155 – Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir sin ocuparse de los pobres correrá el riesgo de la disolución

En el mismo día en que se dio la espectacular venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles se quedaron tan llenos de fuerza y coraje, que en el mismo día Pedro, el primer Papa, convirtió con su predicación tres mil personas. De estas conversiones tenemos el primer testimonio eclesial: “Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. […] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común” (Hch 2, 42-44). Está claro cuál era el fundamento de la comunión entre los fieles: la fe transmitida por los Apóstoles, la caridad, la Eucaristía y las oraciones. Se perpetuó en la Iglesia este paradigma hasta los tiempos modernos, siendo ahora amenazado de cambios con nuevos modelos que ponen los pobres en el centro.

Veamos lo que nos dice Francisco y recordemos cómo se logra la verdadera comunión en cualquier porción de la Iglesia, en qué consisten las prácticas religiosas y, finalmente, donde se encuentra la verdadera liberación del hombre.

 

Francisco

pobres

Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos. Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra. (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 207-208, 24 de noviembre de 2013)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I ¿Cuáles son los pilares de la unión entre los miembros de una comunidad de la Iglesia?
II – Las prácticas religiosas se ordenan rectamente y se dirigen a Dios. Por lo tanto, es imposible que en ellas se oculte mundanidad espiritual
III ¿Dónde se encuentra la verdadera liberación del hombre?


I – ¿Cuáles son los pilares de la unión entre los miembros de una comunidad de la Iglesia?

Benedicto XVI
-Los pilares en que se fundan la comunión entre los fieles son: la fe, la caridad, la Eucaristía y los sacramentos

Catecismo de la Iglesia Católica
-La Eucaristía realiza la unidad de los verdaderos creyentes

Santo Tomás de Aquino
-Quién recibe este Sacramento está unido a Cristo e incorporado a sus miembros
-La fe eucarística hace que los hijos de la Iglesia se unan mutuamente

San Agustín de Hipona
-La Eucaristía une a los fieles

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)
-Sacramento instituido con la finalidad de mantener una unidad sin escisiones

Catecismo Romano
-Unidad sacramental que corresponde a la unidad del cuerpo místico

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)
-La unión de las comunidades se logra mediante la fe y la caridad

Catecismo de la Iglesia Católica
-Lo que une a los miembros de la Iglesia es la profesión de la misma fe y la celebración común del culto divino

Juan XXIII
-Para haber perfecta unión de los fieles con Cristo es necesario añadir la profesión externa de la fe

Juan Pablo II
-La plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad
-La unión misteriosa y visible no se puede conseguir sin la fe, sin la vida sacramental y sin la consiguiente coherencia de la vida moral

Pío XII
-La armonía entre los fieles de Cristo está en las verdades reveladas

Pío X
-Es necesaria la unión en la verdad y en la moral

León XIII
-La verdadera unión entre los cristianos es la constituida por la unidad de la fe y del régimen

Benedicto XVI
-La comunión de los bautizados se manifiesta visiblemente en los vínculos de la profesión de la integridad de la fe

Pablo VI
-La solicitud por los hermanos no debe traducirse en una atenuación de la verdad

II – Las prácticas religiosas se ordenan rectamente y se dirigen a Dios. Por lo tanto, es imposible que en ellas se oculte mundanidad espiritual

Pío XII
-Las prácticas religiosas nos arrancan de los atractivos del mundo y nos conducen a la santidad
-Los ejercicios religiosos nos hacen adherir a Cristo Cabeza

San Agustín de Hipona
-Mediante las prácticas espirituales, nosotros recibimos la convocatoria de vivir según el alma
-Los que renunciaron al mundo sólo de palabra sirven de ocasión para seducir a los sencillos y apartarlos de la salvación católica

Santo Tomás de Aquino
-Los actos de la religión son ordenados exclusivamente a Dios

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)
-Las prácticas religiosas de las Iglesias particulares gozan de una dignidad especial

II – ¿Dónde se encuentra la verdadera liberación del hombre?

