140 – ¿Amamos a la Iglesia sabiendo incluso comprender sus defectos? La Iglesia también tiene defectos

“¿Amamos a la Iglesia como se ama a la propia mamá, sabiendo incluso comprender sus defectos?” Esta interrogación de Francisco demuestra el alto concepto que tiene de la institución que gobierna. ¿Los defectos de la Iglesia? ¿A qué se refiere? ¿San Pablo no la proclamó “sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 27)? Es posible que el Obispo de Roma no sepa hacer la distinción entre la Iglesia como institución divina y sus hijos pecadores… pero en ese caso, el defecto estará en él, no en la Iglesia.

En sentido contrario, tal cuestión siempre fue clara para cualquiera mínimamente instruido. Francisco tal vez no se acuerde de que la Iglesia divina acoge en su seno hijos defectibles, y a éstos les proporciona todos los medios para que dejen de pecar. Si se refiere a la parte divina, realmente no cabe encontrar defectos. Pero si alude a la parte humana, no es precisamente el momento de taparlos, una vez que son tantos los escándalos que estamos obligados a escuchar cada día, motivo de gravísimo peso para todo aquellos que buscamos cumplir las leyes de Dios y de la misma Iglesia.

Si Francisco quiere saber si amamos a la Iglesia como a nuestras madres, le respondemos que sí y por eso nos duele constatar que haya públicamente ofendida por aquel que está llamado a defenderla. Y a ese respecto, preguntamos cuál es el hijo que inventa mentiras de su madre y las dice a todo el mundo so pretexto de mostrar amor. Recordemos las palabras de Gregorio XVI: “Es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir […] o pensar siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones” (Encíclica Mirari vos, 15 de agosto de 1832).

No negamos que en el seno de nuestra Santa Madre Iglesia haya muchos pecadores, pero tampoco podemos confundir los hijos con la Madre. Y estos pecadores, recordémoslo también, no necesitan de comprensión para sus defectos, sino de apoyo para convertirse, lo cual incluso, puede significar la necesidad de castigarlos. ¿O es que la misericordia de Francisco nos lleva a ignorar los pecados de quien los comete y atribuirlos a la Esposa Mística de Cristo? En este caso, el pecado mayor lo comete quien dice semejante aberración…

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – La Iglesia es una institución divina tan “defectible” como Aquel que la anima: el Divino Espíritu Santo
II – Conformada por miembros pecadores, la parte humana de la Iglesia es fallida pero las acciones de sus malos miembros no cambian su esencia intachable
III – Los defectos de los miembros indignos de la Iglesia no deben ser “comprendidos” ni “tapados”, sino corregidos y extirpados

I – La Iglesia es una institución divina tan “defectible” como Aquel que la anima: el Divino Espíritu Santo

Sagradas Escrituras

La Iglesia no tiene mancha ni arruga

Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. (Ef 5, 25-27)

La ciudad santa de Jerusalén, figura de la Iglesia, tiene la gloria de Dios

Y me llevó en Espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios. (Ap 21, 10-11)

El Espíritu de la verdad está siempre con la Iglesia

Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. (Jn 14, 16-17)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

El Espíritu Santo santifica, conserva y gobierna la Iglesia

Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18). Él es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39), por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rom 8, 10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Ga 4, 6; Rom 8, 15-16;26). Guía la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,11-12; 1 Co 12, 4; Ga 5, 22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo (cf. San Ireneo, Adv. Haer., III, 24, 1). En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (cf. Ap 22, 17). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 4, 21 de noviembre de 1964)

Fundada por Cristo, el origen de la Iglesia es divino

Después el Señor, una vez que hubo completado en sí mismo con su muerte y resurrección los misterios de nuestra salvación y de la renovación de todas las cosas, recibió todo poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28, 18), antes de subir al cielo (cf. Act 1, 4-8), fundó su Iglesia como sacramento de salvación. (Concilio Vaticano II. Decreto Ad gentes, n. 5, 7 de diciembre de 1965)

