147 – Amoris Laetitia… ¿Simpatiza Francisco con la herejía de Joviniano?

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Primera Parte

PRIMERA PARTE

amoris

“Igualar el matrimonio con la virginidad consagrada a Dios, es cosa no del cristiano, sino de Joviniano…” (Santo Tomás)


La Historia de la Iglesia demuestra que a lo largo de los siglos los herejes y heresiarcas infiltrados en su interior encararon la virginidad, el celibato y el matrimonio siguiendo un fenómeno pendular. Los agentes del error, rompiendo con el justo equilibrio proclamado por el Evangelio, la Tradición y el Magisterio; fluctuaron entre dos polos opuestos. De un lado, impulsados por su orgullo propiciaron un falso ascetismo llegando al absurdo de condenar el matrimonio; de otro, por su laxismo, rechazaron la vida religiosa, condenando furibundos el voto de castidad y el celibato.

Efectivamente, en el siglo I surgieron los “encratitas”, sectarios gnósticos, que consideraron el matrimonio como un estado gravemente pecaminoso.

JovinianusEn el siglo IV, el monje renegado Joviniano afirmó que “la virginidad no era superior que el matrimonio” y que la Virgen María dejó de ser virgen después del nacimiento de Jesús. Este heresiarca fue refutado de modo implacable por San Jerónimo, siendo sus escritos heréticos condenados posteriormente por el Papa San Siricio y San Ambrosio.

En los siglos XII-XIII, el péndulo vuelve hacia el falso ascetismo. La secta gnóstica, neo-maniquea de los cátaros o albigenses, rechaza los sacramentos y de modo particular el matrimonio. La generación era aborrecida de modo fanático por estos sectarios al grado de incluir en su rechazo a los animales.

luteroLlegando al siglo XV, Martín Lutero y todos los seguidores de la reforma protestante, como una consecuencia lógica de su rechazo hacia los votos religiosos, defendieron que el estado matrimonial es superior al celibato y la virginidad; tesis condenada por el Concilio de Trento (El Sacramento del Matrimonio, sesión XXIV, can. X).

En 1954 el Papa Pío XII se vio obligado a publicar la encíclica Sacra virginitas para rechazar este mismo error protestante infiltrado dentro de la Iglesia en sus numerales 8 y 23:

His_Holiness_Pope_Pius_XII“No faltan hoy quienes alejándose en esta materia del recto camino, exaltan de tal manera el matrimonio que lo anteponen a la virginidad. Ellos desprecian la castidad consagrada a Dios y el celibato eclesiástico. Por esto la conciencia de nuestro oficio apostólico nos mueve en el presente a proclamar y sostener, de un modo especial, la excelencia del don de la virginidad, para defender esta verdad católica de tales errores”.

Y el Papa más adelante agregó:

His_Holiness_Pope_Pius_XII“Es sobretodo por este motivo, según la enseñanza de la Iglesia que la santa virginidad es más excelente que el matrimonio. Ya el Divino Redentor la había hecho un consejo de vida más perfecto para sus discípulos (cf. Mt 19, 10-11); y el Apóstol San Pablo, al hablar del padre que da en matrimonio a su hija, dice: Hace bien; pero en seguida añade: Mas el que no la da en matrimonio obra mejor (1 Cor 7,38)”. (Pío XII, Sacra virginitas)

Estas sabias doctrinas proclamadas por el Papa Pío XII vinieron a la memoria de modo espontáneo al considerar el numeral 159 de la exhortación Amoris Laetitia. ¿Estamos ante nuevos errores doctrinales? ¿Otros, de los tantos ya apuntados por diversos teólogos y académicos a propósito de este controvertido documento?

  • Instrucciones para no errar el rumbo en el laberinto de la “Amoris lætitia” – Sandro Magister
  • Amoris lætitia–1. (301): discernir atenuantes y doctrina de Santo Tomás – José María Iraburu
  • Otra referencia a Santo Tomás en “Amoris Laetitia” – Néstor Martínez
  • Robert Spaemann asegura que «Amoris laetitia» rompe con la encíclica «Veritatis Splendor» – Robert Spaemann
  • “Amoris Lætitia” : Evangelio apócrifo bergogliano para el hombre del siglo XXI – Denzinger-Bergoglio.

Citas truncadas; interpretaciones unilaterales

Francisco y los teólogos que lo asesoran causan sorpresa por el modo subrepticio de exponer sus postulados. Veamos:

alLa virginidad es una forma de amar. Como signo, nos recuerda la premura del Reino, la urgencia de entregarse al servicio evangelizador sin reservas (cf. 1 Co 7,32), y es un reflejo de la plenitud del cielo donde «ni los hombres se casarán ni las mujer [es] tomarán esposo» (Mt 22,30). San Pablo la recomendaba porque esperaba un pronto regreso de Jesucristo, y quería que todos se concentraran sólo en la evangelización: «El momento es apremiante» (1 Co 7,29). Sin embargo, dejaba claro que era una opinión personal o un deseo suyo (cf. 1 Co 7,6-8) y no un pedido de Cristo: «No tengo precepto del Señor» (1 Co 7,25). Al mismo tiempo, reconocía el valor de los diferentes llamados: «cada cual tiene su propio don de Dios, unos de un modo y otros de otro» (1 Co 7,7). En este sentido, san Juan Pablo II dijo que los textos bíblicos «no dan fundamento ni para sostener la “inferioridad” del matrimonio, ni la “superioridad” de la virginidad o del celibato» [Catequesis (14 abril 1982)] en razón de la abstención sexual. Más que hablar de la superioridad de la virginidad en todo sentido, parece adecuado mostrar que los distintos estados de vida se complementan, de tal manera que uno puede ser más perfecto en algún sentido y otro puede serlo desde otro punto de vista”. (Amoris Laetitia, 159)

Quien lee estas afirmaciones de modo superficial puede incurrir en graves errores teológicos. ¿La virginidad solamente fue recomendada por san Pablo? ¿Cristo nunca formalizó un pedido a este respecto? ¿La virginidad o el celibato ya no son superiores al matrimonio como declaró el Concilio de Trento y el Papa Pío XII? ¿Habrá incurrido en este grave error el Papa Juan Pablo II según la cita que aquí aduce Francisco? ¿Qué afirmó realmente el inolvidable Papa polaco en su citada catequesis del 14 de abril 1982? ¿A qué textos bíblicos se estaba refiriendo? Finalmente, Francisco llamando a la “complementariedad” entre virginidad y matrimonio y no estableciendo con precisión el concepto de “perfección” que maneja; crea confusiones. ¿En qué “sentido” y desde qué “punto de vista” el matrimonio puede ser “más perfecto” que la virginidad?

Son preguntas que sólo podemos clarificarlas leyendo con atención lo que el Papa Juan Pablo II realmente enseñó:

Cristo propone a sus discípulos el ideal de la continencia, no a causa de la inferioridad o con perjuicio de la «unión» conyugal «en el cuerpo», sino sólo por el «reino de los cielos»

Las palabras de Cristo referidas en Mateo 19,11-12 (igual que las palabras de Pablo en la primera Carta a los Corintios, cap. 7) no dan fundamento ni para sostener la «inferioridad» del matrimonio, ni la «superioridad» de la virginidad o del celibato, en cuanto éstos, por su naturaleza, consisten en abstenerse de la «unión conyugal en el cuerpo». Sobre este punto resultan decididamente límpidas las palabras de Cristo. Él propone a sus discípulos el ideal de la continencia y la llamada a ella, no a causa de la inferioridad o con perjuicio de la «unión» conyugal «en el cuerpo», sino sólo por el «reino de los cielos».
A esta luz resulta particularmente útil una aclaración más profunda de la expresión misma «por el reino de los cielos»
; y es lo que trataremos de hacer a continuación, al menos de modo sumario”. (Juan Pablo II. Audiencia, n.1, 14 de abril de 1982)

Ahora todo queda más claro. La enseñanza del Papa Juan Pablo II puso de relieve que el ideal de la continencia (virginidad o celibato) tiene su fundamento en dos aspectos esenciales. En primer lugar, se trata de una “propuesta” y “llamada” que enuncia el propio Jesucristo (Mt 19,11-12). Segundo, ella se origina “sólo” por causa de “el Reino de los cielos” y nunca por un “perjuicio” en contra de la “unión” conyugal “en el cuerpo”. El Papa Juan Pablo II está empeñado, como lo ha señalado al inicio de su catequesis, en determinar un “justo límite” a fin de evitar “cualquier interpretación maniquea” que establezca un litigio absurdo entre la virginidad, el celibato y el matrimonio. Por el contrario, estos “estados” de vida dentro de la comunidad cristiana, subrayó el Papa, “se explican y completan mutuamente”.

¡Qué importante es tener presente este “justo límite” al abordar estas materias! Francisco, habiendo truncado el pensamiento del Papa Juan Pablo II, precisamente cuando entraba a explicar “las palabras de Cristo” “decididamente límpidas” a propósito de la continencia motivada «por el reino de los cielos» (Mt 19,12); induce a una lectura unilateral. En efecto, esta expresión, «por el reino de los cielos» es importantísima, pues ella otorga la clave esencial para comprender la “llamada” de Nuestro Señor Jesucristo para abrazar la continencia. Sin ella, virginidad y celibato dentro de la Iglesia pierden su sentido y su norte teológico. Así siendo, sorprende que ella esté ausente de todos los numerales de la Amoris Laetitia que abordan el tema: “matrimonio y la virginidad” (158-162). ¡Qué curiosa omisión bergogliana! De este modo, comprobamos también que no sólo fue San Pablo que recomendó la continencia (virginidad-celibato) como “una opinión personal o un deseo suyo”; sino que también fue el propio Dios, hecho hombre, Cristo Nuestro Señor, nunca en menoscabo o detrimento del matrimonio, como lo recordó el Papa Juan Pablo II. A este propósito, es importante insistir sobre la cuestión relativa a la “superioridad” de la virginidad y el celibato sobre el matrimonio. Como vimos, repitiendo un procedimiento que ya denunciamos en otras ocasiones, Francisco amaña una cita truncada para sostener que no existe ni “superioridad” de la continencia, ni “inferioridad” del matrimonio pues éstos se “complementan” y así, “uno puede ser más perfecto en algún sentido y otro puede serlo desde otro punto de vista” (Cf. Amoris Laetitia, 159).

¿Es esta la posición de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia? Dejemos que sea el propio Papa Juan Pablo II quien nos responda. Precisamente en la catequesis anterior a la que ha citado Francisco (7 de abril de 1982), con suma claridad estableció el “justo equilibrio”, no dejando margen a dudas:

“La «superioridad» de la continencia sobre el matrimonio no significa nunca en la auténtica Tradición de la Iglesia, una infravaloración del matrimonio o un menoscabo de su valor esencial”.

“¿Pone acaso de relieve Cristo, en su enunciado, la superioridad de la continencia por el reino de los cielos sobre el matrimonio? Ciertamente dice que ésta es una vocación «excepcional», no «ordinaria». Además, afirma que es muy importante y necesaria para el reino de los cielos. Si entendemos la superioridad sobre el matrimonio en este sentido, debemos admitir que Cristo la señala implícitamente; sin embargo, no la expresa de modo directo. Sólo Pablo dirá de los que eligen el matrimonio que hacen «bien», y, de todos los que están dispuestos a vivir la continencia voluntaria, dirá que hacen «mejor» (cf. 1Cor 7, 38).
Esta es también la opinión de toda la Tradición, tanto doctrinal, como pastoral. Esa «superioridad» de la continencia sobre el matrimonio no significa nunca en la auténtica Tradición de la Iglesia, una infravaloración del matrimonio o un menoscabo de su valor esencial
. Tampoco significa una inclinación, aunque sea implícita, hacia las posiciones maniqueas, o a un apoyo a modos de valorar o de obrar que se fundan en la concepción maniquea del cuerpo y del sexo, del matrimonio y de la generación. La superioridad evangélica y auténticamente cristiana de la virginidad, de la continencia, está dictada consiguientemente por el reino de los cielos. En las palabras de Cristo referidas a Mateo (19,11-12), encontramos una sólida base para admitir solamente esta superioridad; en cambio, no encontramos base alguna para cualquier desprecio del matrimonio, que podría haber estado presente en el reconocimiento de esa superioridad”. (Juan Pablo II. Audiencia, nn.5-6, 7 de abril de 1982)

Conclusión

Las enseñanzas del Papa Juan Pablo II confirman que la virginidad y el celibato, conforme la enseñanza de Cristo Nuestro Señor en el Evangelio, San Pablo, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia son más excelentes y superiores al estado matrimonial.