Pío XII
-Muchos cristianos no advierten que son engañados por los que presentan el cristianismo como una servidumbre

San Agustín de Hipona
-El camino real y universal para la liberación del hombre es la gracia de Dios

Pablo VI
-La liberación que la Iglesia debe predicar es ante todo el reino de Dios
-La liberación del hombre es sobre todo del pecado y del maligno

Congregación para la Doctrina de la Fe
-La liberación más radical es la del pecado y de la muerte
-La auténtica liberación es ante todo de la bienaventuranza de los pobres de corazón

Juan Pablo II
-La verdad trae consigo el principio de la auténtica liberación del hombre

Concilio Vaticano I (XX Ecuménico)
-El abandono y rechazo de la religión cristiana ha sumergido a muchos en el abismo del materialismo y ateísmo


I – ¿Cuáles son los pilares de la unión entre los miembros de una comunidad de la Iglesia?


Benedicto XVI

  • Los pilares en que se fundan la comunión entre los fieles son: la fe, la caridad, la Eucaristía y los sacramentos

Según los Hechos, la unidad de los creyentes se reconocía porque “perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (2, 42). La unidad de los creyentes se alimenta, pues, de la enseñanza de los Apóstoles (el anuncio de la Palabra de Dios) a la que ellos responden con una fe unánime, de la comunión fraterna (el servicio de la caridad), de la fracción del pan (la Eucaristía y el conjunto de los sacramentos) y de la oración personal y comunitaria. Estos son los cuatro pilares sobre los que se fundan la comunión y el testimonio en el seno de la primera comunidad de los creyentes. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Ecclesia in Medio Oriente, n. 5, 14 de septiembre de 2012)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • La Eucaristía realiza la unidad de los verdaderos creyentes

La Iglesia es “comunión de los santos”: esta expresión designa primeramente las “cosas santas” (sancta), y ante todo la Eucaristía, “que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo”. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 960)

Santo Tomás de Aquino

  • Quién recibe este Sacramento está unido a Cristo e incorporado a sus miembros

En este sacramento, como en los otros, lo que es sacramento es signo de lo que es la cosa producida por el sacramento. Ahora bien, la cosa producida por este sacramento es doble, como se ha dicho ya. Una, significada y contenida en el sacramento, y que es el mismo Cristo. Otra, significada y no contenida, y que es el cuerpo místico de Cristo: la sociedad de los santos. Por tanto, quienquiera que recibe este sacramento, por el mero hecho de hacerlo, significa que está unido a Cristo e incorporado a sus miembros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 80, a. 4)

  • La fe eucarística hace que los hijos de la Iglesia se unan mutuamente

Este sacramento tiene un triple significado. Uno, con respecto al pasado, en cuanto que es conmemoración de la pasión del Señor, que fue un verdadero sacrificio, como se ha dicho ya. En este sentido se le llama sacrificio. El segundo, con respecto al presente, y es la unidad eclesial, en la que los hombres quedan congregados por este sacramento. Y, en este sentido, se le denomina communio o synaxis. Y así, dice San Juan Damasceno en el IV libro que se la llama comunión porque por ella comulgamos con Cristo, por ella participamos de su carne y de su divinidad, y por ella comulgamos y nos unimos mutuamente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 73, a. 4)

San Agustín de Hipona

  • La Eucaristía une a los fieles

Recibid, pues, y comed el cuerpo de Cristo, transformados ya vosotros mismos en miembros de Cristo en el cuerpo de Cristo; recibid y bebed la sangre de Cristo. Para no desintegraros, comed el vínculo que os une; no os estiméis en poco, bebed vuestro precio. […] Si tenéis vida en él, seréis una sola carne con él. En efecto, este sacramento no recomienda el cuerpo de Cristo en forma que os separe de él. […] Comenzáis, pues, a recibir lo que ya habéis empezado a ser si no lo recibís indignamente para no comer y beber vuestra condenación. […] Lo recibís dignamente si os guardáis del fermento de la doctrina falsa, de forma que seáis panes ácimos de sinceridad y de verdad. (San Agustín de Hipona. Sermón 228 B, Los Sacramentos Pascuales, n. 3-5)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

