137 – “Cuando una persona va al confesionario es porque siente que algo no va bien, quiere cambiar o pedir perdón. Ha hablado con el gesto de venir, y cuando una persona viene es porque no quiere hacer lo mismo otra vez”

Queriendo arrasar la Iglesia desde sus fundamentos, el enemigo infernal ha intentado muchas veces y por diversas formas atacar los sacramentos, desde el primero hasta el último. El de la penitencia, que es poderoso auxilio para llevar al cielo a los pecadores, fue atacado por el hereje Wiclef, quien afirmó que la confesión auricular no es de institución divina y además inútil para los ya contritos. Siguiendo sus huellas Pedro de Osma enseñó que para el perdón de los pecados basta la contrición, sin confesión. Lutero la rechazó, llamándola “carnicería de las consciencias”. También los protestantes modernos desprecian la confesión auricular. Y los racionalistas e incrédulos no se cansan de repetir que la confesión es un invento de los sacerdotes para atormentar las almas.

En nuestros días, se levantan otras objeciones en contra este sacramento y la sana doctrina emanada del Divino Salvador, guardada por la Tradición y el Magisterio infalible de la Iglesia.

¿Es válido el sacramento de la penitencia sin la confesión de los pecados? Para los mudos o los que tienen alguna deficiencia auricular, claramente se comprueba que sólo a ellos se les permiten una confesión por gestos y señales. Pero, ¿uno por vergüenza, miedo o por una dificultad cualquiera, puede confesarse sin manifestar oralmente sus faltas? ¿Puede recibir el perdón de Dios, apenas por presentarse contrito al sacerdote? Aprendamos la doctrina segura, pero sobre todo recordemos cuales son las malas consecuencias que aguardan a los que profanan este sagrado sacramento, y el fin que han de tener en la eternidad.

Francisco

confesores

Porque es el lenguaje de las palabras, pero también el lenguaje de los gestos. Por ejemplo, cuando una persona va al confesionario es porque siente que algo no va bien, quiere cambiar o pedir perdón, no quiere hacer lo mismo otra vez pero no sabe como decirlo y se queda muda. “Ah, ¡pero si no habla no le puedo dar absolución!” No. Ha hablado con el gesto de venir, y cuando una persona viene es porque no quiere hacer lo mismo otra vez. ¿Promete que no lo va a hacer? No, es el gesto. Al regreso lo digo: “No quiero hacerlo más”, pero al regreso no se arriesga a decir porque queda muda de ahí en adelante… pero lo hizo, dijo con los gestos. Y si una persona dice: “Esto no lo puedo prometer”, porque es una situación irreversible, es un principio moral: ad impossibilia nemo tenetur (nadie es obligado a hacer cosas imposibles). (Encuentro con los sacerdotes y diáconos de Roma, 11 de febrero de 2016)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – El sacramento de la penitencia exige la acusación de las faltas para ser válidamente administrado
II – El penitente que oculta las culpas mortales al confesarse comete sacrilegio
III – Consecuencias de las malas confesiones
IV – Obligaciones de los confesores en la administración del sacramento de la penitencia


I – El sacramento de la penitencia exige la acusación de las faltas para ser válidamente administrado

Sagradas Escrituras
-Alcanzan misericordia los que no encubren sus pecados, sino que los confiesan

Santo Tomás de Aquino
-Es incompatible con la penitencia ocultar el pecado cometido
-La confesión de los pecados debe hacerse por la palabra
-Ni siquiera los que no pueden hablar están dispensados de la acusación de las faltas, aunque sea por escrito
-El Señor indicó de modo concreto los actos requeridos para el sacramento de la penitencia
-El sacramento de la penitencia debe tener tres partes: contrición, confesión e satisfacción
-Es preciso que la confesión sea accusans por parte del que confiesa
-Es quitado el pecado por la virtud de la pasión de Cristo, que actúa por la absolución del sacerdote en simultaneidad con los actos del penitente
-Los actos externos del penitente son la causa de la remisión del pecado
-Las tres partes antedichas concurren a la realización integral de la penitencia
-Si el hombre pierde la integridad por el pecado, que la recupere por la penitencia

Catecismo Mayor de San Pío X
-La confesión se llama acusación porque ha de ser una manifestación de los propios pecados
-La confesión consiste en la acusación distinta de nuestros pecados hecha al confesor para que nos dé la absolución y la penitencia.

Catecismo Romano
-La confesión es una acusación de los pecados para recibir el perdón
-La confesión de los pecados constituye la materia del sacramento de la penitencia, exigida para la plena y perfecta remisión de los pecados
-La confesión de los pecados es de necesidad absoluta
-Razones por las cuales la confesión es necesaria para el perdón de los pecados
-La acusación de los pecados debe ser franca, escueta, sencilla y clara
-Según la doctrina de la fe católica, sólo reciben el perdón de los pecados quienes se confiesan de ellos debidamente

Santo Tomás de Aquino
-La confesión debe ser íntegra para que el confesor conozca las enfermedades del alma

Catecismo Mayor de San Pío X
-La confesión tiene que ser entera y sincera
-Hay que confesar todos los pecados mortales para obtener la absolución

IV Concilio de Letrán (XII Ecuménico)
-La Iglesia estableció por ley que se deben confesar todos los pecados al sacerdote por lo menos una vez al año

Catecismo Romano
-El sacerdote tiene la obligación de negar la absolución en caso de que falte al penitente la confesión de los pecados

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)
-La Iglesia siempre entendió que la confesión íntegra de los pecados fue instituida por el Señor

Juan Pablo II
-Desde los primeros tiempos la Iglesia ha incluido en el signo sacramental de la penitencia la acusación de los pecados

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)
-Condena de aquellos que porfían que las partes de la penitencia son los terrores que agitan la conciencia y la fe
-Condena de aquellos que niegan que para la entera y perfecta remisión de los pecados se requieren tres actos en el penitente
-Condena de aquellos que dicen que para la remisión de los pecados no es necesario de derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales

II – El penitente que oculta las culpas mortales al confesarse comete sacrilegio

Catecismo Romano
-Quien no confiesa todos sus pecados, comete un nuevo pecado, el sacrilegio

Santo Tomás de Aquino
-Los que no confiesan todos los pecados, pecan, porque intentan engañar a Dios

Catecismo Mayor de San Pío X
-Qué tiene que hacer el que comete un sacrilegio en la confesión
-Qué tiene que considerar el que se siente tentado a callar algún pecado en la confesión

III – Consecuencias de las malas confesiones

Catecismo Romano
-El enemigo del género humano ha dirigido contra la confesión sus mejores y más satánicos tiros

San Juan Bosco
-El demonio procura que se oculten los pecados en la confesión
-El demonio roba las almas de Dios para siempre, al ponerles gran vergüenza
-La vergüenza, en vez de llevar a la salvación, lleva a la perdición
-Es necesario “labor, sudor y fervor” para quitar el demonio de la vergüenza
-Gran número de cristianos se pierden eternamente por no haber declarado con sinceridad algunos pecados en la confesión
-Mayor es el número de los que se condenan confesándose que el de los que se condenan por no confesarse

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)
-Dios no tiene misericordia por los que ocultan sus pecados al sacerdote

