Para Francisco, ¿qué puesto ocupan los sacerdotes en la Iglesia?

Entre tantos aspectos admirables de la vida del gran San Francisco de Asís es conocido que quiso permanecer diácono hasta el final de sus días, jamás aceptando recibir la ordenación sacerdotal, pues por humildad no se consideraba digno de ejercer tan sublime ministerio. Al proceder así no hacía otra cosa que reflejar en su vida el pensamiento de innumerables santos como San Ambrosio, que cualificaba al sacerdocio como “la más augusta dignidad de cuantas hay en este mundo”, o San Efrén que la consideraba “dignidad infinita”. El mismo San Francisco decía que si encontrara a un ángel y a un sacerdote, primero se arrodillaría delante del presbítero y luego delante del ángel. Y San Juan Crisóstomo afirmaba que quien honra al sacerdote, honra a Jesucristo, y quien injuria al sacerdote injuria a Jesucristo.

Con efecto, la doctrina de la Iglesia enseña que el sacramento del Orden es tan elevado que nadie tiene el derecho de recibirlo: es Dios quien elige y llama a ese altísimo estado a aquellos que Él quiere. A estos vocacionados les cabe la augusta misión de desempeñar las funciones de Cristo en cuanto Mediador entre Dios y los hombres, en especial al ofrecer el Santo Sacrificio del altar y al absolver a los pecadores. Llamado a cuidar del rebaño de Cristo, el sacerdote debe servir a los fieles santificándolos, enseñándoles y guiándolos hasta el Cielo, siendo modelo de virtud y fidelidad a Dios.

Al repasar esas ligeras consideraciones acerca del sacerdocio, nadie concluiría que el sacerdote es un hombre común como los demás, ni mucho menos que ocupa el último puesto entre los cristianos…

¡El servicio, esa nota dominante en la vida de un sacerdote! No en vano el nuestro es un sacerdocio ministerial, al servicio del sacerdocio bautismal. Ustedes son, prácticamente, la última realidad del Movimiento fundada por el Padre Kentenich; y esto encierra una gran lección, es algo hermoso. Este ser los “últimos” refleja de modo claro el puesto que ocupan los sacerdotes en relación a sus hermanos: El sacerdote no está más arriba, ni por delante de los demás, sino que camina con ellos, amándolos con el mismo amor de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (cf. Mt 20, 28). Creo que aquí está en esencia lo que el fundador de ustedes quiso para los sacerdotes: servir desinteresadamente a la Iglesia, a todas las comunidades, el Movimiento, para mantener su unidad y su misión. El sacerdote, por una parte, ha de subir al atalaya de la contemplación para entrar en el corazón de Dios y, por otra parte, ha de abajarse —progresar es abajarse en la vida cristiana—, ha de abajarse en el servicio, y lavar, curar y vendar las heridas de sus hermanos. Tantas heridas morales y espirituales, que los tienen postrados fuera del camino de la vida. Pidamos al Señor que nos dé unas espaldas como las suyas, fuertes para cargar en ellas a los que no tienen esperanza, a los que parecen estar perdidos, a aquellos que nadie dedica ni siquiera una mirada… y, por favor, que nos libre del “escalafonismo” en nuestra vida sacerdotal. (Discurso a los participantes en el Capítulo general del Instituto Padre de Shoenstatt, 3 de septiembre de 2015)

Veamos lo que nos enseña el Magisterio de siempre… →