Juan Pablo II

La Iglesia es guiada por el Espíritu de la verdad…

La Iglesia, en su reflexión moral, siempre ha tenido presentes las palabras que Jesús dirigió al joven rico. En efecto, la Sagrada Escritura es la fuente siempre viva y fecunda de la doctrina moral de la Iglesia, como ha recordado el Concilio Vaticano II: “El Evangelio es fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta” (Dei Verbum, n. 7). La Iglesia ha custodiado fielmente lo que la palabra de Dios enseña no sólo sobre las verdades de fe, sino también sobre el comportamiento moral, es decir, el comportamiento que agrada a Dios (cf. 1 Ts 4, 1), llevando a cabo un desarrollo doctrinal análogo al que se ha dado en el ámbito de las verdades de fe. La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo que la guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13), no ha dejado, ni puede dejar nunca de escrutar el “misterio del Verbo encarnado”, pues sólo en él “se esclarece el misterio del hombre” (Gaudium et spes, n. 22). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 28, 6 de agosto del año 1993)

Gregorio XVI

… y no está sujeta a defectos u otras imperfecciones

En efecto, constando, según el testimonio de los Padres de Trento, que la Iglesia recibió su doctrina de Cristo Jesús y de sus Apóstoles, que es enseñada por el Espíritu Santo, que sin cesar la sugiere toda verdad, es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta restauración y regeneración para volverla a su incolumidad primitiva, dándola nueva vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones. Con cuyo intento pretenden los innovadores echar los fundamentos de una institución humana moderna, para así lograr aquello que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia, que es cosa divina, se haga cosa humana. (Gregorio XVI. Encíclica Mirari vos, n. 6, 15 de agosto de 1832)

Pío XII

La Iglesia es enriquecida con abundantísima comunicación del Espíritu

Y con su muerte nuestro Salvador fue hecho, en el pleno e íntegro sentido de la palabra, Cabeza de la Iglesia, de la misma manera, por su sangre la Iglesia ha sido enriquecida con aquella abundantísima comunicación del Espíritu, por la cual, desde que el Hijo del Hombre fue elevado y glorificado en su patíbulo de dolor, es divinamente ilustrada. […] Así en la hora de su preciosa muerte quiso enriquecer a su Iglesia con los abundantes dones del Paráclito, para que fuese un medio apto e indefectible del Verbo Encarnado en la distribución de los frutos de la Redención. Puesto que la llamada misión jurídica de la Iglesia y la potestad de enseñar, gobernar y administrar los sacramentos deben el vigor y fuerza sobrenatural, que para la edificación del Cuerpo de Cristo poseen, al hecho de que Jesucristo pendiente de la cruz abrió a la Iglesia la fuente de sus dones divinos, con los cuales pudiera enseñar a los hombres una doctrina infalible y los pudiese gobernar por medio de pastores ilustrados por virtud divina y rociarlos con la lluvia de las gracias celestiales. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi, n. 13, 29 de junio de 1943)

Pío XI

La Santa Madre Iglesia, educadora soberana y perfecta

Éstos son los frutos benéficos de la educación cristiana, precisamente por la virtuosa vida sobrenatural en Cristo que esta educación desarrolla y forma en el hombre; porque Cristo Nuestro Señor, Maestro Divino, es el autor y el dador de esta vida virtuosa y, al mismo tiempo, con su ejemplo, el modelo universal y accesible a todas las condiciones de la vida humana, particularmente de la juventud, en el período de su vida escondida, laboriosa y obediente, adornada de todas las virtudes individuales, domésticas y sociales, delante de Dios y delante de los hombres. Por consiguiente, todo este conjunto de tesoros educativos de infinito valor que hasta ahora hemos ido recordando parcialmente, pertenece de una manera tan íntima a la Iglesia, que viene como a identificarse con su propia naturaleza, por ser la Iglesia el Cuerpo Místico de Cristo, la Esposa Inmaculada de Cristo y, por lo tanto, Madre fecundísima y educadora soberana y perfecta. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 85-86, 31 de diciembre de 1929)

