“Quién soy yo para juzgar”. El Sumo Pontífice y la suprema potestad de juzgar bajo el yugo de la dictadura del relativismo

Desde la Antigüedad, al constituirse el hombre en sociedad, la potestad de juicio ha sido atribuida a personas o grupos cualificados para juzgar las cuestiones o delitos que suele haber en la convivencia humana. En el Antiguo Testamento Moisés manda que sean elegidos hombres sabios, prudentes y expertos de entre el pueblo para guiar y juzgar las tribus en sus asuntos y pleitos, pues él solo ya no podía más (cf. Dt 1,12-17). Desgraciadamente, la miseria humana fue corrompiendo muchos de los que tenían tal encargo y, ya en su tiempo, Jesús fue muy severo con los que, en su hipocresía, apuntaban la “mota del ojo” de sus hermanos para juzgarlos y no arrancaban la “viga” del suyo (cf. Mt 7, 3). Por eso advirtió en el Sermón de la Montaña: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros” (Mt 7, 1-2).

Sin embargo, más adelante enseñó cómo se debe juzgar: “No juzguéis según apariencia, sino juzgad según un juicio justo” (Jn 7, 24). A Él le ha sido “dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre” (Jn 5, 27), y cuando otorgó el primado apostólico a Pedro, por el “poder de las llaves” lo constituyó juez supremo de su Iglesia, invistiéndole de autoridad para juzgar y condenar lo malo o aprobar lo laudable. Este poder de juzgar se extiende, naturalmente, en todo el ámbito de la moral del hombre, inclusive cuando ésta entra en la esfera temporal. He aquí la grave responsabilidad de quien asciende al Solio Pontificio. “Si has sido constituido juez, si has recibido poder de juzgar, si le acusan ante ti y resulta convicto del pecado mediante pruebas verídicas y testigos veraces, coacciónale, corrígele, excomúlgale, degrádale, en conformidad con la norma eclesiástica. Manténgase despierta la tolerancia de tal modo que no duerma la disciplina” (Sermón 164, 7,11), amonesta San Agustín. Sobre todo en nuestros tiempos de confusión, el Papa tiene la obligación de ser el “eco fiel y la interpretación auténtica de la convicción permanente de la Iglesia” ―¡que no es un conjunto de “propias opiniones”!―, especialmente cuando se trata de temas tan actuales y graves, como la cuestión de la homosexualidad y las ideologías que la acompañan con el objetivo de subvertir el orden moral hasta sus raíces. De lo contrario, desafortunadas y ambiguas declaraciones conllevan intolerables concesiones aun, duele decirlo, por parte de muchos de los pastores que deberían defender la verdad. “El pastor que no corrige a sus ovejas dará cuenta a Jesucristo de los males que les sucedieren”, avisa San Alfonso de Ligorio. Entra en este importante estudio del Denzinger-Bergoglio →

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