¿Rezar el rosario? ¿Sí, pero sin pasarse? Francisco y los ramilletes de oraciones

¡Qué alegría para una madre ver su hijito acercarse y ofrecerle una flor! La alegría, sin duda, sería más grande si el chiquillo le ofreciera no una rosa sino un hermoso ramo. ¿Qué decir si en un día muy especial todos sus hijos juntos adornasen la casa con más de 175 mil flores?

Así es el rosario, esta ofrenda que los católicos dedicamos todos los días a la Virgen María para alabarla y encomendar nuestras necesidades a su intercesión mientras meditamos la vida de Nuestro Señor Jesucristo bajo un prisma mariano. Además, cuando queremos a alguien y queremos que el cielo lo favorezca ponemos sus intenciones en numerosos rosarios y le ofrecemos una coronilla, como muestra de nuestro afecto en el Señor.

Cuando el Papa Francisco asumió el pontificado le llegaron, como es natural, mensajes de todo el orbe católico. Un grupo, atendiendo al constante pedido del Obispo de Roma de que se rece por él, le envió un tesoro espiritual de 3525 rosarios. Sin embargo, parece que no le gustó mucho… Cuando esta circunstancia llegó al conocimiento general provocó perplejidad… y no es para menos, pues el hecho de que se quite importancia a esta piadosa costumbre hace pensar. ¿Cuál es el grado de importancia que el Papa Francisco da a una oración que varias veces ha recomendado? ¿Ve en su asidua recitación un valioso auxilio en el plan sobrenatural, como lo demuestra la doctrina católica?

Sabemos los privilegios y sobre todo la eficacia vinculados a esta práctica desde hace siglos. La repetición del Ave María, parte primordial, hace profundizar en el alma de quien ora la comprensión de los misterios de la vida de Cristo. La Iglesia no ve en esa reiteración una costumbre pre-conciliar sino, muy al contrario, la considera una perenne y fervorosa manifestación de amor.

A los que afirman que rezar muchos rosarios es una exageración y que disminuir su frecuencia es lo más indicado, cabe recordar la frase de Lacordaire: “el amor sólo tiene una palabra y decirla siempre nunca es repetirla”. Continúa leyendo⇒

¿Dudar de Dios es el mejor camino para encontrarlo?

Ya los griegos filosofaban a respecto del deseo de conocer la verdad, inherente al corazón del hombre. “La duda es el principio del saber”, decían ellos; “el saber es la parte principal de la felicidad”, enseñaba la mayéutica socrática. Esta búsqueda de la verdad, de hecho, es una de las más vivas inquietudes del alma humana, pero no es la razón quien da el reposo y la felicidad al espíritu, como pensaban los griegos, y sí la gracia, que lleva al encuentro con Dios, la Verdad Suprema. Inmortales en este sentido son las palabras de San Agustín dirigidas al Señor, en sus Confesiones: “nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (L.I, c.1, n.1). Este reposo viene de la certeza entera de haber encontrado al Señor, ―“el camino la verdad y la vida”― y trae consigo la fuerza de la fe, que disipa cualquier duda, y el deseo generoso de llevar a todos hacia Él, en su Iglesia, depositaria de la verdad. No es otro el ejemplo de los grandes guías del pueblo, en las Sagradas Escrituras, y dudar después de haber encontrado el Señor es ofender a la verdad y serle infiel. Veamos el Magisterio →

La Sagrada Eucaristía, ¿factor de comunión con los herejes?

Pocas escenas son tan conmovedoras y nos hacen volver tanto a los tiempos de nuestra inocencia como la de un grupo de niños que hace su primera comunión. Pocos días antes, el sacramento de la penitencia, tomado a veces con más seriedad que muchos adultos, purificaba, si es que era necesario, sus almas y las dejaba blancas como en el día del bautismo para que Jesús las encontrase más semejantes a Él. Cuando han sido bien preparados, la llegada de ese día crea una enorme expectativa entre los pequeñuelos que trasparece en sus ojos atentos, en su sorprendente recogimiento y en las oraciones que formulan en el silencio de su inocente corazón.

Finalmente, los inocentes se presentan ante el altar para recibir en el más grande de los sacramentos a su Rey y Señor que viene a habitar sus almas e iniciar con ellos una profunda relación de amistad que, con la gracia, podrá extenderse por toda la vida y culminará en la eternidad.

Ese día que todos los católicos recordamos con verdadera emoción es acompañado por abundantes gracias del cielo marcando profundamente la presencia inefable del propio Dios por primera vez en nuestro interior.

¿Será posible interpretar esta incomparable manifestación de la misericordia de Dios con un extraño sentido, aparentemente lejano al que tiene de verdad, adulterando el concepto de la recepción del cuerpo y de la sangre del Señor? Estemos atentos para no olvidar ni desvirtuar el verdadero sentido de lo que pasó el día de nuestra primera comunión… y se repite todos los días que estamos preparados y lo deseamos. Veamos lo que nos recuerda el Magisterio →

Quietismo vs. Oración: ¿Debemos buscar a Dios o esperar que Él nos encuentre?

Todo cristiano sabe, sobretodo cuando pasa por momentos de duda y aflicción, donde y como encontrar a Dios a fin de obtener alivio para el alma. La oración, sea mental o vocal, es el lugar donde tenemos la seguridad de poder encontrar a Dios, puesto que Él mismo nos ha prometido que “donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). El Altísimo está siempre dispuesto a escucharnos y atender nuestras necesidades, a cualquier hora podemos colocar nuestro espíritu en contacto con Él, basta recogernos del bullicio y dirigirle una plegaria para que misteriosamente nos hable en el fondo del corazón y de la conciencia. A primera vista, esta concepción, que tan natural suena a nuestros oídos, parece chocar con la afirmación de que a Dios “jamás se sabe dónde y cómo encontrarlo” porque “no eres tú el que fija el tiempo ni el lugar para encontrarte con Él”. ¿Dios ha cambiado su manera de obrar ante nuestras súplicas? ¿Hay una nueva manera de encontrarnos con Dios? Conviene aclarar conceptos. Veamos lo que nos enseña el Magisterio →