Juan Pablo II

La Iglesia tiene como característica la santidad

La santidad constituye la identidad profunda de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, vivificado y partícipe de su Espíritu. La santidad da la salud espiritual al Cuerpo. La santidad determina también su belleza espiritual; la belleza que supera toda belleza de la naturaleza y del arte; una belleza sobrenatural, en la que se refleja la belleza de Dios mismo de un modo más esencial y directo que en toda la belleza de la creación, precisamente porque se trata del Corpus Christi. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 28 de noviembre de 1990)

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

La Iglesia es santificada por el Espíritu Santo

¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia?

El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia. (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 145)

El Espíritu Santo vive en la Iglesia

La Iglesia es llamada templo del Espíritu Santo porque el Espíritu vive en el cuerpo que es la Iglesia: en su Cabeza y en sus miembros; Él además edifica la Iglesia en la caridad con la Palabra de Dios, los sacramentos, las virtudes y los carismas. “Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia” (San Agustín). (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 159)

II – Conformada por miembros pecadores, la parte humana de la Iglesia es fallida pero las acciones de sus malos miembros no cambian su esencia intachable

Pío XII

La Iglesia no tiene mancha alguna, sin embargo, posee hijos enfermos

Y, ciertamente, esta piadosa Madre brilla sin mancha alguna en los sacramentos, con los que engendra y alimenta a sus hijos; en la fe, que en todo tiempo conserva incontaminada; en las santísimas leyes, con que a todos manda y en los consejos evangélicos, con que amonesta; y, finalmente, en los celestiales dones y carismas con los que, inagotable en su fecundidad, da a luz incontables ejércitos de mártires, vírgenes y confesores. Y no se le puede imputar a ella si algunos de sus miembros yacen postrados, enfermos o heridos, en cuyo nombre pide ella a Dios todos los días: Perdónanos nuestras deudas, y a cuyo cuidado espiritual se aplica sin descanso con ánimo maternal y esforzado. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi, n. 30, 29 de junio de 1942)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

Los pecadores forman parte de la Iglesia

Pues mientras Cristo, “santo, inocente, inmaculado” (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 8, 21 de noviembre de 1964)

La Iglesia terrestre y la Iglesia celeste no son dos cosas, sino una sola realidad

Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos, y el Cuerpo Místico de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 8, 21 de noviembre de 1964)

Pablo VI

La Iglesia es santa e irreprensible en sus elementos divinos; en sus elementos humanos, tiene miembros defectibles

Durante el Concilio, la Iglesia, meditando con más profundidad en su misterio, ha examinado su naturaleza en toda su dimensión, y ha escrutado sus elementos humanos y divinos, visibles e invisibles, temporales y eternos. Profundizando, ante todo, en el lazo que la une a Cristo y a su obra salvadora, ha subrayado especialmente que todos sus miembros están llamados a participar en la obra de Cristo, y, consiguientemente, a participar en su expiación; (Lumen gentium, n. 5.8) además, ha tomado conciencia más clara de que, aun siendo por designio de Dios santa e irreprensible, es en sus miembros defectible y está continuamente necesitada de conversión y renovación. (Pablo VI. Constitución apostólica Paenitemini, 17 de febrero de 1966)

Miembros pecadores no afectan la santidad de la Iglesia

[La Iglesia] es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo. (Pablo VI. Solemne profesión de fe con motivo del XIX centenario del martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo en Roma, n. 19, 30 de junio de 1968)