San Agustín de Hipona
-Dios no cura a los que, por vergüenza, tapan sus pecados

San Juan de Ávila
-Quien no lleva las buenas disposiciones que se deben al sacramento, no recibe el efecto de la Pasión de Jesucristo

San Gregorio I Magno
-El muerto por el pecado sólo sale fuera como Lázaro cuando se confiesa

San Juan Crisóstomo
-Para conocer la grandeza del perdón, hay que declarar las culpas
-Para ser justificado, primero hay que decir los pecados
-La confesión obtiene el perdón ante el Señor
-La confesión perfecta alcanza el Paraíso

San León I Magno
-Acusarse en las confesiones provoca la enemistad del autor del pecado

Catecismo Romano
-Sin la confesión el mundo se vería en breve inundado de innumerables maldades secretas
-Nada resulta tan eficaz a los pecadores para enmendar sus depravadas costumbres como el verse obligados a confesarlas
-Nada más saludable para el alma que confesar inmediatamente sus culpas

Catecismo de la Iglesia Católica
-Sólo por la confesión de los pecados el hombre se reconcilia con Dios y con la Iglesia
-Por la confesión, el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial

IV – Obligaciones de los confesores en la administración del sacramento de la penitencia

San Cipriano de Cartago
-Encubrir las heridas de los moribundos es blandura engañosa y destructora

San Alfonso de Ligorio
-El confesor está en peligro de perderse por excesiva indulgencia con los penitentes
-Los confesores deben corregir a los penitentes y hasta negarles la absolución cuando no están dispuestos

San Juan Bosco
-El sacerdote debe ayudar a los penitentes a exponer el estado de sus consciencias

Catecismo Romano
-Es deber sacerdotal ser diligente para conseguir que las confesiones no sean defectuosas o sacrílegas
-El ministro de la penitencia debe poseer una vasta doctrina y una notable prudencia

Catecismo de la Iglesia Católica
-El ministro de este sacramento debe amar la verdad y ser fiel al Magisterio de la Iglesia

San Alfonso de Ligorio
-El oficio de confesor es el más importante y el más difícil de todos. Se necesita ciencia, prudencia y santidad


I – El sacramento de la penitencia exige la acusación de las faltas para ser válidamente administrado


Sagradas Escrituras

  • Alcanzan misericordia los que no encubren sus pecados, sino que los confiesan

El que encubre sus pecados, no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia. (Pr 28, 13)

Santo Tomás de Aquino

  • Es incompatible con la penitencia ocultar el pecado cometido

Los pecados pueden ocultarse de dos maneras. Primera, mientras se está cometiendo el pecado. […] Segunda, uno puede ocultar el pecado cometido no diciéndolo en confesión. Lo cual es incompatible con la penitencia. En este caso, ocultar el pecado no es una segunda tabla de salvación, sino que es más bien lo contrario de esta tabla, ya que se dice en Pr 28, 13: El que encubre sus faltas no prosperará. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 6, ad. 1)

  • La confesión de los pecados debe hacerse por la palabra

Tan obligado está el hombre a la confesión de los pecados, como a la confesión de la fe. Pero la confesión de la fe debe hacerse de boca, como consta (Rom 10). Luego también la confesión de los pecados. Además, el que pecó por sí mismo, por sí mismo debe arrepentirse. Es así que la confesión es una parte de la penitencia. Luego el penitente debe confesarse con su propia voz o palabra. Conclusión. La confesión de los pecados como parte del sacramento, debe hacerse por la propia boca, a no estovarlo algún impedimento natural. La confesión no solamente es acto de virtud, sino también parte del sacramento. […] Sin embargo, según que es parte del sacramento, tiene un acto determinado, como los otros sacramentos tienen una materia determinada; así como en el bautismo para significar la interior ablución, se toma aquel elemento cuyo uso principal consiste en la ablución, así en el acto del sacramento para manifestar nuestro pensamiento se emplea ordinariamente aquel acto por el que acostumbramos sobre todo a manifestarle, a saber, la palabra propia. Sin embargo, los otros medios son empleados para suplir este. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 9, a. 4)

  • Ni siquiera los que no pueden hablar están dispensados de la acusación de las faltas, aunque sea por escrito

Así como en el bautismo no basta hacer la ablución de una manera cualquiera, sino por medio de un elemento determinado, así tampoco en la penitencia basta manifestar de cualquier modo los pecados, sino que es preciso que se manifiesten por medio de un acto determinado. En el que no tiene el uso de la lengua, basta que confiese por escrito, por señas o por interprete puesto que no se exige del hombre más que lo que pueda. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 9, a. 3)

  • El Señor indicó de modo concreto los actos requeridos para el sacramento de la penitencia

Como se acaba de exponer (a. 1 ad 1.2; a. 2), en este sacramento los actos del penitente hacen de materia, y lo que pertenece al sacerdote que actúa como ministro de Cristo, constituye lo formal y perfectivo del sacramento. Ahora bien, la materia, también la de los otros sacramentos, tiene ya una preexistencia, sea en la naturaleza, como el agua, sea por combinación artificial, como el pan. Pero para que esta materia sirva para el sacramento se necesita la institución que lo determine. Sin embargo, la forma del sacramento y su virtud operativa dependen íntegramente de la institución de Cristo, de cuya pasión reciben los sacramentos toda su eficacia. Así pues, la materia de este sacramento preexiste en la naturaleza, ya que la razón natural mueve al hombre a hacer penitencia de los males que ha cometido. Pero que el hombre haga penitencia de este o aquel modo ya depende de la institución divina. Por esto el Señor exhortaba a los hombres, al principio de su predicación, no sólo a arrepentirse, sino también a hacer penitencia indicándoles de modo concreto los actos requeridos para este sacramento. Pero lo que pertenece al oficio de los ministros lo determinó en Mt 16, 19, donde dijo a Pedro: A ti te daré las llaves del reino de los cielos, etc. Y la eficacia de este sacramento, así como el origen de su virtud, la manifestó después de la resurrección cuando dijo, según Lc 24, 47, que había que predicar en su nombre la penitencia y la remisión de los pecados a todas las gentes, después de haber hablado de la pasión y de la resurrección, porque este sacramento tiene eficacia para perdonar los pecados en virtud del nombre de Cristo, que murió y resucitó. Y así queda clara la oportunidad de instituir este sacramento en la nueva ley. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 7)

  • El sacramento de la penitencia debe tener tres partes: contrición, confesión e satisfacción

En la penitencia la reparación de la ofensa se hace según la voluntad del pecador y el arbitrio de Dios, contra el cual se peca. Porque la penitencia no busca solamente el restablecimiento de la justa igualdad, como ocurre en la justicia vindicativa, sino más bien la reconciliación de la amistad, verificada cuando el ofensor dé la compensación que pide el ofendido. Así pues, se requiere, por parte del penitente, en primer lugar, voluntad de reparar, cosa que hace con la contrición; segundo, sometimiento al arbitrio del sacerdote en lugar de Dios, cosa que hace por la confesión; y tercero, reparación fijada por el arbitrio del ministro de Dios, cosa que hace con la satisfacción. Por tanto, la contrición, la confesión y la satisfacción son partes de la penitencia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 90, a. 2)

