83 – Comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Antes que el Obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para el que Señor me bendiga

“Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecunda” (Sal 104, 13). Esta simple realidad material presentada por el texto sagrado, de las lluvias que irrigan las montañas de las cuales manan las fuentes y ríos que irán fecundar la tierra, fue elegida por el Doctor Angélico para su lección inaugural en la Universidad de París. Con su habitual vuelo de águila, de ella Santo Tomás saca una importante ley del orden espiritual: “El Rey y Señor de los cielos, estableció desde la eternidad la siguiente norma: que sus dones llegasen a las criaturas inferiores a través de otras intermedias” (Principium Rigans montes, prólogo).

De hecho, Dios estableció en la creación una cascada de mediadores, y le gusta conceder sus gracias a través de ellos. Lo comprobamos en la propia Escritura, por ejemplo, en las innumerables veces en que Moisés intercede por el pueblo elegido, librándolo de castigos y hasta del exterminio, y alcanzándole el perdón divino; o en la insuperable oración sacerdotal de Jesús, cuando Él ruega al Padre por sus Apóstoles y por todos los que creerían a través de ellos. También en nuestro día a día esas mediaciones se hacen presentes, sea a través de los sacerdotes, instrumentos elegidos por Cristo para dispensar a los fieles los preciosos frutos de la Redención por medio de los sacramentos, o incluso de los padres que, en virtud del sacerdocio común recibido en el bautismo, bendicen a sus hijos.

Son estas algunas consideraciones que nos sobrevienen al recordar aquel 13 de marzo de 2013, cuándo la Iglesia universal, con el corazón puesto en la Ciudad Eterna, esperaba ansiosa la bendición de su nuevo Pastor Supremo. Al balcón sale el Obispo de Roma que, inclinado, desea recibir la bendición divina impetrada por el pueblo. ¿Qué pasó? ¿Puede la tierra irrigar las montañas? ¿Se habrá invertido la disposición de la Sabiduría Eterna? Veamos qué nos dice el Magisterio.

Francisco

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – El Papa y el pueblo: ¿quién debe impetrar la bendición divina para quién?
II – El Obispo de Roma: ¿uno inter pares o Pastor Universal?

I – El Papa y el pueblo: ¿quién debe impetrar la bendición divina para quién?

 Sagradas Escrituras

El mayor bendice al menor

Está fuera de discusión que el mayor bendice al menor. (Heb 7, 7)

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

En el ministerio de la bendición hay una jerarquía: en presencia de un ministro ordenado, los laicos deben cederles la presidencia

El ministerio de la bendición está unido a un peculiar ejercicio del sacerdocio de Cristo y, según el lugar y el oficio propio de cada cual en el pueblo de Dios, se ejerce del modo siguiente:
a) Compete al Obispo principalmente presidir aquellas celebraciones que atañen a toda la comunidad diocesana y se hacen con particular solemnidad y gran concurrencia del pueblo […].
b) Compete a los presbíteros, como requiere la naturaleza de su servicio al pueblo de Dios, presidir las bendiciones […]; por tanto, pueden celebrar todas las bendiciones contenidas en este libro, con tal que no esté presente un Obispo que las presida.
c) Compete a los diáconos, […] en calidad de ministros de la palabra, del altar y de la caridad, presidir algunas celebraciones, como se indica en su lugar correspondiente. Pero siempre que está presente algún sacerdote, es mejor que se le ceda a él la presidencia […].
d) [Los] laicos, hombres y mujeres, por la eficacia del sacerdocio común, del que se han hecho partícipes por el bautismo y la confirmación, ya sea en virtud de su propio cargo (como padres con respecto a sus hijos), ya sea en virtud de un ministerio extraordinario, ya sea porque desempeñan una función peculiar en la Iglesia, […] pueden celebrar algunas bendiciones, con el rito y las fórmulas previstos para ellos, según se indica en cada una de las bendiciones.
Pero en presencia del sacerdote o del diácono, deben cederles a ellos la presidencia. (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Bendicional, Orientaciones generales, n. 18. Comisión Episcopal de Liturgia. Bendicional, Ripollet (Barcelona), Coeditores Litúrgicos, 1986, p. 19-20)

