14 – El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie eternamente

Hay verdades incómodas que quisiéramos olvidar… por comodidad. Aunque esto no nos convenga lo más mínimo, algunos, sin embargo, hacen todo lo posible, pensando que a fuerza de negar una verdad, ésta dejará de serlo.

Hace poco más de un mes leíamos en algunos noticiarios de dudosa religiosidad titulares como estos: “El Papa Francisco revisa la teología del infierno”[1]; “¿Existe el infierno eterno? Papa Francisco estaría abierto a revisar esta idea”[2]; “Papa Francisco revisa dogma del castigo eterno en el infierno”[3]. Para sustentar tesis tan irrisoria en artículos carentes de toda honestidad intelectual, se basaban en una afirmación realizada por el Papa Francisco en la misa con los cardenales recién creados en el último Consistorio.

Como son precisamente estas verdades las que los verdaderos pastores debemos predicar con mayor empeño si, de hecho, queremos trabajar por la salvación de las almas, conviene hacerse algunas preguntas ¿acaso podría el Papa cambiar una verdad revelada? La Iglesia quizá no pueda condenar eternamente pero ¿y Dios? ¿Debe dejarse de predicar el infierno?

Francisco

Cita ACita BCita CCita DCita ECita FCita G

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

Autores

Sagradas Escrituras

La condenación eterna en las palabras de Cristo

El Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes (Mt 13, 41-42).

Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41)

Sínodo de Constantinopla (543)

El castigo de los demonios y de los hombres impíos es eterno

Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anátema. (Dezinger-Hünermann, 411. Sínodo de Constantinopla, confirmado por el Papa Vigilio. Cánones contra Orígenes, del emperador Justiniano, 543)

Catecismo de la Iglesia Católica

Un fuego reservado a los que rehúsan creer y convertirse

Jesús habla con frecuencia de la “gehena” y del “fuego que nunca se apaga” (cf. Mt 5, 22.29; 13, 42.50; Mc 9, 43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que “enviará a sus ángeles […] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo” (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación: “¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!” (Mt 25, 41). (Catecismo de la Iglesia Católica, 1034) 

Los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos para siempre

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1035)

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

¿En qué consiste el infierno?

Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 212)

Catecismo Romano

El infierno: la verdad cristiana más molesta y desagradable

Existe, ante todo, una cárcel horrible y tenebrosa, donde yacen, atormentadas con fuego eterno, las almas de los condenados y los demonios. Este lugar es llamado en la Sagrada Escritura “gehenna”, “abismo” y propiamente “infierno” (Catecismo Romano, 1050)

Concilio Vaticano II

Al final del mundo saldrán los que obraron mal para la resurrección de condenación

Por eso procuramos agradar en todo al Señor (cf. 2 Co 5, 9) y nos revestimos de la armadura de Dios para permanecer firmes contra las asechanzas del demonio y resistir en el día malo (cf. Ef 6, 11-13). Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Hb 9, 27), merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt 25, 31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt 25, 41), a las tinieblas exteriores, donde “habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 22, 13 y 25, 30). Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer “ante el tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya hecho en su vida mortal” (2 Co 5, 10); y al fin del mundo “saldrán los que obraron el bien para la resurrección de vida; los que obraron el mal, para la resurrección de condenación” (Jn 5, 29; cf. Mt 25, 46). (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Lumen Gentium, 48)

Juan Pablo II

Infierno, lugar del rechazo definitivo de Dios

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. […] Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida. (Juan Pablo II. Audiencia General, 28 de julio de 1999)