Comprobamos así que el estilo bergogliano induce a visiones teológicas unilaterales, sin sonrojarse de manipular otros textos pontificios. Curioso… la acusación que algunos hacer al Denzinger-Bergoglio, es justamente la que en varios ocasiones ha quedado demostrada como atribuible a Francisco.

Éste, al concluir el numeral 159, intentando exaltar el matrimonio para igualarlo a la virginidad y el celibato, pasa a citar a un teólogo franciscano del siglo XIII. ¿Estaremos ante una nueva cita descontextualizada?

Continumos comentando esta referencia y los numerales 160-162 de la Amoris Laetitia

Segunda Parte

SEGUNDA PARTE

Hemos analizado una referencia que Francisco presentó en el numeral 159 de la Amoris Laetitia. Dicha referencia, obtenida desde una catequesis del Papa Juan Pablo II de 14 de julio de 1982, fue simplemente truncada en su parte teológica esencial. Francisco, de este modo, habiendo silenciado que el Papa Juan Pablo II recordó que la virginidad y el celibato se fundamentan en una opción por amor al “Reino de los Cielos” (Mt 19,12), induce a una interpretación unilateral.

En síntesis, Francisco quiere defender la tesis de que el matrimonio, la virginidad y el celibato son equiparables:

al“Más que hablar de la superioridad de la virginidad en todo sentido, parece adecuado mostrar que los distintos estados de vida se complementan, de tal manera que uno puede ser más perfecto en algún sentido y otro puede serlo desde otro punto de vista”. (Amoris Laetitia, 159)

Esta propuesta bergogliana, al no definir en qué “sentido” y desde qué “punto de vista” el matrimonio puede ser superior a la virginidad, crea una confusión doctrinal. Como fue demostrado, esta postura no coincide con las enseñanzas del Papa Juan Pablo II que, siguiendo la tradición doctrinal y pastoral de la Santa Iglesia, puso las cosas en su justo equilibrio cuando afirmó:

“La superioridad evangélica y auténticamente cristiana de la virginidad, de la continencia, está dictada consiguientemente por el reino de los cielos. En las palabras de Cristo referidas a Mateo (19,11-12), encontramos una sólida base para admitir solamente esta superioridad; en cambio, no encontramos base alguna para cualquier desprecio del matrimonio, que podría haber estado presente en el reconocimiento de esa superioridad”. (Juan Pablo II. Audiencia. 7 de abril de 1982)

Más aún, esta superioridad del celibato y la virginidad sobre el matrimonio fue declarada dogmáticamente por el Concilio de Trento cuando condenó el error protestante que niega esta superioridad. (El Sacramento del Matrimonio, sesión XXIV, can. X).

Es lo mismo que enseñó Santo Tomás de Aquino afirmando que la virginidad no es superior al matrimonio o que ambos estados de vida son iguales, lo cual fue el error de Joviniano:

La herejía de Joviniano, que igualaba el valor de la virginidad consagrada con la pureza conyugal, cobró tanta fuerza en Roma que cierto número de monjas, de cuya pureza jamás había habido la menor duda, contrajeron matrimonio. (…) Por ello, un autor que acaba de ser citado, dice: Igualar el matrimonio con la virginidad consagrada a Dios (…) es cosa no del Cristiano, sino de Joviniano”. (Santo Tomás de Aquino. Sobre la Perfección de la Vida Espiritual. Cap. XII)

Con estos antecedentes expuestos, saque cada cual sus conclusiones.

Una referencia bibliográfica con un “detallito”: “el matrimonio, en un sentido, es superior a los demás sacramentos”

Finalizando el numeral 159, Francisco queriendo confirmar su tesis “igualdad matrimonio-virginidad-celibato” da una voltereta y pasa desde la teología moral para la teología sacramental. ¿Qué nos dice?

al“Alejandro de Hales, por ejemplo, expresaba que, en un sentido, el matrimonio puede considerarse superior a los demás sacramentos, porque simboliza algo tan grande como «la unión de Cristo con la Iglesia o la unión de la naturaleza divina con la humana» [Glossa in quatuor libros sententiarum Petri Lombardi, 4, 26, 2 (Quaracchi 1957, 446)]”. (Amoris Laetitia, 159)

Quien lee estas consideraciones una vez más puede incurrir en nuevos errores; esta vez a propósito de los sacramentos.

¿No es acaso la Sagrada Eucaristía el mayor de todos los sacramentos porque contiene al propio Jesucristo, el Autor Divino de todos los otros?

¿No es el Sacrificio Eucarístico “fuente y cima de toda la vida cristiana” como lo recordó el Papa Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia, n.1, citando la Constitución Lumen gentium, n.11 del Concilio Vaticano II?

Pero se dirá, Francisco o sus asesores escribieron: “en un sentido”. ¿Cuál es este sentido? ¿Qué enseñó realmente Alejandro de Hales a propósito del sacramento del matrimonio en la referencia bibliográfica citada en la Amoris Laetitia?

Sorprende comprobar que Alejandro de Hales, siguiendo la opinión errónea de los teólogos escolásticos de su época, sostuvo que el sacramento del matrimonio, “no confiere la gracia santificante”. Por consiguiente, para De Hales, no obstante este sacramento sea efectivamente “superior” a los otros seis en cuanto “signo”; es “inferior” en lo que respecta a su eficacia para otorgar la gracia de Dios.

“Non confert gratiam gratum facientem, etiam digne suscipienti, et propter hoc ordinatur post alia sacramenta, tamquam illud, quod est minoris efficatiae in disponendo ad gratiam, licet sit maius in significando”. (ALESSANDRO D’HALES, Glossa in IV Sent. d. 26 § 2:ed. Quaracchi 1957, p. 445)

¿Se habrá enterado Francisco de este “detallito” teológico? ¿Sabrá que la declaración de esta “inferioridad” se presenta en los tres renglones que anteceden a la referencia bibliográfica que citaron sus asesores en el numeral 159 de la Amoris Laetitia?

¿Era necesario citar una referencia tan rebuscada en el intento dialéctico por exaltar el matrimonio y así de modo indirecto restarle mérito a la virginidad y el celibato?

No obstante, Santo Tomás de Aquino será quien dejará todo muy claro. El Angélico enseñará que el matrimonio en cuanto sacramento de la Nueva Ley no sólo simboliza la gracia sino que la produce (Suma contra los Gentiles, IV, 78; Suma Teológica, Suplemento, q. 42).

Finalmente el Concilio de Trento, condenando la tesis protestante que niega la sacramentalidad al matrimonio, definirá y confirmará que este sacramento sí confiere la gracia (Concilio de Trento, Sesión XXIV; DZ 971). Un poco diferente que la referencia teológica de Francisco.

El numeral 160: una “contraposición” que sólo parece existir en la mente de Bergoglio

Continuando con este estudio teológico de la Amoris Laetitia, en el numeral 160 leemos:

al“Por lo tanto, “no se trata de disminuir el valor del matrimonio en beneficio de la continencia”, (Juan Pablo II, Catequesis 7 abril 1982), y “no hay base alguna para una supuesta contraposición […] Si, de acuerdo con una cierta tradición teológica, se habla del estado de perfección (status perfectionis), se hace no a causa de la continencia misma, sino con relación al conjunto de la vida fundada sobre los consejos evangélicos”(Juan Pablo II, Catequesis 14 abril 1982). Pero una persona casada puede vivir la caridad en un altísimo grado. Entonces, “llega a esa perfección que brota de la caridad, mediante la fidelidad al espíritu de esos consejos. Esta perfección es posible y accesible a cada uno de los hombres” (Juan Pablo II, Catequesis 14 abril 1982)”. (Amoris Laetitia, 160)

Como ya lo indicamos, el Papa Juan Pablo II en esa catequesis del 7 de abril de 1982 deseaba señalar un “justo límite”. Su intención era evitar “cualquier interpretación maniquea” que estableciera una pugna sin sentido entre el matrimonio y la continencia. Y al mismo tiempo, como fue referido arriba, confirmó, según la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, la superioridad de la virginidad y el celibato sobre el matrimonio, sin un desprecio malsano por él.

De cualquier modo, pasados 34 años desde aquella catequesis, una posible “interpretación maniquea” hoy en día es inexistente. ¿Quién o quiénes en la Iglesia defienden la virginidad y el celibato al grado de perjudicar o denigrar el matrimonio? ¿En realidad no está sucediendo el fenómeno diametralmente opuesto? ¿Acaso no se rumorea abiertamente que el celibato eclesiástico ya está en la “agenda bergogliana” para comenzar a discutir su derogación?

El Papa sorprendió al decir que el celibato “está en su agenda”

reuters256183¿Quién no recuerda que a bordo de un avión, el año 2014, Bergoglio declaró que a propósito del celibato: “El celibato no es un dogma de fe, es una regla de vida que yo valoro mucho y creo que es un don para la Iglesia. No siendo un dogma de fe, siempre está la puerta abierta” (Rueda de Prensa, avión, 26 de mayo de 2014)

Como no podía dejar de ser, la prensa anunció la noticia como una “bomba mediática”. Así, con este oscuro telón de fondo, se tiene impresión que Francisco, cortando y pegando tres citas descontextualizadas del Papa Juan Pablo II, efectivamente logró en este numeral 160 de la Amoris Laetitia uno de sus objetivos: disminuir el valor de la virginidad y el celibato.

Esta descontextualización queda manifiesta analizando en su integridad la catequesis del 14 de abril de 1982. Aquí, una vez más verificamos que Francisco truncó el pensamiento del Papa Juan Pablo II en su parte teológica; que es la esencial.

Es cierto, el Papa Juan Pablo II se refirió al “estado de perfección” (status perfectionis ) “no a causa de la continencia misma, sino con relación al conjunto de la vida fundada sobre los consejos evangélicos”, pero agregó: “(pobreza, castidad y obediencia), ya que esta vida corresponde a la llamada de Cristo a la perfección (“Si quieres ser perfecto…” Mt 19, 21)”.

Por consiguiente, Francisco cortando de este párrafo de modo arbitrario esas importantes palabras del Papa Juan Pablo II: “(pobreza, castidad y obediencia), ya que esta vida corresponde a la llamada de Cristo a la perfección (“Si quieres ser perfecto…» Mt 19,21)”; nuevamente induce a una lectura unilateral.

Así, con este corte, en la Amoris Laetitia se omite que es el propio Cristo Jesús quien en el Evangelio llama a algunos a un estado de vida de “perfección”. En este “estado de perfección”, no sólo la castidad sino que también la pobreza y la obediencia son los otros dos votos esenciales. Faltando uno de los tres, no se configura plenamente este estado de vida consagrada al Señor. Como enseña el Papa Juan Pablo II, en ese mismo lugar, “los consejos evangélicos ayudan indudablemente a conseguir una caridad más plena”. (Juan Pablo II, Audiencia General, 14 de abril de 1982)

His_Holiness_Pope_Pius_XIIA este propósito vale la pena citar como un complemento de esta última afirmación del Papa Juan Pablo II, a propósito de los “consejos evangélicos” y su “ayuda para conseguir una caridad más plena”, esta enseñanza de la Iglesia recordada por el Papa Pío XII: “Sí, el sacramento del matrimonio da a los esposos la gracia divina para cumplir santamente sus deberes conyugales, y estrecha los lazos del amor mutuo con que ambos están unidos, pero no ha sido establecido para convertir el uso matrimonial en el medio de suyo más apto para unir las almas de los esposos con el mismo Dios mediante, el vínculo de la caridad (Cf. Decretum S. Officii, De matrimonii finibus, de 1 de abril de 1944; AAS 36(1944), p.103)”. (Encíclica Sacra Virginitas , n.36)

¿Puede existir alguna duda?

