86 – Cuando tengo delante a un clerical me vuelvo anticlerical de golpe. El clericalismo no debería tener nada que ver con el cristianismo

Al instituir ministros ordenados en su Iglesia Nuestro Señor Jesucristo inauguraba “la más elevada dignidad entre todas las jerarquías de la tierra”, una nueva categoría de hombres llamados a actuar in persona de Él mismo y a dispensar los tesoros de la redención a la humanidad pecadora, como auténticos mediadores entre el cielo y este mundo. Estos varones elegidos por el mismo Cristo son participantes de la autoridad con que Él forma, santifica y rige su Cuerpo Místico, y su dignidad es incluso mayor que la de los ángeles.

El pueblo cristiano dedica desde siempre al presbítero una admiración entrañada por el simple hecho de ser quién es, por presentar a Dios sus intenciones y obtener de Él el auxilio que necesita. Nadie ignora que el sacerdote como todo mortal tiene también sus defectos, pero este religioso reconocimiento no puede estar ausente de los cristianos bien intencionados.

Los términos “clericalismo” y “anticlericalismo” utilizados por el Papa Francisco para externar su aprecio por la clase sacerdotal no son recientes. Fueron normalmente empleados por partidarios de diferentes corrientes, en su mayoría enemigos convencidos de la religión. Aquí los utilizamos del modo más genuino posible, sin las manchas que les añadieron los antiguos políticos conservadores o liberales, estos últimos siempre dispuestos a burlarse de la clase sacerdotal y posicionarse públicamente en contra ella. Mucho más importante que esto es entender el sacerdocio en conformidad a la enseñanza de la Santa Madre Iglesia, que no puede aprobar las teorías que minimizan la grandeza del ministerio ordenado, una de las mayores glorias del catolicismo y verdadero honor del género humano.

En lo que se refiere a las intenciones del Papa Francisco al declarase anticlerical y etiquetar de la misma forma el Apóstol Pablo ―¡imaginemos su sorpresa al enterarse de eso desde lo más alto de los cielos!― es difícil descubrirlas con exactitud y, más todavía, interpretar sus palabras como amablemente clericales. Lo que es seguro es que es un poco optimista querer que quien escucha pueda encontrarles fácilmente un sentido benévolo. Si realmente lo tuviera, se agradecería más claridad.

Para ayudar nuestros lectores ofrecemos a continuación un estudio que puede arrojar luz sobre la inquietud provocadas por estas declaraciones en las personas de fe sincera: la doctrina católica más autorizada en la que podemos creer sin temor ni dudas y que nos llevará a reafirmar nuestro clericalismo, como seguidores fieles que queremos ser de Cristo, el verdadero y sumo Sacerdote.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – Ser clerical no es más que reconocer en la Iglesia dos categorías de personas: los pastores y la grey
II – Hombres que actúan in persona Christi Capitis
III – ¿Qué debe el católico al sacerdote?
IV – Los fieles deben honrar los sacerdotes en razón de su insigne dignidad
V – El anticlericalismo tiene por objetivo la destrucción de la Iglesia

I – Ser clerical no es más que reconocer en la Iglesia dos categorías de personas: los pastores y la grey

Concilio Vaticano I

A los clérigos es dado el poder que viene de Dios: santificar, enseñar y gobernar

La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no. (Concilio Vaticano I. Primer esquema de la Constitución Ecclesia Christi, cap. X, De ecclesiae potestate)

Condena a los que afirman que la Iglesia es una sociedad de iguales

Si alguien dice que la Iglesia ha sido divinamente instituida cómo sociedad de iguales… sea anatema. (Concilio Vaticano I. Primer esquema de la Constitución Ecclesia Christi, can. XI)

Pío X

Categorías distintas: los pastores y el rebaño

La Iglesia es esencialmente una sociedad desigual que comprende dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que están colocados en los distintos grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles; y estas categorías son distintas entre sí de tal manera, que solamente en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de esta sociedad. En cuanto a la multitud, ella no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y, muy dócilmente, seguir a sus pastores. (Pío X. Encíclica Vehementer Nos, 11 de febrero de 1906)

Juan Pablo II

Ministerio de apacentar la grey de Dios

Él, “el gran Pastor de las ovejas” (Heb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 1, 25 de marzo de 1992)

