33 – “Cada uno tiene el derecho de seguir la religión que crea verdadera”

Últimamente es muy común oír afirmaciones a respecto del derecho a la libertad religiosa que mezclan conceptos y la confunden con la casi obligatoriedad de un pluralismo religioso que deje a todas las religiones, cristianas y no cristianas, en un nivel de paridad. Para algunos católicos esta tendencia suscita dudas, y en otros, una justa indignación. ¿Cómo es posible? Si Dios ha elegido una única Iglesia, ¿cualquier religión merece la misma consideración? ¿Es aceptable el culto de otras religiones diferentes a la que Él mismo fundó? Habiendo Cristo edificado su Iglesia con las características de unidad y santidad, ¿permitirá que su Esposa Mística sea desfigurada, pasando a los ojos del mundo como una adúltera, mezclándose promiscuamente con diferentes creencias y cultos, ajenos a los recibidos de su Esposo Místico? ¿Cuáles son los males y peligros a que un “sano pluralismo” puede exponer la Santa Iglesia? ¿Es lícito que un católico frecuente sinagogas y templos no católicos sin ofender su dignidad cristiana? De la confusión surgen estas y tantas otras preguntas que perturban a los que buscan honestamente la Verdad. Veamos que enseñan a este respecto los Padres de la Iglesia y los Papas anteriores

Francisco

Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

Autores

Sagradas Escrituras

Un Señor, una fe, un bautismo

Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados.  Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos. (Ef 4, 4-6)

No podemos entrar en comunión con Dios y con los demonios

Los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios; y no quiero que os unáis a los demonios. No podéis beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O vamos a provocar los celos del Señor? (1 Cor 10, 20-22)

No tengáis relaciones indebidas con los que no creen

No os unzáis en yugo desigual con los infieles: ¿qué tienen en común la justicia y la maldad?, ¿qué relación hay entre la luz y las tinieblas?, ¿qué concordia puede haber entre Cristo y Beliar?, ¿qué pueden compartir el fiel y el infiel?, ¿qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos? Pues nosotros somos templo del Dios vivo; así lo dijo él: Habitaré entre ellos y caminaré con ellos; seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Por eso, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor. No toquéis lo impuro, y yo os acogeré. Y seré para vosotros un padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor omnipotente. Teniendo, pues, estas promesas, queridos, purifiquémonos de toda impureza de la carne o del espíritu, para ir completando nuestra santificación en el temor de Dios. (2 Cor 6, 14-18; 7, 1)

Pío XI

Solo una religión puede ser verdadera: la revelada por Dios

En el decurso de los tiempos, esto es desde los orígenes del género humano hasta la venida y predicación de Jesucristo, [Dios] enseñó por Si mismo a los hombres los deberes que su naturaleza racional les impone para con su Creador. […] Por donde claramente se ve que ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado —y que haya hablado lo comprueba la historia—– es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente en la revelación de Dios, y a obedecer totalmente sus preceptos. Y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia. (Pío XI, Carta Encíclica Mortalium Animos, 6 de enero de 1928)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La única Iglesia elegida por Cristo es la Iglesia Católica

El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyo a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él. […] Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica – radicada en la sucesión apostólica – entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: Esta es la única Iglesia de Cristo […] que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24, 17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18ss.), y la erigió para siempre como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3, 15). (Congregación para la Doctrina de la Fe, Unicidad y unidad de la Iglesia, IV, 16)

San Cipriano de Cartago

Que nadie corrompa la pureza de la fe con prevaricaciones infieles

Puesto que el Santo Apóstol Pablo enseña esto mismo y declara el misterio de la unidad con estas palabras: Un solo cuerpo y un solo espíritu, una sola esperanza de vuestra vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios, debemos mantener y defender con toda energía esta unidad, mayormente los obispos, que estamos al frente de la Iglesia, a fin de probar que el mismo episcopado es uno y indivisible. Nadie engañe con mentiras a los hermanos, nadie corrompa la pureza de la fe con prevaricación infiel. […] La Iglesia del Señor esparce sus rayos, difundiendo la luz por todo el mundo; la luz que se expande por todas las partes es, sin embargo, una y no se divide la unidad de su masa. Extiende sus ramas con frondosidad por toda la tierra e influyen sus abundosos arroyos en todas direcciones; con todo, uno solo es el principio y la fuente y una sola la madre exuberante de fecundidad. (San Cipriano de Cartago, De unitate Eclesiae, II, 5)

Quien recoge en otra parte disipa la Iglesia de Cristo

La Iglesia de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia, y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo; es un extraño, es un profano, es un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene la Iglesia por Madre. Si pudo salvarse alguno fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviese fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Quien rompe la paz y concordia de Cristo, está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. (San Cipriano de Cartago, De unitate Eclesiae, II, 6)