El numeral 161: la peculiar visión teológica de Bergoglio sobre la familia

En el numeral 161 Francisco se dedica a exaltar el amor entre los esposos haciendo un contrapunto entre la virginidad y el matrimonio. Por brevedad, dejando de lado las frases ambiguas y algunas incongruencias, destacamos la siguiente afirmación:

al“Además, la familia es un signo cristológico, porque manifiesta la cercanía de Dios que comparte la vida del ser humano uniéndose a él en la Encarnación, en la Cruz y en la Resurrección: cada cónyuge se hace «una sola carne» con el otro y se ofrece a sí mismo para compartirlo todo con él hasta el fin.” (Amoris Laetitia, 161)

¿La familia signo cristológico? ¿Y los hijos? ¿Dónde están los hijos en esta exposición teológica bergogliana sobre la familia? Dicho sea de paso, esta omisión se verifica en todo el numeral 161. En efecto, como leímos, el foco argumentativo incide sobre un concepto de “familia” en la que “cada cónyuge se hace «una sola carne» con el otro, y se ofrece a sí mismo para compartirlo todo con él hasta el fin”.

Evidentemente algo no huele bien en esta concepción de “familia”. Una vez más, saque cada cual sus conclusiones.

El numeral 162: velado reproche contra el celibato, elogios a la vida matrimonial

En este numeral Francisco formula elogios al matrimonio, ninguno a la continencia, la pureza o la castidad, no obstante aprovecha para expresar algunos reparos a propósito del celibato. ¿Cómo los formula?

al“El celibato corre el peligro de ser una cómoda soledad, que da libertad para moverse con autonomía, para cambiar de lugares, de tareas y de opciones, para disponer del propio dinero, para frecuentar personas diversas según la atracción del momento.” (Amoris Laetitia, 162)

Siendo generosos, algunos podrían argumentar que Francisco con estas observaciones desea simplemente corregir los desvíos causados por un celibato mal llevado. ¿Pero en realidad se trata de esto? ¿Qué solución o modelo de vida propone para corregir estos posibles desvíos? ¿El testimonio de los Santos, modelos de vida y santidad? ¿El ejemplo de castidad de San Francisco de Assis y su dedicación por sus hermanos?

No. Es sorprendente. Francisco indica como un estímulo para remediar los males que él ha diagnosticado; el testimonio de personas casadas.

Sí. Según Jorge Mario Bergoglio es en la vida matrimonial donde los llamados a la virginidad y al celibato pueden encontrar “un signo claro de la generosa e inquebrantable fidelidad de Dios a su Alianza, que estimule sus corazones a una disponibilidad más concreta y oblativa”.

Por consiguiente, el argumento central es que muchos de estos cónyuges a pesar de las pruebas y dificultades de la vida, permanecen fieles en su alianza matrimonial. Por ejemplo, durante las enfermedades de un cónyuge o soportando hijos difíciles y desagradecidos.

Nadie duda que estos ejemplos sean de gran valor. Sin embargo, proponer estos modelos de vida conyugal, no parece lo más apropiado para quien sigue la virginidad y el celibato por amor al Reino de los cielos. ¿Cuál es el motivo? Simplemente porque según las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, Apostólica Romana, a diferencia de la herejía de Joviniano y de todos los seguidores de la Reforma protestante, la virginidad y el celibato consagrados por el “Reino de los Cielos” (Mt 19,12) son “superiores” o “más excelentes” que el estado matrimonial. Y aquí está, en síntesis, el quid de la problemática teológica que plantean los numerales 159-162 de la Amoris Laetitia.

Para tener un justo equilibrio y la doctrina muy clara a este respecto, veamos a continuación lo que enseña el Nuevo Testamento, los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia en contraposición a la doctrina de Francisco.

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Francisco

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 Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoI – La virginidad y el celibato tienen su fundamento en una aceptación por amor al Reino de los CielosII - La herejía de Joviniano establece una igualdad entre el matrimonio y la virginidadIII – La Virginidad y el celibato por amor al Reino de los Cielos son estados de vida superiores al matrimonioIV – La verdad católica en su justo equilibrio rechaza dos errores: los que igualan el matrimonio con la continencia y los que condenan el matrimonio por pecaminosoV – Elogios a la virginidadVI – El celibato y su vínculo con la ordenación sagrada se explica porque el sacerdote se configura con Jesucristo Cabeza y Esposo de la Iglesia
 

I – La virginidad y el celibato tienen su fundamento en una aceptación por amor al Reino de los Cielos
II – La herejía de Joviniano establece una igualdad entre el matrimonio y la virginidad
III – La Virginidad y el celibato son estados de vida superiores al matrimonio
IV – La verdad católica en su justo equilibrio rechaza dos errores: los que igualan el matrimonio con la continencia y los que condenan el matrimonio por pecaminoso
V – Elogios a la virginidad
VI – El celibato y su vínculo con la ordenación sagrada se explica porque el sacerdote se configura con Jesucristo Cabeza, Esposo de la Iglesia.

I – La virginidad y el celibato tienen su fundamento en una aceptación por amor al Reino de los Cielos

Sagradas Escrituras

Hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos

Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: « ¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera? » El respondió: « ¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre. » Dícenle: « Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla? » Díceles: « Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer – no por fornicación – y se case con otra, comete adulterio. » Dícenle sus discípulos: « Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse. » Pero él les dijo: « No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda. (Mt 19, 3-12)

La promesa de vida eterna para quienes han dejado sus cosas por seguir a Jesús y el “Reino de Dios”

Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios. » Los que lo oyeron, dijeron: « ¿Y quién se podrá salvar? » Respondió: « Lo imposible para los hombres, es posible para Dios. » Dijo entonces Pedro: « Ya lo ves, nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido. » El les dijo: « Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el Reino de Dios, quedará sin recibir mucho más al presente y, en el mundo venidero, vida eterna. (Lc 18,25-30/ Mt 19,27-29/ Mc 10, 28-31)

Juan Pablo II

Jesús, aconsejando la “continencia” por “amor al reino de los cielos” y renunciando al matrimonio, provoca una “revolución” en cierto sentido, de toda la tradición del Antiguo Testamento.

El matrimonio era tan común, que sólo una impotencia física podía ser una excepción para el mismo. La respuesta dada a los discípulos en Mateo (19, 10-12) es a la vez una revolución, en cierto sentido, de toda la tradición del Antiguo Testamento. Lo confirma un solo ejemplo, tomado del Libro de los Jueces, al que nos referimos aquí no tanto por motivo del desarrollo del hecho, cuanto por las palabras significativas que lo acompañan, «Déjame que… vaya… llorando mi virginidad» (Jue 11, 37), dice la hija de Jefté a su padre, después de haber sabido por él que estaba destinada a la inmolación a causa de un voto hecho al Señor. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.2, 17 de marzo de 1982)

Jesús convoca a una continencia voluntaria que se elige “por el Reino de los Cielos”

Las palabras de Cristo señalan en este ámbito un cambio decisivo. Cuando habla a sus discípulos, por primera vez, sobre la continencia por el reino de los cielos, se da cuenta claramente de que ellos, como hijos de la tradición de la Ley antigua, deben asociar el celibato y la virginidad a la situación de los individuos, especialmente del sexo masculino, que a causa de los defectos de naturaleza física no pueden casarse («los eunucos»), y por esto, se refiere a ellos directamente. Esta referencia tiene un fondo múltiple: tanto histórico como psicológico, tanto ético como religioso. Con esta referencia Jesús toca —en cierto sentido— todos estos fondos, como si quisiera hacer notar: Sé que todo lo que os voy a decir ahora, suscitará gran dificultad en vuestra conciencia, en vuestro modo de entender el significado del cuerpo; de hecho, os voy a hablar de la continencia, y esto, sin duda, se asociará a vosotros al estado de deficiencia física, tanto innata como adquirida por causa humana. Yo, en cambio, quiero deciros que la continencia también puede ser voluntaria, y el hombre puede elegirla «por el reino de los cielos». (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 17 de marzo de 1982)

La revelación de la continencia por el “Reino de los Cielos” son “palabras de cambio” con respecto a la tradición del Antiguo Testamento

Las palabras de Cristo señalan en este ámbito un cambio decisivo. Cuando habla a sus discípulos, por primera vez, sobre la continencia por el reino de los cielos, se da cuenta claramente de que ellos, como hijos de la tradición de la Ley antigua, deben asociar el celibato y la virginidad a la situación de los individuos, especialmente del sexo masculino, que a causa de los defectos de naturaleza física no pueden casarse («los eunucos»), y por esto, se refiere a ellos directamente. (…)

Mateo en el cap. 19 no anota ninguna reacción inmediata de los discípulos a estas palabras. Sólo la encontramos más tarde en los escritos de los Apóstoles, sobre todo en Pablo 1Cor 7, 25-40; cf. también Apoc 14, 4.]. Esto confirma que tales palabras se habían grabado en la conciencia de la primera generación de los discípulos de Cristo, y fructificaron luego repetidamente y de múltiples modos en las generaciones de sus confesores en la Iglesia (y quizá también fuera de ella). Desde el punto de vista, pues, de la teología —esto es, de la revelación del significado del cuerpo, totalmente nuevo respecto a la tradición del Antiguo Testamento—, estas son palabras de cambio. Su análisis demuestra cuán precisas y sustanciales son, a pesar de su concisión. (Lo constataremos todavía mejor cuando hagamos el análisis del texto paulino de la primera Carta a los Corintios, capítulo 7). (Juan Pablo II. Audiencia General, nn.4-5a, 17 de marzo de 1982)

II – La herejía de Joviniano establece una igualdad entre el matrimonio y la virginidad

Santo Tomás de Aquino

El error de Joviniano consistió en mantener que la virginidad no era superior al matrimonio

Objeción: por lo que parece la virginidad no es más excelente que el matrimonio.Contra esto: está lo que dice San Agustín en su obra De Virginit.: Mediante el proceso de la razón, y con la autoridad de las Santas Escrituras, demostramos que el matrimonio no es pecado, sin poder igualarlo al bien de la continencia de la virginidad, ni siquiera de la viudez.

Respondo: San Jerónimo, en Contra lovin., afirma que el error de Jovino consistió en mantener que la virginidad no era superior al matrimonio. Este error queda rechazado, en primer lugar, por el ejemplo de Cristo, que eligió a su madre virgen y él mismo se mantuvo virgen, y según la doctrina del Apóstol en 1 Cor 7,25ss, aconsejó la virginidad como un bien mejor. También lo rechaza la razón. En primer lugar, porque el bien divino es mejor que el humano. En segundo lugar, porque el bien del alma es más excelente que el del cuerpo. En tercer lugar, porque el bien de la vida contemplativa es más excelente que el de la activa. Ahora bien: la virginidad se ordena al bien del alma en la vida contemplativa, que consiste en pensar en las cosas de Dios, mientras que el matrimonio se ordena al bien del cuerpo, que es la multiplicación del género humano, y pertenece a la vida activa, puesto que el hombre y la mujer casados tienen que pensar en las cosas del mundo, tal como dice el Apóstol en 1 Cor 7,33-34. Por consiguiente, sin lugar a duda, la virginidad es mejor que la continencia conyugal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-IIae, q.152, a.4)

La herejía de Joviniano igualaba el valor de la virginidad consagrada con el matrimonio

El diablo, envidioso de la perfección de los hombres, hizo surgir variedad de charlatanes y maestros de seducción que impugnasen las señaladas vías de perfección. La primera vía de perfección la impugnó Vigilancio. (…)

La segunda vía de perfección fue impugnada por Joviniano que igualaba el matrimonio con la virginidad. Su error fue refutado con toda evidencia por San Jerónimo en un libro que escribió contra él. Acerca del mismo error dice Agustín: La herejía de Joviniano, que igualaba el valor de la virginidad consagrada con la pureza conyugal, cobró tanta fuerza en Roma que cierto número de monjas, de cuya pureza jamás había habido la menor duda, contrajeron matrimonio. A este monstruo la Iglesia le resistió por todos los medios, con la máxima fidelidad y firmeza. Por ello, un autor que acaba de ser citado, dice: Igualar el matrimonio con la virginidad consagrada a Dios o decir que quienes practican la penitencia corporal de renunciar al vino y a la carne no tienen, por ello, mérito alguno, es cosa no del Cristiano, sino de Joviniano. (Santo Tomás de Aquino. Sobre la Perfección de la Vida Espiritual. Cap. XII)

San Jerónimo

Joviniano afirma que la diferencia entre el matrimonio y la virginidad es poca o ninguna, nosotros decimos que es grande