Pío XII

Los fieles participan en el sacrificio eucarístico pero no gozan de la potestad sacerdotal

Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico; y eso, no con un espíritu pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras cosas, sino de un modo tan intenso y tan activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote. […] Empero, por el hecho de que los fieles cristianos participen en el sacrificio eucarístico, no por eso gozan también de la potestad sacerdotal. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 99.102)

Sólo ellos son los señalados con el carácter indeleble que los asemeja al sacerdocio de Cristo

El sacramento del orden distingue a los sacerdotes de todos los demás cristianos no dotados de este carisma, porque sólo ellos, por vocación sobrenatural, han sido introducidos en el augusto ministerio que los destina a los sagrados altares y los constituye en instrumentos divinos, por medio de los cuales se participa de la vida sobrenatural con el Cuerpo Místico de Jesucristo. Además, como ya hemos dicho, sólo ellos son los señalados con el carácter indeleble que los asemeja al sacerdocio de Cristo, y sólo sus manos son las consagradas “para que sea bendito todo lo que ellas bendigan, y todo lo que ellas consagren sea consagrado y santificado en nombre de nuestro Señor Jesucristo”. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 57)

Concilio Vaticano II

Elegidos para ofrecer el sacrificio, perdonar los pecados y desempeñar públicamente la función sacerdotal

Mas el mismo Señor, para que los fieles se fundieran en un solo cuerpo, en que “no todos los miembros tienen la misma función” (Rom 12, 4), entre ellos constituyó a algunos ministros que, ostentando la potestad sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado del Orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñar públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres. (Concilio Vaticano II. Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 2, 7 de diciembre de 1965)

II – Hombres que actúan in persona Christi Capitis

Pío X

Función ejercida no en nombre propio, sino en nombre de Jesucristo

Nosotros, los sacerdotes, no ejercermos la función sacerdotal en nombre propio, sino en nombre de Jesucristo. Dice el Apóstol: “que todo hombre nos considere como ministros de Cristo dispensadores de los misterios de Dios”: somos embajadores de Cristo. Por esta razón Jesucristo mismo nos trató como amigos y no como siervos. (Pío X. Exhortación Haerent animo, n. 4, 4 de agosto de 1908)

Pío XII

El sacerdote presta a Cristo su lengua y le alarga la mano

En virtud de la consagración sacerdotal que ha recibido, se asemeja al Sumo Sacerdote y tiene el poder de obrar en virtud y en persona del mismo Cristo; por eso, con su acción sacerdotal, en cierto modo, “presta a Cristo su lengua y le alarga su mano”. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 57, 20 de noviembre de 1947)

Instrumento del Redentor Divino para continuar su obra

El sacerdote es ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar su obra redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa obra admirable que transformó el mundo; más aún, el sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: “Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros”. (Pío XII. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 12, 20 de diciembre de 1935)

El Redentor quiso que la vida sacerdotal por Él iniciada en su cuerpo mortal no cesase en su Cuerpo Místico

Quiso, pues, el Divino Redentor que la vida sacerdotal por El iniciada en su cuerpo mortal con sus oraciones y su sacrificio, en el transcurso de los siglos, no cesase en su Cuerpo Místico, que es la Iglesia; y por esto instituyó un sacerdocio visible, para ofrecer en todas partes la oblación pura, a fin de que todos los hombres, del Oriente al Occidente, liberados del pecado, sirviesen espontáneamente y de buen grado a Dios por deber de conciencia. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 4, 20 de noviembre de 1947)

Concilio Vaticano II

Participantes de la autoridad con que Cristo forma, santifica y rige su Cuerpo

El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo. Por lo cual, el sacerdocio de los presbíteros supone, ciertamente, los sacramentos de la iniciación cristiana, pero se confiere por un sacramento peculiar por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma, que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza. (Concilio Vaticano II. Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 2, 7 de diciembre de 1965)

Juan Pablo II

El que posee la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia

El sacerdote […] anuncia la Palabra en su calidad de ministro, partícipe de la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia.  (San Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 26, 25 de marzo de 1992)

Benedicto XVI

El sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo

El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. (Benedicto XVI. Homilía en la clausura del Año Sacerdotal, 11 de junio 2010)

