156 – Amoris Laetitia versus Magisterio de la Iglesia

Uno de los puntos más polémicos de la ya comentadísima Amoris Laetitia es el que hace referencia a la llamada “ley de gradualidad”. Como no es novedad en Francisco, él atribuye este principio a otro, en este caso Juan Pablo II. Quien lo analiza en profundidad, sin embargo, puede sorprenderse y ser llevado a preguntarse sino es más bien un subterfugio para abolir la Ley de Dios en lo tocante a los mandamientos sexto y noveno del Decálogo, así como para subvertir las enseñanzas de Jesucristo sobre los sacramentos de la Eucaristía e del matrimonio. Entendamos de qué se trata y saquemos conclusiones…


PRIMERA PARTE

Juan Pablo II proponía la llamada “ley de gradualidad” con la conciencia de que el ser humano “conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento”

Francisco habla de una ley de gradualidad, que atribuye a Juan Pablo II (citada en las notas 323 y 324, remitiendo a la Exhortación apostólica Familiaris consortio, de 1981, números 34 y 9. (Estos trechos los vamos a analizar más adelante). Veamos:

al295. En esta línea, San Juan Pablo II proponía la llamada “ley de gradualidad” con la conciencia de que el ser humano “conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento” [323]. No es una “gradualidad de la ley”, sino una gradualidad en el ejercicio prudencial de los actos libres en sujetos que no están en condiciones sea de comprender, de valorar o de practicar plenamente las exigencias objetivas de la ley. Porque la ley es también don de Dios que indica el camino, don para todos sin excepción que se puede vivir con la fuerza de la gracia, aunque cada ser humano “avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y social [324].

Después de este fragmento, el título que sigue es:

alDiscernimiento de las situaciones llamadas “irregulares”

296. El Sínodo se ha referido a distintas situaciones de fragilidad o imperfección.

Continúa, después de una larga divagación ya estudiada en el Denzinger-Bergoglio [Nota DB: ver aquí], mencionando un caso:

al298. Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que “cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación [329]

Poniendo de lado el rematado absurdo de lo que llama “probada fidelidad” en relación al “segundo cónyuge” o a cualquier otra persona por parte de quien no está en el estado de gracia y, por lo tanto, privado del auxilio divino para mantener la fidelidad. Santo Tomás de Aquino explica claramente que nadie puede practicar establemente el bien sin la gracia divina: “Sin la gracia no hacen los hombres absolutamente ningún bien, porque necesitan de ella no sólo para que, bajo su dirección, sepan lo que deben obrar, sino también para que, con su ayuda, cumplan por amor lo que saben. En ambos estados, para observar los mandamientos, necesitan además el impulso motor de Dios, como ya queda dicho (a. 2. 3)” (Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 4); y también la posibilidad de “compromiso cristiano” de la persona que da un escándalo objetivo al vivir en un estado contrario a la fidelidad perfecta de Cristo a su Iglesia. Veamos como Francisco trata del caso.

En primer lugar, en el mismo número 298, él reconoce que:

alDebe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia.

Pero luego propone un recurso misterioso: el “discernimiento”:

alel discernimiento de los pastores siempre debe hacerse “distinguiendo adecuadamente”, con una mirada que “discierna bien las situaciones”. Sabemos que no existen “recetas sencillas”.

Después de otra divagación (talvez para despistar el lector), una vez más él vuelve a usar el término (en el número 300), después de la sorprendente declaración de que no se debe esperar “una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos”. La razón de esa declaración quedará clara más adelante:

al300. Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas, como las que mencionamos antes, puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo alientoa un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que “el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos”, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas.

Pero la verdad es que ya existen normas generales para la aplicación de los principios de la moral católica a los casos particulares. Tratase de documentos bien estudiados y de gran discernimiento, escritos por los órganos más autorizados de la Iglesia Católica: los dicasterios del Papa. Francisco no los ignora, porque incluso los cita, como veremos. Pero él utiliza partes de estos documentos que son ¡los trechos más provechosos para su aparente intención de, en nombre de “casos particulares” y de “discernimiento”, llegar a la negación de la ley moral!

Después de protestar de que “en la misma ley no hay gradualidad” y de que “este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia” él pasa a “Circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral”. Allí Francisco empieza a citar diversas fuentes que hablan sobre la disminución de la culpabilidad subjetiva en los actos concretos (como el Catecismo y Santo Tomás). Estas citas son tan interesantes que merecen otro estudio. Y allí dice claramente (en el número 301):

alUn sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender “los valores inherentes a la norma” [339] o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa. Como bien expresaron los Padres sinodales, “puede haber factores que limitan la capacidad de decisión” [340].

Esta citación es del mismo n. 33 de la Exhortación apostólica Familiaris consortio, que leeremos entero más adelante. También merece una entrada especial la cuestión del dilema moral, donde alguien puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa”. Pero por el momento seguiremos con un largo parloteo en busca del famoso “discernimiento”.

al[302] Por esta razón [las citas del Catecismo sobre la disminución de la culpa subjetiva que serán analizada en entrada aparte], un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada [345].

¡Esta cita es de una Declaración del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos sobre la “Admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar”! Pero, lástima…. una vez más citada muy selectivamente y fuera de contexto, como veremos más adelante.

Ahora viene la guinda:

al303. A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio.

Y continúa:

alCiertamente hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo.

Para los que imaginaban que el “discernimiento responsable y serio del pastor” ayudaría a “iluminar, formar e acompañar la consciencia” para querer practicar la Ley de Dios, queda claro… Tan sólo se trata de “reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general de Evangelio” sino también “reconocer aquello que, POR AHORA, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios” y “descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando EN MEDIO DE LA COMPEJIDAD CONCRETA DE LOS LÍMITES, AUNQUE TODAVÍA NO SEA PLENAMENTE EL IDEAL OBJETIVO”.