  • Sacramento instituido con la finalidad de mantener una unidad sin escisiones

Quiso también que fuera prenda de nuestra futura gloria y perpetua felicidad, y juntamente símbolo de aquel solo cuerpo, del que es Él mismo la cabeza (cf. 1 Cor 11, 3; Ef 5, 23) y con el que quiso que nosotros estuviéramos, como miembros, unidos por la más estrecha conexión de la fe, la esperanza y la caridad, a fin de que todos dijéramos una misma cosa y no hubiera entre nosotros escisiones (cf. 1 Cor 1, 10). (Denzinger-Hünermann 1638. Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre el Sacramento de la Eucaristía, 11 de octubre de 1551)

Catecismo Romano

  • Unidad sacramental que corresponde a la unidad del cuerpo místico

Aunque sean dos los elementos —el pan y el vino— que constituyen integralmente el sacramento de la Eucaristía, no por ello debe deducirse que son dos sacramentos. Es uno solo, como enseña la autoridad de la Iglesia. […] Esta unidad del sacramento corresponde plenamente al efecto que produce: la gracia, que une a todos los fieles en el único cuerpo místico de Cristo. (Catecismo Romano, II, III, IV, B)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

  • La unión de las comunidades se logra mediante la fe y la caridad

La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la Iglesia, ya que ella es “en Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”. Enseña así al mundo que la genuina unión social exterior procede de la unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la caridad, que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido con medios puramente humanos. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 42, 7 de diciembre de 1965)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • Lo que une a los miembros de la Iglesia es la profesión de la misma fe y la celebración común del culto divino

¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? “Por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Pero la unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:
la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles;
– la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos;
– la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 815)

Juan XXIII

  • Para haber perfecta unión de los fieles con Cristo es necesario añadir la profesión externa de la fe

Pero se advierte bien que para San León no puede haber perfecta unión de los fieles con Cristo cabeza y de los fieles entre sí, como miembros de un mismo organismo visible, si a los vínculos espirituales de las virtudes, del culto y de los sacramentos no se añade la profesión externa de la misma fe: “Gran sostén es la fe íntegra, la fe verdadera, a la cual nada puede ser añadido ni quitado por nadie, porque la fe, si no es única, no existe de hecho”. Porque a la unidad de la fe le es indispensable la unión de los maestros de la verdad divina. (Juan XXIII. Encíclica Aeterna Dei sapientia, 11 de noviembre de 1961)

Juan Pablo II

  • La plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad

El amor a la verdad es la dimensión más profunda de una auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos. […] La plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 36, 25 de mayo de 1995)

  • La unión misteriosa y visible no se puede conseguir sin la fe, sin la vida sacramental y sin la consiguiente coherencia de la vida moral

Unidad en la verdad: ésta es la misión confiada por Cristo a su Iglesia, por la que trabaja activamente, invocándola ante todo de Aquel que lo puede todo y que fue el primero en orar al Padre, ante la inminencia de su muerte y resurrección, para que los creyentes fuesen “uno” (Jn 17, 21). […] Resulta claro que esta unión misteriosa y visible no se puede conseguir sin la identidad de la fe, sin la participación de la vida sacramental, sin la consiguiente coherencia de la vida moral, y sin la continua y fervorosa oración personal y comunitaria. (Juan Pablo II. Presentación oficial y solemne del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 8, 7 de diciembre de 1992)

Pío XII

  • La armonía entre los fieles de Cristo está en las verdades reveladas

El único método exitoso será aquel que basa la armonía y el acuerdo entre los fieles de Cristo en todas las verdades que Dios ha revelado. (Pío XII. Encíclica Orientalis Ecclesiae, n. 1, 9 de abril de 1944)