Me reprochan algunos que, en los libros que he escrito contra Joviniano, me he excedido tanto en el encomio de las vírgenes como en la difamación de las casadas, y dicen que ya es en cierto sentido condenar el matrimonio ensalzar tanto la virginidad que aparentemente no quede posibilidad de comparación entre la virgen y la casada. Por mi parte, si recuerdo bien la cuestión, el litigio contra Joviniano y nosotros está en que él equipara el matrimonio a la virginidad, y nosotros lo juzgamos inferior; el dice que la diferencia es poca o ninguna; nosotros decimos que es grande. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 2)

Joviniano fue condenado por atreverse a equiparar el matrimonio a la castidad perpetua

En suma, que si por voluntad del Señor y por intervención tuya [Joviniano] ha sido condenado, lo ha sido por haberse atrevido a comparar el matrimonio con la castidad perpetua. Porque si se tiene por una misma cosa a la virgen y a la casada, ¿cómo es que Roma no pudo oír el sacrilegio de su voz? Virgen viene de vir, no de partus. No hay nada intermedio: o se acepta mi sentencia, o la de Joviniano. Si se me reprocha que pongo el matrimonio por debajo de la virginidad, alábese al que los equipara; pero, si ha sido condenado el que tenía ambas cosas por iguales, su condenación es aprobación de mi obra. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 2)

III – La Virginidad y el celibato por amor al Reino de los Cielos son estados de vida superiores al matrimonio

Sagradas Escrituras

Los no casados se ocupan de las cosas del Señor; los casados se preocupan de las cosas del mundo y de cómo agradar a sus respectivos cónyuges

Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división. (1 Cor 7, 32-35)

El que se casa, obra bien. Y el que no se casa, obra mejor

Pero si alguno teme faltar a la conveniencia respecto de su novia, por estar en la flor de la edad, y conviene actuar en consecuencia, haga lo que quiera: no peca, cásense. Mas el que ha tomado una firme decisión en su corazón, y sin presión alguna, y en pleno uso de su libertad está resuelto en su interior a respetar a su novia, hará bien. Por tanto, el que se casa con su novia, obra bien. Y el que no se casa, obra mejor. (1 Cor 7, 36-38)

Concilio de Trento

La virginidad o el celibato es mejor y más perfecto que el Matrimonio

Can. X. Si alguno dijere, que el estado conyugal debe preferirse al estado de virginidad o de celibato; y que no es mejor, ni más perfecto permanecer en la virginidad o celibato, que unirse en matrimonio (cf. Mt 19,11 s; 1Co 7,25 s, 1Co 7,38 1Co 7,40); sea excomulgado. (Concilio de Trento. El Sacramento del Matrimonio, sesión XXIV, can. X)

San Jerónimo

Así como el oro es más precioso que la plata, así la virginidad se antepone al matrimonio

«No ignoramos “el honor del matrimonio y el lecho conyugal inmaculado” (Heb 13,4). Hemos leído la primera recomendación de Dios: Creced y multiplicaos y llenad la tierra (Gen 1,28); pero de tal manera aceptamos las nupcias, que les anteponemos la virginidad, que nace de las nupcias. ¿Acaso la plata no será plata porque el oro sea más precioso que la plata? ¿O es hacer agravio al árbol y a la mies porque a la raíz y a las hojas, el tallo y aristas, preferimos los frutos y el grano? Al igual que la fruta sale del árbol y el trigo de la paja, así del matrimonio sale la virginidad. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 2)

En una proporción de frutos, el matrimonio representa el 30%, la viudez el 70% y la virginidad el 100%

El fruto de ciento, de sesenta y de treinta por uno, aun cuando nazca de una misma tierra y de una misma semilla, difiere mucho en cuanto al número. El treinta se refiere al matrimonio; pues el mismo modo de cruzar los dedos, que parece se abrazan y se juntan como en suave beso, representa al marido y a la esposa. El sesenta representa a las viudas, que se encuentran en angustia y tribulación, pues también ellas soportan el peso de un dedo superior; y cuanto mayor es la dificultad de abstenerse del atractivo de un placer en otro tiempo probado, tanto mayor será también el galardón. En cuanto al número cien —te ruego, lector, que pongas toda la atención—, no se cuenta con la izquierda, sino con la derecha: se hace un semicírculo con los mismos dedos —no con la misma mano— con los que en la izquierda se significan las casadas y viudas, y de esa forma se expresa la corona de la virginidad» (Jeronimo, Adv. Jov. I, 3). (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 2)

No condena el matrimonio quien lo llama “plata”, pero declara que la virginidad es “oro”

Ahora te pregunto: ¿Condena el matrimonio quien así habla? Hemos llamado oro a la virginidad, plata al matrimonio. Hemos declarado que el fruto de ciento, de sesenta y de treinta por uno, aunque hay mucha diferencia en cuanto al número, se produce de la misma tierra y de la misma semilla. ¿Y habrá todavía algún lector tan malvado que no me juzgue por mis dichos, sino por su propio parecer? Y a decir verdad, he sido mucho más benigno para los matrimonios que casi todos los exegetas griegos y latinos, que refieren el ciento por uno a los mártires, el sesenta a las vírgenes y el treinta a las viudas. De esa forma, según su sentencia, los casados quedan excluidos de la buena tierra y de la semilla del padre de familias. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 3)

Tanto la virginidad como el matrimonio son dones dados por Dios, pero entre don y don existe mucha diferencia

De quien dice ser mandato de Dios no abandonar a las esposas, y que sin mutuo acuerdo no puede el hombre separar lo que Dios ha unido, ¿de uno así puede decirse que condene el matrimonio? Y [San Pablo] sigue diciendo: Pero cada uno tiene de Dios su gracia particular, uno de una manera y otro de otra (1 Cor 7,7). Esto es lo que dijimos al exponer esta sentencia: «Queda claro, dice, lo que yo quiero. Pero como en la Iglesia hay diversos dones, concedo también el matrimonio, para que no parezca que condeno la naturaleza». Fíjate de paso cómo el don de la virginidad es distinto del don del matrimonio. En efecto, si la recompensa de las vírgenes y las casadas fuera la misma, nunca habría dicho el Apóstol después del precepto de la continencia: Pero cada uno tiene de Dios su gracia particular, uno de una manera y otro de otra. En las cosas que tienen propiedades particulares, allí hay diversidad mutua. Yo concedo que el matrimonio es un don de Dios, pero entre don y don hay mucha diferencia. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 4)

Matrimonio y virginidad: entre lo bueno y lo mejor

Al final de nuestra comparación entre las casadas y las vírgenes concluimos nuestra discusión con estas palabras: «Donde hay bueno y mejor, allí el premio de lo bueno y lo mejor no puede ser el mismo; y donde el premio no es igual, allí con toda seguridad los dones son distintos. Entre el matrimonio y la virginidad se da la misma diferencia que entre no pecar y hacer el bien, o por decirlo más suavemente, entre lo bueno y lo mejor» (Ad. Jov. I, 13). (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 7)

Las vírgenes son la primicias de Dios, luego vienen en segundo y tercer grado las viudas y los continentes en el matrimonio

Y en aquel pasaje en que hemos alegado un texto del Apocalipsis (Ap 14, 3-5), ¿no está claro lo que sentimos sobre las vírgenes, viudas y casados? «Estos son, decimos, los que cantan el cántico nuevo, que nadie puede cantar sino el que es virgen. Estos son las primicias de Dios y del Cordero, y no tienen mácula. Si las vírgenes son las primicias de Dios, las viudas y los continentes en el matrimonio vendrán después de las primicias, es decir, en el segundo y tercer grado» (Ad. Jov. I, 40). Ponemos a las viudas y a las casadas en el segundo y tercer grado, ¿y se nos acusa de que condenamos el matrimonio con herético furor? (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 10)

El matrimonio: ocasión para engendrar hijas vírgenes que se desposarán con Dios

Alabo las nupcias, alabo el matrimonio, pero porque me engendran vírgenes. De entre las espinas cojo la rosa, de la tierra el oro, de la concha la perla. ¿Acaso el que ara se pasa todo el día arando? ¿No se alegrará también con el fruto de su trabajo? El matrimonio es tanto más honrado cuanto más se ama lo que de él nace. ¿Por qué miras, madre, con malos ojos a tu hija? De tu leche se alimentó, de tus entrañas salió y en tu regazo creció, y tú con piadosa solicitud la guardaste. ¿Te indignas de que no haya querido ser esposa de un soldado, sino del rey? Gran beneficio te ha hecho, pues has empezado a ser suegra de Dios. (San Jerónimo. Carta 22 a Eustoquia, 20)

La Iglesia, lo queráis o no, subordina el matrimonio a la viudez y la virginidad

La Iglesia no condena el matrimonio, sino que lo subordina, no lo rechaza, sino que lo pone en su lugar, pues sabe, como antes hemos dicho, que en toda casa grande no sólo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro, y unos se destinan a usos de honor y otros a usos de ignominia; en fin, que todo el que se limpiare, podrá convertirse en vaso de honor y necesario, preparado para toda obra buena» (Ad. Jov. I, 40). Cuanto dijeren, digo, en honor del matrimonio lo oímos con gusto. Si, pues, oímos de buena gana que se alabe el matrimonio, ¿cómo vamos a condenar el matrimonio? La Iglesia no condena el matrimonio, sino que lo subordina —queráis o no queráis, casados, la Iglesia lo subordina— a la virginidad y a la viudez. La Iglesia subordina el matrimonio, pero el matrimonio que persevera en su acto propio; no lo condena ni lo rechaza, sino que lo pone en su propio lugar. En vuestra mano está, si queréis, subir al segundo grado de la castidad. ¿A qué enfadaros si, estando en el tercer grado, no queréis apresuraros a los superiores? (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio,11)

San Ambrosio declaró que la virginidad es el culmen de la continencia; el matrimonio remedio de la incontinencia

Todo lo que nosotros hemos dicho difusamente sobre la virginidad y el matrimonio, Ambrosio lo encerró en breve compendio, abarcando mucho en pocas palabras. La virginidad es predicada por él como la culminación de la continencia; el matrimonio, como el remedio de la incontinencia. Y es significativo cómo baja de lo mayor a lo menor: a las vírgenes les muestra el galardón de un llamamiento superior; a las viudas las consuela para que no desfallezcan en el camino. A unos los alaba, a otros no los desprecia. Al matrimonio lo compara con la cebada; a la virginidad, con el cuerpo de Cristo. Y a mi parecer, menor distancia hay entre el trigo y la cebada que entre la cebada y el cuerpo de Cristo. Después dice de la unión conyugal que hay que echarla de sí como carga esclavizante, y que es la más clara definición de la esclavitud, y muchas otras cosas que larguísimamente explanó en los tres opúsculos sobre las vírgenes. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio,14)

San Ambrosio

No condeno a la casada, pero alabo fervorosamente a la virgen

Buena obra hace la que se casa; pero la que no se casa, hace mejor. Aquélla no peca escogiendo matrimonio, mas la virgen gozará de la eternidad, brillando perpetuamente en la gloria [.]. No condeno a la casada, pero alabo fervorosamente a la virgen (San Ambrosio, Trat. sobre las vírgenes, 1).

¡Quien me diera poder ganar para consagrar su virginidad al Señor a las jóvenes que están para casarse!