Luego viene una de esas frases esparcidas por el documento que prácticamente contradice lo que vino inmediatamente antes, pero sin ser claro, para no desenmascarar totalmente a su autor: “De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena”. No queda claro si estas “nuevas etapas de crecimiento” que “permitan realizar el ideal de manera más plena” pretender alcanzar la moral en su integridad, ni tampoco, en el caso de que sea así, a qué plazo. Y aún, si es posible parar en una etapa, digamos, intermedia.

Lo que es cierto es que:

al304. Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano.

Una vez más, el discernimiento implica que la “existencia concreta” huye de la “ley o norma general”. Pues, según dice en el mismo número 304:

al[304] Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma. Ello no sólo daría lugar a una casuística insoportable, sino que pondría en riesgo los valores que se deben preservar con especial cuidado.

Conclusión de toda este largo seudo-razonamiento: debemos mantener la ley en teoría sabiendo que hay una enormidad de situaciones concretas –y es el caso de preguntar qué situación humana no es concreta– que significan estados intermedios (entiéndase pecaminosos) donde se puede vivir muy bien, con la consciencia tranquila de que se está en algún punto en una línea cuyo punto final es la Ley de Dios…Y RECIBIR LOS SACRAMENTOS EN ESE ESTADO. En una palabra, la ley existe para un mundo ideal abstracto, pero no puede ser aplicada a nadie.

¿Los lectores juzgan de forma diferente a nuestra conclusión? Es suficiente leer lo que viene a continuación, en el numeral 305 (después de una citación de él mismo e otra citación-restricción de un documento sobre la Ley Natural):

alA causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado –que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno– se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia[351].

En la famosa nota 351 Francisco ejemplifica cual es la “ayuda de la Iglesia”: “EN CIERTOS CASOS, PODRÍA SER TAMBIÉN LA AYUDA DE LOS SACRAMENTOS”.

Sobre esto, que Francisco entienda que se debe dar el Santísimo Cuerpo de Cristo a adúlteros, para su mayor perdición, ya estuvo claro para cualquier buen entendedor desde hace mucho, al leer el número 298, en la parte donde hablaba de las imaginarias segundas uniones de compromiso cristiano y “probada fidelidad”. Allí él añade una nueva citación (incompleta, para variar) de Familiaris consortio:

al298. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que “cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, como, por ejemplo, la educación de los hijos no pueden cumplir la obligación de la separación” [329]

Sólo que en esta nota 329, él trunca la frase de Juan Pablo II. Leámosla completa para ver que dice realmente:

La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo, la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la separación, “asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos” (Juan Pablo II. Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, n. 7, 25 de octubre de 1980: AAS 72 [1980], 1082)

Qué curioso, ¿no? Francisco omite justo lo que Juan Pablo II dijo antes y después de lo que está citado. Y allí, Francisco completa la desdichada nota 329 con una referencia a un documento conciliar, Gaudium et spes. ¿Es necesario decir que aquí también él hace lo mismo?

Veamos lo que él dice:

al[nota 329] Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio n. 84: AAS 74 (1982), 186. En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir “como hermanos” que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad “puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole” (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51).

O sea, estas personas en “segunda unión” no deben vivir como la Iglesia (y Dios) manda, como “hermanos” o sea “no de more uxorio, con el pretexto de que: ‘puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole’ aludiendo ser esto lo que determina Gaudium et spes. Veamos lo que Gaudium et spes realmente dice en el número 51:

El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la fidelidad y quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la educación de los hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan quedan en peligro.
Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 51, 7 de diciembre de 1965)

Él está hablando, una vez más, de una familia sacramentalmente constituida (no de situaciones de concubinato) y les impone la Ley de Dios.

Además, nótese que Francisco cuidadosa y eufemísticamente evita explicar cuáles son las “expresiones de intimidad” que él quiere autorizar apuntando para el texto de Gaudium et spes. Pero Gaudium et spes es un documento claro: significa engendrar nuevos hijos. O sea, una vez más Francisco queda en evidencia, mostrando lo que parece un intento por abolir de forma subrepticia la santa Ley de Dios.


SEGUNDA PARTE

Leamos un importante numeral de la Exhortación apostólica Familiaris Consortio, de Juan Pablo II. No es necesario ofrecer muchas explicaciones porque el texto es claro, al contrario del documento de Francisco que acabamos de analizar. Todo indica que Juan Pablo II no quiso esconder nada ni dejar lugar a peligrosas ambigüedades…

La ley de gradualidad no se confunde con “gradualidad de la ley”

El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias más profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de su humanidad plena, con el amor delicado y vinculante con que Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su felicidad.
Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico, que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento.
También los esposos, en el ámbito de su vida moral, están llamados a un continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y activo de conocer cada vez mejor los valores que la ley divina tutela y promueve, y por la voluntad recta y generosa de encarnarlos en sus opciones concretas.
Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. “Por ello la llamada ‘ley de gradualidad’ o camino gradual no puede identificarse con la ‘gradualidad de la ley’, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad. [95] (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 34, 22 de noviembre de 1981)

No se pueden separar la pedagogia y la doctrina

Vamos a interrumpir la lectura del texto de Familiaris Consortio para fijarnos en esta citación 95, extraída de una homilía de Juan Pablo II en la clausura del V Sínodo de los Obispos, el 25 de octubre de 1980. La citación en sí misma es bastante clara, e incluso precedida por esta perla (¿será que era dirigida a algún antiguo provincial jesuita? Las negritas son nuestras):

[8] Los padres sinodales, dirigiéndose a los que ejercen el ministerio pastoral en favor de los esposos y de las familias, han rechazado toda separación o dicotomía entre la pedagogía, que propone un cierto progreso en la realización del plan de Dios, y la doctrina propuesta por la Iglesia con todas sus consecuencias, en las cuales está contenido el precepto de vivir según la misma doctrina. No se trata del deseo de observar la ley como un mero “ideal”, como se dice vulgarmente, que se podrá conseguir en el futuro, sino como un mandamiento de Cristo Señor a superar constantemente las dificultades. (Juan Pablo II. Homilía de clausura de la V Asamblea General del Sínodo de los Obispos, n. 8, 25 de octubre de 1980)