Pío XI

Fomentar la unión entre los cristianos es difundir el pancristianismo

Pero donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. ¿Acaso no es justo —suele repetirse— y no es hasta conforme con el deber, que cuantos invocan el nombre de Cristo se abstengan de mutuas recriminaciones y se unan por fin un día con vínculos de mutua caridad? ¿Y quién se atreverá a decir que ama a Jesucristo, si no procura con todas sus fuerzas realizar los deseos que Él manifestó al rogar a su Padre que sus discípulos fuesen una sola cosa? (Jn 17, 21) y el mismo Jesucristo ¿por ventura no quiso que sus discípulos se distinguiesen y diferenciasen de los demás por este rasgo y señal de amor mutuo: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os améis unos a otros? (Jn 13, 35) ¡Ojalá – añaden – fuesen una sola cosa todos los cristianos! Mucho más podrían hacer para rechazar la peste de la impiedad, que, deslizándose y extendiéndose cada vez más, amenazan debilitar el Evangelio. Estos y otros argumentos parecidos divulgan y difunden los llamados pancristianos. (Pío XI, Carta Encíclica Mortalium Animos, 6 de enero de 1928)

Juan XXIII

O se está con Cristo y su Iglesia, o bien sin Él y deliberadamente contra su Iglesia

El gran problema planteado al mundo, desde hace casi dos mil años, subsiste inmutable. Cristo, radiante siempre en el centro de la historia y de la vida; los hombres, o están con Él y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin Él o contra Él, y deliberadamente contra su Iglesia: se tornan motivos de confusión, causando asperezas en las relaciones humanas, y persistentes peligros de guerras fratricidas. (Juan XXIII, Discurso Apertura del Concilio Vaticano II, 11 de octubre 1962)

Santo Tomás de Aquino

El que bebe el cáliz de los demonios se hace uno con ellos

Alega el primer motivo para que tengan cuidado de guardarse de comer de las ofrendas inmoladas a los ídolos: la Sagrada Comunión; donde, lo que va a decir lo sujeta a juicio de ellos; muestra, en segundo lugar, qué quiere decir eso de hacernos una cosa con Cristo por medio de la Comunión eucarística, y en tercero, prueba que así es, que efectivamente somos una sola cosa en su Cuerpo Místico. […] Es, pues, su razonamiento de este tenor: así como el que bebe el cáliz del Señor se hace uno con Él, de la misma manera el que bebe el cáliz de los demonios se hace uno con ellos. Pero si hay cosa que más deba huirse es la unidad con los demonios. (Comentario a la Primera Epístola a los Corintios, 36, lec.4)

San Justino Romano

Hay hombres que se reconocen cristianos, pero enseñan los preceptos del error

En efecto, hay hombres que se reconocen cristianos y confiesan por Señor y Cristo a Jesús, el que fue crucificado; pero, por otra parte, no enseñan sus preceptos, sino los de los espíritus del error (cf. 1 Tm 1, 4). […] Hay, pues, amigos, y los ha habido, muchos (cf. Mt 24, 5) que han enseñado a decir y hacer cosas impías y blasfemas, no obstante presentarse en nombre de Jesús (cf. Mt 24,5) […] Nosotros no tenemos nada en común con ellos, pues sabemos que son ateos, impíos, injustos e inicuos, y que, en lugar de dar culto a Jesús, sólo de nombre le confiesan. Se llaman a sí mismos cristianos, a la manera que los de las naciones atribuyen el nombre de Dios a obras de sus manos y toman parte en inicuas y ateas ceremonias. (San Justino de Roma. Dialogus cum Tryphone judaeo, n.35)

San Agustín

La fe debe ser abrazada libremente, pero el Señor castiga la perfidia

A nadie se debe obligar a abrazar la fe contra su voluntad; pero la severidad y aun la misericordia del Señor suele castigar la perfidia con el flagelo de la tribulación. Pues qué, si las óptimas costumbres son elección de la libre voluntad, ¿no se han de castigar las malas en plena legalidad? Pero la disciplina que castiga el mal vivir no tiene su momento más que cuando se posterga la doctrina precedente del vivir bien. Por consiguiente, si se han establecido leyes contra vosotros, no es para forzaros a obrar bien, sino para prohibiros obrar mal. El bien nadie puede hacerlo sin elegir, sin amar, lo que está al alcance de la buena voluntad; en cambio, el temor de las penas, aun sin el deleite de la buena conciencia, al menos refrena el mal deseo dentro de los muros del pensamiento. (San Agustín, Réplicas a las cartas de Petiliano, Libro Segundo, n. 184)