  • Es preciso que la confesión sea accusans por parte del que confiesa

De las condiciones dichas las unas son de necesidad de la confesión y las otras solo del buen ser de la misma. De las dichas condiciones unas son de necesidad de la confesión y otras tienen por objeto su perfección. Más las que son de necesidad de la confesión o la competen, según que es acto de virtud o según es parte de sacramento. […] Según la naturaleza propia de este acto que es la confesión, cuya manifestación puede impedirse de cuatro maneras: […] cuarto, por la sustracción, de modo que no omita algunas de las cosas que debe manifestarse, y contra esto se dice íntegra. […] Por consiguiente, es preciso que sea accusans, por parte del que confiesa. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 9, a. 4)

  • Es quitado el pecado por la virtud de la pasión de Cristo, que actúa por la absolución del sacerdote en simultaneidad con los actos del penitente

El pecado, una vez consumado, engendra la muerte, como se dice en Jc 1, 15. Por tanto, es indispensable para la salvación del pecador que le sea quitado el pecado. Lo cual no se puede conseguir sin el sacramento de la penitencia, en el cual actúa la virtud de la pasión de Cristo por la absolución del sacerdote en simultaneidad con los actos del penitente, el cual coopera con la gracia en la destrucción del pecado, puesto que, como dice San Agustín en Super Io: El que te creó sin ti no te salvará sin ti. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 5)

  • Los actos externos del penitente son la causa de la remisión del pecado

En la penitencia hay algo que es sacramentum tantum, es decir, los actos externos tanto del penitente como del sacerdote que le absuelve. La res et sacramentum es la penitencia interior del penitente. Y la res tantum, y no el sacramentum, es la remisión del pecado. De estas tres cosas, la primera, tomada en su totalidad, es causa de la segunda, y la primera y la segunda son causa de la tercera. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 1, ad. 3)

  • Las tres partes antedichas concurren a la realización integral de la penitencia

Se llaman partes integrales las que concurren a la realización integral del todo. Pero las tres partes antedichas concurren a la realización integral de la penitencia. Luego son partes integrales de la penitencia. Algunos afirmaron que estos tres actos eran partes subjetivas de la penitencia. Pero esto es imposible, porque en cada una de las partes subjetivas se encuentra simultáneamente y por igual toda la virtud del todo, como toda la virtud del animal, en cuanto animal, está en cada una de las especies animales en que se divide el género animal. Pero en el caso presente no ocurre así. Por eso otros dijeron que son partes potenciales. Pero también esto es imposible, porque el todo está presente con toda su esencia en cada una de las partes potenciales, como toda la esencia del alma está presente en cada una de sus potencias. Pero esto tampoco ocurre aquí. Queda como solución, por tanto, que los tres actos antedichos sean partes integrales de la penitencia, para lo cual se requiere que el todo no esté presente en cada una de las partes ni con toda su virtud ni con toda su esencia, sino en todas colectivamente consideradas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 90, a. 3)

  • Si el hombre pierde la integridad por el pecado, que la recupere por la penitencia

La penitencia ocupa un segundo lugar con respecto al estado de integridad que se confiere y se conserva por los referidos sacramentos. Por eso se la llama metafóricamente segunda tabla de salvación después del naufrago. Porque el primer remedio para los navegantes es conservarse en la nave íntegra, y el segundo, después del hundimiento de la nave, es agarrarse a una tabla. Pues, de la misma manera, el primer remedio en el mar de esta vida es que el hombre conserve la integridad, y el segundo es, si pierde la integridad por el pecado, que la recupere por la penitencia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 6)

Catecismo Mayor de San Pío X

  • La confesión se llama acusación porque ha de ser una manifestación de los propios pecados

¿Por qué este sacramento se llama también confesión?

Este sacramento se llama también confesión porque para alcanzar el perdón de los pecados no basta detestarlos, sino que es necesario acusarse de ellos al sacerdote, esto es, confesarse.

¿Cuál es la materia del sacramento de la penitencia?

La materia del sacramento de la penitencia se distingue en remota y próxima. La materia remota son los pecados cometidos por el penitente después del bautismo, y la materia próxima, los actos del mismo penitente, a saber: la contrición, la acusación y la satisfacción.

¿En qué consiste la confesión de los pecados?

La confesión consiste en la acusación distinta de nuestros pecados hecha al confesor para que nos dé la absolución y la penitencia.

¿Por qué la confesión se llama acusación?

La confesión se llama acusación porque no ha de ser una relación cualquiera, sino una verdadera y dolorosa manifestación de los propios pecados. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 675.678.686-687)

Catecismo Romano

  • La confesión es una acusación de los pecados para recibir el perdón

Defínese así la confesión: Una acusación de los pecados hecha en el sacramento de la penitencia para recibir el perdón en virtud de las llaves. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 1)

  • La confesión de los pecados constituye la materia del sacramento de la penitencia, exigida para la plena y perfecta remisión de los pecados

En otros sacramentos, la materia es siempre una cosa sensible, natural o artificial (agua, crisma, pan, vino, etc.); en la penitencia, en cambio, son los mismos actos del penitente los que constituyen la cuasi materia del sacramento: contrición, confesión y satisfacción, como enseña el Concilio de Trento. Llámanse estos actos del penitente “partes” del sacramento de la penitencia en cuanto que se exigen en él, por institución divina, para obtener la integridad del sacramento y para la plena y perfecta remisión de los pecados. (Catecismo Romano, II, IV, V, A)

  • La confesión de los pecados es de necesidad absoluta

Estos tres elementos son de suyo necesarios como partes integrantes de un todo. Suprimido cualquiera de ellos, faltaría algo a la total perfección de la penitencia, del mismo modo que el cuerpo humano consta de muchos miembros (manos, pies, ojos, etc.), y ninguno de ellos puede faltar sin dañar a la perfección del todo. Mas si atendemos a la íntima esencia del sacramento, la contrición y la confesión son de necesidad absoluta. (Catecismo Romano, II, IV, VII)

  • Razones por las cuales la confesión es necesaria para el perdón de los pecados

Podemos demostrar la necesidad de estos tres elementos por una doble razón: 1) Ofendemos a Dios de tres maneras: por pensamiento, por palabra y por obra. Es lógico, pues, y justo que, sometiéndonos a las llaves de la Iglesia, nos esforcemos por aplacar la justicia de Dios y alcanzar el perdón de los pecados por los mismos medios con que le hemos ofendido. 2) La penitencia es la contrapartida del pecado cometido; penitencia querida por el pecador, pero dejada al arbitrio de Dios, contra el cual se pecó. Es necesario, por consiguiente, de una parte, que el pecador quiera dar esta reparación, y esto constituye la contrición; y es necesario además que el penitente se someta al juicio del sacerdote, que ocupa el lugar de Dios, para que pueda precisarle la pena conforme al número y a la gravedad de las culpas: de aquí la necesidad de la confesión y de la satisfacción. (Catecismo Romano, II, IV, VII)

