Derechos e igualdad, ¿fuente de justicia y paz?

“Seréis como Dios” (Gn 3, 5). Cayendo Eva en la tentación que la serpiente le propuso en el Jardín del Edén, las consecuencias fueron inmediatas y desastrosas para nuestros primeros padres: expulsión del paraíso, pérdida de los dones sobrenaturales y preternaturales y una vida de sufrimientos. La pretensión de ser “igual que Dios” fue la causa de todos los males que existen en el mundo. Esa misma tentación se repite en el interior de los hombres aún hoy. La ilusión de no tener superiores incita al hombre a creer que la tranquilidad proviene de la total igualdad de medios, posición y responsabilidades.

Delante de las necesidades de los más pobres la Iglesia como Madre que es, nunca quedó indiferente. De sus inagotables fuentes, nacieron institutos de caridad dedicados no sólo a dar de comer a las personas, sino, mucho más a hacerlos sentirse amados y queridos. Ella supo también instruir a los más favorecidos a practicar la generosidad y retirar de lo suyo para dárselo al prójimo. Este desvelo del superior hacia el inferior creaba la mutua estima y armonía entre las diversas clases sociales, clases que no eran compartimentos estanques entre sí, sino que vivían en constante comunicación. El beneficiado queda agradecido por la ayuda recibida y desea el bien al otro, que por el afecto y gratitud del primero es movido a conceder siempre más favores. Conclusión: donde reina el amor fraterno, hay justicia pues cada uno recibe naturalmente lo que merece. Y donde hay justicia, se establece una sólida paz. Pero un amor fraterno donde unos se sacrifican a favor del prójimo sólo puede nacer del amor a Dios. Al contrario, cuando todos quieren ser iguales reina el egoísmo y nos preguntamos: ¿cuál es la verdadera causa de injusticia? ¿Cuál es la enseñanza de la Iglesia sobre la igualdad social? ¿Es ésta realmente la solución para lograr la paz? Continúa leyendo⇒

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