¡Ah! Si el Papa Juan Pablo II hubiese leído Amoris Laetitia… ¿qué diría? Familiaris Consortio sigue siendo un ejemplo y deja bien claro, por lo que fue dicho inmediatamente antes, que no hay “varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones”:

En la misma línea, es propio de la pedagogía de la Iglesia que los esposos reconozcan ante todo claramente la doctrina de la Humanae vitae como normativa para el ejercicio de su sexualidad y se comprometan sinceramente a poner las condiciones necesarias para observar tal norma. Esta pedagogía, como ha puesto de relieve el Sínodo, abarca toda la vida conyugal. Por esto la función de transmitir la vida debe estar integrada en la misión global de toda la vida cristiana, la cual sin la cruz no puede llegar a la resurrección. En semejante contexto se comprende cómo no se puede quitar de la vida familiar el sacrificio, es más, se debe aceptar de corazón, a fin de que el amor conyugal se haga más profundo y sea fuente de gozo íntimo.
Este camino exige reflexión, información, educación idónea de los sacerdotes, religiosos y laicos que están dedicados a la pastoral familiar; todos ellos podrán ayudar a los esposos en su itinerario humano y espiritual, que comporta la conciencia del pecado, el compromiso sincero a observar la ley moral y el ministerio de la reconciliación. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 34, 22 de noviembre de 1981)

Hagamos una interrupción más de la lectura de Familiaris Consortio, pero queremos subrayar solamente esto: el Papa Juan Pablo II apunta al “compromiso sincero a observar la ley moral” desde el comienzo del camino, y el sacramento de la reconciliación para mantenerse siempre en el estado de gracia. Y continúa:

El camino de los esposos será pues más fácil si, con estima de la doctrina de la Iglesia y con confianza en la gracia de Cristo, ayudados y acompañados por los pastores de almas y por la comunidad eclesial entera, saben descubrir y experimentar el valor de liberación y promoción del amor auténtico, que el Evangelio ofrece y el mandamiento del Señor propone. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 34, 22 de noviembre de 1981)

No existen estadios intermediarios entre el pecado y la gracia

Juan Pablo II invita a experimentar la liberación íntima siguiendo la doctrina de Cristo con la ayuda de su gracia. Es decir, la enseñanza de la Santa Iglesia durante dos milenios de que es necesario practicar la Ley de Dios y esto no es imposible a nadie cuando se apoya en la gracia. Gracia que Dios jamás deja de conceder.

Esto significa que Juan Pablo II no está hablando de estadios intermediarios entre el pecado y la gracia, donde sea posible parar. Muy al contrario, la gradualidad de que habla es un camino de ascensión dentro de la virtud para alcanzar mayor unión con Dios.

Esto queda bien claro desde el comienzo: él está hablando de familia en el sentido proprio del término: dos personas unidas por el sacramento y sus hijos legítimos. Y no “segundas uniones”, “matrimonios civiles” u otros eufemismos usados para atenuar el saludable efecto de la palabra “adulterio”.

La interpretación real de Familiaris Consortio no podía ser ignorada por Francisco, pues en 1997 (16 años después de la publicación de dicho documento) el Pontificio Consejo para la Familia emitió un Vademécum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal, que también menciona el mismo trecho de Familiares Consortio citado por Francisco sobre la “ley de gradualidad”, diciendo:

[9] La “ley de gradualidad” pastoral, que no se puede confundir con “la gradualidad de la ley” que pretende disminuir sus exigencias, implica una decisiva ruptura con el pecado y un camino progresivo hacia la total unión con la voluntad de Dios y con sus amables exigencias.(Pontificio Consejo para la Familia. Vademécum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal, n. 9, 12 de febrero de 1997)

La enseñanza no podía ser más clara: la “ley de gradualidad” se refiere a un “camino progresivo hacia la total unión con la voluntad de Dios” después de una “decisiva ruptura con el pecado”. ¿Se enteraría de ello el entonces obispo auxiliar de Buenos Aires?

Nunca es lícito comulgar en pecado mortal

Y ahora, ya que estamos analizando las fuentes originales de las recortadas “citas” de Francisco, veamos la Declaración del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos sobre la “Admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar” (del año 2000):

El Código de Derecho Canónico establece que:No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o de la declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave” (can. 915). En los últimos años algunos autores han sostenido, sobre la base de diversas argumentaciones, que este canon no sería aplicable a los fieles divorciados que se han vuelto a casar. Reconocen que la Exhortación Apostolica Familiaris consortio, de 1981, en su n. 84 había confirmado, en términos inequívocos, tal prohibición, y que ésta ha sido reafirmada de modo expreso en otras ocasiones, especialmente en 1992 por el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650, y en 1994 por la Carta Annus internationalis Familiae de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero, pese a todo ello, dichos autores ofrecen diversas interpretaciones del citado canon que concuerdan en excluir del mismo, en la práctica, la situación de los divorciados que se han vuelto a casar. Por ejemplo, puesto que el texto habla de “pecado grave”, serían necesarias todas las condiciones, incluidas las subjetivas, que se requieren para la existencia de un pecado mortal, por lo que el ministro de la Comunión no podría hacer ab externo un juicio de ese género; además, para que se hablase de perseverar “obstinadamente” en ese pecado, sería necesario descubrir en el fiel una actitud desafiante después de haber sido legítimamente amonestado por el Pastor. (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. Declaración sobre la Admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, 6 de julio de 2000)

Una vez más nos preguntamos, ¿este documento del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos no pensaba en el ya arzobispo Bergoglio cuando habla que algunos excluyen en la práctica la situación de los divorciados que se han vuelto a casar de la prohibición de recibir a la Sagrada Comunión alegando condiciones subjetivas?