Dios se vale de un hombre para estar, a través de él, presente entre los hombres

El sacerdocio no es un simple “oficio”, sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra “sacerdocio”. (Benedicto XVI. Homilía en la clausura del Año Sacerdotal, 11 de junio 2010)

Actuación no en nombre de un ausente, sino en la Persona de Cristo resucitado

El sacerdote representa a Cristo. ¿Qué quiere decir “representar” a alguien? En el lenguaje común generalmente quiere decir recibir una delegación de una persona para estar presente en su lugar, para hablar y actuar en su lugar, porque aquel que es representado está ausente de la acción concreta. Nos preguntamos: ¿El sacerdote representa al Señor de la misma forma? La respuesta es no, porque en la Iglesia Cristo no está nunca ausente; la Iglesia es su cuerpo vivo y la Cabeza de la Iglesia es él, presente y operante en ella. Cristo no está nunca ausente; al contrario, está presente de una forma totalmente libre de los límites del espacio y del tiempo, gracias al acontecimiento de la Resurrección, que contemplamos de modo especial en este tiempo de Pascua. Por lo tanto, el sacerdote que actúa in persona Christi Capitis y en representación del Señor, no actúa nunca en nombre de un ausente, sino en la Persona misma de Cristo resucitado, que se hace presente con su acción realmente eficaz. (Benedicto XVI. Audiencia general, 14 de abril de 2010)

Pío XII

Sellado con un carácter indeleble, el sacerdote es casi una imagen viva del Salvador

El sacerdocio es, ciertamente, el gran don del Divino Redentor: pues éste, a fin de perpetuar hasta el final de los siglos, la obra de la redención, por él consumada en su sacrificio de la Cruz, confió su potestad a la Iglesia, a la que quiso hacer partícipe de su único y eterno sacerdocio. El sacerdote es como otro Cristo, porque está sellado con un carácter indeleble, por el que se convierte casi en imagen viva de nuestro Salvador.  (Pío XII. Exhortación apostólica Menti nostrae, 23 de septiembre de 1950)

Pío X

El que tiene al Señor por parte suya

Dice San Jerónimo — el sacerdote queda advertido de que “él, que es una parte del Señor o que tiene al Señor por parte suya, debe mostrarse tal que posea al Señor o sea poseído por Él”. (Pío X. Exhortación Haerent animo, n. 6, 4 de agosto de 1908)

III – ¿Qué debe el católico al sacerdote?

Pío XII

Desde la cuna hasta el sepulcro el sacerdote está al lado de los fieles

Además de este poder que ejerce sobre el cuerpo real de Cristo, el sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo Místico. No tenemos necesidad, venerables hermanos, de extendernos en la exposición de esa hermosa doctrina del Cuerpo Místico de Jesucristo, tan predilecta de San Pablo. […] Desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el cielo, el sacerdote está al lado de los fieles, como guía, aliento, ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones. (Pío XII. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 15, 20 de diciembre de 1935)

Pío X

El sacerdote es quien puede abrir y cerrar el cielo a los demás

Con gran razón San Carlos Borromeo insistía en sus discursos al clero: “Si considerásemos, queridísimos hermanos, cuán grandes y santas cosas ha puesto Dios en nuestras manos, ¡qué fuerza tendría esta consideración para llevarnos a vivir una vida digna de sacerdotes! ¡Qué es lo que el Señor no ha puesto en mis manos, cuando ha puesto a su propio Hijo, único, eterno y consustancial a Sí mismo! Ha puesto en mis manos todos sus tesoros, todos sus Sacramentos, todas sus gracias; ha puesto en mis manos las almas, que es lo que más quiere, a las que ha amado más que a sí mismo, a las que ha comprado con su sangre; ha puesto en mis manos el mismo cielo, que puedo abrir y cerrar a los demás… (Pío X. Exhortación Haerent animo, n. 5, 4 de agosto de 1908)

Sacerdotes, responsables por ganar el espíritu de los hombres para Cristo

En cuanto embajadores suyos, estamos obligados a ganar el espíritu de los hombres para su ley y para su doctrina, comenzando por observarlas nosotros mismos; en cuanto que participamos de su poder, estamos obligados a librar a las almas de los lazos del pecado, y hemos de evitar con todo cuidado no caer nosotros mismos en ellos. (Pío X. Exhortación Haerent animo, n. 4, 4 de agosto de 1908)

