sin combate espiritual

El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2015)

Sólo la fe puede descubrir la omnipotencia divina cuando actúa en la debilidad

De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de Dios es nombrada en el Símbolo: confesarla tiene un gran alcance para nuestra vida. Creemos que esa omnipotencia es universal, porque Dios, que ha creado todo (cf. Gn 1, 1; Jn 1, 3), rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre (cf. Mt 6, 9); es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando “se manifiesta en la debilidad” (2 Cor 12 , 9; cf. 1 Cor 1, 18). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 268)

La conversión del hombre manifiesta el poder de Dios

Dios manifiesta su omnipotencia convirtiéndonos de nuestros pecados y restableciéndonos en su amistad por la gracia. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 277)

San Ireneo de Lyon

En las debilidades el hombre se descubre débil y mortal

En su segunda Carta a los Corintios el Apóstol muestra con toda claridad que el hombre fue dejado a su propia debilidad, no fuese a suceder que, por orgullo, se apartase de la verdad […]. “Te basta mi gracia, porque el poder se perfecciona en la debilidad. Por este motivo me glorío en mis debilidades, a fin de que habite en mí el poder de Cristo” (2 Co 12, 9). ¡Cómo! —te dirá alguno—, ¿el Señor quiso que su Apóstol fuese abofeteado y que sufriera tal debilidad? Sí, te dice la Palabra, “porque el poder se perfecciona en la debilidad”, haciendo mejor a aquel que por su debilidad descubre la potencia de Dios. Pues, ¿de qué otra manera el hombre podía reconocerse débil y mortal por naturaleza, y a Dios inmortal y poderoso, si no hubiese aprendido por propia experiencia lo que son uno y otro? (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, 5, 1.5, 3)

III – El pecado no es un factor de unión con Dios, sino de separación

Catecismo de la Iglesia Católica

El pecado es el amor de sí hasta el desprecio de Dios

El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf. Flp 2, 6-9). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1850)

El pecado aparta de Dios nuestros corazones

El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1850)

San Agustín

Ninguna falta puede ser considerada despreciable

Si despreciabas por cosa pequeña el pecado, a lo menos te aparte de él la magnitud de la pena. Pero si dices: “Son leves, son despreciables, sin ellos no puede pasarse la vida”, amontona los pequeñísimos y harán un acervo ingente. Pues también los granos son pequeños, y, sin embargo, hacen un gran montón. Las gotas de agua son cosa pequeña, y llenan los ríos y arrastran moles. […] Los muchos y leves pecados que comete el hombre todos los días, ya que, si atiende únicamente a los que se cometen con el pensamiento y la lengua, ¡cuántos no son!, y si atiende a los diminutos que son, ve que muchas cosas pequeñas forman un gran montón. (San Agustín. Comentario al Salmo 129, 5)

Los pecados apestan el alma

Si alguno tiene sano el olfato del alma, percibirá cómo apestan los pecados. (San Agustín. Comentario al Salmo 37, 9)

San Basilio Magno

El pecado es el uso de las facultades del hombre en contra la voluntad de Dios

En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que Él nos ha dado para practicar el bien; por el contrario, la virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en usar de esas facultades con recta conciencia, de acuerdo con los designios del Señor. (San Basilio Magno. De la regla monástica mayor, resp. 2, 1: PG 31, 910)

Juan Pablo II

Pecar es abusar de la libertad

“El pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarlo y amarse mutuamente” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 387); es no querer vivir la vida de Dios recibida en el bautismo y no dejarse amar por el verdadero Amor, pues el hombre tiene el terrible poder de impedir la voluntad de Dios de dar todos los bienes. El pecado, cuyo origen se encuentra en la voluntad libre de la persona (cf. Mc 7, 20), es una transgresión del amor verdadero; hiere la naturaleza del hombre y destruye la solidaridad humana, manifestándose en actitudes, palabras y acciones impregnadas de egoísmo. (Juan Pablo II. Mensaje por ocasión de la XIV Jornada Mundial de la Juventud, 6 de enero de 1999)

