¿La reconciliación de los creyentes se hace dentro o fuera de la Iglesia?

Después de la inesperada renuncia de Benedicto XVI corrieron todo tipo de rumores sobre los posibles sucesores del Papa alemán, con mayor o menor probabilidad de acierto en las especulaciones, dentro de una novedosa situación como fue la renuncia pontificia. Lo que algunos comentaban con interesada capacidad de análisis y sin detenerse demasiado en los nombres de posibles purpurados, era uno de los papeles que, según su mundano concepto, el nuevo ocupante de la silla de Pedro tendría que representar: el de la apertura hacia otras religiones y culturas, como condición para la presencia de la Iglesia en el mundo de hoy, la cual en muchas partes ya es bastante reducida, cuando no indeseada. Este sería el programa, independientemente del nuevo titular de la silla de Pedro, que daría el norte a su actuación.

Vamos por el cuarto año del gobierno de Jorge Mario Bergoglio y los hechos han dado razón a los que así opinaron. Las iniciativas de Francisco en este campo se repiten a diario, en un enfermizo y con frecuencia contradictorio afán de ser amigo de todos y apoyarlos en sus creencias, inaugurando un nuevo tipo de liderazgo muy intrigante para los católicos: no basado en las enseñanzas de la Iglesia, ni teniendo por objetivo llevarlas al mundo entero, como ordenó el mismo Cristo. Esta idea, aunque desconcertante, corresponde a la más estricta realidad, que el lector atento seguramente acompaña desde marzo del 2013.

Ciertas ideas de Francisco, que repite muy a menudo en diferentes términos, expresan su más firme convicción: lo que realmente importa es conformar en el ámbito religioso y civil una convivencia exenta de conflictos, en una apertura que parece olvidar o quizá sacrificar en el altar de los ídolos del mundo las más sagradas enseñanzas, costumbres y devociones que el catolicismo nos ha dejado. Aquello está por encima de esto.

Es nuestro deber proclamar la doctrina verdadera que el mismo Francisco oculta delante de la platea mediática que lo acompaña fervorosamente, aunque seamos conscientes de que esto nos quita su favor y amistad, que nunca tuvimos, por cierto, pues su tiempo está dedicado a otro tipo de periferias… Hay que señalar como curiosamente esta política ecuménica e interconfesional suya es correspondida en medida muy mediocre por aquellos a quien busca besar los pies. Si él se preocupara en hacer por Dios lo que hace por sus enemigos, la situación de la Iglesia sería muy diferente. Veamos⇒

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