Pío X

  • Es necesaria la unión en la verdad y en la moral

Porque, si se quiere llegar, y Nos lo deseamos con toda nuestra alma, a la mayor suma de bienestar posible para la sociedad y para cada uno de sus miembros por medio de la fraternidad, o, como también se dice, por medio de la solidaridad universal, es necesaria la unión de los espíritus en la verdad, la unión de las voluntades en la moral, la unión de los corazones en el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 22-23, 23 de agosto de 1910)

León XIII

  • La verdadera unión entre los cristianos es la constituida por la unidad de la fe y del régimen

La verdadera unión entre los cristianos es la que quiso e instituyó Jesucristo mismo, fundador de su Iglesia; esto es, la constituida por la unidad de la fe y la unidad del régimen. (León XIII. Encíclica Praeclara gratulationis, n. 8, 20 de junio de 1894)

Benedicto XVI

  • La comunión de los bautizados se manifiesta visiblemente en los vínculos de la profesión de la integridad de la fe

Es el Espíritu Santo, principio de unidad, quien constituye a la Iglesia como comunión. Él es el principio de la unidad de los fieles en la enseñanza de los Apóstoles, en la fracción del pan y en la oración. […] La comunión de los bautizados en la enseñanza de los Apóstoles y en la fracción del pan eucarístico se manifiesta visiblemente en los vínculos de la profesión de la integridad de la fe, de la celebración de todos los sacramentos instituidos por Cristo y del gobierno del Colegio de los obispos unidos a su cabeza, el Romano Pontífice. (Benedicto XVI. Constitución apostólica Anglicanorum coetibus, 4 de noviembre de 2009)

Pablo VI

  • La solicitud por los hermanos no debe traducirse en una atenuación de la verdad

La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 78, 8 de diciembre de 1975)


II – Las prácticas religiosas se ordenan rectamente y se dirigen a Dios. Por lo tanto, es imposible que en ellas se oculte mundanidad espiritual


Pío XII

  • Las prácticas religiosas nos arrancan de los atractivos del mundo y nos conducen a la santidad

Todos los métodos y ejercicios de piedad, no estrictamente litúrgicos, fijan la mirada del alma en los actos humanos únicamente para enderezarlos al Padre, que está en los cielos, para estimular saludablemente a los hombres a la penitencia y al temor de Dios, y arrancándolos de los atractivos del mundo y de los vicios, conducirlos felizmente por el arduo camino a la cumbre de la santidad, entonces son no sólo sumamente loables, sino hasta necesarios, porque descubren los peligros de la vida espiritual, nos espolean a la adquisición de las virtudes y aumentan el fervor con que debemos dedicarnos todos al servicio de Jesucristo. La genuina piedad, que el Angélico llama “devoción” y que es el acto principal de la virtud de la religión —con el cual los hombres se ordenan rectamente y se dirigen convenientemente hacia Dios, y gustosa y espontáneamente se consagran a cuanto se refiere al culto divino—, tiene necesidad de la meditación de las realidades sobrenaturales y de las prácticas de piedad, para alimentarse, estimularse y vigorizarse, y para animarnos a la perfección. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 45-46, 20 de noviembre de 1947)

  • Los ejercicios religiosos nos hacen adherir a Cristo Cabeza

La Iglesia, breve y claramente, llama a todos los ejercicios con que nuestra alma se purifica, especialmente durante la cuaresma, “ayudas de la milicia cristiana”; son, efectivamente, la acción de los miembros que, con el auxilio de la gracia, quieren adherirse a su Cabeza, para que “se nos manifieste —repetimos las palabras de San Agustín— en nuestra Cabeza la fuente misma de la gracia”. Pero hay que notar que estos miembros son vivos, dotados de razón y voluntad propia; por eso es necesario que ellos mismos, acercando sus labios a la fuente, tomen y asimilen el alimento vital y eliminen todo lo que pueda impedir su eficacia. Hay, pues, que afirmar que la obra de la redención, independiente por sí misma de nuestra voluntad, requiere el íntimo esfuerzo de nuestra alma para que podamos conseguir la eterna salvación. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 44, 20 de noviembre de 1947)

