Francisco, un Papa soñado hace 50 años

El 16 de noviembre de 1965, hace ya 50 años, un conjunto de 42 obispos que participaban en el Concilio Vaticano II se reunía en la Catacumba de Domitila –o mejor dicho, en la bella y suntuosa Basílica construida sobre este lugar–, en las afueras de Roma, para celebrar una Eucaristía y firmar un documento que sería conocido como el Pacto de las Catacumbas. Éste ha sido un verdadero símbolo y programa de todos aquellos que siempre buscaron “una Iglesia pobre para los pobres”. Uno de estos es sin duda el teólogo brasileño Leonardo Boff. En reciente artículo así recuerda tal documento y lo relaciona con el Papa Francisco:

Ahora con el Papa Francisco este pacto gana plena actualidad. Vale la pena recordar los compromisos asumidos por los obispos.

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“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos de episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

1) Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

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2) Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.

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3) No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.

4) Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.

5) Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

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6) En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).

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7) Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.

8) Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

9) Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

10) Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

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11) Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral ―dos tercios de la humanidad― nos comprometemos a:
-participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;

-pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.

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12) Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:
-nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;

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-buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;

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-procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;
-nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.

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13) Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles”.

¿No son estos los ideales presentados por el Papa Francisco?

Leonardo Boff. (Adital)

Boff termina sus palabras preguntándose si el ideario de Francisco no es el mismo del propuesto por el Pacto de la Catacumbas. Tal vez los adherentes de ese extraño pacto tuvieran por entonces esperanza de que sus ideales llegaran al maletín de algún ocupante de la Cátedra de Pedro en un futuro no muy lejano. Pasaron los años, y muchos no llegaron a ver ese momento… pues quizá era demasiado temprano para que su demagógico ideal pudiera ser propuesto desde esa sede, lugar que debe enseñar tan sólo la verdad.

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El obispo de los pobres, Pedro Casaldáliga, gran admirador de Fidel Castro

Aquellos padres tan evangélicos se proponían “vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción”. Uno se pregunta si más que un vivir del modo habitual de las gentes, más bien se referían a que toda la población viviera de modo más ordinario, lo que se colige de la promoción de toda y cualquier iniciativa de carácter comunistizante, para llegar quizá a ver esa misma población sumida en aquel estado que el entonces Cardenal Ratzinger llamó la “vergüenza del género humano”. También se proponían ellos a renunciar “para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata”. En este punto, se puede decir que llegaron un poco atrasados, pues en vez de constituirse en signo de contradicción como hicieran en su día un San Francisco de Asís o un Santo Domingo de Guzmán, no pasaban con esa iniciativa de acomodarse a los usos del mundo, un mundo cada vez más vulgarizado. Nuestro Señor Jesucristo dijo a sus apóstoles: “Vosotros no sois de este mundo” (Jn 5, 19), y por eso llama la atención que los pastores que eligieron en aquella época ese falso ideal de aparente pobreza, vieron a los fieles huir en estampida de sus templos, mientras que aquellos que no tienen miedo de mostrar su identidad católica con el esplendor que la tradición legó a las insignias propias del ministerio se ven premiados con la confianza de unos fieles que ven ellos verdaderos sacerdotes que no avergüenzan de su identidad.

Es curioso que muchos de estos pastores se propusieron no poseer “inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre”… en fin, para no extendernos mucho, parece que este fue un ideal no muy fácil de cumplir para todos. También rechazaban ellos “ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre”. ¡¡Que curioso!! El Papa del Pacto de las Catacumbas… que al inicio de su pontificado, hacía sus relevantísimas llamadas telefónicas y se identificaba como el Padre Jorge… qué rápido abandonó esta costumbre al darse cuenta de que esos presuntos “títulos de grandeza y poder”, cuando puestos de lado, causan estupor al pueblo fiel, que en su sencillez y sentimiento católico no acierta a comprender esas extrañas humillaciones que más bien parecen abandono de responsabilidades delante de Dios y de ellos. Aquí ya tratamos sobre este asunto.

También estos padres tan “ejemplares” se propusieron evitar “todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos” tal como “banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos”. Aquí concordará Leonardo Boff con nosotros –¡por increíble que pueda parecer!– pero en este punto no vemos que Francisco sea el Papa que realice en plenitud el Pacto de las Catacumbas. El Obispo de Roma no se sonroja de codearse con los grandes del mundo –un mundo tan corrupto– dándoles todo tipo de “privilegios, prioridades y preferencias”. De hecho, ¿quién ha sido hasta ahora más privilegiado para obtener audiencias privadas con Francisco, encuentros, o primeros lugares para el besamanos en las catequesis de los miércoles?

