En pocas palabras, cuánta profundidad… ¡un tenebroso abismo!

A nadie le resulta raro que, en determinadas circunstancias o ambientes, se hagan bromas a propósito de los más variados asuntos. Es un recurso para hacer más agradables las relaciones humanas, siempre que se haga con equilibrio y respeto. En ese sentido, cualquiera es capaz de comprender que ciertos ambientes o situaciones no permiten una expresión graciosa, y aún más cuando la posición de quien la dice es más elevada. Por ejemplo, ¿qué se pensaría de un jefe de Estado que contara un chiste al dirigir unas palabras en la capilla ardiente de una víctima del terrorismo?

Pues bien, tan alta es la dignidad del Vicario de Jesucristo que su misión siempre ha estado rodeada de un alto grado de solemnidad, incluso en las ocasiones que se dirían más informales.

Por eso, varios lectores nos escribieron un poco sorprendidos con las palabras de Francisco que analizaremos en esta entrada, dichas en un ambiente acaso restringido, informal y despreocupado, pero que terminan recayendo sobre un tema bastante serio, y en un mundo en el que nada queda desconocido, tal la expansión que a cualquier cosa dan los modernos medios de comunicación, especialmente hablando con periodistas. En fin, cabe preguntarse qué grado de conciencia podemos encontrar en el sentido más profundo de esas palabras considerando que, en los últimos años, entre los pastores celosos ha causado tanta preocupación la gran expansión que vienen alcanzando ciertas formas de religiosidad. Quién somos nosotros para juzgar… pero por lo menos sí se puede esperar un poco más de circunspección en las palabras de aquel que debe ser el guía de todos los católicos. Sobretodo, esperamos que aquí no se realice el sentido del dicho popular: “Entre broma y broma, la verdad asoma”. Entra en nuestro estudio ⇒