San Agustín de Hipona

  • Mediante las prácticas espirituales, nosotros recibimos la convocatoria de vivir según el alma

Desde Adán hasta Moisés el hombre vivió según el cuerpo, es decir, según la carne. Este hombre recibe la calificación de hombre exterior y de hombre viejo. Fue el destinatario de la Antigua Alianza, a fin de que, mediante las prácticas religiosas aunque todavía carnales, fuera un signo previo de las prácticas espirituales del futuro. En todo este lapso de tiempo en que se vivía según el cuerpo, reinó la muerte, en expresión del Apóstol, incluso entre los que no habían pecado. Y reinó a semejanza de la transgresión de Adán, como el mismo Apóstol dice. La expresión hasta Moisés hay que interpretarla como sigue: hasta la aparición de las obras de la Ley, es decir, hasta la observancia carnal de aquellos misterios que, en virtud de cierto secreto, mantuvieron atados de pies y manos incluso a aquellos que estaban sometidos a un único Dios. Pero desde la venida del Señor, cuando se realizó el paso de la circuncisión de la carne, a la circuncisión del corazón, apareció la convocatoria que nos intimaba a vivir según el alma, es decir, según el hombre interior, también llamado hombre nuevo, en virtud o en base a la regeneración y a la renovación de sus prácticas espirituales. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo VI, n. 2)

  • Los que renunciaron al mundo sólo de palabra sirven de ocasión para seducir a los sencillos y apartarlos de la salvación católica

Sé de un gran número que renunciaron al mundo sólo de palabra y consienten estar oprimidos de tantas y tan grandes solicitudes de este siglo y hasta gozan de tal agobio y opresión. Pero ¿por qué os causa extrañeza encontrar, entre tanta multitud de pueblos, quienes por su mala vida os sirven de ocasión para seducir a los sencillos y apartarlos de la salud católica, cuando dentro de vuestra reducidísima secta padecéis angustias de muerte si os exigimos la presentación de uno solo de vuestros elegidos que cumpla fielmente esos mismos preceptos de que tanto se jacta vuestra irracional superstición? (San Agustín de Hipona. De las costumbres de la Iglesia católica, L. I, cap. XXXIV, n. 75)

Santo Tomás de Aquino

  • Los actos de la religión son ordenados exclusivamente a Dios

Llamamos religioso, palabra derivada, según dice Cicerón, de reelección, a quien repasa y como que relee lo referente al culto divino. Así, pues, la palabra religión proviene, según parece, de releer lo concerniente al culto divino, por el hecho de que a estas materias hay que darles muchas vueltas en nuestro interior, según se nos manda en Pr 3,6: En todos tus caminos, piensa en El. Aunque también pudiéramos suponer que se llama así a la religión por nuestra obligación de reelegir a Dios, a quien por negligencia hemos perdido, como dice San Agustín en el X De Civ. Dei. O puede asimismo pensarse que la palabra religión se deriva de religar, y de ahí la frase de San Agustín en el libro De vera relig.: La religión nos religa al Dios único y omnipotente. Ahora bien: sea que la religión se llame así por la repetida lectura, por la reelección de lo que por negligencia hemos perdido o por la religación, lo cierto es que propiamente importa orden a Dios. Pues a Él es a quien principalmente debemos ligarnos como a principio indeficiente, a Él debe tender sin cesar nuestra elección como a fin último, perdido por negligencia al pecar, y Él es también a quien nosotros debemos recuperar creyendo y atestiguando nuestra fe. […] Es cosa manifiesta que poner por obra lo que pertenece al culto o servicio divino es el cometido propio de la religión, como consta por lo dicho (II-II, 81, 0). Luego también a ella le pertenece tener la voluntad pronta para ponerlo por obra, que es en lo que consiste el ser devoto. Y se pone de manifiesto así que la devoción es acto de la religión. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 81, a. 1; q. 82, a. 2)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

  • Las prácticas religiosas de las Iglesias particulares gozan de una dignidad especial

Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes y a las normas de la Iglesia, en particular si se hacen por mandato de la Sede Apostólica. Gozan también de una dignidad especial las prácticas religiosas de las Iglesias particulares que se celebran por mandato de los Obispos, a tenor de las costumbres o de los libros legítimamente aprobados. (Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium, n.13, 4 de diciembre 1963)


III – ¿Dónde se encuentra la verdadera liberación del hombre?


