23 – Todos, ateos o de cualquier religión, son hijos de Dios

Cuando nos enteramos del nacimiento de un niño, no es raro que digamos o escuchemos que acaba de nacer un nuevo hijo de Dios. Sin embargo, este modo de expresarse en el lenguaje corriente, sin cualquier tipo de maldad, esconde una profunda imprecisión. De hecho, ¿quién puede llamar hijo suyo a quién? ¿Puede uno decir con propiedad que el hijo de su vecino es su hijo? ¿O que lo es su perro? ¿O siquiera un cuadro que pintó? En realidad, para ser hijo, real y propiamente hijo, es necesario haber recibido del padre su propia naturaleza. Por eso llamamos padres a los que nos transmitieron la vida humana. También hay un Padre insuperable, el Padre del Cielo, que desea transmitirnos una vida mucho más elevada, la valiosísima vida divina, porque desea poder llamarnos hijos suyos de verdad. Este magnífico don nos es dado a través de la gracia santificante. Pero ésta, después del pecado original, no viene automáticamente con el nacimiento… y por eso, al nacer, aún no podemos decir que somos hijos de Dios, ¡tenemos que nacer de nuevo! De cualquier modo, nada más perdonable que esa inexactitud teológica popular… Perdonable, claro está, para quien no tiene ex officio la misión de enseñar la Verdad… 

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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Autores

Sagradas Escrituras

El que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: “Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él”. Jesús le respondió: “Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo le preguntó: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?” Jesús le respondió: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”. (Jn 3, 1-5)

Concilio de Trento

La filiación divina no se puede lograr sin el bautismo

Aunque Jesucristo murió por todos, no todos participan del beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunican los méritos de su pasión. […] En las palabras mencionadas se insinúa la descripción de la justificación del pecador: de suerte que es tránsito del estado en que nace el hombre hijo del primer Adán, al estado de gracia y de adopción de los hijos de Dios por el segundo Adán Jesucristo nuestro Salvador. Esta traslación, o tránsito no se puede lograr, después de promulgado el Evangelio, sin el bautismo, o sin el deseo de él; según está escrito: “No puede entrar en el reino de los cielos sino el que haya renacido del agua, y del Espíritu Santo” (Concilio de Trento, cap. II, sesión VI. De los predicadores de la palabra divina, y de los demandantes. Celebrada en 13 de enero de 1547)

Santo Tomás de Aquino

Todos están obligados a recibir el bautismo

Los hombres están obligados a todo aquello sin lo cual no pueden conseguir la salvación. Ahora bien, está claro que nadie puede conseguir la salvación más que por Cristo, por lo que el Apóstol en Rm 5, 18 dice: “Como por el delito de uno solo llegó la condenación a todos los hombres, así por la justicia de uno solo llega a todos los hombres la justificación de la vida”. Pero el bautismo se da precisamente para esto, para que el hombre regenerado por Cristo se incorpore a él y se convierta en un miembro suyo; por lo que se dice en Ga 3, 17: “Los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de él”. Luego es claro que todos están obligados a recibir el bautismo y que sin él no hay salvación para los hombres. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 68, a. 1)

Juan Pablo II

Hechos hijos de Dios en su Unigénito

Por el santo bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc 3, 22); y entiende que ha sido asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo (cf. Ga 4, 4-7) y hermano de Cristo. Se cumple así en la historia de cada uno el eterno designio del Padre: “a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos” (cf. Rm 8; Rm 29). (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles Laici, n. 11-12)

El sacramento produce la unidad de los cristianos

Regenerados como “hijos en el Hijo”, los bautizados son inseparablemente “miembros de Cristo y miembros del cuerpo de la Iglesia”, como enseña el Concilio de Florencia. El bautismo significa y produce una incorporación mística pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. […] Jesús, nos ha revelado la misteriosa unidad de sus discípulos con Él y entre sí, presentándola como imagen y prolongación de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al Padre en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17,21). (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles Laici, n. 11-12)

Concilio Vaticano II

El bautismo y la Iglesia son indispensables para la salvación

El sagrado Concilio fija su atención en primer lugar en los fieles católicos. Y enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. El mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella. (Constitución dogmática sobre la Iglesia: Lumen Gentium. Concilio Vaticano II)

Catecismo de la Iglesia Católica

Hay que renacer del agua y del Espíritu para convertirse

Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y “vivir una vida nueva” (Rm 6, 4). (Catecismo de la Iglesia Católica, 537)

El bautismo nos distingue de todos los grupos religiosos

El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la Historia:
– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero El ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: “una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa” (1 P 2, 9).
Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el “nacimiento de arriba”, “del agua y del Espíritu” (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo. (Catecismo de la Iglesia Católica, 782)

Gregorio XVI

La peor muerte para el alma: la libertad del error

De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. ¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error! decía San Agustín. Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto aquel abismo del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio por parte del pueblo de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad, porque, aun la más antigua experiencia enseña cómo los Estados, que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades. (Gregorio XVI. Carta Encíclica Mirari vos, 15 de agosto de 1832)