  • La acusación de los pecados debe ser franca, escueta, sencilla y clara

De las muchas prescripciones que deben observarse en una recta y santa confesión, unas son esenciales al sacramento, otras no. a) Ante todo, la confesión debe ser íntegra, es decir, deben manifestarse al sacerdote todos los pecados mortales. […] Los pecados mortales, en cambio, deben acusarse todos y cada uno, aun los más secretos. […] Esta necesidad de acusar totalmente los pecados graves fue enseñada siempre por la Iglesia, según testimonio de los Santos Padres, y claramente definida en el Concilio de Trento. b) En segundo lugar […] no debemos limitarnos a acusar distintamente los pecados graves; es necesario manifestar todas aquellas circunstancias que agravan o disminuyen notablemente su malicia. […] c) La acusación de los pecados debe ser además franca, escueta, sencilla y clara, no concebida artificiosamente. […] La confesión debe mostrarnos al sacerdote tales cuales somos a nuestros ojos, dando lo cierto como cierto y lo dudoso como dudoso. Si no se confiesan los pecados o se entremezclan discursos extraños a ellos, es evidente que la confesión carece de estas virtudes. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 6)

  • Según la doctrina de la fe católica, sólo reciben el perdón de los pecados quienes se confiesan de ellos debidamente

Es cierto que la contrición perdona los pecados. Mas ¿quién puede estar seguro de haber llegado a tal grado de arrepentimiento que iguale con su dolor la grandeva del pecado? Pocos podían esperar por este solo camino el perdón de sus pecados. Fue, por consiguiente, necesario que Cristo, en su infinita bondad, pusiese en las manos de todos un medio más fácil de salvación, como lo hizo al entregar a su Iglesia las llaves del reino de los cielos. Todos debemos creer firmemente, según la doctrina de la fe católica, que, si alguno está sinceramente arrepentido de sus pecados y decidido a no cometerlos más en adelante, aunque su dolor no sea suficiente por sí para obtener la remisión de sus culpas, éstas se le perdonan en virtud de las llaves, siempre que se confiese debidamente con un sacerdote. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 1)

Santo Tomás de Aquino

  • La confesión debe ser íntegra para que el confesor conozca las enfermedades del alma

Del mismo modo que el médico corporal necesita conocer la naturaleza del enfermo para medicinarle convenientemente, así también el espiritual debe conocer las enfermedades del alma, para lo cual es necesario que se haga una confesión integra. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 9, a. 2)

Catecismo Mayor de San Pío X

  • La confesión tiene que ser entera y sincera

¿Qué condiciones deben acompañar a la acusación de los pecados a confesión?

Las principales condiciones que deben acompañar a la confesión de nuestros pecados, son cinco: ha de ser humilde, entera, sincera, prudente y breve. […]

¿Qué quiere decir que la confesión ha de ser entera?

La confesión ha de ser entera quiere decir que hemos de manifestar con sus circunstancias y número todos los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha, y de los cuales tenemos conciencia. […]

¿Qué quiere decir que la confesión ha de ser sincera?

La confesión ha de ser sincera quiere decir que hemos de declarar los propios pecados como son, sin excúsanos, disminuirlos ni aumentarlos. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 745.747.759)

  • Hay que confesar todos los pecados mortales para obtener la absolución

¿Qué haréis después que os hayáis dispuesto a la confesión con el examen, dolor, y propósito?

Después que me haya dispuesto a la confesión con el examen, dolor y propósito iré al confesor y, me acusaré de mis pecados, para obtener la absolución.

¿Qué pecados hemos de confesar por obligación?

Hemos de confesar por obligación todos los pecados mortales; aunque es muy bueno confesar también los veniales. […]

Si un pecado mortal olvidado en la confesión nos vuelve a la memoria, ¿estamos obligados a acusarnos de él en otra confesión?

Si un pecado mortal olvidado en la confesión nos vuelve luego a la memoria, estamos obligados a acusarnos de él la primera vez que vayamos a confesar. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 743-744.755)

IV Concilio de Letrán (XII Ecuménico)

  • La Iglesia estableció por ley que se deben confesar todos los pecados al sacerdote por lo menos una vez al año

Todo fiel de uno u otro sexo, después que hubiere llegado a los años de discreción, confiese fielmente él solo por lo menos una vez al año todos sus pecados al propio sacerdote. (Denzinger-Hünermann 812. IV Concilio de Letrán, Sobre el deber de confesarse, el sigilo que sobre la confesión debe guardar el sacerdote y la recepción de la comunión en Pascua, cap. 21, 1215)

Catecismo Romano

  • El sacerdote tiene la obligación de negar la absolución en caso de que falte al penitente la confesión de los pecados

Estos tres actos se requieren, por parte del penitente, para obtener la remisión de los pecados, cualquiera que sea el modo en que entren a constituir el sacramento de la penitencia. Además se han de manifestar externamente, y el sacerdote tiene obligación de comprobar su existencia, y de negar la absolución en caso de que alguno de ellos faltare. (Catecismo Romano, II, IV, VII, Nota 35)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

  • La Iglesia siempre entendió que la confesión íntegra de los pecados fue instituida por el Señor

De la institución del sacramento de la penitencia ya explicada, entendió siempre la Iglesia universal que fue también instituida por el Señor la confesión integra de los pecados (cf. Sant 5, 16; 1 Jn 1, 9; Lc 5, 14; 17, 14), y que es por derecho divino necesaria a todos los caídos después del bautismo; en efecto, nuestro Señor Jesucristo, estando para subir de la tierra a los cielos, dejo por vicarios suyos a los sacerdotes (cf. Mt 16, 19; 18, 18; Jn 20, 23), como presidentes y jueces, ante quienes se acusen de todos los pecados mortales en que hubieren caído los fieles de Cristo, y quienes por la potestad de las llaves, pronuncien la sentencia de remisión o retención de los pecados. Consta, en efecto, que los sacerdotes no hubieran podido ejercer este juicio sin conocer la causa, ni guardar la equidad en la imposición de las penas, si los fieles declararan sus pecados sólo en general y no en especie y uno por uno. (Denzinger-Hünermann 1675. Concilio de Trento, Sesión XIV, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, cap. 5, 25 de noviembre de 1551)

Juan Pablo II

  • Desde los primeros tiempos la Iglesia ha incluido en el signo sacramental de la penitencia la acusación de los pecados

La tercera convicción, que quiero acentuar se refiere a las realidades o partes que componen el signo sacramental del perdón y de la reconciliación. Algunas de estas realidades son actos del penitente, de diversa importancia, pero indispensable cada uno o para la validez e integridad del signo, o para que éste sea fructuoso. […] Se comprende, pues, que desde los primeros tiempos cristianos, siguiendo a los Apóstoles y a Cristo, la Iglesia ha incluido en el signo sacramental de la penitencia la acusación de los pecados. Esta aparece tan importante que, desde hace siglos, el nombre usual del sacramento ha sido y es todavía el de confesión. Acusar los pecados propios es exigido ante todo por la necesidad de que el pecador sea conocido por aquel que en el sacramento ejerce el papel de juez —el cual debe valorar tanto la gravedad de los pecados, como el arrepentimiento del penitente— y a la vez hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo para ayudarlo y curarlo. […] Se comprende entonces por qué la acusación de los pecados debe ser ordinariamente individual y no colectiva, ya que el pecado es un hecho profundamente personal. Pero, al mismo tiempo, esta acusación arranca en cierto modo el pecado del secreto del corazón y, por tanto, del ámbito de la pura individualidad, poniendo de relieve también su carácter social, porque mediante el ministro de la penitencia es la Comunidad eclesial, dañada por el pecado, la que acoge de nuevo al pecador arrepentido y perdonado. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 31, III, 2 de diciembre de 1984)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