Pío XII

La armonía del Cuerpo Místico está en la jerarquía de sus miembros

Así como en la naturaleza no basta cualquier aglomeración de miembros para constituir el cuerpo, sino que necesariamente ha de estar dotado de los que llaman órganos, esto es, de miembros que no ejercen la misma función, pero están dispuestos en un orden conveniente; así la Iglesia ha de llamarse Cuerpo, principalmente por razón de estar formada por una recta y bien proporcionada armonía y trabazón de sus partes, y provista de diversos miembros que convenientemente se corresponden los unos a los otros. […] Se ha de tener, eso sí, por cosa absolutamente cierta, que los que en este Cuerpo poseen la sagrada potestad, son los miembros primarios y principales, puesto que por medio de ellos, según el mandato mismo del Divino Redentor, se perpetúan los oficios de Cristo, doctor, rey y sacerdote. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis, n. 8, 29 de junio de 1943)

Pío X

La Iglesia es por su naturaleza una sociedad desigual

La Escritura nos enseña, y la tradición de los Padres nos confirma, que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, Cuerpo dirigido por pastores e doctores (Ef 4, 11), sociedad de hombres en la cual algunos presiden a otros con pleno y perfecto poder de gobernar, enseñar, juzgar (Mt 28, 18-20; 16, 18-19; 18, 17; Tt 2, 15; 2 Cor 10, 6; 13, 10, etc.). Resulta, por tanto, que la Iglesia, por su naturaleza es una sociedad desigual, que comprende una dupla orden: los pastores y la grey; aquellos que están colgados en los diferentes grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles. Estas dos órdenes son de tal manera desemejantes entre sí, que solamente en la Jerarquía reside el derecho y la autoridad para dirigir todos sus miembros al fin de la sociedad. (Pío X. Encíclica Vehementer Nos, 11 de febrero de 1906)

Concilio de Trento

Afirmar que los cristianos gozan de igual potestad espiritual es confundir la jerarquía eclesiástica

Si alguno afirma que todos los cristianos indistintamente son sacerdotes del Nuevo Testamento o que todos están dotados de potestad espiritual igual entre sí, ninguna otra cosa parece hacer sino confundir la jerarquía eclesiástica que es “como un ejército en orden de batalla” (Cant 6, 4), como si, contra la doctrina del bienaventurado Pablo, todos fueran apóstoles, todos profetas, todos evangelistas, todos pastores, todos doctores (cf. 1 Cor 12, 29; Ef 4, 11). (Denzinger-Hünermann 1767. Concilio de Trento, Doctrina y cánones sobre el sacramento del orden, c. 4, 15 de julio de 1563)

Pío XII

En el Cuerpo Místico no todos los miembros están capacitados para realizar las mismas acciones

La Iglesia es una sociedad, y por eso exige autoridad y jerarquía propias. Si bien todos los miembros del Cuerpo Místico participan de los mismos bienes y tienden a los mismos fines, no todos gozan del mismo poder ni están capacitados para realizar las mismas acciones. De hecho, el Divino Redentor ha establecido su reino sobre los fundamentos del orden sagrado, que es un reflejo de la jerarquía celestial. Sólo a los Apóstoles y a los que, después de ellos, han recibido de sus sucesores la imposición de las manos, se ha conferido la potestad sacerdotal, y en virtud de ella, así como representan ante el pueblo a ellos confiado la persona de Jesucristo, así también representan al pueblo ante Dios. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 53-54, 20 de noviembre de 1947)

Clemente I de Roma

Cada uno sólo complace a Dios conservándose en su propia orden, sin transgredir la regla del su ministerio

[El Señor] mandó que las ofrendas y ministerios se cumplieran no al acaso y sin orden ni concierto, sino en determinados tiempos y sazón. Y dónde y por quiénes quiere que se ejecuten, Él mismo lo determinó con su querer soberano, a fin de que, haciéndose todo santamente, sea acepto en beneplácito a su voluntad. […] Y en efecto, al sumo sacerdote le estaban encomendadas sus propias funciones; su propio lugar tenían señalado los sacerdotes ordinarios, y propios ministerios incumben a los levitas; el hombre laico, en fin, por preceptos laicos está ligado. Que cada uno de nosotros, hermanos, “cada uno en su propio orden” (1 Cor 15, 23), procure complacer [dé gracias] a Dios, conservándose en buena conciencia, sin transgredir la regla del propio ministerio. (Denzinger-Hünermann 101. Clemente I de Roma, Carta a los Corintios, hacia el 96)