León XIII

Una depravación de la libertad: profesar la religión que se prefiera

En primer lugar examinemos, en relación con los particulares, esa libertad tan contraria a la virtud de la religión, la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. […] Y si se pregunta cuál es la religión que hay que seguir entre tantas religiones opuestas entre sí, la respuesta la dan al unísono la razón y naturaleza: la religión que Dios ha mandado, y que es fácilmente reconocible por medio de ciertas notas exteriores con las que la divina Providencia ha querido distinguirla, para evitar un error, que, en asunto de tanta trascendencia, implicaría desastrosas consecuencias. Por esto, conceder al hombre esta libertad de cultos de que estamos hablando equivale a concederle el derecho de desnaturalizar impunemente una obligación santísima y de ser infiel a ella, abandonando el bien para entregarse al mal. Esto, lo hemos dicho ya, no es libertad, es una depravación de la libertad y una esclavitud del alma entregada al pecado. (León XIII. Carta Encíclica Libertas Praestantissimum, sobre la libertad y el liberalismo, día 20 de junio de 1888)

Pío IX

La Verdad debe ser protegida y reprimida la propaganda del error

En efecto, os es perfectamente conocido, Venerables Hermanos, que hoy no faltan hombres que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar que el mejor orden de la sociedad pública y el progreso civil demandan imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin que tenga en cuenta la Religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera Religión y las falsas. Además, contradiciendo la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar […] que la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad, ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma. Ahora bien: al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que proclaman la libertad de la perdición, y que, si se permite siempre la plena manifestación de las opiniones humanas, nunca faltarán hombres que se atrevan a resistir a la Verdad, y a poner su confianza en la verbosidad de la sabiduría humana; vanidad en extremo perjudicial, y que la fe y la sabiduría cristiana deben evitar cuidadosamente, con arreglo, a la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo. (Pío IX. Carta Encíclica Quanta Cura, 8 de diciembre 1864)

La libertad de culto propaga el indiferentismo

[Errores relativos al liberalismo actual] Efectivamente, es falso que la libertad civil de cualquier culto, así como la plena potestad concedida a todos de manifestar abierta y públicamente cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y espíritu de los pueblos y a propagar la peste del indiferentismo. (Dezinger-Hünermann 2979. Beato Pio IX, Syllabus: Errores relativos al liberalismo actual,  8 de diciembre de 1864)

León XIII

Abrir los brazos a cualquier religión es arruinar a la católica

Abriendo los brazos a cualesquiera y de cualquier religión, consiguen persuadir de hecho el grande error de estos tiempos, a saber, el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos; conducta muy a propósito para arruinar toda religión, singularmente la católica, a la que, por ser la única verdadera, no sin suma injuria se la iguala con las demás. (León XIII, Carta Enciclica Humanum Genus, 20 de abril de 1884)

León Magno

Huid de los que enseñan los preceptos del error

Por lo tanto, queridos, de aquellos [herejes de] que estamos hablando huid como de veneno mortal, execradlos, desviaos de ellos y si, advertidos por vosotros, no quisieren corregirse, evitad conversar con ellos porque como está escrito, “la palabra de ellos es como la gangrena, que corroe” (2 Tm 2, 17). (San León Magno. Sermones in praecipuis totius anni festivitatibus ad romanum plebem habiti. Pars 2: Sermo XCVI – Sive tractatus contra heresim Eutychis; habitus Romae in Basilica Sanctae Anastasiae, cap. 3)

Juan XXIII

La paz y la concordia brotan de la verdad evangélica

De la consecución de esta verdad [que brota del Evangelio] plena, íntegra y sincera, debe necesariamente brotar la unión de las inteligencias, de los espíritus y de las acciones. En efecto, todas las discordias, desacuerdos y disensiones brotan de aquí, como de su primera fuente, a saber, de que la verdad o no se la conoce, o —lo que todavía es peor—, por muy examinada y averiguada que sea, se la impugna ya por las ventajas y provechos que con frecuencia se espera lograr de falsas opiniones, ya por la reprobable ceguedad, que impulsa a los hombres a excusar con facilidad e indulgencia excesiva sus vicios e injustas acciones. Es, pues, necesario que todos, tanto los ciudadanos privados como quienes tienen en sus manos el destino de los pueblos, amen sinceramente la verdad si quieren gozar de la concordia y de la paz, de la que solamente puede derivarse la verdadera prosperidad pública y privada. (Juan XXIII, Carta Encíclica Ad Petri Cathedram, n. 10-11)


Print Friendly, PDF & Email