  • Condena de aquellos que porfían que las partes de la penitencia son los terrores que agitan la conciencia y la fe

Al enseñar esto el santo Concilio acerca de las partes y efecto de este sacramento, juntamente condena las sentencias de aquellos que porfían que las partes de la penitencia son los terrores que agitan la conciencia y la fe. (Denzinger-Hünermann 1675. Concilio de Trento, Sesión XIV, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, cap. 3, 25 de noviembre de 1551)

  • Condena de aquellos que niegan que para la entera y perfecta remisión de los pecados se requieren tres actos en el penitente

Si alguno negare que para la entera y perfecta remisión de los pecados se requieren tres actos en el penitente, a manera de materia del sacramento de la penitencia, a saber: contrición, confesión y satisfacción, que se llaman las tres partes de la penitencia; o dijere que sólo hay dos partes de la penitencia, a saber, los terrores que agitan la conciencia, conocido el pecado, y la fe concebida del Evangelio o de la absolución, por la que uno cree que sus pecados le son perdonados por causa de Cristo, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1704. Concilio de Trento, Sesión XIV, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, can. 4, 25 de noviembre de 1551)

  • Condena de aquellos que dicen que para la remisión de los pecados no es necesario de derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales

Si alguno dijera que para la remisión de los pecados en el sacramento de la penitencia no es necesario de derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales de que con debida y diligente premeditación se tenga memoria, aun los ocultos y los que son contra los dos últimos mandamientos del decálogo, y las circunstancias que cambian la especie del pecado; sino que esa confesión sólo es útil para instruir y consolar al penitente y antiguamente sólo se observó para imponer la satisfacción canónica; o dijere que aquellos que se esfuerzan en confesar todos sus pecados, nada quieren dejar a la divina misericordia para ser perdonado; o, en fin, que no es lícito confesar los pecados veniales, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1707. Concilio de Trento, Sesión XIV, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, can. 7, 25 de noviembre de 1551)


II – El penitente que oculta las culpas mortales al confesarse comete sacrilegio


Catecismo Romano

  • Quien no confiesa todos sus pecados, comete un nuevo pecado, el sacrilegio

Es tan necesario para la confesión que la acusación de los pecados sea efectivamente íntegra y completa, que, si alguno de propósito confiesa en parte sus culpas y en parte las omite, no sólo no saca provecho alguno de tal confesión, sino que comete un nuevo pecado, de sacrilegio. Ni siquiera merecería el nombre de confesión sacramental esta mera relación de pecados; el penitente debería repetirla de nuevo acusando este nuevo pecado de profanación de la santidad del sacramento. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 6)

Santo Tomás de Aquino

  • Los que no confiesan todos los pecados, pecan, porque intentan engañar a Dios

Hay algunos que confiesan unos pecados y otros no, o dividen la confesión (en varias), según los diversos pecados. Pero éstos no ganan mérito; por el contrario, pecan en todas, porque intentan engañar a Dios y cometen una división en el sacramento. En cuanto a los primeros, alguien ha dicho: “Es impío esperar de Dios la mitad del perdón”. En cuanto a los segundos, dice el 2 Ps 61, 9: “Derramad ante Él vuestros corazones”, porque es claro que en la confesión se debe revelar todo. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 38, Prólogo)

Catecismo Mayor de San Pío X

  • Qué tiene que hacer el que comete un sacrilegio en la confesión

¿Qué pecado comete quien por vergüenza u otro motivo calla culpablemente en la confesión algún pecado mortal?

Quien por vergüenza u otro cualquier motivo calla culpablemente algún pecado mortal en la confesión, profana el sacramento, y por tanto se hace reo de gravísimo sacrilegio.

¿Qué hará para tranquilizar su conciencia quien calló culpablemente algún pecado mortal en la confesión?

Quien calló culpablemente algún pecado mortal en la confesión debe declarar al confesor el pecado que callo, y en cuántas ocasiones lo ha callado, y repetir todas las confesiones desde la última bien hecha. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 756-757)

  • Qué tiene que considerar el que se siente tentado a callar algún pecado en la confesión

¿Qué ha de considerar el que se siente tentado a callar algún pecado en la confesión?

El que se sintiere tentado a callar un pecado grave en la confesión ha de considerar:

Que no tuvo vergüenza de pecar delante de Dios, que todo lo ve.

Que es mejor descubrir los propios pecados al confesor en secreto que vivir intranquilo en el pecado, morir muerte desastrada y ser afrentado el día del juicio universal delante de todo el mundo.

3° Que el confesor está obligado al sigilo sacramental, bajo pecado gravísimo y con la amenaza de severísimas penas temporales y eternas. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 758)


III – Consecuencias de las malas confesiones


Catecismo Romano

  • El enemigo del género humano ha dirigido contra la confesión sus mejores y más satánicos tiros

La confesión constituye el segundo elemento esencial de la penitencia. Esta mera reflexión bastará para hacernos caer en la cuenta de su extraordinaria importancia y del sumo interés que, por consiguiente, debe ponerse en su estudio; todo cuanto, por la infinita misericordia de Dios, se conserva hasta hoy en la Iglesia de santo, piadoso y religioso, se debe en gran parte a la confesión. Por ello no nos extrañará que el enemigo del género humano, maquinando derribar desde sus mismos cimientos la fe católica, haya dirigido contra la confesión sus mejores y más satánicos tiros por medio de todos los satélites de la impiedad. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B)

San Juan Bosco

  • El demonio procura que se oculten los pecados en la confesión

Ante todo, os recomiendo pongáis el mayor cuidado para no caer en pecado; y si por desgracia incurrís en alguno, no deis oído al demonio tentador; procurará lo ocultéis en la confesión. […] He querido deciros estas cosas para que nunca os dejéis engañar por el demonio, callando por vergüenza algún pecado en la confesión. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967, p. 826)

  • El demonio roba las almas de Dios para siempre, al ponerles gran vergüenza

No tengáis miedo de manifestar al confesor vuestros defectos o vuestras faltas. […] Nada, mis queridos hijos, os quite esta confianza: Ni la vergüenza, pues las miserias humanas bien sabemos que son miserias humanas, y ciertamente que no vais a confesaros para contar milagros. […] Ni el miedo de que el confesor pueda manifestar nada de lo oído en confesión; esto es un secreto terrible para él; la mínima venialidad manifestada bastaría para condenarlo al infierno. Ni el temor de que recuerdes después lo que le habéis confesado. […] Animo, pues, hijitos míos; no hagamos reír al demonio. Confesaos bien, diciéndolo todo. […] El lazo con el que comúnmente suele el demonio atrapar a los jóvenes es precisamente este: hacerles sentir gran vergüenza cuando tratan de confesar un pecado. Cuando impulsa a cometerlos, les quita entonces toda la vergüenza y les hace creer que son nonadas; pero después, cuando se trata de confesarlos, se la devuelve, aún más, se la aumenta y hace lo posible para meterles en la cabeza la idea de que el confesor se asombrará viéndolos tan caídos y perderá la estima en que los tenía. De esta manera intenta llevar siempre más las almas hacia el báratro de la eterna perdición. ¡Oh, cuántas almas, especialmente de jóvenes, roba el demonio a Dios, y con frecuencia para siempre! (San Juan Bosco. Biografía y escritos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967, p. 527-528)