Benedicto XVI

El sacerdote lleva Dios al mundo

Nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo.(Benedicto XVI. Discurso a los participantes en la Asambleas Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009)

Pío XII

Apóstoles de la paz, de la gracia y del perdón

Ellos son “dispensadores de los misterios de Dios” (1 Co 4, 1); deben, por ello, servir a Jesucristo con perfecta caridad y consagrar todas sus fuerzas a la salvación de los hermanos. Son los apóstoles de la paz; por eso deben iluminar al mundo con la doctrina del Evangelio y ser tan fuertes en la fe que puedan comunicarla a los demás y seguir los ejemplos y las enseñanzas del divino Maestro, para poder conducirlos a todos a Él. Son los apóstoles de la gracia y del perdón; deben por eso, consagrarse totalmente a la salvación de los hombres y atraerlos al altar de Dios para que se nutran del pan de la vida eterna. (Pío XII. Exhortación apostólica Menti nostrae, II)

Pregoneros infatigables de la buena nueva

Y si, puestos en la pendiente del error y del vicio, no hemos llegado todavía a más hondo abismo, se debe a los rayos de la verdad cristiana que, a pesar de todo, no dejan de seguir difundidos por el mundo. Ahora bien: la Iglesia ejercita su ministerio de la palabra por medio de los sacerdotes, distribuidos convenientemente por los diversos grados de la jerarquía sagrada, a quienes envía por todas partes como pregoneros infatigables de la buena nueva, única que puede conservar, o implantar, o hacer resurgir la verdadera civilización. (Pío XII. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 19, 20 de diciembre de 1935)

Juan Pablo II           

Ministro que conduce los creyentes al conocimiento del misterio de Dios
                              

El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 26, 25 de marzo de 1992)

Benedicto XVI

Sacado del mundo y entregado a Dios

La entrega de una persona a Dios, es decir, su “santificación”, se identifica con la ordenación sacerdotal y, de este modo, se define también en qué consiste el sacerdocio: es un paso de propiedad, un ser sacado del mundo y entregado a Dios. […] Pero precisamente por eso no es una segregación. Ser entregados a Dios significa más bien ser puestos para representar a los otros. El sacerdote es sustraído a los lazos mundanos y entregado a Dios, y precisamente así, a partir de Dios, debe quedar disponible para los otros, para todos. Cuando Jesús dice “Yo me consagro”, Él se hace a la vez sacerdote y víctima. (Benedicto XVI. Homilía en la Solemne Misa Crismal del Jueves Santo, 9 de abril de 2009)

Puente que enlaza al hombre con la verdadera vida

El sacerdote necesita una autorización, una institución divina, y sólo perteneciendo a las dos esferas —la de Dios y la del hombre— puede ser mediador, puede ser “puente”. Esta es la misión del sacerdote: combinar, conectar estas dos realidades aparentemente tan separadas, es decir, el mundo de Dios —lejano a nosotros, a menudo desconocido para el hombre— y nuestro mundo humano. La misión del sacerdocio es ser mediador, puente que enlaza, y así llevar al hombre a Dios, a su redención, a su verdadera luz, a su verdadera vida. (Benedicto XVI. Lectio divina en el encuentro con el clero de Roma, 18 de febrero de 2010)

Pío XII

Representantes de Jesucristo ante el pueblo y representantes del pueblo ante Dios

Sólo a los Apóstoles y a los que, después de ellos, han recibido de sus sucesores la imposición de las manos, se ha conferido la potestad sacerdotal, y en virtud de ella, así como representan ante el pueblo a ellos confiado la persona de Jesucristo, así también representan al pueblo ante Dios. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 54, 20 de noviembre de 1947)

Mediador oficial entre la humanidad y Dios

El sacerdote […] es el mediador público y oficial entre la humanidad y Dios, tiene el encargo y mandato de ofrecer a Él, en nombre de la Iglesia, no sólo el sacrificio propiamente dicho, sino también el sacrificio de alabanza por medio de la oración pública y oficial […] ¿Quién puede decir los castigos que la oración sacerdotal aparta de la humanidad prevaricadora y los grandes beneficios que le procura y obtiene? (Pío XII. Ad catholici sacerdotii, n. 23, 20 de diciembre de 1935)