El texto merece ser transcrito por entero:

Ante ese pretendido contraste entre la disciplina del Código de 1983 y las enseñanzas constantes de la Iglesia sobre la materia, este Consejo Pontificio, de acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe y con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, declara cuanto sigue:
1. La prohibición establecida en ese canon, por su propia naturaleza, deriva de la ley divina y trasciende el ámbito de las leyes eclesiásticas positivas: éstas no pueden introducir cambios legislativos que se opongan a la doctrina de la Iglesia. El texto de la Escritura en que se apoya siempre la tradición eclesial es éste de San Pablo: “Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz: pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11, 27-29).
Este texto concierne ante todo al mismo fiel y a su conciencia moral, lo cual se formula en el Código en el sucesivo can. 916. Pero el ser indigno porque se está en estado de pecado crea también un grave problema jurídico en la Iglesia: precisamente el término “indigno” está recogido en el canon del Código de los Cánones de las Iglesias Orientales que es paralelo al can. 915 latino: “Deben ser alejados de la recepción de la Divina Eucaristía los públicamente indignos” (can. 712). En efecto, recibir el cuerpo de Cristo siendo públicamente indigno constituye un daño objetivo a la comunión eclesial; es un comportamiento que atenta contra los derechos de la Iglesia y de todos los fieles a vivir en coherencia con las exigencias de esa comunión. En el caso concreto de la admisión a la sagrada Comunión de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, el escándalo, entendido como acción que mueve a los otros hacia el mal, atañe a un tiempo al sacramento de la Eucaristía y a la indisolubilidad del matrimonio. Tal escándalo sigue existiendo aún cuando ese comportamiento, desgraciadamente, ya no cause sorpresa: más aún, precisamente es ante la deformación de las conciencias cuando resulta más necesaria la acción de los Pastores, tan paciente como firme, en custodia de la santidad de los sacramentos, en defensa de la moralidad cristiana, y para la recta formación de los fieles.
2. Toda interpretación del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las palabras de la ley (cf. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.
La fórmula “y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave” es clara, y se debe entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las tres condiciones que deben darse son:
a) el pecado grave, entendido objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la imputabilidad subjetiva;
b) la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial;
c) el carácter manifiesto de la situación de pecado grave habitual. (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. Declaración sobre la Admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, 6 de julio de 2000)

¿Y qué pasa con todos los casos levantados por Francisco, complejos y que tanto arrancan nuestras lágrimas?

Estos casos siempre existieron a lo largo de la Historia de la Iglesia. No olvidemos que la naturaleza humana es la misma, y fue la Iglesia que la elevó de las situaciones más tristes a las alturas de la moralidad exigida por Dios, sea desde la degradación del imperio romano (denunciado tan bien por San Pablo en Romanos 1, 26-27, o por San Agustín a lo largo de su brillante Ciudad de Dios o por tantos otros santos) o de toda y cualquier situación donde Cristo no era el centro de la vida de los seres humanos, degradados en su naturaleza por el pecado original. Y la Iglesia, tierna Madre, siempre supo atenderlos, como lo demuestra el documento del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. Citando Familiaris Consortio, usando incluso el ejemplo tan conmovedor – mencionado también por Francisco (sólo que él lo utiliza para llegar a una conclusión opuesta…) – de los hijos nacidos en una segunda unión.

Sin embargo, no se encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones –como, por ejemplo, la educación de los hijos – “satisfacer la obligación de la separación, asumen el empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges” (Familiaris consortio, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven more uxorio es de por sí oculto, mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística remoto scandalo. (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. Declaración sobre la Admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, 6 de julio de 2000)

Por fin, el documento del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos termina con palabras de verdadero desvelo maternal, que expresan a la perfección lo que piensa la Iglesia y como actúa delante de este tipo de problemas:

Teniendo en cuenta la naturaleza de la antedicha norma (cf. n. 1), ninguna autoridad eclesiástica puede dispensar en caso alguno de esta obligación del ministro de la sagrada Comunión, ni dar directivas que la contradigan.
5. La Iglesia reafirma su solicitud materna por los fieles que se encuentran en esta situación o en otras análogas, que impiden su admisión a la mesa eucarística. Cuanto se ha expuesto en esta Declaración no está en contradicción con el gran deseo de favorecer la participación de esos hijos a la vida eclesial, que se puede ya expresar de muchas formas compatibles con su situación. Es más, el deber de reafirmar esa imposibilidad de admitir a la Eucaristía es condición de una verdadera pastoralidad, de una auténtica preocupación por el bien de estos fieles y de toda la Iglesia, porque señala las condiciones necesarias para la plenitud de aquella conversión a la cual todos están siempre invitados por el Señor, de manera especial durante este Año Santo del Gran Jubileo. (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. Declaración, 6 de julio de 2000)

Ojalá después de esta lectura algunas dudas hayan sido aclaradas…


TERCERA PARTE Y ENSEÑANZAS DEL MAGISTERIO

En vista de la confusión causada por la Exhortación apostólica Amoris Laetitia, y después de mostrar algunas de las lamentables incoherencias y deshonestidades del documento, el Denzinger-Bergoglio quiere recordar a sus lectores las enseñanzas que la Iglesia siempre ha dado para los casos de los “divorciados recasados” y los pecadores en general, que no por más frecuentes son novedad de nuestro tiempo.

No olvidemos que la Iglesia es Madre y como tal siempre ha acompañado a sus hijos aunque que se encuentren en situaciones que ponen en riesgo su eterna salvación. Pero nunca los ha engañado sobre su real situación de contradicción con la doctrina católica y siempre ha sabido indicar el camino de la salvación y proporcionar medios para el bien espiritual de los que aceptaran su ayuda.

Para muchos, uno de los mejores recuerdos de la infancia tal vez sea el desvelo de sus madres durante las enfermedades, durante las cuales no ahorraban energías para ver a sus hijos aliviados y, finalmente, curados. Muchas veces una medicina eficaz es amarga… pero cuando es administrada por una mano materna deja muy agradecido a quien la recibe si es verdaderamente un buen hijo.

Lo que ni siquiera se parece al amor es dejar de administrar la cura dolorosa. La verdadera madre sabe que tiene que hacerla, pero al mismo tiempo explica a su hijo los resultados que se seguirán a su aplicación.

Seamos fieles a la doctrina perenne del Magisterio y sepamos que Dios no abandona su Iglesia aunque soplen vientos contrarios.