Otros dicen: Prohíbes contraer matrimonio a las jóvenes aspirantes y a las ya consagradas por voto sagrado. ¡Quien me diera poder ganar también a las que están para casarse! ¡quien me diera, además, poder trocar el yugo nupcial por el sagrado velo de la virginidad! Pues qué. ¿no es indigno que a las vírgenes consagradas se las separe con violencia de los sagrados altares para llevarlas al matrimonio? Y a quienes es lícito elegir esposo, ¿no les va a ser lícito preferir a Dios? según esto, mi suerte es diferente de los demás, porque para mí es motivo de confusión lo que siempre se consideró como virtud del sacerdote: el arrojar la semilla de la pureza y fomentar los entusiasmos por la virginidad. (San Ambrosio. Tratado de la virginidad, Cap.5)

San Agustín

La castidad de continencia es mejor que la castidad conyugal

Si comparamos estas virtudes entre sí, no cabe discusión en que la castidad de la continencia es, sin disputa, más excelente que la castidad conyugal, no obstante que una y otra sean un verdadero bien. Pero, si comparamos a los hombres entre sí, será mejor, a no dudarlo, aquel que posea un bien más grande que el que otro posea. El que dentro del mismo género de bienes posee un bien más logrado, posee a la vez el bien que es de inferior categoría; mas el que solo posee el bien inferior, no tiene por ello el bien que es de índole superior. El número treinta, por ejemplo, está contenido en el número sesenta, mientras que el número sesenta no lo está, como es lógico, en el número treinta, que le es inferior. (San Agustín. La bondad del matrimonio, Cap. XXIII, 28)

La santidad del celibato es superior a la santidad del matrimonio

Cuando San Pablo dice: La mujer que no está desposada ocúpese de las cosas tocantes al Señor, a fin de que sea santa en el cuerpo y en el espíritu (1Co 7,34), no debemos entender este texto en el sentido de que una honesta esposa cristiana no sea santa, puesto que a todos los fieles sin excepción se dirige el Apóstol cuando dice: ¿Es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que mora en vosotros y que os ha sido otorgado por Dios?(1Co 6,19).
Hay que decir, pues, que es santo incluso el cuerpo de los casados cuando observan religiosamente la fidelidad debida a Dios y a sí mismos. Esta santidad no tolera ninguna agresión ni por parte de la infidelidad del esposo para con su mujer, cuya santidad, a su vez, puede servir para lograr la santidad de su marido infiel, ni por parte de la infidelidad de la esposa para con el marido, que, si es santo, puede conseguir la salvación de la esposa infiel, según el testimonio del Apóstol: Porque un marido infiel es santificado por la mujer fiel, y la mujer infiel es santificada por el marido fiel (1Co 7,14).
Las palabras arriba citadas no significan, pues, otra cosa sino sencillamente que la santidad de las mujeres vírgenes es más excelente que la de las mujeres desposadas, y que tienen, por consiguiente, derecho a una más gloriosa recompensa, puesto que el estado de castidad es para ellas un bien muy superior a este otro, ya que no se ocupan sino en lo que puede agradar al Señor.
Esto no quiere decir, naturalmente, que una mujer fiel que profesa la castidad conyugal no piense también en el modo de agradar al Señor, aunque, desde luego, en menor grado, puesto que por su condición ha de ocuparse al mismo tiempo en las cosas concernientes al mundo y en el modo de complacer a su marido.
Lo que el Apóstol ha querido significar refiriéndose a ellas es que, a consecuencia del vínculo matrimonial, las esposas están obligadas a ocuparse en las cosas del mundo y a buscar los medios de agradar a sus maridos. (San Agustín. La bondad del matrimonio. Capítulo XI, 13)

La virgen que sólo agrada al Señor debe anteponerse a la mujer casada

Hay un tipo de virgen que justamente hay que anteponer a la mujer casada. Es aquella que no se exhibe ante la multitud de hombres buscando entre ellos uno que la ame, ni se acicala para él una vez que lo ha hallado, poniendo su mente en cosas mundanas, esto es, en cómo agradar al marido (1Co 7,34); es aquella que de tal manera se ha enamorado del más bello de los hijos de los hombres (Sal 44,3)que, al no poder concebirlo en su carne como María, tras haberlo concebido en su corazón, le reservó la integridad de su cuerpo. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XI)

La pureza conyugal debe ceder ante la virginidad que es anticipo de la vida angélica

Con todo, cuanto he indicado son tareas que se quedan en el ámbito de lo humano; en cambio, la integridad virginal y el abstenerse de todo trato carnal, fruto de la continencia que nace de la piedad, es participación en la vida angélica y anticipo en la carne corruptible de la incorrupción perpetua. Ceda ante esta virginidad toda fecundidad física, toda pureza conyugal; aquélla no está en poder del hombre, ésta no se encuentra en la vida eterna; el libre albedrío no tiene en su poder la fecundidad carnal, en el cielo no hay pureza conyugal. Efectivamente, todos los que, estando aún en la carne, posean ya algo que no es propio de ella, dispondrán, en la inmortalidad participada por todos, de algo extraordinario de que carecerán los demás. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XIII)

El bien de la virginidad, superior al del matrimonio

Como consecuencia de lo dicho, amonesto a cuantos y a cuantas profesan la continencia perfecta y la sagrada virginidad a que antepongan al matrimonio, aunque sin juzgarlo un mal, el bien específico de ella. Sepan que el Apóstol dijo con toda verdad, no con engaño: Quien da en matrimonio (a una joven) obra bien y quien no la da obra mejor . Y si te casas, no pecas; y si una joven se casa, tampoco peca. Y poco después: Con todo, será más dichosa si permanece como le aconsejo. Y para que nadie pensara que se trata de una declaración de valor simplemente humano añade: Pues pienso que también yo poseo el Espíritu de Dios. La enseñanza apostólica, la enseñanza auténtica y sana es esta: elegir los dones mayores, sin que resulten condenados los menores. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XVIII)

Pío XII

Algunos exaltan el matrimonio para despreciar la virginidad y el celibato

No faltan hoy quienes alejándose en esta materia del recto camino, exaltan de tal manera el matrimonio que lo anteponen a la virginidad. Ellos desprecian la castidad consagrada a Dios y el celibato eclesiástico. Por esto la conciencia de nuestro oficio apostólico nos mueve en el presente a proclamar y sostener, de un modo especial, la excelencia del don de la virginidad, para defender esta verdad católica de tales errores”. (Pío XII. Encíclica Sacra virginitas, n. 8, 25 de marzo de 1954)

La santa virginidad es más excelente que el matrimonio

Es sobretodo por este motivo, según la enseñanza de la Iglesia que la santa virginidad es más excelente que el matrimonio. Ya el Divino Redentor la había hecho un consejo de vida más perfecto para sus discípulos (cf. Mt 19, 10-11); y el Apóstol San Pablo, al hablar del padre que da en matrimonio a su hija, dice: Hace bien; pero en seguida añade: Mas el que no la da en matrimonio obra mejor (1 Cor 7,38). (Pío XII. Encíclica Sacra virginitas, n. 23, 25 de marzo de 1954)

Declaramos abiertamente que la virginidad es más perfecta que el matrimonio

Ante todo, se debe declarar abiertamente que, de que la virginidad sea más perfecta que el matrimonio, no se sigue que sea más perfecta para alcanzar la perfección cristiana. Puede haber ciertamente santidad de vida sin consagrar su castidad a Dios, como lo atestiguan los numerosos santos y santas que la Iglesia honra con culto público y que fueron fieles esposos y brillaron ejemplarmente como excelentes padres o madres de familia; más aun, no es raro hallar personas casadas que buscan ardientemente la perfección cristiana. (Pío XII. Encíclica Sacra virginitas, n. 43, 25 de marzo de 1954)

Algunos sostienen la doctrina falsa y dañosa de que el matrimonio es más eficaz para unir las almas con Dios que la virginidad

Recientemente condenamos con tristeza la opinión de los que llegan a aseverar que solo el matrimonio es capaz de dar a la personalidad humana su natural desarrollo y su debida perfección (Cf. Allocutio ad Moderatrices supremas Ordinum et Institutorum Religiosarum, de 15 de setembro de 1952; AAS 44(1952), p. 824). Afirman algunos que la divina gracia dada ex opere operato, en el sacramento, de tal manera santifica el uso del matrimonio que lo convierte en un instrumento para unir a las almas con Dios más eficazmente que la misma virginidad, ya que el matrimonio cristiano es un sacramento y la virginidad no lo es. Esta doctrina la denunciamos como falsa y dañosa. Sí, el sacramento del matrimonio da a los esposos gracia divina para cumplir santamente sus deberes conyugales, y estrecha los lazos del amor mutuo con que ambos están unidos, pero no ha sido establecido para convertir el uso matrimonial en el medio de suyo más apto para unir las almas de los esposos con el mismo Dios mediante, el vínculo de la caridad (Cf. Decretum S. Officii, De matrimonii finibus, de 1° de abril de 1944; AAS 36(1944), p.103): ¿No reconoce más bien el Apóstol San Pablo a los esposos el derecho de abstenerse temporalmente del uso del matrimonio para darse a la oración (Cfr. I Cor. VII, 5), precisamente porque esta abstención hace que el alma se sienta más libre para entregarse a las cosas celestiales y para orar?
Posible es llegar a la santidad, aun sin consagrar a Dios la propia castidad; bien lo prueba el ejemplo de tantos santos y santas, honrados por la Iglesia con culto público, que fueron fieles esposos, ejemplares padres y madres de familia; ni es raro tampoco hoy encontrar personas casadas que con todo empeño tienden a la cristiana perfección. (Pío XII. Encíclica Sacra virginitas, n. 36, 25 de marzo de 1954)

Concilio Vaticano II

La virginidad consagrada es más excelente que el matrimonio cristiano

(En el seminario) los alumnos han de conocer debidamente las obligaciones y la dignidad del matrimonio cristiano que simboliza el amor entre Cristo y la Iglesia; convénzanse, sin embargo, de la mayor excelencia de la virginidad consagrada a Cristo, de forma que se entreguen generosamente al Señor, después de una elección seriamente premeditada y con entrega total de cuerpo y alma. (Concilio Vaticano II. Decreto Optatam totius sobre la formación sacerdotal, n.10, 20 de octubre de 1965)

Cornelio a Lápide

La virginidad y el celibato indiscutiblemente son más excelentes que el matrimonio

Es indiscutible que la virginidad, el celibato, son mucho más excelentes que el matrimonio. 1° Porque el cuerpo y el espíritu son conservados incorruptos e incorruptibles 2 ° Hay en esto un alto grado de perfección 3° Se exige una templanza, una virtud heroica: que está en el poder de Dios (Lc, l,51). Tanta y tan sublime virtud veía San Fulgencio en la virginidad, que hacía derivar el nombre de virgen, de la virtud (Epist. III, cap. IV). San Adelmo, obispo de los sajones, dice: Hay tres estados en la Iglesia: la virginidad, el celibato, el matrimonio. Si quieres conocer y establecer la excelencia y el mérito de cada uno de estos estados, compara la virginidad con el oro, el celibato con la plata, el matrimonio con el hierro; la virginidad con la riqueza, el celibato con la abundancia, el matrimonio con la pobreza. La virginidad es la paz; el celibato la libertad, el matrimonio, la esclavitud. La virginidad es el sol; el celibato, la luna; el matrimonio, la oscuridad. La virginidad es una reina; celibato, un caballero; el matrimonio, un siervo (De Laud. Virg. c. IX). (Cornelio a Lapide. Los Tesoros de Cornelio a Lapide. Excelencia de la virginidad)

IV – La verdad católica en su justo equilibrio rechaza dos errores: los que igualan el matrimonio con la continencia y los que condenan el matrimonio por pecaminoso

Sagradas Escrituras

Un consejo: ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿No estás unido a mujer? No la busques. Mas, si te casas, no pecas.