  • La vergüenza, en vez de llevar a la salvación, lleva a la perdición

Miré y vi [en un sueño] otros tres jóvenes en una postura espantosa. Tenía cada uno un gran mono sobre sus espaldas. Observé atentamente, y vi que los monos tenían cuernos. Cada una de aquellas terribles bestias, con las patas de delante sujetaban a los infelices por el cuello, estrechándoselo de tal manera, que tenían el rostro completamente congestionado, y los ojos, inyectados en sangre, casi saltándose de sus órbitas; con las patas de atrás les apretaban los muslos de tal manera, que apenas podían moverse, y con la cola, que era larguísima, les enredaban también las piernas, de modo que les era casi imposible el caminar. Esto significa que aquellos jóvenes, aun después de los ejercicios espirituales, están en pecado mortal: el demonio les aprieta el cuello, no dejándoles hablar cuando deben; infundiéndoles una vergüenza tal, que pierden la cabeza y no saben qué hacer. Esta vergüenza, en vez de llevarlos a la salvación, los lleva a la perdición. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967, p. 577-578)

  • Es necesario “labor, sudor y fervor” para quitar el demonio de la vergüenza

Pregunté qué debían hacer estos jóvenes para echar de sus espaldas tan horrible monstruo. El dijo de prisa: “Labor, sudor, fervor”. No entiendo, habla más claro. De nuevo repitió: “Labor, sudor, fervor”. […] “Entiendo materialmente las palabras, pero conviene que me des explicación de ellas”. “Labor in assiduis operibus; sudor in poenitentiis continuis; fervor in orationibus ferventibus”. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967, p. 578)

  • Gran número de cristianos se pierden eternamente por no haber declarado con sinceridad algunos pecados en la confesión

Yo os aseguro, jóvenes muy amados, que mi mano tiembla al escribir estos renglones ante la consideración del gran número de cristianos que se pierden eternamente por no haber declarado con sinceridad algunos pecados en la confesión. Si, por acaso, alguno de vosotros, repasando su vida anterior, recordase que ocultó algún pecado en sus confesiones o tuviera la más pequeña duda acerca de la validez de alguna de ellas, oiga lo que voy a decirle con el mayor encarecimiento: “Amigo, por amor de Jesucristo y por la preciosa sangre que derramó por salvarte, te suplico que arregles el estado de tu consciencia la primera vez que vayas a confesarte y expongas con sinceridad todo lo que amargaría tu alma si te hallaras en el momento de la muerte”. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967, p. 826)

  • Mayor es el número de los que se condenan confesándose que el de los que se condenan por no confesarse

He tenido un sueño. Muchísimas de las cosas vistas no pueden ser descritas, porque… para expresarlas no me bastan ni la inteligencia ni la palabra. […] Había cuatro jóvenes atados con gruesas cadenas y con candados en los labios. Los observé atentamente y los conocí. […] Yo, aturdido y apesadumbrado por aquellas rarezas, le pregunté por qué causa el candado apretaba los labios de aquellos tales. El me respondió: “¿Y no lo entiendes? Estos son los que callan”. “¿Pero, que callan?” “Callan”. Entonces comprendí que quería significar que callaban en la confesión. Son los que, aun interrogados por el confesor, no responden, o responden evasivamente, o contra la verdad. Responden que no, cuando es que sí. […] Tan así es que, en todo el mundo, es mayor el número de los que se condenan confesándose que el de los que se condenan por no confesarse, porque aun los más malos se confiesan alguna vez, pero muchísimos se confiesan mal. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967, p. 574.576-577)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

  • Dios no tiene misericordia por los que ocultan sus pecados al sacerdote

Como todos los pecados mortales, aun los de pensamiento, hacen a los hombres “hijos de ira” (Ef 2, 3) y enemigos de Dios, es indispensable pedir también de todos perdón a Dios con clara y verecunda confesión. Así, pues, al esforzarse los fieles por confesar todos los pecados que les vienen a la memoria, sin duda alguna todos los exponen a la divina misericordia, para que les sean perdonados. Mas los que de otro modo obran y se retienen a sabiendas algunos, nada ponen delante a la divina bondad para que les sea remitido por ministerio del sacerdote. Porque si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora”. Colígese además que deben también explicar se en la confesión aquellas circunstancias que mudan la especie del pecado, como quiera que sin ellas ni los penitentes expondrían íntegramente sus pecados ni estarían estos patentes a los jueces, y sería imposible que pudieran juzgar rectamente de la gravedad de los crímenes e imponer por ellos a los penitentes la pena que conviene. Mas también es impío decir que es imposible la confesión que así se manda hacer, o llamarla tortura de las conciencias; consta, en efecto, que ninguna otra cosa se exige de los penitentes en la Iglesia, sino que, después de que cada uno se hubiera diligentemente examinado y hubiere explorado todos los ángulos más oscuros de su conciencia, confiese aquellos pecados con que se acuerde haber mortalmente ofendido a su Dios y Señor. […] Ahora bien, la dificultad misma de semejante confesión y la vergüenza de descubrir los pecados, pudiera ciertamente parecer grave, si no estuviera aliviada por tantas y tan grandes ventajas y consuelos que con toda certeza se confieren por la absolución a todos los que dignamente se acercan a este sacramento. (Denzinger-Hünermann 1680-1681. Concilio de Trento, Sesión XIV, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, cap. 5, 25 de noviembre de 1551)

San Agustín de Hipona

  • Dios no cura a los que, por vergüenza, tapan sus pecados

Que sea Dios el que cubra tus heridas, no tú. Si tú, por vergüenza, las tapas, el médico no te las curará. Que las oculte y las cure el médico; porque las tapa con el emplasto. Bajo la venda del médico la herida sanará, bajo el vendaje del enfermo se oculta la herida. ¿A quién se la ocultas? A quien todo lo sabe. (San Agustín de Hipona. Comentarios al Salmo 31, n. 12)

San Juan de Ávila

  • Quien no lleva las buenas disposiciones que se deben al sacramento, no recibe el efecto de la Pasión de Jesucristo