Francisco

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Cita A

295. En esta línea, San Juan Pablo II proponía la llamada “ley de gradualidad” con la conciencia de que el ser humano “conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento” [323]. No es una “gradualidad de la ley”, sino una gradualidad en el ejercicio prudencial de los actos libres en sujetos que no están en condiciones sea de comprender, de valorar o de practicar plenamente las exigencias objetivas de la ley. Porque la ley es también don de Dios que indica el camino, don para todos sin excepción que se puede vivir con la fuerza de la gracia, aunque cada ser humano “avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y social [324].

Cita B

296. El Sínodo se ha referido a distintas situaciones de fragilidad o imperfección.

Cita C

298. Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que “cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación [329]

Cita D

298. Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia… el discernimiento de los pastores siempre debe hacerse “distinguiendo adecuadamente”, con una mirada que “discierna bien las situaciones”. Sabemos que no existen “recetas sencillas”.

Cita E

300. Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas, como las que mencionamos antes, puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo alientoa un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que “el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos”, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas.

Cita F

301. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender “los valores inherentes a la norma” [339] o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa. Como bien expresaron los Padres sinodales, “puede haber factores que limitan la capacidad de decisión” [340].

Cita G

302. Por esta razón [las citas del Catecismo sobre la disminución de la culpa subjetiva que serán analizada en entrada aparte], un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada [345].

Cita H

303. A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo.

Cita I

304. Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano. (…) Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma. Ello no sólo daría lugar a una casuística insoportable, sino que pondría en riesgo los valores que se deben preservar con especial cuidado.

Cita J

305. A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado –que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno– se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia[351].

Cita K

298. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que “cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, como, por ejemplo, la educación de los hijos no pueden cumplir la obligación de la separación” [329]

Cita L

 329. Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio n. 84: AAS 74 (1982), 186. En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir “como hermanos” que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad “puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole” (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51).

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – ¿Como ha considerado la Iglesia desde siempre la situación de los divorciados vueltos a casar? Por amor, nunca los engañó ni dejó de alertarlos sobre su estado irregular
II
– Consideraciones sobre el celo de la Iglesia por sus hijos en situaciones pecaminosas de las cuales es difícil salir
III – Dos mil años de la verdadera “ley de la gradualidad” o pastoral de los santos: trato sin durezas, pero tampoco condescendencias


I – ¿Como ha considerado la Iglesia desde siempre la situación de los divorciados vueltos a casar? Por amor, nunca los engañó ni dejó de alertarlos sobre su estado irregular

Catecismo de la Iglesia Católica
-El Catecismo declara claramente que Cristo condena el adulterio
-El Catecismo no esconde la inmoralidad del divorcio y su gravedad delante Dios
-La Iglesia ha dejado claro a los divorciados vueltos a casar que su situación contradice la ley de Dios

Congregación para la Doctrina de la Fe
-Los pastores tienen el grave deber de advertir a los divorciados que su situación choca abiertamente con la doctrina de la Iglesia

Pío VII
-Tan grave es el divorcio que incluso el juez que lo declara comete pecado mortal

Pío IX
-Pío IX recuerda las amonestaciones de San Juan Crisóstomo sobre el pecado de contraer nupcias prohibidas

León XIII
-Todos los pastores deben proclamar los avisos paternales del Papa contra el divorcio

Juan Pablo II
-La ayuda pastoral a los divorciados consiste en reconocer la doctrina de la Iglesia

Benedicto XVI
-El Sínodo de los Obispos confirma la praxis de la Iglesia, no admitiendo a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo

II – Consideraciones sobre el celo de la Iglesia por sus hijos en situaciones pecaminosas de las cuales es difícil salir

Juan Pablo II
-La Iglesia no queda indiferente ante este doloroso problema que afecta a tantos hijos suyos

Pío V
-Los misioneros hacían que los salvajes sintiesen el yugo suave y ligero de la doctrina católica

Juan Pablo II
-El misionero era un hombre que se preocupada con las debilidades del prójimo

San Alfonso de Ligorio
-La Santa Iglesia tanto quiere salvar a las almas que tiene hijas que se ofrecen en holocaustos por los pecadores

III – Dos mil años de la verdadera “ley de la gradualidad” o pastoral de los santos: trato sin durezas, pero tampoco condescendencias

San Alfonso de Ligorio
-En los caminos de Dios, no ir adelante es retroceder

Alonso Rodríguez, SJ
-Ayudará mucho para alcanzar la perfección no hacer faltas de propósito
-Para avanzar en la perfección no hay que parar en el camino de la virtud

Réginald Garrigou-Lagrange, OP
-La vida interior supone el estado de gracia y una lucha contra todo lo que pudiera hacernos caer en el pecado
-La “ley de gradualidad” de la vida interior: el hombre poco a poco se desprende del egoísmo, del amor propio, de la sensualidad y del orgullo

San Agustín de Hipona
-El real y único camino para la liberación del alma
-Los malos se hacen peores si resisten a la gracia

Santo Tomás de Aquino
-No consigue la gracia quien por su culpa se sujeta a la servidumbre del pecado

Sagradas Escrituras
-“Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes”

I – ¿Como ha considerado la Iglesia desde siempre la situación de los divorciados vueltos a casar? Por amor, nunca los engañó ni dejó de alertarlos sobre su estado irregular


Catecismo de la Iglesia Católica

  • El Catecismo declara claramente que Cristo condena el adulterio

El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cf. Mt 5, 27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio (cf. Mt 5, 32; 19, 6; Mc 10, 11; 1 Co 6, 9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría (cf. Os 2, 7; Jr 5, 7; 13, 27). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2380)

  • El Catecismo no esconde la inmoralidad del divorcio y su gravedad delante Dios

El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente:

“No es lícito al varón, una vez separado de su esposa, tomar otra; ni a una mujer repudiada por su marido, ser tomada por otro como esposa” (San Basilio Magno, Moralia, regula 73).