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Francisco con la modelo porno Wanda Nara

La respuesta salta a la vista: futbolistas multimillonarios –y generalmente despojados de valores morales, por más que Francisco los coloque como referentes para la juventud–, estrellas de rock, políticos populistas y cualquier otro persona de la farándula que quiera sacarse la foto de rigor. Éstos no han tenido nada difícil obtener prioridades a la hora de aproximarse del pontífice argentino. Y sobretodo, han tenido el privilegio de ser tratados con indisimulada simpatía, mientras que las pocas personas que testimonian su fe en situaciones verdaderamente heroicas y consiguen llegar hasta Francisco, tienen que pasar por el bochorno de un saludo frío y desangelado, como ocurrió para sorpresa de propios y extraños con el rápido saludo que fue concedido para la familia de Asia Bibi, condenada a muerte en Paquistán por el simple hecho de ser católica.

Eso sí, no muy lejos de esas fechas, no le faltaría tiempo para recibir en audiencia privada a todo equipo del Bayern de Munich, aunque digan las malas lenguas que esto, solamente previo pago de una generosa cantidad de euros.

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¿No será esto “incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón”, como reza el punto 7 del Pacto? Cada cual que juzgue por sí, pero tal vez a Leonardo Boff le produzca cierto rubor saber que del mismo modo es vendido el uso de lugares sagrados como la Capilla Sixtina para eventos puramente mundanos como un encuentro de Ferrari. ¿Y no andará en un mismo sentido el hecho de dar exclusivas como un personaje del corazón para periódicos y revistas como La Nación, Paris Match, La República, etc.? ¿El “olor de ovejas” no es para todos?

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Un punto en el que Francisco realmente parece encajarse en los postulados catacumbales es aquel que pretende “transformar las obras de ‘beneficencia’ en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes”. Ya estudiamos esto. Sí, cada vez más las cosas caminan en un sentido de hacer las obras de caridad de la Iglesia lacayas de un poder público que no esconde su laicismo y anticlericalismo. Pero esto no nos debe extrañar, Francisco cuando vea a un clerical, se vuelve anticlerical de golpe. Por eso, cuando los firmantes del Pacto decían que harían “todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad”, sin duda se habrían quedado contentísimos al ver que los mismos movimientos con los que simpatizaba el obispo brasileño Helder Cámara, hoy son invitados por el mismo Vaticano a Encuentros de Movimientos Populares donde se promueve un dudoso sentido de la justicia. Los lectores del Denzinger-Bergoglio ya saben a qué nos referimos (ver estudios).

El activista argentino Juan Grabois, invitado por el Vaticano al comité de organización del Encuentro Mundial de Movimientos Populares

El Pacto de las Catacumbas también se proponía “participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres”. Es una pena que estas inversiones sean usadas, según cada vez más voces denuncian, de modo tan poco evangélico como moneda de cambio y chantaje, para forzar cambios sustanciales en el dogma y en lo moral, sobretodo en lo que se refiere a los sacramentos de la Eucaristía y el Matrimonio, sea por el temor a perder fieles que aportan por esas razones, o como medida de presión a los episcopados de los países más pobres a no oponer resistencia en esos temas. En caso contrario… el grifo de la colegialidad, podrá ser cerrado sin ningún tipo de remordimiento, y la colegialidad dará lugar a los tiempos más oscuros de galicanismos, josefinismos, y otros tantos nacionalismos eclesiásticos… (Ver estudio)

Que cada cual, juzgue, si como dice Leonardo Boff, Francisco es la realización del Pacto de las Catacumbas. En sus primeros días de pontificado exclamó: ¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres! Y gracias a un teólogo que se dispuso a contestar esta idea de Iglesia (ver estudio) surgió un grupo de amigos sacerdotes que más tarde formarían el Denzinger-Bergoglio. Nos remangamos para explicar ésta y muchas más afirmaciones. ¿Qué conclusiones podemos sacar? ¿El Papa Francisco firmó este pacto? Dicen que sí, que lo habría hecho el pasado 16, conmemorativo de los 50 años. Real o no, lo que no podemos negar que se esfuerza bastante por modelar la Iglesia según el programa del Pacto de las Catacumbas. Veremos si lo consigue…