¡La fe católica no es la fe del Islam!

A finales del siglo XVI Valencia conoció un Arzobispo que marcó su historia y la de la Iglesia, siendo elevado a los altares en 1960 por Juan XXIII. San Juan de Ribera fue un verdadero buen Pastor que no se contentaba con cuidar de los fieles que vivían en su diócesis sino que iba en busca de nuevas ovejas. Uno de sus más grandes preocupaciones fue convertir a los seguidores de Mahoma a la fe católica, y después de convertidos, que fueran bien instruidos. Consciente de que Nuestro Señor murió en la cruz por todos, no quiso que hubiera almas bajo su custodia que no fuesen bañadas por la Preciosa Sangre del Redentor. Y tan importante era esta misión para él que, a pesar de las numerosas responsabilidades inherentes a su cargo, él mismo iba todos los domingos a predicar a los moros convertidos. En su catecismo escrito específicamente para uso de los sacerdotes que instruían a esos conversos explica:

“Se tratan todas las materias necesarias para instruir un infiel a la Fe del Evangelio; y particularmente el que hubiere seguido la secta de Mahoma. Porque no sólo muestra con razones y conveniencias naturales y morales la pureza y hermosura de nuestra santa Fe; pero hace demonstraciones de la torpeza, y desatinos que hay en la secta de Mahoma. Y en lo uno y en lo otro procede con tanta claridad de razones y conceptos, y con tan llano estilo, que se conoce bien el cuidado y diligencia que puso en conmensurar y acomodar la escritura al talento de los que habían de ser enseñados. Pero de tal manera hace esto, que también los doctos hallarán ahechadas las verdades de nuestra sancta religión, y probadas con lugares de la Sancta Escritura, y de los Santos Padres que la declararon”. (Catecismo. Carta del Patriarca y Arzobispo de Valencia Don Juan de Ribera a los rectores, predicadores, y confesores de su Arzobispado, fols. 2-3vº)

En la vida y escritos del santo arzobispo no encontramos palabras que puedan interpretarse como deseo de “compartir de la fe” con los musulmanes. Por lo contrario, la sed de almas, el sincero amor al hermano y la seriedad con que se tomaba su vocación pastoral tornaron patente la necesidad de demonstrar la “torpeza y desatino que hay en la secta de Mahoma”. ¿Habría actuado mal? ¿Podemos deducir que el deseo de salvar a los otros hizo que no viese las “convicciones comunes” entre los seguidores de Mahoma y los de Jesucristo? La enseñanza del Papa Pablo VI hecha 300 años después nos permite comprender mejor la actuación del santo: “Nuestra religión instaura efectivamente una relación auténtica y viviente con Dios, cosa que las otras religiones no lograron establecer, por más que tienen, por decirlo así, extendidos sus brazos hacia el cielo.” (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 53, 8 de diciembre de 1975)    

¿Encontramos semejanzas entre esta doctrina y las enseñanzas de Francisco? ¿Estará verdaderamente trabajando por la salvación de los seguidores de la “secta de Mahoma”… y por el bien de la Iglesia? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio…

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