¿Dios está en la vida de todos? Sí, pero, ¿de qué manera?

San Pablo enseña que las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada no son suficientes para separarnos de Dios (Cf. Rm 8, 35). Ahora bien, ¿se podría decir lo mismo de los vicios, la droga o cualquier otra cosa sin distinción? ¿Tampoco pueden extirpar la presencia de Dios en nosotros? Pregunta análoga se podría formular si esto nos lo propusieran como certeza dogmática… Y las preguntas se comienzan a multiplicar. Porque no queda claro si Dios habita de la misma manera el alma de un buen cristiano que practica los mandamientos, aunque con dificultad y sufrimiento y hasta caídas, que en la de un pecador que no busca a Dios y además lo desprecia viviendo de forma escandalosa.

La verdad es que este tema tiene muchos matices y no puede ser, de ninguna manera, tratado con ligereza. Una certeza dogmática, desde luego, no admite ambigüedades o lagunas a la hora de ser transmitida. Gracias a Dios, la teología católica nos aclara cuáles y cómo son las presencias de Dios en nuestras vidas. Veamos →