Quo vadis, Francisce?

En todos los tiempos, las historias -reales o idealizadas- de héroes nacionales han hecho vibrar los corazones de los jóvenes. En la adolescencia se sueña con grandes realizaciones fruto de aquel brío desinteresado y del amor al ideal que esta edad suscita. A tales corazones, ardientes e deseosos de épico, la Iglesia siempre presentó modelos que estimulasen la verdadera valentía, el heroísmo por antonomasia, el desinterés más genuino, en una palabra, la santidad. ¿Quién no se emociona con la vida arrojada de jóvenes como Santa Inés, San Luis Gonzaga o Santa María Goretti? ¿O con los propósitos juveniles, llevados con determinación hasta años más maduros, de un San Ignacio o de un San Francisco? ¿Cuál de ellos no enfrentó riesgos con una valentía heroica? Estos santos son ejemplo para los jóvenes y adultos de todos los tiempos. Lucharon y conquistaran la mayor de las batallas, la lucha contra sí mismo, contra sus pasiones y debilidades con las armas de la oración, del sacrificio y de la virtud.

En cierto momento de la historia apareció súbitamente otro tipo de “heroísmo” caracterizado por una dudosa abnegación en función de peligrosas utopías para cuya difícil consecución, si inciertos eran los medios que se usarían, mucho más lo eran los frutos que arrojarían. El historiador suele revelar que, muchas veces, por detrás de ese supuesto desinterés se movían espurios intereses personales o el deseo de saciar las más bajas pasiones. Es que, en el fondo, en esos “héroes” de marioneta no había verdadera entrega por un ideal, sino el egoísmo manipulado por manos ocultas con intereses ideológicos muy concretos. El grito de “revolución”, sea bajo los estruendos de la pica y la guillotina, bajo la hoz y el martillo, o bajo las mil y una facetas que adquirió sobretodo en los últimos siglos, fue la excusa perfecta para manejar los más bajos instintos, cuántas y cuántas veces con la finalidad de destruir la Iglesia Católica, las sanas costumbres o instituciones venerables y milenarias. Por todo eso, la palabra “revolución” viene acompañada de unas connotaciones que ningún católico puede aceptar… y cabe preguntarse, ¿alguien puede imaginar a los jóvenes que mencionamos al inicio enarbolando la bandera de alguna revolución? ¿puede ser ese el grito de guerra de la santidad?

Últimamente vemos otra derivación de la palabra “revolución”. Ahora se dice “hacer lío”. Dentro de la Iglesia se incentiva el “lío” a todo vapor. Lío en las calles, en las diócesis, en las familias, en la sociedad. Lío, lío, lío. ¿Ese fue el designio de Jesucristo para su Iglesia? ¿Qué pensar de todo esto? Y lo más sorprendente, es cuando hace dos días, como término de su viaje al Continente de la Esperanza, se oye al mismo que debería ser el Dulce Cristo en la Tierra: “Ayúdenme para que siga haciendo lío” (Paraguay, 11 de julio de 2015).    ¡Continúa leyendo!⇒

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7 thoughts on “Quo vadis, Francisce?

  1. Qué tontería más grande. Es un término que usó para referirse a que Nuestro Señor no quiere una Iglesia dormida. Fue un llamado a la conciencia, a despertar de la comodidad. Y utilizó esa palabra, muy común en Argentina, para llegar al corazón de los jóvenes y lo logró. Solamente que ustedes la sacaron de contexto. Hermenéutica dice el Papa.
    Por favor hermanos tengamos cuidado en juzgar porque eso le corresponde a Dios.
    A veces tantos libros, tanto estudio y tanta preparación académica e intelectual nos alejan del verdadero mandamiento que dejó el Señor: Amarnos los unos a los otros. Pero parece ser tan difícil.

  2. Cuidemos también el castilla, por favor: se dice «espurios», «designios», etc. No deben omitirse los acentos ni ponerlos donde no van, ni redactar, v.g.: «a tales corazones, ardientes e deseosos de épico…».

  3. Gracias, por aportar luz en estos momentos tan oscuros. Qué Dios los bendiga y la Santísima Virgen guíe sus pasos. Necesitamos de sacerdotes que hablen con la verdad.

  4. Estimados:
    Muy buena la página, pero cuidemos el latín. En este caso el nombre va en votativo. “Quo vadis, Francisce?”

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