Congregación para la Doctrina de la Fe

El sacramento del orden confiere a quien lo recibe poderes apostólicos específicos

Aunque todos los bautizados gocen de la misma dignidad ante Dios, en la comunidad cristiana que su divino Fundador quiso jerárquicamente estructurada, existen desde sus orígenes poderes apostólicos específicos, basados en el sacramento del Orden. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta Sacerdotium ministeriale, III, n. 2-3, 6 de agosto de 1983)

Concilio Vaticano II

Sólo a los ministros ordenados cabe desempeñar públicamente la función sacerdotal en favor de los hombres

El mismo Señor, para que los fieles se fundieran en un solo cuerpo, en que “no todos los miembros tienen la misma función” (Rom 12, 4), entre ellos constituyó a algunos ministros que, ostentando la potestad sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado del Orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñar públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres. Así, pues, enviados los apóstoles, como Él había sido enviado por el Padre, Cristo hizo partícipes de su consagración y de su misión, por medio de los mismos apóstoles, a los sucesores de éstos, los obispos, cuya función ministerial fue confiada a los presbíteros, en grado subordinado, con el fin de que, constituidos en el Orden del presbiterado, fueran cooperadores del Orden episcopal, para el puntual cumplimiento de la misión apostólica que Cristo les confió. (Concilio Vaticano II. Decreto Presbyterorum ordinis, n. 2, 7 de diciembre de 1965)

Pío XII

El sacramento del orden distingue al sacerdote de todos los demás cristianos…

Así como el bautismo distingue a los cristianos y los separa de los que no han sido purificados en las aguas regeneradoras ni son miembros de Jesucristo, así también el sacramento del orden distingue a los sacerdotes de todos los demás cristianos no dotados de este carisma, porque sólo ellos, por vocación sobrenatural, han sido introducidos en el augusto ministerio que los destina a los sagrados altares y los constituye en instrumentos divinos, por medio de los cuales se participa de la vida sobrenatural con el Cuerpo Místico de Jesucristo. Además, como ya hemos dicho, sólo ellos son los señalados con el carácter indeleble que los asemeja al sacerdocio de Cristo, y sólo sus manos son las consagradas “para que sea bendito todo lo que ellas bendigan, y todo lo que ellas consagren sea consagrado y santificado en nombre de nuestro Señor Jesucristo”. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 57, 20 de noviembre de 1947)

…y le torna apto a ejecutar los actos de religión con que santifica al hombre

El sacerdocio externo y visible de Jesucristo se transmite en la Iglesia, no de manera universal, genérica e indeterminada, sino que es conferido a los individuos elegidos, con la generación espiritual del orden, uno de los siete sacramentos, el cual confiere no sólo una gracia particular, propia de este estado y oficio, sino también un carácter indeleble que asemeja a los sagrados ministros a Jesucristo sacerdote, haciéndolos aptos para ejecutar aquellos legítimos actos de religión con que se santifican los hombres y Dios es glorificado, según las exigencias de la economía sobrenatural. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 56, 20 de noviembre de 1947)

Pío XI

Desde la cuna hasta el sepulcro el sacerdote está al lado de los fieles como distribuidor de la bendición divina

Además de este poder que ejerce sobre el cuerpo real de Cristo, el sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo místico. […] El cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta gracia, que es la vida sobrenatural del alma. […] Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el cielo, el sacerdote está al lado de los fieles, como guía, aliento, ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones. (Pío XI. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 15, 20 de diciembre de 1935)

