16 – Los ateos también pueden hacer el bien

Hacer el bien y evitar el mal… sin duda una obligación para todos, pues nadie consigue apagar aquella voz que, en el fondo de cada corazón, recuerda constantemente esta obligación. Pero… ¿todos pueden hacerlo por igual, con la misma lucidez y análogos efectos? Tema complejo y lleno de matices, que no puede ser tratado a la ligera y conviene tener claro para no confundir realidades primordiales para nuestra salvación… La doctrina católica siempre nos ilumina en medio de la penumbra…

Francisco

Ateismo

Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

Autores

Juan Pablo II

La verdad es una exigencia necesaria para obrar el bien

En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. En esta dirección se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.
Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se la considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona,[…] sino que más bien se está orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal. (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, n.32)

La libertad (de hacer el bien y evitar el mal) depende fundamentalmente de la verdad

Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida.
Algunas tendencias de la teología moral actual, bajo el influjo de las corrientes subjetivistas e individualistas a que acabamos de aludir, interpretan de manera nueva la relación de la libertad con la ley moral, con la naturaleza humana y con la conciencia, y proponen criterios innovadores de valoración moral de los actos. Se trata de tendencias que, aun en su diversidad, coinciden en el hecho de debilitar o incluso negar la dependencia de la libertad con respecto a la verdad.
[…] la libertad depende fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido expresada de manera límpida y autorizada por las palabras de Cristo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, n. 34)

Benedicto XVI

Se debe practicar la caridad a la luz de la verdad

Soy consciente de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad […].De aquí la necesidad de unir no sólo la caridad con la verdad, en el sentido señalado por San Pablo de la «veritas in caritate» (Ef 4,15), sino también en el sentido, inverso y complementario, de «caritas in veritate». Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la «economía» de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad, iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad, mostrando su capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la vida social. (Encíclica Caritas in Veritate, n.2)

Sin la verdad, la caridad no es más que sentimentalismo

Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. (…) Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales. De este modo, en el mundo no habría un verdadero y propio lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. (Encíclica Caritas in Veritate, n. 3-4)

El mayor obstáculo para el desarrollo humano lo constituye el ateísmo

Sin Dios el hombre no sabe adonde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). […] La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. (Encíclica Caritas in Veritate, n. 78)

Catecismo de la Iglesia Católica

La razón dictamina al hombre lo que debe hacer y lo que debe evitar

Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa “a hacer […] el bien y a evitar el mal”(GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana. […] Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura en nosotros lo que el pecado había deteriorado. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1706.1708)

Lo que nos hace hijos de Dios es el bautismo que Él instituyo al derramar su sangre en la Cruz.

El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito “una nueva creatura” (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19). (Catecismo, 1265)

La filiación divina nos hace capaces de practicar el bien

El que cree en Cristo es hecho hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador, el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo. (Catecismo, 1709)

Somos hijos de Dios por la gracia

Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios (cf Jn 1, 12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8, 14-17), partícipes de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 3-4), de la vida eterna (cf Jn 17, 3)
La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia. (Catecismo, 1996-1997)

Sagradas Escrituras

La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra la sabiduría divina

Jesús le respondió: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5) 

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva (Rm 6, 4)

Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

Todos fueron redimidos pero no todos acceden a la redención

La sangre de Cristo “redime a todos” pero no todos acceden esta redención.
La expresión “por muchos”, mientras que se mantiene abierta a la inclusión de cada persona humana, refleja también el hecho que esta salvación no ocurre en una forma mecánica sin la participación o voluntad propia de cada persona; más bien, se invita al creyente a aceptar en la fe el don que se ofrece y a recibir la vida sobrenatural que se da a aquellos que participan en este misterio y a vivir así su vida para que sean contados entre los “por muchos”, a quienes se refiere el texto. (Carta del Cardenal Francis Arinze sobre la traducción del “pro multis”, del 17 de octubre de 2006)

Concilio de Trento

Sólo son justificados aquellos a quienes se comunica el mérito de la Pasión

Mas, aun cuando El murió por todos (2Co 5,15), no todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión. En efecto […], si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados [Can. 2 y 10], como quiera que, con ese renacer se les da, por el mérito de la pasión de Aquél, la gracia que los hace justos. (Denzinger-Hünermann 1523. Concilio de Trento, sesión sexta, cap. 3, 13 de enero de 1547: decretos sobre la justificación)

