Pobreza, ¡cuántos errores se propagan en tu nombre!

“¡Libertad, libertad! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, fueron las últimas palabras pronunciadas por Madame Roland, destacada partidaria de la Revolución Francesa, antes de colocar su cabeza en el cepo para ser guillotinada. La frase se hizo célebre por expresar con suma claridad las manipulaciones a que están sujetos determinados conceptos, pues esta mujer era condenada en nombre de los mismos falsos ideales de libertad, igualdad y fraternidad que antes había defendido.

Cada época tiene sus coletillas que, cuidadosamente empleadas, sirven para soliviantar a las masas o para mover aquellos intereses humanos bajo cuya sombra se urden las revoluciones. Si en aquel entonces el talismán era la “libertad”, en nuestros días no parece muy exagerado afirmar que sea la “pobreza”.

En sus dos mil años de historia, la Iglesia siempre se distinguió por su amor y desvelo maternal hacia los pobres, tanto que muchos Pontífices hablaron de una “opción preferencial” por ellos. Sin embargo, el sentido de esta penosa condición a que el hombre está sujeto parece estar sufriendo una extraña metamorfosis… ¿Qué nos enseña el Magisterio sobre la pobreza? ¿Por qué la Iglesia se preocupa por los pobres, y cómo comprendió siempre esta ardua condición humana? ¿La Iglesia debe ser pobre? ¿En qué sentido? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio ⇒