San Alfonso María de Ligorio

Público embajador de toda la Iglesia

El sacerdote es el ministro destinado de Dios para público embajador de toda la Iglesia para honrarle, y para que por su medio todos los fieles puedan impetrar la divina gracia. Toda la Iglesia junta no puede dar tanto honor a Dios, ni puede alcanzar de Él tantas gracias, como un solo sacerdote que celebra una misa. (San Alfonso María de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas, cap. I, 2)

Dispensadores de la divina gracia, puertas y porteros del cielo

Los sacerdotes son los dispensadores de la divina gracia y los compañeros de Dios. Son el honor y las columnas de la Iglesia, son las puertas y los porteros del Cielo. (San Alfonso María de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas, cap. I, 6)

IV – Los fieles deben honrar los sacerdotes en razón de su insigne dignidad

Santa Catalina de Siena

La reverencia a los sacerdotes se debe a la autoridad que Jesús les ha dado

Te he contado, Hija muy querida, algunas cosas sobre la reverencia que se debe tener a mis ungidos, no obstante sus defectos; porque la reverencia que se les hace no es a ellos por ser ellos, sino por la autoridad que yo les he dado; y por cuanto sus defectos no pueden disminuir el misterio del sacramento, no debe disminuirse la reverencia para con ellos, no por ellos, sino por el tesoro de la Sangre. (Santa Catalina de Siena. Diálogo, 3ª resp., cap. IX)

“Ellos son mis ungidos, y los llamo mis Cristos”

¡O querida hija! he dicho todo esto para que conozcas mejor la dignidad en que yo he puesto a mis Ministros, y te duelas más de sus miserias. […] En la vida presente no pueden subir a mayor dignidad. Ellos son mis ungidos, y los llamo mis Cristos, porque me he dado a ellos para que me suministren a vosotros, y los he puesto como flores olorosas en el cuerpo místico de la Santa Iglesia. No he concedido esta dignidad a los ángeles, y sí a los hombres que he elegido por mis ministros, los cuales he puesto como ángeles, y deben ser ángeles terrenos en esta vida. (Santa Catalina de Siena. Diálogo, 3ª resp., cap. IV)

Catecismo Romano

Portadores del poder de Dios, en cuyo nombre comunican la ley y los misterios de vida

Los obispos y los sacerdotes son, en realidad, los intérpretes y embajadores de Dios, a quien visiblemente representan en la tierra y en cuyo nombre comunican a los hombres la ley y los misterios de vida. No cabe concebir aquí abajo misión ni dignidad más sublime. Con razón han sido llamados los sacerdotes, no simplemente ángeles, sino dioses, por ser ellos, entre los hombres, los portadores de la virtud y poder del Dios inmortal. (Catecismo Romano. Cap. VI, 2, a)

Concilio Vaticano II

Los católicos han de profesar un amor filial a los presbíteros

Por razón del Sacramento del Orden ejercen el ministerio de padre y de maestro, importantísimo y necesario en el pueblo y para el pueblo de Dios. […] Los fieles cristianos, por su parte, han de sentirse obligados para con sus presbíteros, y por ello han de profesarles un amor filial, como a sus padres y pastores; y al mismo tiempo, siendo partícipes de sus desvelos, ayuden a sus presbíteros cuanto puedan con su oración y su trabajo, para que éstos logren superar convenientemente sus dificultades y cumplir con más provecho sus funciones. (Concilio Vaticano II. Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 9, 7 de diciembre de 1965)

San Juan Crisóstomo

Ministerio que tiene la clase de las cosas celestiales

El sacerdocio se ejercita en la tierra, pero tiene la clase de las cosas celestiales, y con razón; porque no ha sido algún hombre, ni ángel, ni arcángel, ni alguna otra potestad creada, sino el mismo Paráclito el que ha instituido este ministerio, y el que nos ha persuadido, a que permaneciendo aun en la carne, concibiésemos en el ánimo el ministerio de los ángeles. De aquí resulta, que el sacerdote debe ser tan puro, como si estuviera en los mismos cielos entre aquellas potestades. (San Juan Crisóstomo. Sobre el sacerdocio, lib. III, n. 304)