El hombre no puede merecer la vida eterna sin la gracia

Can. 2. Si alguno dijere que la gracia divina se da por medio de Cristo Jesús sólo a fin de que el hombre pueda más fácilmente vivir justamente y merecer la vida eterna, como si una y otra cosa las pudiera por medio del libre albedrío, sin la gracia, si bien con trabajo y dificultad, sea anatema. […] Can. 10. Si alguno dijere que los hombres se justifican, sin la justicia de Cristo, por la que nos mereció justificarnos, o que por ella misma formalmente son justos, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1552.1560. Concilio de Trento. Cánones sobre la justificación)

San Agustín

No hay bien alguno sin ayuda de la gracia de Dios

Ni puede el hombre querer bien alguno si no le ayuda aquel que no puede querer el mal, es decir, la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor. Porque todo lo que no procede de fe es pecado. Por eso la buena voluntad que se abstiene de pecar es fiel, porque el justo vive de la fe. Ahora bien, propio es de la fe creer en Cristo. Y nadie puede creer en Él si no le fuere dado. Nadie, por consiguiente, puede tener una voluntad justa si no recibe de arriba, sin méritos precedentes, la verdadera gracia, es decir, la gracia gratuita. (Réplica a las dos cartas de los Pelagianos, cap. III, n.7)

Sin la gracia el hombre puede llegar a hacer el mal con la apariencia de bien

Ni nos importe lo que escribió a los Filipenses: En cuanto a la justicia que pueda darse en la ley, era hombre sin tacha. Porque pudo existir interiormente en las pasiones desordenadas el transgresor de la ley, y, no obstante, cumplir las obras exteriores de la ley, bien por temor humano, bien por temor de Dios, pero con temor de la pena, no con amor y delectación de la justicia. Porque una cosa es hacer el bien con voluntad de hacer el bien y otra inclinarse con la voluntad de hacer el mal, de tal suerte que lo obraría si pudiera obrarlo impunemente. Y así, en realidad de verdad, peca interiormente en su voluntad el que deja de pecar no por falta de voluntad, sino por temor. (Réplica a las dos cartas de los Pelagianos, cap. IX, n.15)

II Sínodo de Orange, 529 (en la Galia)

El hombre obra el bien por la gracia de Dios

Can. 6. Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas y no consiente en que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: Qué tienes que no lo hayas recibido? (1Co 4,7); y Por la gracia de Dios soy lo que soy (1Co 15,10) Cf. S. AUG., De dono pers. 23, 64, y PROSP. DE AQUIT., Contra Coll 2, 6 [PL 45, 1032 Y 1804 resp.] (Denzinger-Hünermann 376. San Félix III, II Sínodo de Orange, 529)

Es herético afirmar conseguir la salvación sólo por fuerza de la naturaleza

Can. 7. Si alguno afirma que por la fuerza de la naturaleza se puede pensar, como conviene, o elegir algún bien que toca a la salud de la vida eterna, o consentir a la saludable, es decir, evangélica predicación, sin la iluminación o inspiración del Espíritu Santo, que da a todos suavidad en el consentir y creer a la verdad, es engañado de espíritu herético, por no entender la voz de Dios que dice en el Evangelio: Sin mí nada podéis hacer (Jn 15,5) y aquello del Apóstol: No que seamos capaces de pensar nada por nosotros como de nosotros, sino que nuestra suficiencia viene de Dios (2Co 3,5) Cf. S. AUGUST., De gratia Christi 25, 26 — 26, 27 [PL 44, 373 s]. (Denzinger-Hünermann 377. San Félix III, II Sínodo de Orange, 529)

Sin Dios no se hace nada bueno

Can. 20. «El hombre no puede nada bueno sin Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, empero, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre» Ibid. 312; S. AUGUST., Contra duas epist. Pelag. 2, 8, 21 [PL 145, 1886; 44 586] (Denzinger-Hünermann 390. San Félix III, II Sínodo de Orange, 529)

Concilio Vaticano II

Después del pecado la única solución es la gracia

El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados. La libertad del hombre, herida por el pecado, sólo puede hacer plenamente activa esta ordenación a Dios con la ayuda de la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su propia vida ante el tribunal de Dios, según haya obrado el bien o el mal. (Constitución pastoral Gaudium et Spes, 17)

El ateo sin su Creador desaparece

La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida. (Constitución pastoral Gaudium et Spes, 36)


Print Friendly, PDF & Email