Juan XXIII

Grande injuria es poner la Iglesia Católica al mismo nivel de las demás

Tampoco faltan los que, si bien no impugnan de propósito la verdad, adoptan, sin embargo, ante ella una actitud de negligencia y sumo descuido, como si Dios no les hubiera dado la razón para buscarla y encontrarla. Tan reprobable modo de actuar conduce, como por espontáneo proceso, a esta absurda afirmación: todas las religiones tienen igual valor, sin diferencia alguna entre lo verdadero y lo falso.Este principio —para usar las palabras de nuestro mismo predecesor— lleva necesariamente a la ruina todas las religiones, particularmente la católica, la cual, siendo entre todas la única verdadera, no puede ser puesta al mismo nivel de las demás sin grande injuria”. Por lo demás, negar la diferencia que existe entre cosas tan contradictorias entre sí, derechamente conduce a la nefasta conclusión de no admitir ni practicar religión alguna. (Juan XXIII. Carta Encíclica Ad Petri Cathedram, n. 10-11)

Pío IX

Nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica

Es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica. Notoria cosa es a nos y a vosotros que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia […] Pero bien conocido es también el dogma católico, a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que los contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, “a quien fue encomendada por el Salvador la guarda de la viña”, no pueden alcanzar la eterna salvación. (Denzinger-Hünermann, 2865-2867. Pío IX. Carta Encíclica Quanto conficiamur moerore, 10 de agosto de l863)

Peligrosos enemigos de la Iglesia

En estos tiempos de confusión y de desorden, no es raro ver cristianos, católicos – hasta los hay en el clero secular, en los claustros – que siempre tienen en los labios la palabra de término medio, de conciliación, de transacción. ¡Pues bien! no vacilo en declararlo: esos hombres están en un error, y no los miro como los enemigos menos peligrosos de la Iglesia. Vivimos en una atmósfera corrompida, pestilencial; sepamos preservarnos de ella; no nos dejemos emponzoñar por las falsas doctrinas, que todo lo pierden, son pretexto de salvarlo todo. (Pío IX, Discurso en la Iglesia de Aracoeli, 17 de setembro 1861)

 Pío XI

Encuentros que los católicos no deben aprobar

Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, de cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión. Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no solo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios. (Pío XI. Carta Encíclica Mortalium Animos, 6 de janeiro de 1928)

Concilio Vaticano II

Los no creyentes deben convertirse y hacer penitencia

Por eso, a los no creyentes la Iglesia proclama el mensaje de salvación para que todos los hombres conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, y se conviertan de sus caminos haciendo penitencia. (Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 9, 4 de diciembre 1963)

Pío XII

Una súplica a los que no pertenecen a la Iglesia Católica: se esfuercen por salir de ese estado

También a aquellos que no pertenecen al organismo visible de la Iglesia Católica, […] nada Nos preocupa más sino que tengan vida y la tengan con mayor abundancia. Esta Nuestra solemne afirmación deseamos repetirla por medio de esta Carta Encíclica, en la cual hemos cantado las alabanzas del grande y glorioso Cuerpo de Cristo, implorando oraciones de toda la Iglesia para invitar, de lo más íntimo del corazón, a todos y a cada uno de ellos a que, rindiéndose libre y espontáneamente a los internos impulsos de la gracia divina, se esfuercen por salir de ese estado, en el que no pueden estar seguros de su propia salvación eterna. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi sobre el Cuerpo Místico de Cristo, 29 junio 1943)

 San Agustín

“Me da asco de los pecadores que abandonan tu ley”

“Ten piedad de mí, Señor, que estoy afligido; mis ojos están irritados por la ira”. Si sufres, ¿cómo es que estás airado? Su ira es por los pecados ajenos. ¿Y quién no se enojará viendo a los hombres confesar a Dios de boquilla, y negarlo con su conducta? ¿Quién no se enojará viendo a los hombres renunciar al mundo de palabra y no con los hechos? ¿Quién no se va a enojar, cuando ve a los hombres traicionar a sus hermanos, siendo infieles al ósculo que dieron en la celebración de los sacramentos divinos? ¿Quién podrá, en fin, enumerar todas las causas del enojo del cuerpo de Cristo, que interiormente vive del Espíritu de Cristo, y que está gimiendo como el grano entre la paja? Realmente apenas se ven los que gimen de esta manera, los que se enojan con esta ira, como apenas se ven los granos cuando se está trillando la era. El que no sabe la cantidad de espigas que fueron esparcidas, piensa que todo es paja. Y de creer que todo es paja, vendrá la purificación de una gran cantidad. Por éstos, precisamente, que no se manifiestan y que están gimiendo, es por lo que se enoja el que en otro lugar dice: “Me devora el celo de tu casa” (Sl 68, 10). Y dice también, al comprobar la cantidad de gente que obra el mal: “Me da asco de los pecadores que abandonan tu ley” (Sl 118, 53). Y más adelante: “Me consumía viendo a los insensatos” (Sl 118, 158). (San Agustín. Comentario al Salmo 130, Sermón 2, n. 4)


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