No piense nadie que no quitarse toda la pena, sea por falta de la redención del Señor, cuya virtud está y obra en los sacramentos; porque copiosa es, como dice el Santo Rey y Profeta David (Ps 129, 7); mas es por falta del penitente, que no llevó disposición para más. Y tal dolor y vergüenza puede llevar, que de los pies del confesor se levante perdonado de toda la culpa y de toda la pena, como si recibiera el santo bautismo, que todo esto quita a quien lo recibe aun con mediana disposición. Sepan todos que el óleo que nos dio nuestro grande Elíseo (2 R 4, 1-7), Jesucristo Nuestro Señor, cuando nos dio su Pasión, que obra en sus sacramentos riquísimos, es para poder pagar con él todas nuestras deudas, y vivir en vida de gracia, y después de gloria. Mas es menester que nosotros, como la otra viuda, llevemos vasos de buenas disposiciones, conforme a los cuales recibirá cada uno el efecto de su sagrada Pasión, que, en sí misma, bastantísima es, y aun sobrada. (San Juan de Ávila. Libro espiritual sobre el verso Audi Filia, cap. 18)

San Gregorio I Magno

  • El muerto por el pecado sólo sale fuera como Lázaro cuando se confiesa

Todo pecador, mientras oculta en su conciencia sus culpas, se esconde y encubre en un interior; pero el muerto sale fuera, cuando el pecador confiesa espontáneamente sus maldades. A Lázaro se le dijo: “Sal fuera”, que es lo mismo que si a cualquiera que está muerto en la culpa se le dijera: ¿Por qué escondes el resto de tu culpa dentro de tu conciencia? Ya es tiempo de que salgas fuera por medio de la confesión, tú que te escondes en tu interior por medio de la negación. Salga fuera el muerto, esto es, confiese su culpa el pecador. Los discípulos desataron al que salía del sepulcro, para que los pastores de la Iglesia perdonen la pena que mereció el que no se avergonzó de confesar lo que hizo. (San Gregorio I Magno. Homilía XXVI sobre los Evangelios)

San Juan Crisóstomo

  • Para conocer la grandeza del perdón, hay que declarar las culpas

Si no declaras la magnitud de la culpa, no conocerás la grandeza del perdón. (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre Lázaro, n. 4)

  • Para ser justificado, primero hay que decir los pecados

Dejemos tales curiosidades, quebrantemos nuestros corazones, lloremos nuestros pecados como lo ordena Cristo, compunjámonos de nuestros delitos, y con diligencia reordenemos lo que hasta aquí hemos delinquido, y empeñémonos en lavar nuestras manchas. Muchos caminos nos abrió Dios para ello. Dice: Di tú primero tus pecados para que seas justificado. Y también: Confesaré ante Dios mis injusticias y tú absolviste la impiedad de mi corazón. (San Juan Crisóstomo. Homilía VII sobre el Evangelio de San Mateo)

  • La confesión obtiene el perdón ante el Señor

El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios. (San Juan Crisóstomo. Homilía II sobre el tentador, n. 6)

  • La confesión perfecta alcanza el Paraíso

¿Adviertes la confesión perfecta? ¿Ves cómo en la cruz se despojó de sus pecados? Porque se lee en la Escritura; ¡Di tú primero tus pecados, para que seas justificado. Nadie lo obligó, nadie le hizo violencia; sino que él mismo se denunció, al decir: ¡Nosotros justamente padecemos, pues padecemos lo debido por nuestras obras; pero éste no ha hecho nada malo! Y añadió luego: ¡Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino! No se atrevió a decir primero acuérdate de mí en tu Reino, sino hasta después de haber depuesto la carga de sus pecados mediante la confesión. ¿Ves cuán grande cosa sea la confesión? ¡Se confesó y abrió el paraíso! ¡Se confesó y alcanzó una tan grande confianza que pidió el cielo desde el latrocinio! (San Juan Crisóstomo. Homilía I acerca de la Cruz y del Ladrón)

San León I Magno

  • Acusarse en las confesiones provoca la enemistad del autor del pecado

Acusándonos nosotros mismos en nuestras confesiones y rehusando nuestro consentimiento a las concupiscencias de la carne, provocaremos contra nosotros, es cierto, la enemistad del autor del pecado, pero reafirmaremos en nosotros una paz inexpugnable con Dios secundando su gracia. (San León I Magno. Homilía XXVI sobre la Natividad del Señor, n. VI, 4)

Catecismo Romano

  • Sin la confesión el mundo se vería en breve inundado de innumerables maldades secretas

Recordemos por último una nueva ventaja de la confesión, que interesa a toda la vida social. Porque es innegable que sin ella el mundo se vería en breve inundado de innumerables maldades secretas. El hábito del mal volvería poco a poco a los hombres tan depravados, que les empujaría a cometer las cosas más nefandas y hasta gloriarse públicamente de ellas. La vergüenza de la confesión refrena el frenesí y el deseo del pecado, oponiendo un dique eficaz a la creciente malicia de los hombres. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 1)

  • Nada resulta tan eficaz a los pecadores para enmendar sus depravadas costumbres como el verse obligados a confesarlas

Puede colegirse además la necesidad de la confesión de los mismos datos de la experiencia: nada resulta tan eficaz a los pecadores para enmendar sus depravadas costumbres como el verse obligados a manifestar los más secretos pensamientos de su corazón, las acciones y las mismas palabras, a un amigo prudente y fiel que pueda ayudarle con sus consejos. Del mismo modo, quien se sienta turbado por los remordimientos de sus culpas, encontrará alivio y paz descubriendo las enfermedades y las llagas de su alma al ministro de Dios, que queda obligado personalmente por la severísima ley del sigilo sacramental. De esta manera la confesión les proporcionará sin duda preciosos y divinos remedios, no sólo para curar las actuales enfermedades de su espíritu, sino también para guiar y sostener sus almas, de modo que no les sea fácil ya recaer de nuevo en los mismos pecados. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 1)

  • Nada más saludable para el alma que confesar inmediatamente sus culpas

Nada más saludable para el alma en pecado o asediada de peligros espirituales que confesar inmediatamente sus culpas. No afirmamos que no pueda un pecador vivir largos años aún, pero sería verdaderamente vergonzoso que, usando tanto cuidado en la higiene y cuidado del cuerpo y del vestido, fuéramos luego tan gravemente descuidados en lo que se refiere a la pureza y al esplendor del alma, tan frecuentemente ofuscado por las horrendas manchas del pecado. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 6)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • Sólo por la confesión de los pecados el hombre se reconcilia con Dios y con la Iglesia

El que quiere obtener la reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar al sacerdote todos los pecados graves que no ha confesado aún y de los que se acuerda tras examinar cuidadosamente su conciencia. […] La confesión individual e integra de los pecados graves seguida de la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1493.1497)

  • Por la confesión, el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial

A través de los cambios que la disciplina y la celebración de este sacramento han experimentado a lo largo de los siglos, se descubre una misma estructura fundamental. Comprende dos elementos igualmente esenciales: por una parte, los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción; y por otra parte, la acción de Dios por el ministerio de la Iglesia. Por medio del obispo y de sus presbíteros, la Iglesia, en nombre de Jesucristo, concede el perdón de los pecados, determina la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él. Así el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1448)


IV – Obligaciones de los confesores en la administración del sacramento de la penitencia


