Algo no cuadra…

Uno de los miembros del Denzinger-Bergoglio, después de asistir a la audiencia de hoy (18 de noviembre), nos escribe lo siguiente: “¿Será la virtud de la vigilancia un mero estado transitorio, menos valioso que una superior actitud acogedora?”. Su inquietud se comprende. Veamos:

La Plaza de San Pedro está menos llena de lo habitual, y no es de extrañar: es la primera audiencia de los miércoles después de los bárbaros atentados de París. Apenas acaba, los medios de comunicación eligen y transmiten frases como estas para resumir las palabras de Francisco:

“Nada de puertas blindadas en la Iglesia, nada, todo abierto”.
“…sería horrible una Iglesia inhospitalaria…”
“…una familia encerrada en sí misma…”
“…custodiar pero nunca rechazar…”
“…la Iglesia es la portera de la casa del Señor. ¡No la dueña!”
“La puerta no debe ser forzada, se pide permiso porque la hospitalidad resplandece en la libertad de la acogida y se oscurece en la prepotencia de la invasión”.

Al oír estas palabras es difícil comparar esa peculiar línea de acción –que ni siquiera los gobernantes laicistas de Francia se atreven a defender delante de la evidencia de los hechos–, con la actitud, por ejemplo, de San Pablo, quien “desde Mileto envió a llamar a los presbíteros de la Iglesia de Efeso” para dar este consejo:

“Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo. Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño” (Hechos, 20, 28-29).

El último tweet de la cuenta de Francisco, justo en la víspera de los mencionados atentados, el jueves 12 de noviembre, reza:

¿Habrá que esperar que las heridas sean hechas para después ocuparse de ellas?

El proprio Jesus, pastor insuperable, parece tener una propuesta diferente: “Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!” (Mc 13, 33-37).