Pío XI

Cristo tiene el poder de imponer suplicios a que nadie puede escapar

Que la potestad judicial le haya sido dada por su Padre, el mismo Jesús lo proclama ante los judíos que le echan en cara la violación del descanso del sábado por la maravillosa curación de un hombre enfermo: Porque tampoco el Padre juzga a nadie, sino que todo juicio lo dio al Hijo (Jn 5,22). Y en él se comprende, por ser cosa inseparable del juicio, el imponer por propio derecho premios y castigos a los hombres, aun mientras viven. Y hay, en fin, que atribuir a Cristo el poder que llaman ejecutivo, como quiera que a su imperio es menester que obedezcan todos, y ese poder justamente unido a la promulgación, contra los contumaces, de suplicios a que nadie puede escapar. (Dezinger-Hünermann, 3677. Pío XI. Carta Encíclica Quas Primas, 11 de diciembre de 1925)

Pío XII

La mayor desgracia para el cristiano es el pecado que le hace acreedor del castigo eterno

Una vez regenerada por las aguas del bautismo, [el alma] queda revestida de cándida blancura, pero con las malas acciones se separa del camino recto y se mancha de nuevo. Si la falta es grave, pierde la gracia de Dios y se hace acreedora del castigo eterno. ¿Y hay mayor desgracia que ésta? Lo capital para el cristiano es no ofender a Dios, no pecar, hacer que el alma viva siempre en gracia. (Pío XII. Carta a Monseñor José Clemente Maurer, 13 de agosto de 1954)

La Iglesia tiene el deber de enseñar la verdad sobre el infierno sin ninguna atenuación

La predicación de las primeras verdades de la fe y de los fines últimos no sólo no ha perdido su oportunidad en nuestros tiempos, sino que ha venido a ser más necesaria y urgente que nunca. Incluso la predicación sobre el infierno. Sin duda alguna hay que tratar ese asunto con dignidad y sabiduría. Pero, en cuanto a la sustancia misma de esa verdad, la Iglesia tiene ante Dios y ante los hombres el sagrado deber de anunciarla, de enseñarla sin ninguna atenuación, como Cristo la ha revelado, y no existe ninguna condición de tiempo que pueda hacer disminuir el rigor de esa obligación… Es verdad que el deseo del cielo es un motivo en sí mismo más perfecto que el temor de la pena eterna; pero de esto no se sigue que sea también para todos los hombres el motivo más eficaz para tenerlos lejos del pecado y convertirlos a Dios. (Pío XII, Discurso a los párrocos y predicadores cuaresmales, 23 de marzo de 1949)

Sínodo de Valence (855)

A los que no aceptan la verdad están reservadas ira e indignación eternas

Como enseña la doctrina del Apóstol: Vida eterna a aquellos que según la paciencia de la buena obra, buscan la gloria, el honor y la incorrupción; ira e indignación a los que son, empero, de espíritu de contienda y no aceptan la verdad, sino que creen la iniquidad; tribulación y angustia sobre toda alma de hombre que obra el mal (Rm 2, 7 ss). Y en el mismo sentido en otro lugar: En la revelación — dice — de nuestro Señor Jesucristo desde el cielo con los ángeles de su poder, en el fuego de llama que tomará venganza de los que no conocen a Dios ni obedecen al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, que sufrirán penas eternas para su ruina… cuando viniere a ser glorificado en sus santos y mostrarse admirable en todos los que creyeron (2 Th 1, 7-10). (Denzinger-Hünermann, 626. Sínodo de Valence. Contra Juan Escoto, Sobre la predestinación, 2)

Comisión Teológica Internacional

La Iglesia cree que existe un estado de condenación definitiva

La Iglesia cree que existe un estado de condenación definitiva para los que mueren cargados con pecado grave. Se debe evitar completamente entender el estado de purificación para el encuentro con Dios, de modo demasiado semejante con el de condenación, como si la diferencia entre ambos consistiera solamente en que uno sería eterno y el otro temporal; la purificación posmortal es “del todo diversa del castigo de los condenados”. (Comisión Teológica Internacional. Algunas Cuestiones Actuales de Escatología. Texto del documento aprobado in forma specifica por la Comisión Teológica Internacional en 1990, n. 8, 2)

