Confesión: la más eficaz de las medicinas

A propósito de nuestra reciente entrada, “’La oración no es una aspirina’… ¡pero la confesión tampoco!

Queridos lectores, cuatro preguntas:

¿Qué se debe hacer con una oveja que con saltos y balidos aparenta estar feliz, pero manifiesta síntomas que preocupan a su pastor? ¿O que se divierte peligrosamente lejos de los pastos verdes y las aguas refrescantes del recinto donde su pastor la tiene protegida? Por otro lado ¿qué pensar de un pastor que prefiere esperar que su oveja esté gimiendo de dolor para tan sólo entonces intentar curarla? ¿O que prefiere no dar ninguna alarma con la esperanza de que el lobo, que ya se ha hecho presente, opte por apartarse con su propia iniciativa?

Preguntas didácticas que, además de ayudarnos a intuir porqué San Pío de Pietrelcina era un buen confesor, nos facilitan el modo de expresar algunos comentarios que deseamos hacer, pues vemos con gran satisfacción que el tema de la confesión sacramental suscita un gran interés y buen número de variadas preguntas.

Desde un punto de vista práctico, el buen confesor es aquel que aunque sólo sea por el tono de voz con que pregunta al penitente cuándo fue la última vez que se confesó, le hace sentir inmediatamente que está ahí sentado para ayudarlo, que desea otorgarle el perdón más completo posible, pues se encuentra para actuar en nombre de aquel Dios que “no acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente, no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme nuestras culpas”, el mismo que “cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados”(sal 103, 8-10, 11). Aunque parezca lo contrario, Dios y el confesor tienen más deseo de perdonar que el mismo pecador de ser perdonado. El confesor es alguien que está intercediendo a favor del penitente y le ayuda a discernir y declarar su propia culpa de manera suficiente, para así poder darle un perdón completo. En esencia, en el confesionario al pecador se le pide primordialmente que reconozca su error, para que así el confesor pueda administrar el perdón, que no es suyo sino de Dios. Como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica: “Cuando celebra el sacramento de la penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador” [1465]

Infelizmente no es tan raro cuanto desearíamos que alguien nos diga: “prefiero confesarme con quienes explican las cosas como son, y no con sacerdotes que dicen que no debo preocuparme porque eso no es pecado, con lo que acaban por no solucionar los problemas”. Es apenas un comentario. Pero toca precisamente en el punto más agudo y central del problema que aquí nos piden tratar. Un exceso de preocupación en favor del “no alarmismo” exagerado –y, repetimos, no tan raro– podría ser comparado con justicia a un mal diagnóstico de una enfermedad mortal. Y su efecto, aunque no lo pretenda, es lo opuesto a la alegría que con frecuencia manifiesta el penitente que se sabe perdonado de sus culpas, efecto tantas veces perceptible en forma de bienestar, a la vez espiritual y corporal. Hemos preferido introducir el tema con palabras menos dogmáticas que ejemplificativas porque tenemos la noción clara de que la Confesión Sacramental es algo que no se puede describir adecuadamente en tan breve espacio –¡y tiempo!– como el que aquí poseemos. Su ejercicio requiere un tacto y una buena percepción de las cosas para cuyo dominio es más adecuado recurrir a obras que tratan del tema con la necesaria extensión. Sin embargo, es muy oportuno que ante lo que nos ha sido propuesto, no nos quedemos callados.

Salgamos de ejemplos y descripciones, entremos en la doctrina de manera simple, con ayuda del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, editado en 2005 por Benedicto XVI.

A quien se confiesa se le exigen cinco requisitos: que haga un examen de conciencia diligente, la contrición, o lo que es lo mismo, el arrepentimiento, el propósito de no volver a pecar, la confesión propiamente dicha, que es la acusación de los propios pecados delante del sacerdote, y cumplir una penitencia que el confesor indicará. [303]. El compendio del catecismo recuerda que “se deben confesar todos los pecados graves aún no confesados que se recuerdan después de un diligente examen de conciencia. La confesión de los pecados graves es el único modo ordinario de obtener el perdón”. [304] Aunque no sea estrictamente necesario, la Iglesia recomienda también la confesión de los pecados leves, pues la confesión tiene también el efecto de fortalecernos en la lucha contra el pecado en general. [306] Ya que estamos iniciando la Cuaresma, conviene recordar que “todo fiel que haya llegado al uso de la razón, está obligado a confesar sus pecados graves al menos una vez al año, y de todos modos antes de recibir la sagrada Comunión”.[305] Es sumamente oportuno que nos preparemos adecuadamente para hacerlo durante la próxima Pascua.

Recordemos también que el sacerdote, según reza la propia fórmula de absolución, confiere el perdón de TODOS nuestros pecados.

Ahora entremos en un particular que ha sido objeto de dudas por partes de nuestros lectores.

¿Hay algún pecado que el sacerdote no puede perdonar, como aquellos que llevan a la excomunión? ¿Hay algún pecado que la Iglesia no haya perdonado nunca? ¿O como algunos dijeron, pecados que hace 2015 años no han sido nunca perdonados y que ahora lo podrán ser?

Aclaremos que no hay ningún pecado que no pueda ser perdonado, ni antes de esta fecha ni ahora en 2016.