El divorcio adquiere también su carácter inmoral a causa del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social. (Catecismo de la Iglesia Católica n. 2384-2385)

  • La Iglesia ha dejado claro a los divorciados vueltos a casar que su situación contradice la ley de Dios

Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que a aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • Los pastores tienen el grave deber de advertir a los divorciados que su situación choca abiertamente con la doctrina de la Iglesia

El fiel que está conviviendo habitualmente “more uxorio” con una persona que no es la legítima esposa o el legítimo marido, no puede acceder a la Comunión eucarística. En el caso de que él lo juzgara posible, los pastores y los confesores, dada la gravedad de la materia y las exigencias del bien espiritual de la persona y del bien común de la Iglesia, tienen el grave deber de advertirle que dicho juicio de conciencia riñe abiertamente con la doctrina de la Iglesia. También tienen que recordar esta doctrina cuando enseñan a todos los fieles que les han sido encomendados. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, n. 6, 14 de septiembre de 1994)

Pío VII

  • Tan grave es el divorcio que incluso el juez que lo declara comete pecado mortal

Todo divorcio, entre cristianos todavía vivos, en cuanto supone la disolución del vínculo conyugal legítimamente contraído y confirmado, no es otra cosa que un grave atentado, si no contra el derecho natural (sobre lo cual disputan entre sí los escolásticos), sí, por lo menos, contra el derecho divino positivo escrito, como claramente enseña el Santo Concilio de Trento (sess. 24, Doctr. de Sacr. Matr.), y abundantemente demuestra Benedicto XIV en el De Synodo Dioec. lib. XIII, cap. 22, § 3 y siguientes. Por lo cual, todo proyecto de ley, que afirme y disponga ese atentado, es por su propia naturaleza, inválido y nulo, es más violencia que ley (D. Th. 12, q. 46, a. 4), más propiamente es una corrupción de la ley, puesto que trata sobre una cuestión puramente sagrada por institución divina y por esta razón superior, y como tal, fuera del ámbito de cualquier potestad terrena: lo cual, por añadidura, contradice manifiestamente a la ley divina, ante la que debe inclinarse y ceder toda potestad humana; por lo cual antes que nada sucede que abusan de una autoridad que no tienen, no menos el legislador de quien procede esta corrupción, que el juez, que la sirve y la aplica a los casos particulares, y lleva a cabo su cumplimiento: lo que es lo mismo que pecar mortalmente, el primero por usurpación de potestad, y el otro por usurpación de juicio: (Leonard. Lessius De Iust. et Iur. Duben. Lib. 2, cap. 29, p. 288). (Pío VII. De la Instrucción Catholica nunc, del Santo Oficio, a los Prefectos de las Misiones de Martinica y Guadalupe, 6 de julio de 1817)

Pío IX

  • Pío IX recuerda las amonestaciones de San Juan Crisóstomo sobre el pecado de contraer nupcias prohibidas

Por último, San Juan Crisóstomo enseña constantemente que el matrimonio es siempre indisoluble, cuando reprueba de plano, como contrarias a la ley evangélica, las leyes civiles que permiten el divorcio. Escribe así: “¿Pues qué le diremos a quién nos habrá de juzgar, cuando lea públicamente la ley inspirada diciendo: mandé no casarse con la mujer repudiada, declarando que eso es adulterio. Cómo, pues, te has atrevido a contraer nupcias prohibidas?” (Pío IX. Instrucción Difficile dictu, de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe, a los Obispos greco-rumanos, 1858)

León XIII

  • Todos los pastores deben proclamar los avisos paternales del Papa contra el divorcio

Su Ex. Rvma. conoce ya la Alocución de su Santidad N. S., en el Consistorio del día 16 del corriente; Alocución dirigida a preservar a Italia de las tristes consecuencias del divorcio, cuando llegare a permitirse por la ley. Tratándose de un tema en íntima conexión con el dogma católico y la disciplina eclesiástica, los Emmos. S. Cardenales Inquisidores Generales, mis colegas, han creído conveniente llamar la atención de los sagrados Pastores y de excitar su celo para que no haya diócesis de Italia donde las enseñanzas y avisos paternales de la Cabeza de la Iglesia no encuentren la debida correspondencia. Y ante todo, convendrá explicar al pueblo claramente, cómo Jesucristo, Hijo de Dios, Redentor del género humano, abolida la costumbre del repudio, ha vuelto a restaurar el matrimonio tal como al principio fue establecido por el Creador: que sea uno e indivisible. A esto alude el divino Maestro al enseñar: “Por tanto ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no divida lo que Dios ha unido”. Principio aplicado por San Pablo, al escribir a los Corintios, “La mujer está ligada a la Ley por todo el tiempo que viva el marido; si éste muere, está en libertad; cásese con quien ame, con tal que sea en el Señor”. (León XIII. Carta Alla S. V., del Santo Oficio sobre la propuesta de ley de divorcio a los Obispos de Italia, 24 de diciembre de 1901)

Juan Pablo II

  • La ayuda pastoral a los divorciados consiste en reconocer la doctrina de la Iglesia

El Sínodo de los obispos de 1980 sobre la familia tomó en consideración esta penosa situación e indicó las líneas pastorales oportunas para tales circunstancias. En la Exhortación apostólica Familiaris consortio, teniendo en cuenta las reflexiones de los padres sinodales, escribí: “La Iglesia, instituida para conducir a la salvación de los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede abandonar a sí mismos a quienes —unidos ya con el vínculo matrimonial sacramental— han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto, procurará infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación” (n. 84). En este ámbito claramente pastoral, como bien habéis especificado en la presentación de los trabajos de esta Asamblea plenaria, se enmarcan las reflexiones de vuestro encuentro, orientadas a ayudar a las familias a descubrir la grandeza de su vocación bautismal y a vivir las obras de piedad, caridad y penitencia. Pero la ayuda pastoral supone que se reconoce la doctrina de la Iglesia expresada claramente en el Catecismo: “La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina” (n. 1640). (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la XIII Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, n. 2, 24 de enero de 1997)

Benedicto XVI

  • El Sínodo de los Obispos confirma la praxis de la Iglesia, no admitiendo a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo

Puesto que la Eucaristía expresa el amor irreversible de Dios en Cristo por su Iglesia, se entiende por qué ella requiere, en relación con el sacramento del Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero amor. Por tanto, está más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran no pocos fieles que, después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo, una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera creciente incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados. El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10, 2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 29, 22 de febrero de 2007)


II – Consideraciones sobre el celo de la Iglesia por sus hijos en situaciones pecaminosas de las cuales es difícil salir


Juan Pablo II

  • La Iglesia no queda indiferente ante este doloroso problema que afecta a tantos hijos suyos

La Iglesia no puede permanecer indiferente ante este doloroso problema, que afecta a tantos hijos suyos. Ya en la Exhortación apostólica Familiaris consortio reconocía que, tratándose de una plaga que aflige cada vez con más amplitud también a los ambientes católicos, “el problema debe afrontarse con atención improrrogable” (n. 84). La Iglesia, Madre y Maestra, busca el bien y la felicidad de los hogares y, cuando por algún motivo estos se disgregan, sufre y trata de consolarlos, acompañando pastoralmente a estas personas, en plena fidelidad a las enseñanzas de Cristo. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la XIII Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, n. 1, 24 de enero de 1997)

Pío V

  • Los misioneros hacían que los salvajes sintiesen el yugo suave y ligero de la doctrina católica

Porque el motivo por el cual aquella parte del mundo fue concedida desde el inicio a vuestros mayores, fue para que los que aún no recibieron la fe de Cristo, en virtud del gobierno loable de aquellos que deben dirigirlos como también por los buenos ejemplos de los que deben llevarles la doctrina cristiana, sintiendo ser suave y ligero el yugo de Cristo y no siendo oprimidos por aquellos que deben cuidar de ellos y nutrirlos como si fuesen tiernas plantas en la viña del Señor, y aún encender y aumentar en ellos el amor por la Religión cristiana. Vuestra Majestad esté cierto de que, por la propagación de la religión, su reino también en aquellas regiones, por la bondad y favor divinos, será consolidado y aumentado, y preparará para sí, por los méritos obtenidos junto a aquellos pueblos y ante la religión, un premio no sólo en esta vida como también en la otra. (Pío V. Carta Cum oporteat nos al rey Felipe II, 17 de agosto de 1568)

Juan Pablo II

  • El misionero era un hombre que se preocupada con las debilidades del prójimo

Son lecciones de humanismo, de espiritualidad y de afán por dignificar al hombre, las que nos enseñan Antonio Montesinos, Córdoba, Bartolomé de las Casas, a quienes harán eco también en otras partes Juan de Zumárraga, Motolinia, Vasco de Quiroga, José de Anchieta, Toribio de Mogrovejo, Nóbrega y tantos otros. Son hombres en los que late la preocupación por el débil, por el indefenso, por el indígena, sujetos dignos de todo respeto como personas y como portadores de la imagen de Dios, destinados a una vocación transcendente. De ahí nacerá el primer Derecho Internacional con Francisco de Vitoria. (Juan Pablo II. Homilía en Plaza de la Independencia de Santo Domingo, n. 2, 25 de enero de 1979)

San Alfonso de Ligorio

  • La Santa Iglesia tanto quiere salvar a las almas que tiene hijas que se ofrecen en holocaustos por los pecadores

Muy especialmente pide esto Nuestro Señor Jesucristo a los sacerdotes y religiosos. Por esto la misma santa hablaba así a sus monjas: “Hermanas, Dios nos ha sacado del mundo no sólo para que trabajemos por nosotras, sino también para que aplaquemos la cólera de Dios en favor de los pecadores”. Otro día dijo el Señor a la misma santa carmelita: “A vosotras, esposas predilectas, os he confiado la ciudad de refugio, que es mí sagrada Pasión: encerraos en ella y ocupaos en socorrer a aquellos hijos que pereceny ofreced vuestra vida por ellos”. Por esto la santa, inflamada de caridad, cincuenta veces al día ofrecía a Dios la sangre del Redentor por los pecadores y tanto se consumía en las llamas de su devoción. (San Alfonso de Ligorio. El gran medio de la oración)


III – Dos mil años de la verdadera “ley de la gradualidad” o pastoral de los santos: trato sin durezas, pero tampoco condescendencias


San Alfonso de Ligorio

  • En los caminos de Dios, no ir adelante es retroceder

El que verdaderamente desea la perfección, va siempre adelante, sin darse punto de reposo, y si no se cansa, al cabo llegará. Por el contrario, quienes no alimentan este deseo volverán atrás y cada día serán más imperfectos. Dice San Agustín que, en los caminos de Dios, no ir adelante es retroceder. Quien no se esfuerza por seguir adelante en lo comenzado, presto verá que vuelve atrás, arrastrado por la corriente de la corrompida naturaleza. En gravísimo error están quienes sostienen que Dios no exige que todos seamos santos, ya que San Pablo afirma: Ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Dios quiere que todos seamos santos, y cada uno según su estado: el religioso como religioso, el seglar como seglar, el sacerdote como sacerdote, el casado como casado, el mercader como mercader, el soldado como soldado, y así de los demás estados y condiciones. (San Alfonso Ligorio. Practica del amor a Dios)

Alonso Rodríguez, SJ

  • Ayudará mucho para alcanzar la perfección no hacer faltas de propósito

Ayudarános también mucho para crecer en virtud y perfección que procuremos no hacer faltas de propósito. Dos maneras hay de faltas y culpas veniales: unas en que caen los temerosos de Dios por flaqueza o por ignorancia, o inadvertidamente, aunque con algún descuido y negligencia. Y éstas, experiencia tienen los siervos de Dios y que andan en verdad con Él, que no les causan amargura, sino humildad; ni hallan que por ellas les tuerce el Señor el rostro; antes experimentan un nuevo favor del Señor y nuevo espíritu con el recurso humilde que por ellas hacen a Dios. Otras faltas y culpas hay que hacen advertidamente de propósito las personas tibias y remisas en el servicio de Dios; y éstas impiden grandes bienes que recibiéramos si no las hiciéramos. Por éstas muchas veces nos tuerce el Señor el rostro en la oración y nos deja de hacer muchos favores. Y así, se queremos medrar, y que el Señor nos haga muchas mercedes, procuremos de no hacer faltas de propósito. (Alonso Rodríguez. Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, Parte I, Tratado primero, cap. XII)