Pelagio I

Los inicuos permanecen vasos de ira por justísimo juicio

Todos los hombres, en efecto, desde Adán hasta la consumación del tiempo, nacidos y muertos con el mismo Adán y su mujer, que no nacieron de otros padres, sino que el uno fue creado de la tierra y la otra de la costilla del varón (Gn 2,7; Gn 2,22), confieso que entonces han de resucitar y presentarse ante el tribunal de Cristo (Rm 14, 10), a fin de recibir cada uno lo propio de su cuerpo, según su comportamiento, ora bienes, ora males (2 Co 5, 10); y que a los justos, por su liberalísima gracia, como vasos que son de misericordia preparados para la gloria (Rm 9, 23), les dará los premios de la vida eterna, es decir, que vivirán sin fin en la compañía de los ángeles, sin miedo alguno a la caída suya; a los inicuos, empero, que por albedrío de su propia voluntad permanecen vasos de ira aptos para la ruina (Rm 9, 22), que o no conocieron el camino del Señor o, conocido, lo abandonaron cautivos de diversas prevaricaciones, los entregará por justísimo juicio a las penas del fuego eterno e inextinguible, para que ardan sin fin. (Dezinger-Hünermann, 443. Pelagio I. Carta Humani generis a Childeberto, 3 de febrero de 557)

 San Roberto Belarmino

Después de la muerte no hay lugar para el arrepentimiento

Y todo lector de historia, u observador de lo que sucede alrededor, no puede sino saber que la regla es que los hombres terminen una vida perversa con una muerte miserable, mientras que es una excepción que el pecador muera de manera feliz; y, por el otro lado, no sucede con frecuencia que aquellos que viven bien y santamente lleguen a un fin triste y miserable, sino que muchas personas buenas y piadosas entran, después de su muerte, en posesión de los gozos eternos. Son demasiado presuntuosas y necias aquellas personas que, en un asunto de tal importancia como la felicidad eterna o el tormento eterno, osan permanecer en un estado de pecado mortal incluso por un día, viendo que pueden ser sorprendidas por la muerte en cualquier momento, y que después de la muerte no hay lugar para el arrepentimiento, y que una vez en el infierno ya no hay redención. (San Roberto Belarmino. Comentario a las siete palabras de Jesús. Cap. VI, n. 26)

San Alfonso de Ligorio

Más almas van al infierno por la misericordia que por la justicia de Dios

Dices que el Señor es Dios de misericordia. Aquí se oculta el tercer engaño, comunísimo entre los pecadores, y por el cual no pocos se condenan. Escribe un sabio autor que más almas envía al infierno la misericordia que la justicia de Dios, porque los pecadores, confiando temerariamente en aquélla, no dejan de pecar, y se pierden. El Señor es Dios de misericordia, ¿quién lo niega? Y, sin embargo, ¡a cuántas almas manda Dios cada día a penas eternas! Es, en verdad, misericordioso, pero también es justo; y por ello se ve obligado a castigar a quien le ofende. Usa de misericordia con los que le temen (cf. Sl 102, 11-13). (San Alfonso de Ligorio. Preparación para la muerte. Parte III, consideración 23, n. 2)

Santo Tomás de Aquino

La condenación de los réprobos es una venganza de Dios

Cuando vendrá con flamas de fuego”. Quiere decir, a castigar a malos y premiar a buenos, pues trata de las dos retribuciones; mas en el castigo de los malos de estas llamas hará una demostración acerba, justa, inacabable. Dice pues: “a tomar venganza”, esto es, a condenar a los réprobos con llamas de fuego, que reducirá a cenizas la faz de la tierra, y envolverá a los condenados y los arrojará al infierno para siempre (Ps 96). […] Este castigo no tendrá fin, porque “sufrirán la pena de una eterna condenación […] de donde se dice que estarán siempre como muñéndose. “La muerte se cebará en ellos” (Ps 48,15); “su gusano no morirá jamás” (Is 66, 24) “y su fuego jamás se apagará”. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a los Tesalonicenses. Leción 2: 2 Tesalonisenses 1, 6-12)