Ornados con un principado más excelso

Ciertamente el sacerdote es mucho más digno de honra y veneración que el rey, puesto que está llamado a un principado más excelso.  (San Juan Crisóstomo. Homilía segunda acerca de Anna)

San Alfonso María de Ligorio

La más elevada dignidad entre todas las jerarquías de la tierra

El sacerdocio es la suprema dignidad entre todas las dignidades creadas […]. La dignidad del sacerdote es la más elevada de todas las jerarquías de la tierra y de todas las altezas celestiales, y a Dios solamente es inferior el sacerdote. (San Alfonso María de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas, cap. I, 1)

Pío XII

Poderes estables y perpetuos

Tan excelsos poderes conferidos al sacerdote por un sacramento especialmente instituido para esto, no son en él transitorios y pasajeros, sino estables y perpetuos, unidos como están a un carácter indeleble, impreso en su alma, por el cual ha sido constituido sacerdote para siempre. […] Carácter que el sacerdote, aun en medio de los más deplorables desórdenes en que puede caer por la humana fragilidad, no podrá jamás borrar de su alma. (Pío XII. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 17, 20 de diciembre de 1935)

Dignidad que ni siquiera las flaquezas pueden empañar

Altísima es, pues, venerables hermanos, la dignidad del sacerdote, sin que puedan empañar sus resplandores las flaquezas, aunque muy de sentir y llorar, de algunos indignos; como tales flaquezas no deben bastar para que se condenen al olvido los méritos de tantos otros sacerdotes, insignes por virtud y por saber, por celo y aun por el martirio. (Pío XII. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 25, 20 de diciembre de 1935)

Catecismo Mayor de San Pío X

Potestad sobre el Cuerpo real y el Cuerpo Místico de Cristo

La dignidad del Sacerdocio cristiano es grandísima, por la doble potestad que le confirió Jesucristo sobre su Cuerpo real y sobre su Cuerpo místico, que es la Iglesia, y por la divina misión que le encomendó de guiar a todos los hombres a la vida eterna.  (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 821)

Pío XII

Poder admirable sobre el Cuerpo de Jesucristo

Donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del sacerdote católico que tiene potestad sobre el cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como víctima infinitamente agradable a la divina Majestad. Admirables cosas son éstas —exclama con razón San Juan Crisóstomo—, admirables y que nos llenan de estupor. (Pío XII. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 14, 20 de diciembre de 1935)

Órganos del desarrollo del Cuerpo Místico

En efecto, ellos no sólo concilian y comunican la gracia de Cristo a los miembros de su Cuerpo Místico, sino que son también los órganos del desarrollo del mismo Cuerpo Místico, porque deben dar a la Iglesia continuamente nuevos hijos, formarlos, cultivarlos, guiarlos. (Pío XII. Exhortación apostólica Menti nostrae, II, 23 de septiembre de 1950)

Juan Pablo II

Indispensables en el cumplimiento de la misión de la Iglesia

Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) y “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 1, 25 de marzo de 1992)

Benedicto XVI

V – El anticlericalismo tiene por objetivo la destrucción de la Iglesia

Pío XII

Los enemigos de la Iglesia asestan sus golpes contra el clero

Aun los enemigos de la Iglesia conocen bien la importancia vital del sacerdocio; y por esto, contra él precisamente […] asestan ante todo sus golpes para quitarle de en medio y llegar así, desembarazado el camino, a la destrucción siempre anhelada y nunca conseguida de la Iglesia misma. (Pío XII. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 7, 20 de diciembre de 1935)

León XIII

La auténtica declaración de los escritores masones es demoler el clericalismo

Demoler el clericalismo hasta sus fundamentos y en sus propias fuentes de vida, específicamente en la escuela y en la familia: esta es la auténtica declaración de los escritores masones. (León XIII. Carta Encíclica Dall’alto dell’apostolico seggio, n. 4, 15 de octubre de 1890)

Juan XXIII

Cuando se trata de destruir la religión, se comienza atacando al sacerdote

No es de maravillar que sea el primer expuesto en la persecución de los enemigos de la Iglesia, porque, decía el Cura de Ars, cuando se trata de destruir la religión, se comienza atacando al sacerdote. (Juan XXIII. Encíclica Sacerdotii nostri primordia, 1 de agosto de 1959)


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