  • Para avanzar en la perfección no hay que parar en el camino de la virtud

Otro medio pone San Basilio para alcanzar la perfección, y dice que es muy bueno para en breve tiempo aprovechar mucho, y es no hacer paradillas en el camino de la virtud. Hay algunos que a temporadas tienen unos acometimientos, y luego paran. Llevada adelante lo comenzado y no hagáis esas paradilla, porque en este camino de la vida espiritual más cansado os hallaréis haciéndolas que si no las hiciérades. (Alonso Rodríguez. Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, Parte I, Tratado primero, cap. XII)

Réginald Garrigou-Lagrange, OP

  • La vida interior supone el estado de gracia y una lucha contra todo lo que pudiera hacernos caer en el pecado

La vida interior, decíamos, supone el estado de gracia, que es el germen de la vida de la eternidad. Sin embargo el estado de gracia que existe en todos los niños después del bautismo, y en cualquier penitente que ha recibido la absolución de sus pecados, no basta para constituir lo que habitualmente llamamos la vida interior del cristiano. Es indispensable, además, la lucha contra todo lo que pudiera hacernos caer en el pecado, y una vigorosa tendencia del alma hacia Dios. Desde este punto de vista, y para mejor comprender lo que debe ser la vida interior, conviene compararla con la conversación íntima que cada uno de nosotros sostiene consigo mismo. Bajo la influencia de la gracia, si somos fieles a ella, esta íntima conversación tiende a elevarse, a transformarse y a convertirse en conversación con Dios. Es ésta una observación elemental; como todas las verdades más vitales y profundas son verdades elementales en las cuales se ha pensado durante mucho tiempo, se las ha vivido y han acabado por hacérsenos objeto de contemplación casi continua. Consideremos sucesivamente estas dos formas de conversación intima, humana la una y la otra cada vez más divina y sobrenatural. (Reginald Garrigou-Lagrange. Las tres edades de la vida interior, Tomo I, cap. 2)

  • La “ley de gradualidad” de la vida interior: el hombre poco a poco se desprende del egoísmo, del amor propio, de la sensualidad y del orgullo

Podemos definir la vida interior: es una vida sobrenatural que, por un verdadero espíritu de abnegación y de oración, hace que aspiremos a la unión con Dios y nos conduce a ella. Esa vida comprende una fase en la que domina la purificación; otra, de iluminación progresiva, en vista a la unión con Dios, como lo enseña toda la tradición, que ha distinguido así la vía purgativa o purificativa de los incipientes, la vía iluminativa de los adelantados y la vía unitiva de los perfectos. La vida interior pasa así a ser, cada vez más, una conversación con Dios, en la que poco a poco, el hombre se desprende del egoísmo, del amor propio, de la sensualidad, del orgullo; y en la que, por la frecuente oración, pide al Señor las gracias siempre renovadas de que se ve necesitado. (Réginald Garrigou-Lagrange. Las tres edades de la vida interior, Tomo I, cap. 2)

San Agustín de Hipona

  • El real y único camino para la liberación del alma

Ésta es la religión que posee el camino para la liberación del alma; por ningún otro fuera de éste puede alcanzarla. Éste es, en cierto modo, el camino real, único que conduce al reino, que no ha de vacilar en la cima del tiempo, sino que permanecerá seguro con la firmeza de la eternidad. […] ¿Qué otro camino universal hay para librar al alma, sino aquel en que se liberan todas las almas, y por esto sin él no se libera ninguna? […] ¿Qué camino universal puede ser éste, sino el que se comunicó por Dios, no como algo particular para cada pueblo, sino común a todas las gentes? No duda un hombre dotado de brillante ingenio que exista ese camino, pues no cree que pudo la Divina Providencia dejar al género humano sin este camino universal de liberación del alma. […] He aquí, por tanto, el camino universal para la liberación del alma […] la gracia de Dios. […] Este camino purifica a todo hombre, y de todas las partes de que nos consta prepara al mortal para la inmortalidad. […] Fuera de este camino, que, en parte cuando se predecían estas cosas futuras, en parte cuando se anunciaban ya hechas, nunca faltó al género humano, nadie se liberó, nadie se libera, nadie se liberará.(San Agustín de Hipona. La Ciudad de Dios, L. X, c. 32, n.1-2)

  • Los malos se hacen peores si resisten a la gracia

Alguien podrá decir: “Este divino favor, ¿por qué ha alcanzado también a los impíos e ingratos?” ¿Por qué ha de ser, sino porque lo brindó quien hace salir diariamente el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores? (cf. Mt 5, 45). Sí, habrá algunos que, cayendo en la cuenta de esto, se corrijan con dolor de su impiedad, y otros que, despreciando, como dice el Apóstol, las riquezas de bondad, y de tolerancia de Dios, con la dureza de su corazón impenitente están almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revele el justo juicio de Dios, que pagará a cada uno según sus obras (cf. Rom 2, 4-6). (San Agustín de Hipona. La Ciudad de Dios, L. I, c. VIII, n.1)

Santo Tomás de Aquino

  • No consigue la gracia quien por su culpa se sujeta a la servidumbre del pecado

Quien se sujeta a los sacramentos de Cristo consigue la gracia por la propia virtud de ellos, para no estar bajo la ley sino bajo la gracia, a no ser que por su culpa se sujete a la servidumbre del pecado. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Romanos, lec. 3, Rom 6, 11-18)

Sagradas Escrituras

  • “Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes”

La gracia que concede es todavía mayor; por eso dice: “Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes”. Por tanto, sed humildes ante Dios, pero resistid al diablo y huirá de vosotros. Acercad de Dios y él se acercará a vosotros. (Sant 4, 6-8)


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