¿Seguir los mandamientos es un deber o una opción?

Entre las muchas comunicaciones que recibimos del mundo entero, dándonos apoyo o incluso ofreciendo utilísimas colaboraciones, nos llegó hace un tiempo, de un hermano sacerdote, una propuesta de estudio de unas palabras pronunciadas por Francisco en una Audiencia General, de aquella serie preparatoria para el Sínodo de los Obispos sobre el tema de la familia. Ya el pedido contenía unas excelentes pautas de análisis y, por eso, queremos ofrecer su lectura a nuestros seguidores. Obviamente, hemos cortado aquellas partes de la carta que pueden revelar la identidad de este presbítero.

Estimados Hermanos Sacerdotes:

¡Felicidades por este gran trabajo!

Soy un sacerdote (…) que trata de enseñar al pueblo la auténtica doctrina católica. Veo con tristeza que las palabras del Vicario de Cristo muchas veces confunden a los fieles, aún a los que las conocen por medios católicos.

Leí un párrafo de la última catequesis del Papa [de 24 de junio de 2015] que me parece siembra confusión en cuanto a la obligación de seguir los mandamientos de Cristo. Es el siguiente:

“Es verdad, por otra parte, que hay casos en los que la separación es inevitable. A veces se puede convertir incluso en moralmente necesaria, cuando se trata precisamente para proteger al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, del enfado o del aprovecharse, de la alienación y de la indiferencia.

No faltan, gracias a Dios, aquellos que, sostenidos por la fe y el amor por los hijos, testimonian su fidelidad y una unión en la cual han creído, en cuanto aparece imposible hacerlo revivir. No todos los separados, sin embargo, sienten esta vocación. No todos reconocen, en la soledad, una llamada del Señor dirigida a ellos. En torno a nosotros encontramos familia en situaciones llamadas irregulares. A mí no me gusta esta palabra. Y nos planteamos muchos interrogantes. ¿Cómo ayudarlas? ¿Cómo acompañarlas? ¿Cómo acompañarlas para que los niños no se vuelvan rehenes del papá o de la mamá?”

Podríamos preguntarnos, ¿acaso los mandamientos deben cumplirlos sólo aquellos que “sienten la vocación de hacerlo”? ¿Si yo no reconozco en el dolor que me causa cumplir los mandamientos de Dios “una llamada del Señor”, por eso dejo de estar obligado a obedecer? Si los mandamientos de Dios son la verdad que nos hace libres y nos marcan el camino de la plenitud, ¿habrá caminos contradictorios para que los hombres lleguemos a ser plenos? ¿Pueden igualmente caminar hacia la santidad quien se siente llamado a obedecer los mandamientos de Dios y quien no se siente llamado a hacerlo?

Me parece que el Papa Francisco contradice lo que San Juan Pablo II dijo en Familiaris Consortio, n. 34:

Ellos [los esposos], sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. “Por ello la llamada ‘ley de gradualidad’ o camino gradual no puede identificarse con la “gradualidad de la ley”, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad.

La Escritura es también clara respecto a que no se puede alcanzar la vida eterna si no se cumplen los mandamientos: “¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios” (1 Cor 6, 9-10).

El Papa dice que no le gusta llamar “irregulares” a las uniones que la Biblia llama “adulterio”. Cabría hacerle la pregunta: ¿Cómo le gustaría que las llamáramos? ¿matrimonios? No podemos dejar de llamar a los cosas por su nombre, porque los fieles podrían confundirse y no distinguir entre lo bueno y lo malo.

Se nos aplicaría aquella advertencia de Isaías”: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is 5, 20).

Espero que algo sirva esta información, pues me parece que esta parte del mensaje del Papa puede causar mucha confusión y no he encontrado en la red comentario alguno al respecto.

Rezo por ustedes para que Dios les bendiga y siga dándoles su sabiduría.

Casi podemos decir que en esta excelente propuesta ya está hecho el estudio, pero siempre nos cabe profundizar en las riquezas del Magisterio. Y meditando sobre estas palabras, nos vienen a la mente las palabras, tan consoladoras, del Salvador: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30). Son estas palabras alentadoras para tantos cristianos que tienen que enfrentar dificultades para ostentar con altivez el nombre de Nuestro Señor en este mundo apóstata. Es el caso también de aquellos que después de sufrir el abandono del cónyuge ahí encuentran fuerza para seguir fieles a Dios en su nueva situación. La soledad no es una compañera muy deseada, la perspectiva de una vida sin familia puede parecer triste y amarga. Pero todavía es posible encontrar la felicidad en este estado. El ejemplo de los santos y la doctrina de la Iglesia es muy clara: la verdadera felicidad y paz está en hacer la voluntad de Dios, cumpliendo sus mandamientos.

El que se aparta de los mandamientos de Dios y sucumbe bajo el peso de sus pasiones pierde la serenidad, y se verá obligado a cargar un yugo pesado en demasía.

Por eso, no podemos dejar de advertir a los que vacilan entre la fidelidad y el pecado, que una unión fuera de la ley de Dios no es la solución para mejorar a sus vidas. La solución está en confiar en Dios y seguir sus preceptos. No hay un tercer camino con respecto a los mandamientos de Dios: o los cumplimos o los transgredimos. En el primer caso, entraremos en la felicidad eterna, en el segundo, recibiremos el castigo eterno. Veamos lo que nos enseña el Magisterio bimilenario sobre este asunto→

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