El sacerdote es el mediador público y oficial entre Dios y la humanidad

El sacerdote, continuando también en este punto la misión de Cristo, el cual pasaba la noche entera orando a Dios y siempre está vivo para interceder por nosotros, como mediador público y oficial entre la humanidad y Dios, tiene el encargo y mandato de ofrecer a Él, en nombre de la Iglesia, no sólo el sacrificio propiamente dicho, sino también el sacrificio de alabanza por medio de la oración pública y oficial; con los salmos, preces y cánticos, tomados en gran parte de los libros inspirados, paga él a Dios diversas veces al día este debido tributo de adoración, y cumple este tan necesario oficio de interceder por la humanidad. […] El cristiano, por su parte, […] en cualquier accidente, en todos los peligros públicos y privados, acude con gran confianza a la oración del sacerdote. A ella piden remedios los desgraciados de toda especie; a ella se recurre para implorar el socorro divino en todas las vicisitudes de este mundanal destierro. Verdaderamente, el sacerdote está interpuesto entre Dios y el humano linaje: los beneficios que de allá nos vienen, él los trae, mientras lleva nuestras oraciones allá, apaciguando al Señor irritado. (Pío XI. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 23, 20 de diciembre de 1935)

II – El Obispo de Roma: ¿uno inter pares o Pastor Universal?

San Bernardo de Claraval

Al Sucesor de Pedro le fueron confiadas todas las ovejas del rebaño de Cristo, no las de una ciudad o país

¿Quién eres? El sumo sacerdote. El sumo pontífice. Tú eres el príncipe de los obispos, el heredero de los apóstoles. Abel por el primado, Noé por el gobierno, Abrahán en el patriarcado; en el orden, Melquisedec; en la dignidad, Aarón; en la autoridad, Moisés; por la jurisdicción, Samuel; por la potestad, Pedro; por la unción, Cristo. A ti te entregaron las llaves y se te encomendaron las ovejas. Es cierto que otros también pueden abrir las puertas del cielo y apacentar la grey; pero tú sólo heredaste estos dos poderes tan gloriosamente, por poseerlos de un modo excelso. A los demás se les ha asignado una porción del rebaño, a cada cual la suya; a ti sólo se te confiaron universalmente todas las ovejas que forman un único rebaño. Tú eres el único pastor de todos, de las ovejas y de los pastores. ¿Me preguntas cómo podría probártelo? Con las palabras del Señor. Porque a ningún obispo, ni siquiera a ningún apóstol, le fueron encomendadas las ovejas de manera tan absoluta y exclusiva. “Pedro, si me amas, apacienta mis ovejas”. ¿Cuáles? ¿Las gentes de esta ciudad, las de este país, las de este reino? “Mis ovejas”, dice. ¿Quién puede dudar que no le excluyó ninguna, sino que le asignó todas las ovejas? Nada se exceptúa cuando no se hace distinción alguna. (San Bernardo de Claraval. Tratado sobre la consideración al Papa Eugenio. L. II, c. 8, n. 15)

Congregación para la Doctrina de la Fe

El Obispo de Roma es Sucesor de Pedro en su servicio a la Iglesia universal

La Iglesia, ya desde los inicios y cada vez con mayor claridad, ha comprendido que, de la misma manera que existe la sucesión de los Apóstoles en el ministerio de los Obispos, así también el ministerio de la unidad, encomendado a Pedro, pertenece a la estructura perenne de la Iglesia de Cristo y que esta sucesión está fijada en la sede de su martirio. Basándose en el testimonio del Nuevo Testamento, la Iglesia católica enseña, como doctrina de fe, que el Obispo de Roma es Sucesor de Pedro en su servicio primacial en la Iglesia universal; esta sucesión explica la preeminencia de la Iglesia de Roma. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Consideraciones El Primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, n. 3-4, 31 de octubre de 1998)

Benedicto XVI

El vínculo entre romanum e petrinum requiere del Obispo de Roma una solicitud universal

En la humilde adhesión a Cristo, único Señor, podemos y debemos promover juntos la “ejemplaridad” de la Iglesia de Roma, que es servicio genuino a las Iglesias hermanas presentes en el mundo entero. En efecto, el vínculo indisoluble entre romanum y petrinum implica y requiere la participación de la Iglesia de Roma en la solicitud universal de su Obispo. […] Roma es una diócesis muy grande, y es una diócesis realmente especial, por la solicitud universal que el Señor ha encomendado a su Obispo. (Benedicto XVI. Discurso a los presbíteros y diáconos de la diócesis de Roma, 13 de mayo de 2005)