San Cipriano de Cartago

  • Encubrir las heridas de los moribundos es blandura engañosa y destructora

Ha brotado, hermanos amadísimos, un nuevo género de estrago. Como si hubiera sido poco cruel la tormenta de la persecución, se ha añadido como colmo de males una blandura engañosa y destructora que se presenta bajo el titulo de misericordia. […] No buscan la penitencia que restablece la salud, ni la verdadera medicina que está en la satisfacción. La penitencia queda excluida de los corazones, borrándose la memoria de un delito gravísimo y supremo. Se encubren las heridas de los moribundos y la llaga mortal latente en lo más profuso de las entrañas se tapa con un falso dolor. (San Cipriano de Cartago. De lapsis, n. 5-7)

San Alfonso de Ligorio

  • El confesor está en peligro de perderse por excesiva indulgencia con los penitentes

El confesor está tan en peligro de perderse por excesivo rigor como por sobrada indulgencia con los penitentes. La excesiva indulgencia, dice San Buenaventura, engendra presunción, y el excesivo rigor, desesperación. Sin duda alguna que muchos se equivocan por exceso de indulgencia y que con ello causan gran ruina, y hasta iba a decir que la mayor ruina, pues los libertinos, que son la mayoría, acuden con preferencia a estos confesores relajados y en ellos hallan la perdición. (San Alfonso María de Ligorio. Obras ascéticas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1954, vol. 2, p. 229)

  • Los confesores deben corregir a los penitentes y hasta negarles la absolución cuando no están dispuestos

Cierto que es necesario corregir al pecador para darle a conocer el estado miserable y el peligro en que se halla de condenarse; pero siempre hay que hacerlo con caridad y animándolo a confiar en la divina misericordia, suministrándole los medios para corregirse. Y aun cuando el confesor hubiera de diferir la absolución, despida, con todo, al penitente con dulzura, indicándole el tiempo en que ha de volver y los remedios que, entre tanto, ha de usar para disponerse a recibir la absolución. Este es el camino para salvar a los pecadores. […] Muy necesaria es también energía para corregir a los penitentes y hasta para negarles la absolución cuando no están dispuestos, sin miramientos a su condición, nobleza o poderío y sin pararse a medir el daño que pudiera de ello provenirle al confesor o mengua que sobre él pudiera caer de indiscreto o de ignorante. […] Los pobres confesores […] tienen, a las veces, que negar o diferir la absolución cuando el penitente no está dispuesto a rechazar lo que se impone con toda justicia, o por ser recidivo o estar en ocasión próxima de pecar. (San Alfonso María de Ligorio. Obras ascéticas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1954, vol. 2, p. 227-229)

San Juan Bosco

  • El sacerdote debe ayudar a los penitentes a exponer el estado de sus consciencias

Quien por la Divina Providencia tenga el dificilísimo cargo de confesar jóvenes, humildemente le suplico me permita que, omitiendo otras muchas cosas, le haga, con el mayor respeto, las siguientes observaciones: […] Ayudadles a exponer el estado de su consciencia e instadles a frecuentar el santo sacramento de la penitencia. Este es el medio más seguro de tenerlos alejados del pecado. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967, p. 827)

Catecismo Romano

  • Es deber sacerdotal ser diligente para conseguir que las confesiones no sean defectuosas o sacrílegas

Dolorosamente son muchos los cristianos que descuidan hasta el máximo su vida cristiana, y especialmente este sagrado deber de confesar los pecados. Será siempre sagrado deber sacerdotal el acudir con toda diligencia en socorro de estas pobres almas, hasta conseguir que sus confesiones no sean defectuosas o sacrílegas. Frente a los penitentes que se esfuerzan por excusar o atenuar por todos los medios sus pecados, será necesario reprimir su soberbia. […] Mucho más doloroso es el caso de quienes, dominados por una funesta vergüenza, no se atreven a confesar sus propios pecados. Es necesario animarles con oportunas exhortaciones, haciéndoles ver que no hay motivo alguno para avergonzarse de la confesión, desde el momento en que nadie puede maravillarse de que un hombre peque. ¿No entra esto dentro de la condición de debilidad en que todos nos encontramos? […] Todas estas cosas y otras parecidas deben tener muy presentes los sacerdotes que escuchan confesiones. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 7)

  • El ministro de la penitencia debe poseer una vasta doctrina y una notable prudencia

Además de la potestad de orden y jurisdicción, absolutamente necesarias, el ministro de la penitencia debe poseer una vasta doctrina y una notable prudencia, porque desempeña al mismo tiempo oficio de juez y médico de las almas. No basta una ciencia cualquiera. Como juez debe indagar sobre los pecados cometidos, clasificarlos en sus específicas categorías y distinguir los pecados más graves de los más leves, según la cualidad y condiciones de cada penitente. Y en cuanto médico necesita el confesor una suma prudencia. Es deber suyo el saber proveer al enfermo de los remedios más eficaces para sanar el alma y prevenirla contra las nuevas posibles acometidas del mal. De aquí la necesidad para todo cristiano de elegir con exquisito cuidado un sacerdote dotado de integridad de vida, de ciencia e inteligencia, capaz de valorar la importancia de su oficio, perspicaz en el sancionar la conveniencia de la pena para cada culpa y prudente en el juzgar quién debe ser absuelto y quién debe quedar ligado. (Catecismo Romano, II, IV, VII, B, 7)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El ministro de este sacramento debe amar la verdad y ser fiel al Magisterio de la Iglesia

El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo. Debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al Magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su curación y su plena madurez. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1466)

San Alfonso de Ligorio

  • El oficio de confesor es el más importante y el más difícil de todos. Se necesita ciencia, prudencia y santidad

“Quien quiera ejercer el ministerio de confesor necesita en primer lugar ciencia nada mediocre”, como decía San Lorenzo Justiniano. […] San Francisco de Sales decía igualmente que el oficio de confesor es el más importante y el más difícil de todos. Tenía razón: es el más importante, ya que de él depende la salvación eterna, que es el fin de todas las ciencias; y es el más difícil, porque la ciencia de la moral requiere el conocimiento de muchas otras ciencias y abarca muchas materias dispares; y lo que la hace en extremo difícil es que hay que variar las decisiones, según la multitud de circunstancias diversas de los diferentes casos. […] Persuadámonos, pues, de que para confesar se requiere mucha ciencia, y más aún, mucha prudencia, porque con sólo la ciencia y sin prudencia, poco aprovechará el confesor y causará a algunos más daño que utilidad. […] Lo que sobre todo necesita el confesor es santidad, debido a la mucha energía que ha de tenar en el desempeño de su ministerio. (San Alfonso María de Ligorio. Obras ascéticas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1954, vol. 2, p. 226-227)


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One thought on “137 – “Cuando una persona va al confesionario es porque siente que algo no va bien, quiere cambiar o pedir perdón. Ha hablado con el gesto de venir, y cuando una persona viene es porque no quiere hacer lo mismo otra vez”

Dentro de la gravedad del momento presente, el "Denzinger-Bergoglio" es consciente de la importancia de oír y dar voz al Pueblo de Dios mediante los comentarios contenidos en esta página. No significa, sin embargo, que todos ellos expresen nuestras ideas. De forma diferente a otras páginas que censuran las intervenciones de sus lectores, queremos dar libertad para que cada uno opine sobre la actual situación de la Iglesia. Pero, dado el caráter peculiar de nuestra página debemos evitar los foros paralelos.

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