Acerca de la virginidad no tengo precepto del Señor. Doy, no obstante, un consejo, como quien, por la misericordia de Dios, es digno de crédito. Por tanto, pienso que es cosa buena, a causa de la necesidad presente, quedarse el hombre así. ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿No estás unido a mujer? No la busques. Mas, si te casas, no pecas. Y, si la joven se casa, no peca. Pero todos ellos tendrán su tribulación en la carne, que yo quisiera evitaros. (1 Cor 7, 25-28)

La viuda será feliz si permanece así; queda libre para casarse de nuevo, pero únicamente en el Señor

La mujer está ligada a su marido mientras él viva; mas una vez muerto el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero sólo en el Señor. Sin embargo, será feliz si permanece así según mi consejo; que también yo creo tener el Espíritu de Dios. (1 Cor 7, 39-40)

San Jerónimo

La virginidad debe ser voluntaria, de lo contrario parecería que el Señor ha abolido el matrimonio

Dice el Apóstol: Acerca de la virginidad no tengo precepto del Señor (1 Cor 7,25). ¿Por qué? Porque el ser él mismo virgen no fue obra de mandato, sino de su propia voluntad. (…). Así, pues, ¿por qué no tiene mandato del Señor acerca de la virginidad? Porque merece mayor galardón ofrecer aquello a lo que no se está obligado; pues si la virginidad estuviera impuesta, parecería haber sido abolido el matrimonio, y sería durísimo y contra naturaleza imponer a los hombres vida de ángeles, sería condenar en cierto modo el orden de la creación. (San Jerónimo. Carta 22 a Eustoquia, 20)

San Agustín

Dos planteamientos erróneos:tanto el equiparar el matrimonio a la virginidad consagrada como el condenarlo

Para que nadie piense que el premio de una acción buena va a ser idéntico al de otra mejor, se hizo necesario polemizar con quienes interpretan la afirmación de Apóstol: Estimo, pues, que esto es un bien en atención a los agobios del tiempo presente (1Co 7,26), en el sentido de que la virginidad es útil mirando al momento actual, no pensando en el reino de los cielos. ¡Como si quienes hubiesen elegido este bien mejor no fuesen a tener más que los otros en aquella vida eterna! Cuando en el curso de la discusión llegué a las palabras del Apóstol: Sufrirán la tribulación de la carne, pero yo soy indulgente con vosotros(1Co 7,28 ), desvié mi exposición dirigiéndola contra otros litigantes que ya no equiparan el matrimonio a la continencia perpetua, sino que lo condenan sin más. Ambos planteamientos son erróneos; tanto el equiparar el matrimonio a la virginidad consagrada como el condenarlo. Poniéndose uno en el extremo opuesto del otro, ambos errores se combaten frontalmente al rehusar mantener el término medio. Ubicados en este término medio, apoyándonos en la recta razón y en la autoridad de las Sagradas Escrituras, nosotros ni hallamos que el matrimonio sea pecado ni lo equiparamos al bien de la continencia, ya la virginal, ya, incluso, la del estado de viudez. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XIX)

Quienes impulsan a las vírgenes consagradas a permanecer en ese estado apoyándose en que el matrimonio ha sido condenado, más que exhortarlas, las disuaden

Llegados aquí, replicará alguien: ¿Qué tiene que ver esto con la virginidad consagrada o la continencia perpetua cuya alabanza motivó este tratado? A ése le respondo, en primer lugar, lo que mencioné anteriormente, esto es, que la mayor gloria de aquel bien superior no deriva de que evita el matrimonio como si fuera un pecado, sino de que, por conseguirla, se sobrepasa el bien que él significa. Si, al contrario, se guardase la continencia perpetua porque contraer matrimonio fuese pecado, bastaría solo con no vituperar su bien en vez de alabarlo por encima del matrimonio. En segundo lugar, puesto que a los hombres hay que exhortarlos a conseguir don tan excelente con la autoridad de la Escritura divina, no con palabrería humana, no se debe actuar a la ligera y como de paso, no sea que alguien saque la impresión de que la divina Escritura ha mentido en algún punto. Quienes impulsan a las vírgenes consagradas a permanecer en ese estado apoyándose en que el matrimonio ha sido condenado, más que exhortarlas, las disuaden. ¿Cómo pueden confiar en que es verdad lo escrito: Quien no la da en matrimonio obra mejor, si juzgan falto de verdad lo escrito inmediatamente antes: Quien entrega a su hija, aún virgen, obra bien (1Co 7,38)? Si, por el contrario, creen sin la menor duda lo que afirma la Escritura sobre el bien específico del matrimonio, correrían con fervorosa y confiada alegría al bien superior que poseen ellas, afianzadas por la misma autoridad, plenamente veraz, de la palabra divina. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XXI)

El matrimonio no es pecado, sin embargo, su bien específico está por debajo de la continencia

Conforme a la enseñanza sana y fiable de las Sagradas Escrituras, nosotros afirmamos que el matrimonio no es pecado y, sin embargo, ponemos su bien específico por debajo de la continencia, ya del estado virginal, ya del estado de viudez; a la vez sostenemos que los agobios del tiempo presente, propios de los casados, no les impiden merecer la vida eterna, sino la excelsa gloria y honor reservados a la continencia perpetua. Afirmamos que en el tiempo presente el matrimonio solo es útil a quienes son incapaces de guardar la continencia y que el Apóstol ni quiso silenciar la tribulación de la carne, proveniente del afecto carnal, sin el que no puede darse el matrimonio de los incapaces de contenerse, ni quiso entrar en más detalles por condescendencia con la debilidad humana. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XXI)

Juan Pablo II

San Pablo al igual que el Evangelio enseña que la virginidad es un “consejo” y no un “mandamiento”

El Apóstol subraya, con gran claridad, que la virginidad, o sea, la continencia voluntaria, deriva exclusivamente de un consejo y no de un mandamiento: «Acerca de las vírgenes no tengo precepto del Señor; pero puedo daros consejo» Pablo da este consejo «como quien ha obtenido del Señor la gracia de ser fiel» (1Cor 7, 25). Como se ve por las palabras citadas, el Apóstol distingue, lo mismo que el Evangelio (cf. Mt 19, 11-12), entre consejo y mandamiento. Él, sobre la base de la regla «doctrinal» de la comprensión de la enseñanza proclamada, quiere aconsejar, desea dar consejos personales a los hombres que se dirigen a él. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.3, 23 de junio de 1982)

San Pablo explica que entre matrimonio y continencia no entra el discernimiento entre «bien» y «mal», sino solamente entre «bien» y «mejor».

Ahora bien, el Apóstol enseña que la virginidad, es decir, la continencia voluntaria, el que una joven se abstenga del matrimonio, deriva exclusivamente de un consejo y es «mejor» que el matrimonio si se dan las oportunas condiciones. En cambio, con ello no tiene que ver en modo alguno la cuestión del pecado: «¿Estás ligado a mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer. Si te casares, no pecas; y si la doncella se casa, no peca» (1 Cor 7, 27-28). A base sólo de estas palabras, no podemos ciertamente formular juicio alguno sobre lo que pensaba y enseñaba el Apóstol acerca del matrimonio. Este tema quedará explicado en parte en el contexto de la Carta a los Corintios (cap. 7) y con más plenitud en la Carta a los Efesios (5, 21-33). En nuestro caso, se trata probablemente de la respuesta a la pregunta sobre si el matrimonio es pecado; y podría pensarse incluso que esta pregunta refleje el influjo de corrientes dualistas pregnósticas que se transformaron más tarde en encratismo y maniqueísmo. Pablo responde que de ninguna manera entra en juego aquí la cuestión del pecado. No se trata del discernimiento entre «bien» y «mal», sino solamente entre «bien» y «mejor». A continuación pasa a motivar por qué quien elige el matrimonio «hace bien» y quien elige la virginidad, o sea, la continencia voluntaria, «hace mejor». (Juan Pablo II. Audiencia General, n.6, 23 de junio de 1982)

La continencia, aún cuando elegida conscientemente y decidida personalmente, sin ser motivada por “el Reino de los cielos” no entra en el contenido sobrenatural enunciado por Cristo

Cristo habla de la continencia «por» el reino de los cielos. De este modo quiere subrayar que este estado, elegido conscientemente por el hombre en la vida temporal, donde de ordinario los hombres «toman mujer o marido», tiene una singular finalidad sobrenatural. La continencia, aún cuando elegida conscientemente y decidida personalmente, pero sin esa finalidad, no entra en el contenido de este enunciado de Cristo. Al hablar de los que han elegido conscientemente el celibato o la virginidad por el reino de los cielos (esto es, «se han hecho a sí mismos eunucos»), Cristo pone de relieve —al menos de modo indirecto— que esta opción, en la vida terrena, va unida a la renuncia y también a un determinado esfuerzo espiritual. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.5b, 17 de marzo de 1982)

V – Elogios a la virginidad

Sagradas Escrituras

Los puros y castos siguen al Cordero adondequiera que va

Cantan un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro Vivientes y de los Ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los 144.000 rescatados de la tierra. Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Estos siguen al Cordero a dondequiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero, y en su boca no se encontró mentira: no tienen tacha. (Ap 14, 1-4)

San Cipriano

Las vírgenes, son la porción más ilustre del rebaño de Cristo

Me dirijo ahora a las vírgenes con tanto mayor interés cuanto mayor es su dignidad. La virginidad es como la flor del árbol de la Iglesia, la hermosura y el adorno de los dones del Espíritu, alegría, objeto de honra y alabanza, obra íntegra e incorrupta, imagen de Dios, reflejo de la santidad del Señor, porción la más ilustre del rebaño de Cristo. La madre Iglesia se alegra en las vírgenes, y por ellas florece su admirable fecundidad, y, cuanto más abundante es el número de las vírgenes, tanto más crece el gozo de la madre. (…) (San Cipriano. Tratado sobre el comportamiento de las vírgenes, nn. 3-4. 22. 23: CSEL 3,189-190. 202-204)

San Jerónimo

Tertuliano, San Cipriano, el Papa San Dámaso, San Ambrosio escribieron elocuentes elogios a la virginidad

En el libro que he publicado contra Helvidio acerca de la perpetua virginidad de la bienaventurada María creo haber descrito con brevedad las incomodidades del matrimonio y las muchas solicitudes que lleva consigo. Repetir ahora lo mismo sería pesado; si alguno lo desea, puede ir a beber en aquella fuentecilla. (…) Si deseas conocer las pesadumbres de que se libra la virgen y a las que se ata la casada, lee a Tertuliano, que escribe a un amigo suyo filósofo, y otros opúsculos sobre la virginidad, como, por ejemplo, el libro espléndido del bienaventurado Cipriano, o lo que en verso y en prosa ha compuesto sobre el tema el papa Dámaso, o los opúsculos que recientemente ha escrito sobre lo mismo nuestro Ambrosio dirigiéndose a su hermana. En ellos se explaya tan elocuentemente, que todo lo que se puede decir para elogio de fe la virginidad está allí estudiado, ordenado y descrito. (San Jerónimo. Carta 22 a Eustoquia, 22)

San Agustín

La virginidad misma no merece honores por ser virginidad, sino por estar dedicada al Señor

No hay, pues, fecundidad física alguna que pueda compararse con la virginidad también física. Tampoco ésta es objeto de honra por ser virginidad, sino por estar consagrada a Dios. Aunque se practique en la carne, la guarda la piedad y devoción del espíritu. Por este motivo es espiritual incluso la virginidad física que promete y guarda la continencia por motivos de piedad. Como nadie hace un uso impuro de su cuerpo si el espíritu no ha concebido antes la maldad, así tampoco nadie guarda la pureza en su cuerpo si no ha albergado antes en su espíritu la castidad. Aunque la pureza conyugal se practica en la carne, no se le atribuye a la carne, sino al espíritu, pues, presidiendo y gobernando él, la carne misma no se une a nadie que no sea el propio cónyuge. Si esto es así, ¡cuánto más y con cuánta mayor honra no habrá que computar entre los bienes del espíritu aquella continencia por la que se ofrece, consagra y conserva la integridad de la carne al creador del espíritu y de la carne!(San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo VIII)

Pío XII

Las vírgenes cristianas entregaron para siempre su vida al servicio de Jesucristo y de su Iglesia

No es esto de maravillar, toda vez que las Vírgenes cristianas, «la porción más gloriosa del rebaño de Cristo», a impulsos del amor, menospreciando todas las solicitudes del mundo, como ajenas a él, y superando la división del corazón, tan cómoda como llena de peligros, no solamente se consagraron del todo a Cristo como a verdadero Esposo de las almas, sino que entregaron para siempre su vida, adornada con las joyas de todas las virtudes cristianas, al servicio de Jesucristo y de su Iglesia. (Pío XII. Constitución Apóstolica Sponsa Christi. n.2, 21 de noviemvre de 1950)

La virginidad consagrada a Dios uno de los tesoros más preciosos dejados como en herencia a la Iglesia por su Fundador

La santa virginidad y la castidad perfecta, consagrada al servicio divino, se cuentan sin duda entre los tesoros más preciosos dejados como en herencia a la Iglesia por su Fundador. Por eso los Santos Padres afirmaron que la virginidad perpetua es un bien excelso nacido de la religión cristiana. Y con razón notan que los paganos de la antigüedad no exigieron de las vestales tal género de vida sino por un tiempo limitado (Cf. S. Ambrósio., De virginibus, lib. I, c. 4, n.15; De virginitate, c. 3, n.13; PL 16, 269), y si en el Antiguo Testamento se mandaba guardar y practicar la virginidad, era solo como condición preliminar para el matrimonio (Cfr. Ex. XXII, 16-17; Deut. XXII, 23-29; Eccli. XLII, 9). Añade San Ambrosio (S. Ambrósio., De virginibus, lib. I, e. 3, n. 12; P. L. XVI, 192.) : Leemos, sí, que también, en el templo de Jerusalén hubo vírgenes. Pero, ¿qué dice el Apóstol? Todo esto les acontecía en figura (I Cor. X, 11) para que fuesen imágenes de las realizaciones futuras. (Pío XII. Encíclica Sacra virginitas, n. 1, 25 de marzo de 1954)

