La llamada cultura del encuentro frente a la perennidad del Evangelio

Europa es, sin lugar a dudas, el único continente cuyos límites no son definidos por criterios geográficos, pues según éstos no es más que una península de Asia. A Europa la define una civilización común. Ésta fue modelada en sus orígenes por la Santa Iglesia Católica y mientras los valores verdaderamente cristianos regularon la vida de los pueblos europeos, su influencia a nivel mundial fue hegemónica y su progreso en todos los aspectos –no sólo los materiales– imparable. En sentido opuesto, es consecuencia evidente que cuánto más se apartan de ellos, su horizonte se tiñe de un color cada vez más oscuro. León XIII, al comparar la agitada época que le tocó vivir con los “afortunadísimos tiempos en los que la Iglesia era respetada como madre”, señalaba como la paz, tranquilidad y riqueza de una sociedad es fruto de la Iglesia, y que las mejores instituciones y hasta la verdadera cultura surgían cuando los pueblos eran sumisos a sus leyes. Nosotros ponemos el problema: ¿para mejorar la situación trágica de los días en que vivimos, debemos buscar un intercambio de valores con religiones o ideologías que jamás producirán los frutos que la Santa Iglesia engendró? ¿Acaso el mandato de Jesús de “ir al mundo entero y proclamar el Evangelio” (cf. Mc 16, 15) cambió por: “ir al mundo entero y aprender con los infieles”? Veamos la respuesta →