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

La santidad de la Iglesia es la fuente de santificación de sus hijos pecadores

La Iglesia es santa porque Dios santísimo es su autor; Cristo se ha entregado a sí mismo por ella, para santificarla y hacerla santificante; el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. En la Iglesia se encuentra la plenitud de los medios de salvación. La santidad es la vocación de cada uno de sus miembros y el fin de toda su actividad. Cuenta en su seno con la Virgen María e innumerables santos, como modelos e intercesores. La santidad de la Iglesia es la fuente de la santificación de sus hijos, los cuales, aquí en la tierra, se reconocen todos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación.(Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 165)

III – Los defectos de los miembros indignos de la Iglesia no deben ser “comprendidos” ni “tapados”, sino corregidos y extirpados

Concilio de Constanza (XVI Ecuménico)

Corregidos y extirpados

Asimismo, sí cree que todos los pecados mortales, y especialmente los manifiestos, han de ser públicamente corregidos y extirpados. (Denzinger-Hünermann 1279. Concilio de Constanza, Bula Inter cunctas, 22 de febrero de 1418)

Pablo VI

La Iglesia percibe como un deber corregir los defectos de los propios miembros

De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de comparar la imagen ideal de la Iglesia —tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como Esposa suya santa e inmaculada (Ef 5, 27)— y el rostro real que hoy la Iglesia presenta, fiel, por una parte, con la gracia divina, a las líneas que su divino Fundador le imprimió y que el Espíritu Santo vivificó y desarrolló durante los siglos en forma más amplia y más conforme al concepto inicial, y por otra, a la índole de la humanidad que iba ella evangelizando e incorporando; pero jamás suficientemente perfecto, jamás suficientemente bello, jamás suficientemente santo y luminoso como lo quería aquel divino concepto animador. Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior frente el espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí. El segundo pensamiento, pues, que ocupa nuestro espíritu y que quisiéramos manifestaros, a fin de encontrar no sólo mayor aliento para emprender las debidas reformas, sino también para hallar en vuestra adhesión el consejo y apoyo en tan delicada y difícil empresa, es el ver cuál es el deber presente de la Iglesia en corregir los defectos de los propios miembros y hacerles tender a mayor perfección y cuál es el método mejor para llegar con prudencia a tan gran renovación. (Pablo VI. Encíclica Eclesiam suam, n.3. 6 de agosto de 1964)

Juan Pablo II

Los pastores de la Iglesia han denunciado a aquellos que proceden mal

Ninguna laceración debe atentar contra la armonía entre la fe y la vida: la unidad de la Iglesia es herida no sólo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf. 1 Co 5, 9-13). Los Apóstoles rechazaron con decisión toda disociación entre el compromiso del corazón y las acciones que lo expresan y demuestran (cf. 1 Jn 2, 3-6). Y desde los tiempos apostólicos, los pastores de la Iglesia han denunciado con claridad los modos de actuar de aquellos que eran instigadores de divisiones con sus enseñanzas o sus comportamientos. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 26, 6 de agosto de 1993)

La Iglesia repite la palabra de Cristo: ¡no!

La Iglesia ha enseñado siempre que nunca se deben escoger comportamientos prohibidos por los mandamientos morales, expresados de manera negativa en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Como se ha visto, Jesús mismo afirma la inderogabilidad de estas prohibiciones: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos…: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso” (Mt 19, 17-18). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 52, 6 de agosto de 1993)

San Basilio Magno

Es proprio de la divina misericordia excitar con fuerza al pecador para que corte con el mal

Es propio de la divina misericordia no imponer castigos en silencio, sino publicar primero sus amenazas excitando a penitencia, así como hizo con los ninivitas y ahora con el labrador, diciendo “Córtala”, estimulándolo a que la cuide y excitando al alma estéril a que produzca los debidos frutos. (San Basilio Magno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 13, 6-9)