Los Santos Padres y muchos otros dedicaron las mayores alabanzas a la virginidad

También los Santos Padres como San Cipriano, San Atanasio, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo, San Agustín y otros muchos, escribiendo sobre, la virginidad, le dedicaron las mayores alabanzas. Está doctrina de los Santos Padres, desarrollada al correr de los siglos, por los Doctores de la Iglesia y por los maestros de la ascética cristiana, contribuye mucho para suscitar en los cristianos de ambos sexos el propósito, de consagrarse a Dios en castidad perfecta y para confirmarlos en él hasta la muerte. (Pío XII. Encíclica Sacra virginitas, n. 4, 25 de marzo de 1954)

Las enseñanzas de los Santos Padres sobre la excelencia y el mérito de la virginidad son un estímulo para perseverar en la práctica de la continencia

No se puede contar la multitud de almas que desde los comienzos de la, Iglesia hasta, nuestros días han ofrecido a Dios su castidad, unos conservando intacta su virginidad, otros consagrándole para siempre su viudez, después de la muerte del esposo; otros, en fin, eligiendo una vida totalmente casta después de haber llorado sus pecados; mas todos conviniendo en el mismo propósito de abstenerse para siempre, por amor de Dios, de los deleites de la carne. Sirvan a todos estos las enseñanzas de los Santos Padres sobre la excelencia y, él mérito de la virginidad, de estímulo, de sostén y de aliento para perseverar inconmovibles en el sacrificio ofrecido y para no volver a tomar ni la más pequeña parte del holocausto ofrendado ante el altar de Dios. (Pío XII. Encíclica Sacra virginitas, n. 5, 25 de marzo de 1954)

Juan XXIII

La gloria de la virginidad dilata el corazón para el amor más auténtico, más grande y más universal que se pueda dar sobre la tierra

En esta variedad de colores hay todavía una nota inconfundible, que todas las variedades constituyen la unidad de las almas consagradas y es precisamente la virginidad. Quisiéramos en esta circunstancia haceros sentir a vosotras y sobre todo a la faz del mundo el altísimo aprecio y gloria de la virginidad.

Ella es la virtud que dilata vuestro corazón para el amor más auténtico, más grande y más universal que darse pueda sobre la tierra: el servicio a Cristo en las almas. Lo que vosotras habéis buscado no es un amor terreno ni una casa propia ni el cumplimiento de tareas estrictamente personales, cosas todas ellas que, aunque lícitas y justas, no podían satisfacer las aspiraciones de vuestro corazón, sino que habéis escogido al celestial Esposo y el inmenso campo de la Santa Iglesia. (Juan XXIII. Discurso a las religiosas de Roma. 29 de enero de 1960)

Concilio Vaticano II

La perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia

La santidad de la Iglesia también se fomenta de una manera especial con los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos [Sobre los consejos en general, cf. Orígenes, Comm. Rom. X 14: PG 14, 1275B. San Agustín, De S. virginitate, 15, 15: PL 40, 403. Santo Tomás, Summa Theol., I-II, q. 100, a. 2c (al final); II-II, q. 44, a. 4, ad 3.]. Entre ellos destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con un corazón que en la virginidad o en el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34) [Sobre la excelencia de la sagrada virginidad, cf. Tertuliano, Exhort. cast. 10: PL 2, 925C. San Cipriano, Hab. virg., 3 y 22: PL 4, 443B y 461 As. San Atanasio (?), De virg.: PG 28, 252ss. San J. Crisóstomo, De virg.: PG 48, 533ss.]. Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 42, 21 de noviembre de 1964)

Juan Pablo II

La virginidad signo del primado de Dios sobre toda realidad y como anticipación profética de la vida futura

¡Cuántas mujeres jóvenes, en la historia de la Iglesia, contemplando la nobleza y la belleza del corazón virginal de la Madre del Señor, se han sentido alentadas a responder generosamente a la llamada de Dios, abrazando el ideal de la virginidad! “Precisamente esta virginidad ―como he recordado en la encíclica Redemptoris Mater―, siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una especial fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu Santo” (n. 43).
La vida virginal de María suscita en todo el pueblo cristiano la estima por el don de la virginidad y el deseo de que se multiplique en la Iglesia como signo del primado de Dios sobre toda realidad y como anticipación profética de la vida futura. Demos gracias juntos al Señor por quienes aún hoy consagran generosamente su vida mediante la virginidad, al servicio del reino de Dios. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 7 de agosto de 1996)

La virginidad de María inspirará en la historia de la Iglesia a muchas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal

María, “llena de gracia” (Lc 1, 28), fue enriquecida con una perfección de santidad que, según la interpretación de la Iglesia, se remonta al primer instante de su existencia: el privilegio único de su Inmaculada Concepción influyó en todo el desarrollo de la vida espiritual de la joven de Nazaret.
Así pues, se debe afirmar que lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo que, en el decurso de la historia de la Iglesia, impulsaría a tantas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal.
La presencia singular de la gracia en la vida de María lleva a la conclusión de que la joven tenía un compromiso de virginidad. Colmada de dones excepcionales del Señor desde el inicio de su existencia, está orientada a una entrega total, en alma y cuerpo, a Dios en el ofrecimiento de su virginidad. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 24 de julio de 1996)

La decisión de optar por el celibato o la virginidad, más que renunciar a valores humanos, es la elección de valores más grandes

Las maravillas que Dios hace, también hoy, en el corazón y en la vida de tantos muchachos y muchachas, las hizo, ante todo, en el alma de María. También en nuestro mundo, aunque esté tan distraído por la fascinación de una cultura a menudo superficial y consumista, muchos adolescentes aceptan la invitación que proviene del ejemplo de María y consagran su juventud al Señor y al servicio de sus hermanos.
Esta decisión, más que renuncia a valores humanos, es elección de valores más grandes. A este respecto, mi venerado predecesor Pablo VI, en la exhortación apostólica Marialis cultus, subrayaba cómo quien mira con espíritu abierto el testimonio del Evangelio “se dará cuenta de que la opción del estado virginal por parte de María (…) no fue un acto de cerrarse a algunos de los valores del estado matrimonial, sino que constituyó una opción valiente, llevada a cabo para consagrarse totalmente al amor de Dios” (n. 37). (Juan Pablo II. Audiencia General, n.3, 7 de agosto de 1996)

La virginidad consagrada es fuente de especial fecundidad espiritual

¡Cuántas mujeres jóvenes, en la historia de la Iglesia, contemplando la nobleza y la belleza del corazón virginal de la Madre del Señor, se han sentido alentadas a responder generosamente a la llamada de Dios, abrazando el ideal de la virginidad! “Precisamente esta virginidad ―como he recordado en la encíclica Redemptoris Mater―, siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una especial fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu Santo” (n. 43).
La vida virginal de María suscita en todo el pueblo cristiano la estima por el don de la virginidad y el deseo de que se multiplique en la Iglesia como signo del primado de Dios sobre toda realidad y como anticipación profética de la vida futura. Demos gracias juntos al Señor por quienes aún hoy consagran generosamente su vida mediante la virginidad, al servicio del reino de Dios.
Al mismo tiempo, mientras en diversas zonas de antigua evangelización el hedonismo y el consumismo parecen disuadir a los jóvenes de abrazar la vida consagrada, es preciso pedir incesantemente a Dios, por intercesión de María, un nuevo florecimiento de vocaciones religiosas. Así, el rostro de la Madre de Cristo, reflejado en muchas vírgenes que se esfuerzan por seguir al divino Maestro, seguirá siendo para la humanidad el signo de la misericordia y de la ternura divinas. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 7 de agosto de 1996)

La virginidad de María impulsaría a muchas mujeres en la Historia de la iglesia a consagrar su virginidad a Dios

En particular, no debemos olvidar que María había recibido, desde el inicio de su vida, una gracia sorprendente, que el ángel le reconoció en el momento de la Anunciación. María, “llena de gracia” (Lc 1, 28), fue enriquecida con una perfección de santidad que, según la interpretación de la Iglesia, se remonta al primer instante de su existencia: el privilegio único de su Inmaculada Concepción influyó en todo el desarrollo de la vida espiritual de la joven de Nazaret.
Así pues, se debe afirmar que lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo que, en el decurso de la historia de la Iglesia, impulsaría a tantas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal.
La presencia singular de la gracia en la vida de María lleva a la conclusión de que la joven tenía un compromiso de virginidad. Colmada de dones excepcionales del Señor desde el inicio de su existencia, está orientada a una entrega total, en alma y cuerpo, a Dios en el ofrecimiento de su virginidad. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 24 de julio de 1996)

Benedicto XVI

María, prototipo de las vírgenes cristianas

“Sed esclavas del Señor de nombre y de hecho, a imitación de la Madre de Dios” (Ritual de consagración de vírgenes, 29). El Orden de las vírgenes constituye una expresión particular de vida consagrada, que volvió a florecer en la Iglesia después del concilio Vaticano II (cf. Vita consecrata, 7). Pero sus raíces son antiguas: se remontan a los inicios de la vida evangélica, cuando, como novedad inaudita, el corazón de algunas mujeres comenzó a abrirse al deseo de la virginidad consagrada, es decir, al deseo de entregar a Dios todo su ser, que había tenido en la Virgen de Nazaret y en su “sí” su primera realización extraordinaria. El pensamiento de los Padres ve en María el prototipo de las vírgenes cristianas y muestra la novedad del nuevo estado de vida al que se accede mediante una libre elección de amor. (Benedicto XVI. Discurso a un grupo de vírgenes consagradas con ocasión del segundo Congreso del “Ordo virginum”, n. 2, 15 de mayo de 2008)

La invitación evangélica de que -quien pueda entender, que entienda- y en el consejo paulino sobre la virginidad por el Reino, encierran todo el misterio cristiano

“Que en ti, Señor, lo posean todo, porque te han elegido a ti solo, por encima de todo” (Ritual de consagración de vírgenes, 38). Vuestro carisma debe reflejar la intensidad, pero también la lozanía de los orígenes. Se funda en la sencilla invitación evangélica de que “quien pueda entender, que entienda” (Mt 19, 12) y en el consejo paulino sobre la virginidad por el Reino (cf. 1 Co 7, 25-35). Y, sin embargo, en él se encierra todo el misterio cristiano. Cuando nació, vuestro carisma no se configuraba con modalidades particulares de vida, pero después fue institucionalizándose paulatinamente, hasta llegar a una verdadera consagración pública y solemne, conferida por el obispo mediante un sugestivo rito litúrgico, que convertía a la mujer consagrada en la sponsa Christi, imagen de la Iglesia esposa. (Benedicto XVI. Discurso a un grupo de vírgenes consagradas con ocasión del segundo Congreso del “Ordo virginum”, n. 3, 15 de mayo de 2008)

VI – El celibato y su vínculo con la ordenación sagrada se explica porque el sacerdote se configura con Jesucristo Cabeza y Esposo de la Iglesia

Benedicto XV

Jamás la Santa Sede mitigará, limitará o abolirá el celibato eclesiástico

Y así, Venerables Hermanos, como Nos ya en numerosas otras ocasiones lo hemos declarado, jamás esta Sede Apostólica mitigará o limitará esta santísima y muy saludable ley del celibato eclesiástico y mucho menos la abolirá. (Benedicto XV. Alocución en el Consistorio del 16 de diciembre de 1920. AAS., 12, 1920, p.587).