San Francisco de Sales

Considerar la eternidad de las llamas basta para hacer intolerable el infierno

Los condenados están dentro del abismo infernal como en una ciudad infortunada, en la cual padecen tormentos indecibles, en todos sus sentidos y en todos sus miembros, pues, por haberlos empleado en pecar, han de padecer en ellos las penas debidas al pecado. […] Además de todos estos tormentos, todavía hay otro mayor, que es la privación y la pérdida de la gloria de Dios, que jamás podrán contemplar. […] ¡Oh Dios mío, qué pesar, el verse privado para siempre de la visión de tu dulce y suave rostro!
Considera, sobre todo, la eternidad de las llamas, que, por sí sola hace intolerable el infierno.
¡Ah!, si un mosquito en la oreja, si el calor de una ligera fiebre es causa de que nos parezca larga y pesada una noche corta, ¡cuán espantosa será la noche de la eternidad, en medio de tantos tormentos! De esta eternidad nace la desesperación eterna, las blasfemias y la rabia infinita. (San Francisco de Sales. Meditación 7, cap. 15)

Santa Catalina de Siena

Si el mal sacerdote no se enmienda sufrirá la condenación eterna y recibirá mayor reproche

[Nuestro Señor Jesucristo] ¡Oh queridísima hija! Yo te he puesto sobre el puente de la doctrina de mi verdad para que os sirviera a vosotros, peregrinos, y os administrara los sacramentos de la Santa Iglesia, mas él [un sacerdote] permanece en el río miserable debajo del puente y en el río de los placeres y miserias del mundo. Allí ejerce su ministerio, sin percatarse de que le llega la ola que le arrastra a la muerte y se va con los demonios, señores suyos, a los que ha servido y de los que se ha dejado guiar, sin recato alguno, por el camino del río. Si no se enmienda, llegará a la condenación eterna, con tan gran reprensión y reproche, que tu lengua no sería capaz de referirlo. Y él, por su oficio de sacerdote, mucho más que cualquier otro seglar. Por donde una misma culpa es más castigada en él que en otro que hubiera permanecido en el mundo. Y en el momento de la muerte, sus enemigos le acusarán más terriblemente, como te he dicho. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, n. 130)

San Ireneo de Lyon

Los que repudian la luz vivirán en las tinieblas eternas

Dios, que de antemano conoce todas las cosas, preparó para unos y para otros sendas moradas: con toda bondad otorga la luz de la incorrupción a aquellos que la buscan; en cambio aparta de sí a quienes la desprecian y rechazan, huyendo por su cuenta y cegándose. Para quienes repudian la luz y escapan de él, ha preparado las tinieblas correspondientes, a las que los entregará como justo castigo. Sujetarse a Dios es el descanso eterno. Por eso quienes huyen de la luz tendrán un puesto digno de su fuga, y quienes huyen del descanso eterno también tendrán la morada que merecen los desertores. En Dios todo es bien, y por eso quienes por propia decisión huyen de Dios, a sí mismos se defraudan y privan de sus bienes. Y por ello quienes a sí mismo se han defraudado en cuanto a los bienes de Dios, en consecuencia caerán en su justo juicio. Quienes se escapan del descanso, justamente vivirán en su castigo, y quienes huyeron de la luz vivirán en tinieblas. Así como sucede con la luz de este mundo: quienes se fugan de ella, por sí mismos se esclavizan a la obscuridad, de manera que es su propia culpa si quedan privados de la luz y deben habitar en las sombras de la noche. La luz no es la causa de ese modo de vivir, como antes dijimos. De igual modo, quienes evaden la luz eterna que contiene en sí todos los bienes, por su propia culpa vivirán en las tinieblas eternas, privados de todo bien, pues ellos mismos han construido su propio tipo de morada. (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes. Libro IV, cap. 39, n. 4)


Print Friendly, PDF & Email