Benedicto XVI

Hay que castigar al que ha pecado contra el verdadero amor

Imperaba la conciencia de que la Iglesia no debía ser más Iglesia del derecho, sino Iglesia del amor, que no debía castigar. Así, se perdió la conciencia de que el castigo puede ser un acto de amor. En ese entonces se dio también entre gente muy buena una peculiar ofuscación del pensamiento. Hoy tenemos que aprender de nuevo que el amor al pecador y al damnificado está en su recto equilibrio mediante un castigo al pecador aplicado de forma posible y adecuada. En tal sentido ha habido en el pasado una transformación de la conciencia a través de la cual se ha producido un oscurecimiento del derecho y de la necesidad de castigo, en última instancia también un estrechamiento del concepto de amor, que no es, precisamente, sólo simpatía y amabilidad, sino que se encuentra en la verdad, y de la verdad forma parte también el tener que castigar a aquel que ha pecado contra el verdadero amor. (Benedicto XVI. Luz del mundo, parte I, n. 2, Herder, 2010, p. 16-17)

Cristo manda reprender al hermano que comete pecado

En la Sagrada Escritura leemos: “Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina” (Prov 9, 8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18, 15). […] La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de “corregir al que se equivoca”. Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. (Benedicto XVI. Mensaje para la Cuaresma de 2012, n. 1-2, 3 de noviembre de 2011)

Santo Tomás de Aquino

Al pecador, no queriendo enmendarse, se le debe obligar castigándole

Como queda expuesto (a. 3), hay dos clases de corrección del delincuente. La primera compete, en realidad, a los superiores, ya que se ordena al bien común y tiene fuerza coactiva. Esta corrección no debe pasar en silencio por temor a la turbación que pudiera ocasionar al que es objeto de ella, ya que, si no quiere enmendarse por propia voluntad, se le debe obligar, castigándole, a contenerse de su pecado, o también porque, si resulta incorregible, se mira por el bien común guardando el orden de la justicia e inspirando con ello un ejemplo de escarmiento para los demás. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 33, a. 6)

San Agustín

Amemos a la Iglesia como Madre

“¡Amemos al Señor nuestro Dios; amemos a su Iglesia! Amémosle a él como Padre, y a ella como Madre; a él como Señor, y a ella como a su servidora, porque somos hijos de su esclava. Pero este matrimonio está edificado sobre una grandísima caridad: nadie puede ofender a una parte y estar bien con la otra. Que nadie diga: ¿yo doy culto a los ídolos, consulto a los augures y adivinos, pero no abandono a la Iglesia de Dios. ¿Soy católico? Respetando a la madre, ofendes al padre. Otro dice: ¿Yo de todo eso nada: no consulto adivinos, no voy en busca de los augures, ni de oráculos sacrílegos, ni voy a adorar a los demonios, ni doy culto a las piedras; pero formo parte de la secta de Donato. ¿De qué te sirve no ofender al padre, que reclama venganza por la madre ofendida? ¿De qué te aprovecha confesar al Señor, honrar a Dios, predicarlo, reconocer a su Hijo, y confesarlo sentado a la diestra del padre, si ultrajas a su Iglesia? ¿No te sirven de ejemplo, ni te corrigen los matrimonios humanos? Pues mira, si tuvieras un patrón, a quien rindieras honor siempre, y entrases cada día en su casa, no digo únicamente para saludarlo, sino también para rendirle honor y servicios, y además le reverenciases con fidelidad; si difundieras una sola calumnia contra su esposa, ¿te atreverías, por ventura, a entrar en su casa? Estad, carísimos, unidos unánimemente a Dios como padre, y a la Iglesia como madre. Celebrad con sobriedad la festividad de los santos, para que imitemos a los que nos han precedido, y se alegren de vosotros quienes por vosotros oran, para que la bendición del Señor permanezca siempre sobre vosotros. Amén, amén. (San Agustín de Hipona. Comentarios a los salmos, 88II, n. 14)


Sobre las expresiones "Iglesia pecadora" y “Casta meretriz”, ver interesante artículo de Sandro Magister: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1343027?sp=y

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