Pío XII

La Iglesia instituyó la ley del celibato para poner de relieve, ante todos, que el sacerdote es ministro de Dios y padre de las almas

La actividad del sacerdote se ejercita en todo cuanto al orden de la vida sobrenatural se refiere, pues le corresponde fomentar el crecimiento de la misma y comunicarla al Cuerpo Místico de Cristo. Por ello ha de renunciar a todas las ocupaciones «que son del mundo», cuidarse tan sólo de «las que son de Dios» (1Co 7, 32, 33). Y porque ha de estar libre de las solicitudes del mundo y consagrado por completo al divino servicio, la Iglesia instituyó la ley del celibato, para que cada vez se pusiera más de relieve, ante todos, que el sacerdote es ministro de Dios y padre de las almas. Y gracias a esa ley de celibato, el sacerdote, lejos de perder por completo el deber de la verdadera paternidad, lo realza hasta lo infinito, puesto que engendra hijos no para esta vida terrenal y perecedera, sino para la celestial y eterna. Cuanto más refulge la castidad sacerdotal, tanto más viene a ser el sacerdote, junto con Cristo, «hostia pura, hostia santa, hostia inmaculada” Missale Rom., Canon]. (Pío XII. Exhortación Apostólica Menti nostrae, 23 de septiembre de 1950)

Concilio Vaticano II

La “castidad” libera el corazón del hombre para que se inflame más en el amor a Dios

La castidad “por el Reino de los cielos”, que profesan los religiosos, debe ser estimada como un singular don de la gracia. Ella libera de modo especial el corazón del hombre para que se inflame más en el amor a Dios y a todos los hombres, y es, por lo mismo, signo peculiar de los bienes celestiales y medio aptísimo para que los religiosos se dediquen con alegría al servicio divino y a las obras de apostolado. Evocan así ellos ante todos los cristianos aquel maravilloso connubio instituido por Dios y que habrá de tener en el siglo futuro su plena manifestación, por el que la Iglesia tiene a Cristo como único Esposo. (Concilio Vaticano II. Decreto Perfectae caritatis, n,12, 28 de octubre de 1965)

Los presbíteros por la virginidad o celibato conservado por el reino de los cielos se consagran a Cristo de una forma nueva, con un corazón indiviso y se dedican más libremente en Él y por Él al servicio de Dios y de los hombres

Pero el celibato tiene mucha conformidad con el sacerdocio. Porque toda la misión del sacerdote se dedica al servicio de la nueva humanidad, que Cristo, vencedor de la muerte, suscita en el mundo por su Espíritu, y que trae su origen “no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1, 13). Los presbíteros, pues, por la virginidad o celibato conservado por el reino de los cielos [Cf. Mt., 19, 12], se consagran a Cristo de una forma nueva y exquisita, se unen a El más fácilmente con un corazón indiviso[Cf. 1 Cor., 7, 32-34], se dedican más libremente en El y por El al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su reino y a la obra de regeneración sobrenatural, y con ello se hacen más aptos para recibir ampliamente la paternidad en Cristo. De esta forma, pues, manifiestan delante de los hombres que quieren dedicarse al ministerio que se les ha confiado, es decir, de desposar a los fieles con un solo varón, y de presentarlos a Cristo como una virgen casta [Cf. 2 Cor., 11, 2], y con ello evocan el misterioso matrimonio establecido por Dios, que ha de manifestarse plenamente en el futuro, por el que la Iglesia tiene a Cristo como Esposo único [Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, nn. 42 y 44: AAS 57 (1965), pp. 47-49 y 50-51; Decreto De accommodata renovatione vitae religiosae, n. 12]. Se constituyen, además, en señal viva de aquel mundo futuro, presente ya por la fe y por la caridad, en que los hijos de la resurrección no tomarán maridos ni mujeres [Cf. Lc., 20, 35-36; Pío XI, Encícl. Ad catholici sacerdotii, l. c., pp. 24-28; Pío XII, Encícl. Sacra Virginitas, del 25 de marzo de 1954: AAS 46 (1954), pp. 169-172]. (Concilio Vaticano II. Decreto Presbyterorum ordinis, n.16, 7 de diciembre de 1965)

Pablo VI

El celibato, divino carisma que tiene como motivación el Evangelio y el Reino de los Cielos

Jesús, que escogió los primeros ministros de la salvación y quiso que entrasen en la inteligencia de los misterios del reino de los cielos (Mt 13,11; Mc 4,11; Lc 8,10), cooperadores de Dios con título especialísimo, embajadores suyos (2Cor 5,20), y les llamó amigos y hermanos (Jn 15,15; 20,17), por los cuales se consagró a sí mismo, a fin de que fuesen consagrados en la verdad (Jn 17, 19), prometió una recompensa superabundante a todo el que hubiera abandonado casa, familia, mujer e hijos por el reino de Dios (Lc 18,29-30). Más aún, recomendó también [Decr. Presbyter. ordinis, n. 16], con palabras cargadas de misterio y de expectación, una consagración todavía más perfecta al reino de los cielos por medio de la virginidad, como consecuencia de un don especial (Mt 19,11-12). La respuesta a este divino carisma tiene como motivo el reino de los cielos (Ibíd.. v. 12); e igualmente de este reino, del evangelio (Mc 20,29-30) y del nombre de Cristo (Mt 19,29) toman su motivo las invitaciones de Jesús a las arduas renuncias apostólicas, para una participación más íntima en su suerte. (Pablo VI. Encíclica. Sacerdotalis Caelibatus, n.22, 24 de junio de 1967)

Juan Pablo II

La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado

Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la motivación teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato. En cuanto ley, ella expresa la voluntad de la Iglesia, antes aún que la voluntad que el sujeto manifiesta con su disponibilidad. Pero esta voluntad de la Iglesia encuentra su motivación última en la relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso el celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor. (Juan Pablo II. Exhortación postsinodal Pastores Dabo Vobis, 29, 25 de marzo de 1992)

Cardenal Alfons Maria Stickler

¿Podría la Iglesia abolir el celibato, considerando que el sacerdocio católico ha sido fundada sobre el misterio inmutable de la Iglesia y del propio Cristo?

El sacerdocio de la Iglesia Católica se presenta así como un misterio, el cual está, a su vez, inmerso en el misterio de la Iglesia de Cristo. Todo problema concerniente a este sacerdocio y sobre todo al grave, grande y siempre actual problema del celibato no puede y no debe ser visto y resuelto con consideraciones y motivaciones puramente antropológicas, psicológicas, sociológicas y, de modo general, profanas y terrenas. (…)
Además, teniendo en cuenta la naturaleza del sacerdocio católico, no es suficiente acudir a aquello que hace más funcional a la Iglesia: conservación o renuncia al celibato; porque el sacerdocio del Nuevo Testamento no es un concepto funcional, como sucedía en el Antiguo Testamento, sino que es un concepto ontológico, al que sólo puede corresponder una forma adecuada de obrar según el axioma: agere sequitur esse, es decir, la acción sigue al ser.
De frente a esta teología del sacerdocio neotestamentario que ha sido confirmada y profundizada por el magisterio oficial de la Iglesia, nos debemos todavía preguntar: ¿las razones que han sido expuestas a favor del celibato, hablan sólo de su «conveniencia» o más bien de algo realmente necesario e irrenunciable? ¿No existe realmente un iunc-tum —un vínculo de unidad— entre sacerdocio y celibato? Sólo si se responde rectamente a esta pregunta se podrá responder a esta otra: ¿podría la Iglesia decidir un día la modificación de la obligación del celibato, o incluso abolirla del todo?
Para no correr riesgos con la respuesta a esta pregunta, debemos partir del hecho de que el sacerdocio católico no ha sido establecido por el Fundador de la Iglesia sobre el hombre que se transforma y cambia, sino sobre el misterio inmutable de la Iglesia y del propio Cristo
. (Cardenal Alfons Maria Stickler. El celibato eclesiástico, su historia y sus fundamentos teológicos)

Cardenal Claudio Hummes. Prefecto de la Congregación para el clero

Los legisladores del S. IV-V sostenían que la ley del celibato se fundaba en una tradición apostólica

En efecto, los estudiosos indican que los orígenes del celibato sacerdotal se remontan a los tiempos apostólicos. El padre Ignace de la Potterie escribe: “Los estudiosos en general están de acuerdo en decir que la obligación del celibato, o al menos de la continencia, se convirtió en ley canónica desde el siglo IV (…). Pero es importante observar que los legisladores de los siglos IV o V afirmaban que esa disposición canónica estaba fundada en una tradición apostólica. Por ejemplo, el concilio de Cartago (del año 390) decía: “Conviene que los que están al servicio de los misterios divinos practiquen la continencia completa (continentes esse in omnibus) para que lo que enseñaron los Apóstoles y ha mantenido la antigüedad misma, lo observemos también nosotros”” (cf. Il fondamento biblico del celibato sacerdotale, en: Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale. Cinisello Balsamo 1993, pp. 14-15). En el mismo sentido, A.M. Stickler habla de argumentos bíblicos en favor del celibato de inspiración apostólica (cf. Ch. Cochini, Origines apostoliques du Célibat sacerdotal, Prefacio, p. 6). (Cardenal Claúdio Hummes. Reflexiones con motivo del XL aniversario de la carta encíclica «Sacerdotalis Caelibatus» del Papa Pablo VI, 24 de febrero de 2007)

La entrega total al Señor y una fuerte relación personal con Cristo es el fundamento del celibato

El celibato, antes de ser una disposición canónica, es un don de Dios a su Iglesia; es una cuestión vinculada a la entrega total al Señor. Aun distinguiendo entre la disciplina del celibato de los sacerdotes seculares y la experiencia religiosa de la consagración y de la profesión de los votos, no cabe duda de que no existe otra interpretación y justificación del celibato eclesiástico fuera de la entrega total al Señor, en una relación que sea exclusiva, también desde el punto de vista afectivo; esto supone una fuerte relación personal y comunitaria con Cristo, que transforma el corazón de sus discípulos. (Cardenal Claúdio Hummes. Reflexiones con motivo del XL aniversario de la carta encíclica «Sacerdotalis Caelibatus» del Papa Pablo VI, 24 de febrero de 2007)

El celibato por razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas tiene como ícono las palabras que Jesús dirige a Pedro -¿Me amas más que estos?

La opción del celibato hecha por la Iglesia católica de rito latino se ha realizado, desde los tiempos apostólicos, precisamente en la línea de la relación del sacerdote con su Señor, teniendo como gran icono el “¿Me amas más que estos?” (Jn 21, 15), que Jesús resucitado dirige a Pedro. Por tanto, las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas del celibato, todas ellas arraigadas en la comunión especial con Cristo a la que está llamado el sacerdote, pueden tener diversas expresiones, según lo que afirma autorizadamente la encíclica Sacerdotalis caelibatus. (Cardenal Claúdio Hummes. Reflexiones con motivo del XL aniversario de la carta encíclica «Sacerdotalis Caelibatus» del Papa Pablo VI, 24 de febrero de 2007)

El celibato es un camino de amor que no todos lo entienden sino aquellos a quienes se les ha concedido

Ante todo, el celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral” (n. 24). La caridad es el criterio supremo para juzgar la vida cristiana en todos sus aspectos; el celibato es un camino del amor, aunque el mismo Jesús, como refiere el evangelio según san Mateo, afirma que no todos pueden comprender esta realidad: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19, 11). Esa caridad se desdobla en los clásicos aspectos de amor a Dios y amor a los hermanos: “Por la virginidad o el celibato a causa del reino de los cielos, los presbíteros se consagran a Cristo de una manera nueva y excelente y se unen más fácilmente a él con un corazón no dividido” (Presbyterorum ordinis, 16). San Pablo, en un pasaje al que aquí se alude, presenta el celibato y la virginidad como “camino para agradar al Señor” sin divisiones (cf. 1 Co 7, 32-35): en otras palabras, un “camino del amor”, que ciertamente supone una vocación particular, y en este sentido es un carisma, y que es en sí mismo excelente tanto para el cristiano como para el sacerdote. (Cardenal Claúdio Hummes. Reflexiones con motivo del XL aniversario de la carta encíclica «Sacerdotalis Caelibatus» del Papa Pablo VI, 24 de febrero de 2007)

El celibato es el ejemplo que Cristo dejó

El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Explica también la encíclica: “Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre” (Sacerdotalis caelibatus, 21). La existencia histórica de Jesucristo es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada tanto en el plano cristiano como en el de la común racionalidad humana. (Cardenal Claúdio Hummes. Reflexiones con motivo del XL aniversario de la carta encíclica «Sacerdotalis Caelibatus» del Papa Pablo VI, 24 de febrero de 2007)


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