El Compendio del Catecismo nos aclara que “la absolución de algunos pecados particularmente graves (como son los castigados con la excomunión) está reservada a la Sede Apostólica o al Obispo del lugar o a los presbíteros autorizados por ellos. [308] En Roma en las cuatro basílicas mayores (Basílica de San Pedro del Vaticano, Basílica San Juan de Letrán, Basílica de Santa María la Mayor y Basílica San Pablo Extramuros) en los confesionarios durante todos los días del año hay varios sacerdotes que tienen esa potestad, basta hacer la fila y confesarse, tan sencillo como eso. ¿Que no es fácil ir a Roma? Es frecuente que haya sacerdotes designados para gozar de la misma facultad durante las Jornadas Mundiales de la Juventud en los lugares donde ese evento se realiza, por ejemplo. ¿Y si alguien no alcanzó a confesarse en esa ocasión por algún motivo? ¡Recurra a su obispo! ¡Infórmese con algún sacerdote! Ambos deberían tener la formación adecuada para indicarles como proceder en estos casos y… créannos, nos es ningún monstruo de siete cabezas. Desde que haya verdadero arrepentimiento, la Iglesia resuelve las cosas con mano maternal y mucha facilidad. Sobre todo… cualquier cosa es mejor que encontrarse fuera de la gracia de Dios y, aún, sometido a alguna pena canónica como la excomunión.

¿Y que sucede si una persona está en esa situación, no puede ser absuelto, está lejos, sin condiciones económicas o de salud u otras, de llegar a algún lugar donde haya alguien con potestad de darle la absolución y corre peligro de muerte? ¿Se ve obligado a morir sin ella? El mismo Compendio del catecismo da la respuesta: “todo sacerdote puede absolver de cualquier pecado y excomunión, al que se halla en peligro de muerte”. [308]

Queridos hermanos, la muerte llega como el ladrón, dicen las Escrituras. Confesarse frecuentemente es recomendable y viene al caso aquí recordar que algunos santos tenían la costumbre de hacerlo diariamente. Es algo que no nos cuesta nada, a no ser que le cueste mucho a nuestro orgullo reconocer que pecamos. ¿Cuesta cambiar de vida? ¡Más aún cuesta llegar a su final sin haberse convertido! A quien quiera que tenga la dicha de encontrarse al alcance de una persona con la facultad de perdonar cualquier tipo de pecados, inclusive aquellos reservados al Papa, no podemos dejar de recomendarle que aproveche la oportunidad y haga la confesión de sus faltas según hemos dicho arriba, sea cual sea su estado. Y sepan que esa potestad no es una novedad en la Iglesia Católica. ¡Con cuanto afán no acudiríamos a confesarnos con el P. Pío si pudiéramos hacerlo en este instante! Si él no pudiese absolvernos, no nos recomendaría nada diferente de cuanto dice el catecismo y arriba citamos.


NOTA: Si alguien dice de nuevo que no ve donde está la relación de efecto de esto con lo que hace o dice Francisco, decir que la relación la hace el mismo Francisco y es tan obvia que hasta fue omitida: el martes anterior al miércoles de cenizas, por lo tanto, el día anterior de enviar a los más de mil sacerdotes facultados a perdonar los pecados más graves, Francisco declaró que los confesores exigentes no son buenos confesores… Lo mínimo que podemos decir es que eso es diferente de cuanto dice el Catecismo cuando habla de un “juicio a la vez justo y misericordioso”, y no solo misericordioso, de una misericordia tan frecuentemente mal entendida, mal ejercida y que desprovee al sacramento de su específica eficacia. Y es patentemente diferente de la manera como el P. Pío lo ejercía. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

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2 thoughts on “Confesión: la más eficaz de las medicinas

  1. Muchísimas gracias ,por toda la explicacion,a Dios Gracias procuro confesar muy frecuentemente,pero estamos viviendo mucha oscuridad,y creo nuestro deber tener una visión objetiva de lo q esta ocurriendo,todo es muy grave..
    Los católicos que x la Gracia de Dios vemos….nos sentimos desbordados en la búsqueda de la Verdad,y a veces ,como es el caso,al menos en mi ,necesitamos q nos lo expliquen.
    Vuelvo a agradeceros vuestra incansable lucha x ayudarnos y mostrarnos la verdad

  2. Les comparto unos extractos de un artículo sacado de http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1508100508-333-pecado-5-lutero-ante-el-p
    Al leerlo me hizo pensar en las últimas intervenciones y singulares explicaciones del papa.

    “Si la justificación es sólo por la fe, en vano trata el hombre de borrar su pecado con obras penitenciales –examen de conciencia, dolor, propósito, expiación–. Según Lutero, todo en él es pecado. Tratando de hacer penitencia, niega la perfecta redención que nos consiguió el Crucificado, deja Su gracia para apoyarse en las propias obras, en una palabra: judaiza el genuino Evangelio. Hay que reconocer que los discípulos de Jesús hicieron penitencias; pero eso significa únicamente que «en el umbral mismo de la historia neotestamentaria de la metanoia en la Iglesia antigua aparece inmediatamente el malentendido judaico» (J. Behm, metanoeo-matanoia, KITTEL IV, 1002/1191). En la doctrina de Lutero”

    “Lo mismo que el pelagianismo, el luteranismo es una herejía permanente, que, desde luego, extiende su tentación más allá del campo luterano y protestante. Cuando un católico, teniendo por irremediable su atadura al pecado, por ejemplo, su adulterio habitual, pretende sin propósito de la enmienda, es decir, sin conversión personal, tener acceso al sacramento de la penitencia y a la comunión eucarística, está pretendiendo en realidad lograr una falsa salvación al modo luterano. Anclado en su pecado, autorizándose a permanecer en él, no espera que la gracia de Cristo le perdone y le libere de ese pecado. Busca más bien una justificación al estilo luterano: «soy pecador, e inevitablemente lo seguiré siendo, pero poniendo toda mi fe en Cristo, Dios me perdona y me seguirá perdonando, pues no me imputa mi pecado». Simul iustus et peccator. Estas pensaciones se dan con frecuencia en no pocos cristianos de hoy, aunque las premisas de las que nacen –como veremos, Dios mediante, en el próximo artículo– están muy lejos de los principios teológicos de Lutero”.

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