Juan Pablo II

La Sede Romana tiene una misión universal

El nuevo Obispo de Roma comienza hoy solemnemente su ministerio y la misión de Pedro. Efectivamente, en esta ciudad desplegó y cumplió Pedro la misión que le había confiado el Señor. […] Sí, hermanos e hijos, Roma es la Sede de Pedro. A lo largo de los siglos le han sucedido siempre en esta sede nuevos Obispos. Hoy, un nuevo Obispo sube a la Cátedra Romana de Pedro, un Obispo lleno de temblor, consciente de su indignidad. ¡Y, cómo no temblar ante la grandeza de tal llamada y ante la misión universal de esta Sede Romana! (Juan Pablo II. Homilía en el comienzo de su pontificado, n. 3, 22 de octubre de 1978)

Bonifacio I

Pedro no puede sentirse libre de responsabilidad por la Iglesia universal

Por disposición del Señor, es competencia del bienaventurado Apóstol Pedro la misión recibida de Aquél, de tener cuidado de la Iglesia Universal. Y en efecto, Pedro sabe, por testimonio del Evangelio (Mt 16, 18), que la Iglesia ha sido fundada sobre él. Y jamás su honor puede sentirse libre de responsabilidades por ser cosa cierta que el gobierno de aquélla está pendiente de sus decisiones. (Denzinger-Hünermann 234. Bonifacio I, Carta Manet beatum a Rufo y a los demás obispos de Macedonia, 11 de marzo de 422)

Juan Pablo II

El Obispo de Roma está más obligado que los otros a procurar el bien de la Iglesia universal

El Pastor Bueno, Nuestro Señor Jesucristo (cf. Jn 10, 11.14), confirió a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y de modo especial al Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, la misión de hacer discípulos en todos los pueblos y de predicar el Evangelio a toda criatura. […] Esto se refiere a cada uno de los obispos en su propia Iglesia particular; pero se refiere mucho más al Obispo de Roma, cuyo ministerio petrino está para procurar el bien y utilidad de la iglesia universal: En efecto, la iglesia romana preside “la asamblea universal de la caridad”, y por lo tanto está al servicio de la caridad. Precisamente de este principio surgieron aquellas antiguas palabras “siervo de los siervos de Dios”. (Juan Pablo II. Constitución apostólica Pastor Bonus, n. 1-2, 28 del junio 1998)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Al Obispo de Roma cabe una particular sollicitudo omnium Ecclesiarum por su plena y suprema potestad

Todos los Obispos son sujetos de la sollicitudo omnium Ecclesiarum en cuanto miembros del Colegio episcopal que sucede al Colegio de los Apóstoles. […] En el caso del Obispo de Roma —Vicario de Cristo según el modo propio de Pedro, como Cabeza del Colegio de los Obispos—, la sollicitudo omnium Ecclesiarum adquiere una fuerza particular porque va acompañada de la plena y suprema potestad en la Iglesia: una potestad verdaderamente episcopal, no sólo suprema, plena y universal, sino también inmediata, sobre todos, tanto pastores como los demás fieles. Por tanto, el ministerio del Sucesor de Pedro no es un servicio que llega a cada Iglesia particular desde fuera, sino que está inscrito en el corazón de cada Iglesia particular, en la que “está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Consideraciones El Primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, n. 6, 31 de octubre de 1998)

Clemente VI

Los Sucesores de Pedro tienen plena potestad sobre toda la Iglesia

Todos los Romanos Pontífices que, sucediendo al bienaventurado Pedro, canónicamente han entrado y canónicamente entrarán, al mismo bienaventurado Pedro, Pontífice Romano, han sucedido y sucederán en la misma plenitud de jurisdicción de potestad que el mismo bienaventurado Pedro, recibió del Señor Jesucristo sobre el todo y universal cuerpo de la Iglesia militante. (Denzinger-Hünermann 1053. Clemente VI, Carta Super quibusdam a Mekhitar, Católicos de los armenios, 29 de septiembre de 1351)