Pío XII

  • Muchos cristianos no advierten que son engañados por los que presentan el cristianismo como una servidumbre

Narra el sagrado Evangelio que, cuando Jesús fue crucificado, “las tinieblas invadieron toda la superficie de la tierra” (Mt 27, 45); símbolo luctuoso de lo que ha sucedido, y sigue sucediendo, cuando la incredulidad religiosa, ciega y demasiado orgullosa de sí misma, excluye a Cristo de la vida moderna, y especialmente de la pública y, junto con la fe en Cristo, debilita también la fe en Dios. De aquí se sigue que todas las normas y principios morales según los cuales eran juzgadas en otros tiempos las acciones de la vida privada y de la vida pública, hayan caído en desuso. […] Pero muchos, tal vez, al separarse de la doctrina de Cristo, no advertían que eran engañados por el falso espejismo de unas frases brillantes, que presentaban esta separación del cristianismo como liberación de una servidumbre impuesta; ni preveían las amargas consecuencias que se seguirían del cambio que venía a sustituir la verdad, que libera, con el error, que esclaviza; ni pensaban, finalmente, que, renunciando a la ley de Dios, infinitamente sabia y paterna, y a la amorosa, unificante y ennoblecedora doctrina de amor de Cristo, se entregaban al arbitrio de una prudencia humana lábil y pobre. […] No percibían que todo esfuerzo humano para sustituir la ley de Cristo por algo semejante está condenado al fracaso: “Se entontecieron en sus razonamientos” (Rom 1, 21). Así debilitada y perdida la fe en Dios y en el divino Redentor y apagada en las almas la luz que brota de los principios universales de moralidad, queda inmediatamente destruido el único e insustituible fundamento de estable tranquilidad en que se apoya el orden interno y externo de la vida privada y pública, que es el único que puede engendrar y salvaguardar la prosperidad de los Estados. (Pío XII. Encíclica Summi pontificatus, n. 23-25, 20 de octubre de 1939)

San Agustín de Hipona

  • El camino real y universal para la liberación del hombre es la gracia de Dios

Ésta es la religión que posee el camino para la liberación del alma; por ningún otro fuera de éste puede alcanzarla. Éste es, en cierto modo, el camino real, único que conduce al reino, que no ha de vacilar en la cima del tiempo, sino que permanecerá seguro con la firmeza de la eternidad. […] ¿Qué otro camino universal hay para librar al alma, sino aquel en que se liberan todas las almas, y por esto sin él no se libera ninguna? […] ¿Qué camino universal puede ser éste, sino el que se comunicó por Dios, no como algo particular para cada pueblo, sino común a todas las gentes? No duda un hombre dotado de brillante ingenio que exista ese camino, pues no cree que pudo la Divina Providencia dejar al género humano sin este camino universal de liberación del alma. […] He aquí, por tanto, el camino universal para la liberación del alma […] la gracia de Dios. […] Este camino purifica a todo hombre, y de todas las partes de que nos consta prepara al mortal para la inmortalidad. […] Fuera de este camino, que, en parte cuando se predecían estas cosas futuras, en parte cuando se anunciaban ya hechas, nunca faltó al género humano, nadie se liberó, nadie se libera, nadie se liberará. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. X, c. 32, n.1-2)