La existencia del pecado es profesada por la Iglesia

La Iglesia, inspirándose en la revelación, cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios.(Juan Pablo II. Encíclica Dominum et Vivificantem, n. 39)

El pecado es aversio a Deo

El hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él (aversio a Deo), rechazando la comunión de amor con Él, separándose del principio de vida que es Él, y eligiendo, por lo tanto, la muerte. (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 17)

… y conversio ad creaturam

Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, n.17)

La desobediencia rompe la unión con nuestro principio vital

El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción. (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, n.17)

Benedicto XVI

El pecado destruye la relación del hombre con Dios

El pecado consiste en enturbiar o destruir la relación con Dios, esta es su esencia: destruir la relación con Dios, la relación fundamental, situarse en el lugar de Dios. (Benedicto XVI. Audiencia general, 6 de febrero de 2013)

Aquellos que se apartaron de Dios por el pecado se hacen desemejantes a Él y sólo son reformados por la confesión

¿De quiénes se encuentra lejos lo que está en todas las partes? ¿Por qué pensáis esto si no es porque yacen en su desemejanza por haber destruido en sí la imagen de Dios? Se apartaron al hacerse desemejantes; vuelvan reformados. “¿Cómo —dicen— y cuándo seremos reformados?” Comenzad a alabar a Dios con la confesión. Después de la confesión, ¿qué más ha de hacerse? Sigan las buenas obras. (San Agustín. Comentario al Salmo 146, 14)

IV – Quien se aleja del Señor debe arrepentirse y recibir la absolución sacramental

Catecismo de la Iglesia Católica

Para alcanzar misericordia es necesario confesar las faltas

Dios, “que te ha creado sin ti,  no te salvará sin ti”. La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1, 8-9). Como afirma san Pablo, “donde abundó el pecado, […] sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor”. (Catecismo de la Iglesia Católica, n.1847-1848)

San Juan Crisóstomo

Más que el pecado ofende a Dios la falta de dolor de los pecadores

Más que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados. A la verdad, merecido tenemos hundirnos bajo tierra y no ver más la luz del sol ni respirar en absoluto el aire si, teniendo un Señor tan fácil de aplacar, no sólo le ofendemos, sino que no nos arrepentimos de haberle ofendido. (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre San Mateo, 14, 4)

Después del pecado lo mejor es que el pecador sienta su culpa y se corrija

Lo mejor indudablemente es no pecar en absoluto; pero después del pecado, lo mejor es que el pecador sienta su culpa y se corrija. Si esto no tenemos, ¿cómo podremos rogar a Dios y pedirle perdón de nuestros pecados, cuando ningún caso hacemos de ellos? Porque si tú mismo, que has pecado, no quieres saber ni siquiera que has pecado, ¿de qué le vas a pedir perdón a Dios, cuando ignoras tus mismos pecados? (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre San Mateo, 14, 4)

San Francisco de Sales

El alma que ha consentido en el pecado ha de lavarse cuanto antes

El alma que ha consentido en el pecado ha de tener horror de sí misma y ha de lavarse cuanto antes, por el respeto que debe a la divina Majestad, que le está mirando. ¿Por qué pues, hemos de morir de muerte espiritual, teniendo, como tenemos, un remedio tan excelente? (San Francisco de Sales. Introducción a la vida devota, 2, 19)

Juan Pablo II

Por el sacramento de la confesión el hombre reanuda la amistad con Dios

Como es sabido, el Padre que nos ha hecho hijos en el bautismo, permanece fiel a su amor incluso cuando, por propia culpa, el hombre se separa de Él. Su misericordia es más fuerte que el pecado, y el sacramento de la confesión es su signo más expresivo, como un segundo bautismo, cual lo llaman los Padres de la Iglesia. Efectivamente, en la confesión la misma gracia del bautismo se reaviva precisamente por una nueva y más rica inserción en el misterio de Cristo y de la Iglesia. (Juan Pablo II. Alocución al presbiterio y religiosos de Todi y Orvieto, 22 de noviembre de 1981)


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