Pío XII

El gobierno de la Iglesia fue confiado al Príncipe de los Apóstoles

De una manera patente y ordinaria gobierna el Divino Redentor, por su Vicario en la tierra, a su Cuerpo Místico. Porque ya sabéis, Venerables Hermanos, que Cristo Nuestro Señor, después de haber gobernado por sí mismo durante su mortal peregrinación a su pequeña grey, cuando estaba para dejar este mundo y volver a su Padre, encomendó el régimen visible de la sociedad por Él fundada al Príncipe de los Apóstoles. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi, n. 17, 29 de junio de 1943)

Juan Pablo II

Al ministerio petrino están confiados las ovejas y los pastores

El ministerio de Pedro, como a “siervo de los siervos de Dios”, se ejerce respecto a la iglesia universal y respecto a los obispos de toda la Iglesia. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Pastor Bonus, n. 7, 28 de junio de 1988)


León Magno

Sólo a Pedro fue concedida la preeminencia sobre los demás apóstoles

La conexión de todo el cuerpo es lo que da origen a su salud y a su belleza; y esta misma conexión, si requiere la unanimidad, exige, sobre todo, la concordia de los sacerdotes. Estos tienen en común la dignidad sacerdotal, pero no el mismo grado de poder; porque también entre los Apóstoles hubo igualdad de honor, pero diferencia de poder, en cuanto que a todos fue común la gracia de la elección, pero a uno sólo le fue concedido el derecho de preeminencia sobre los demás. (León Magno. Epístola XIV, c. 11: PL 54, 676)

Juan XXII

Condena a la afirmación de que Pedro no tuvo más autoridad que los demás apóstoles

El bienaventurado apóstol Pedro no tuvo más autoridad que los demás apóstoles, y no fue cabeza de los otros apóstoles. Asimismo, Cristo no dejó cabeza alguna a la Iglesia ni hizo a nadie vicario suyo. […] Todos los sacerdotes, sea el Papa, o el arzobispo o un simple sacerdote, tienen por institución de Cristo la misma jurisdicción y autoridad […].
[Censura: Los artículos mencionados] Declaramos sentencialmente que son, como contrarios a la Sagrada Escritura y enemigos de la fe católica, heréticos o hereticales y erróneos. (Denzinger-Hünermann 942.944.946. Juan XXII, Constitución Licet iuxta doctrina, 23 de octubre de 1327)

León Magno

Pedro rige los que son especialmente regidos por Cristo

Del seno del mundo entero, Pedro sólo ha sido elegido para ser puesto a la cabeza de todas las naciones llamadas, de todos los apóstoles, de todos los Padres de la Iglesia; de tal suerte que, aunque haya en el pueblo de Dios muchos sacerdotes y muchos pastores, Pedro, sin embargo, rige propiamente a todos los que son principalmente regidos por Cristo. (León Magno. Sermón IV, c. 2: PL 54, 149-150)

Juan XXIII

Todos los obispos están sometidos al Romano Pontífice

Hay en la Iglesia católica unidad de régimen. Porque, así como los fieles cristianos están sujetos a los sacerdotes, y los sacerdotes a los Obispos, a quienes “el Espíritu Santo puso… para regir la Iglesia de Dios”, así también todos los sagrados Pastores y cada uno de ellos se hallan sometidos al Romano Pontífice, como a quien se le ha de reconocer por el sucesor de Pedro. A él, Cristo Nuestro Señor lo constituyó piedra fundamental de su Iglesia y a él sólo, peculiarmente, le concedió la potestad de atar y de desatar, sin restricción, sobre la tierra, de confirmar a sus hermanos y de apacentar el rebaño todo. (Juan XXIII. Encíclica Ad Petri Cathedram, 29 de junio del 1959)

Concilio Vaticano II

El Colegio de los Obispos sólo tiene autoridad en comunión con el Romano Pontífice

El Colegio o Cuerpo de los Obispos, por su parte, no tiene autoridad, a no ser que se considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles. Porque el Romano Pontífice tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena, suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente. (Concilio Vaticano II. Constitución Lumen gentium, n. 22, 21 de noviembre de 1964)


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