Pablo VI

  • La liberación que la Iglesia debe predicar es ante todo el reino de Dios

Muchos cristianos […] han sentido con frecuencia la tentación de reducir su misión a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus objetivos, a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad —olvidando toda preocupación espiritual y religiosa— a iniciativas de orden político o social. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significación más profunda. Su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos. No tendría autoridad para anunciar, de parte de Dios, la liberación. Por eso quisimos subrayar en la misma alocución de la apertura del Sínodo “[…] ante todo el reino de Dios, en su sentido plenamente teológico”. […] La Iglesia no admite el circunscribir su misión al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre; sino que reafirma la primacía de su vocación espiritual, rechaza la substitución del anuncio del reino por la proclamación de las liberaciones humanas, y proclama también que su contribución a la liberación no sería completa si descuidara anunciar la salvación en Jesucristo. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 32-34, 8 de diciembre de 1975)

  • La liberación del hombre es sobre todo del pecado y del maligno

Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El, de verlo, de entregarse a Él. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 9, 8 de diciembre de 1975)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • La liberación más radical es la del pecado y de la muerte

Esta verdad que viene de Dios tiene su centro en Jesucristo, Salvador del mundo. De Él, que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), la Iglesia recibe lo que ella ofrece a los hombres. Del misterio del Verbo encarnado y redentor del mundo, ella saca la verdad sobre el Padre y su amor por nosotros, así como la verdad sobre el hombre y su libertad. Cristo, por medio de su cruz y resurrección, ha realizado nuestra redención que es la liberación en su sentido más profundo, ya que ésta nos ha liberado del mal más radical, es decir, del pecado y del poder de la muerte. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, n. 3, 22 de marzo de 1986)

  • La auténtica liberación es ante todo de la bienaventuranza de los pobres de corazón

Las exigencias de la promoción humana y de una liberación auténtica, solamente se comprenden a partir de la tarea evangelizadora tomada en su integridad. Esta liberación tiene como pilares indispensables la verdad sobre Jesucristo el Salvador, la verdad sobre la Iglesia, la verdad sobre el hombre y sobre su dignidad. La Iglesia, que quiere ser en el mundo entero la Iglesia de los pobres, intenta servir a la noble lucha por la verdad y por la justicia, a la luz de las Bienaventuranzas, y ante todo de la bienaventuranza de los pobres de corazón. La Iglesia habla a cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, XI, n. 5, 6 de agosto de 1984)

Juan Pablo II

  • La verdad trae consigo el principio de la auténtica liberación del hombre

Como Pastores tenéis la viva conciencia de que vuestro deber principal es el de ser maestros de la verdad. No de una verdad humana y racional, sino de la Verdad que viene de Dios; que trae consigo el principio de la auténtica liberación del hombre: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32); esa verdad que es la única en ofrecer una base sólida para una “praxis” adecuada. (Juan Pablo II. Discurso en la inauguración de la III Conferencia general del episcopado latinoamericano, 28 de enero de 1979)

Concilio Vaticano I (XX Ecuménico)

  • El abandono y rechazo de la religión cristiana ha sumergido a muchos en el abismo del materialismo y ateísmo

Nace y se difunde a lo largo y ancho del mundo aquella doctrina del racionalismo o naturalismo ―radicalmente opuesta a la religión cristiana, ya que ésta es de origen sobrenatural, la cual no ahorra esfuerzos en lograr que Cristo, quien es nuestro único Señor y salvador, sea excluido de las mentes de las personas así como de la vida moral de las naciones y se establezca así el reino de lo que ellos llaman la simple razón o naturaleza. El abandono y rechazo de la religión cristiana, así como la negación de Dios y su Cristo, ha sumergido la mente de muchos en el abismo del panteísmo, materialismo y ateísmo, de modo que están luchando por la negación de la naturaleza racional misma, de toda norma sobre lo correcto y justo, y por la ruina de los fundamentos mismos de la sociedad humana. Con esta impiedad difundiéndose en toda dirección, ha sucedido infelizmente que muchos, incluso entre los hijos de la Iglesia católica, se han extraviado del camino de la piedad auténtica, y como la verdad se ha ido diluyendo gradualmente en ellos, su sentido católico ha sido debilitado. (Concilio Vaticano I. Constitución dogmática Dei Filius, 24 de abril de 1870)


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