Quien vive pública e impenitentemente en pecado no puede custodiar la fe de nadie

Desde el principio Dios estableció el matrimonio como una alianza indisoluble y le concedió “la única bendición que no fue abolida ni por la pena del pecado original, ni por el castigo del diluvio”. Jesucristo, elevando el matrimonio a la dignidad de sacramento no solamente hizo con que esta unión fuera más indisoluble y santa, como también quiso que se convirtiera en el reflejo de su misma fidelidad a la Iglesia.

Si analizamos las páginas de la Historia, constatamos que en diversas épocas el divorcio y el repudio fueron actitudes reconocidas y vigentes. La Iglesia, no obstante, desde siempre tuvo el divorcio como un pecado grave y los Papas nunca se cansaron de amonestar a los cristianos para que no se dejaran contaminar con estas costumbres paganas.

Es tradición en la Iglesia que el neófito tenga un padrino. Este encargo lejos de ser apenas un compromiso social —como tristemente muchos creen hoy día—, conlleva graves obligaciones como la de educar en la fe o ser ejemplo en la observancia de los mandamientos y en la virtud. “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí —dijo Jesús—, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!” (Mt 18, 6-7). Por eso la Iglesia con la sabiduría que la caracteriza —sabiduría esta conferida por su Divino Esposo—, desde tiempos inmemoriales decretó que solamente pueden ser admitidos como padrinos de bautismo personas católicas y que lleven una vida congruente con la fe. Por lo tanto, aquellos que viven pública e impenitentemente en pecado grave no pueden ser admitidos a la especial misión de custodiar la fe de nadie. Leer más ⇒

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