¿Los divorciados vueltos a casar son amigos de Dios?

¿Quién no ha pasado por la dolorosa situación de asistir a un ser querido en sus últimos momentos de vida? Cuando se produce el desenlace final, sufrimos al velar su cadáver, inerte pero todavía tan amado…. la muerte es cruel, pues no se sacia con arrancar la vida… si no enterramos el cadáver, una peligrosa podredumbre se extenderá a su alrededor poniendo en riesgo la salud de los demás. No nos queda otra solución sino enterrar los despojos de aquel a quien tanto amábamos. Si existiera la posibilidad de alejar la muerte de nuestros familiares y amigos, no mediríamos esfuerzos para conseguirlo. Algo parecido ocurre dentro de la Iglesia.

Como Madre de todos los fieles, ella tiene muchos hijos, algunos vivos y otros desgraciadamente muertos… No físicamente, pero sí espiritualmente y, por lo tanto, separados de Cristo por el pecado mortal. Éste expulsa la vida divina de nuestras almas, nos reduce a miembros muertos de la Iglesia y nos excluye de los bienes divinos. Quien cae en la desgracia de morir en este estado sufrirá eternamente los tormentos del Infierno.

Los miembros vivos de la Iglesia, hermanos de los miembros muertos, tienen la obligación de no medir esfuerzos en rescatar estas almas de su infeliz estado. Un caso particular es el de aquellos que públicamente viven en pecado mortal. En una sociedad donde la institución familiar es cada vez más perjudicada, tal estado público de pecado se manifiesta con particular virulencia con los divorciados que se vuelven a casar por la vía civil. Es doctrina clara de la Iglesia que una nueva convivencia conyugal posterior al primer vínculo matrimonial constituye adulterio, y que el adulterio es un pecado mortal.

Tal como estaríamos dispuestos a hacer de todo para defender a nuestros familiares de una enfermedad contagiosa, mucho más debemos guardarlos de ser atrapados por las garras de esa terrible plaga que tantas víctimas va haciendo por el mundo entero. Y, como no, con gran amor, debemos hacer todo lo posible para rescatar a las almas que se encuentran en situación tan infeliz. Ahora, en ese procedimiento, es necesario actuar con toda delicadeza, cautela y seriedad para evitar que, mientras unos se levantan, otros vengan a caer. Son dos los problemas: proteger a los miembros vivos del contagio mortal y ayudar a los muertos para que regresen a la verdadera vida de la gracia. La ayuda dada a unos no puede desanimar a los otros.

Como siempre la Iglesia tiene las respuestas sobre cómo proceder delante de esta difícil situación. Pero, tal como en la medicina, no siempre el remedio es agradable, aunque sí lo sean sus resultados cuando es aplicado con sabiduría. Leamos lo que el Magisterio nos enseña … Ver más →

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