Las cosas claras y el chocolate espeso… ¡no! Hay que abrir nuevos espacios

Santo Tomás de Aquino desveló en cierta ocasión uno de los secretos que permite entender mejor la unicidad y el brillo de su obra intelectual. Adaptando un poco los términos, él explicaba que nunca avanzaba en el desarrollo de un pensamiento, en la búsqueda de una respuesta, si no tenía plena seguridad de que sus pasos anteriores estaban fundamentados en verdades incuestionables. En este sentido, no es difícil encontrar elogios del magisterio de la Iglesia a los grandes doctores por su claridad e seguridad, características que permitieron a la Iglesia explicitar su doctrina sobre terreno firme y, a continuación, ponerla al alcance de todos los fieles con facilidad y sin misterios. Así son las enseñanzas de los Papas desde hace dos mil años, cumpliendo una exigencia del Salvador al traer la buena nueva: “Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno” (Mt 5, 37). Tampoco supone novedad el método de la Iglesia al exponer con claridad sus normas disciplinares para orientar sus fieles en el camino de la salvación.

Pues bien, ¿sería este un camino que no lleva a encontrar nada, una visión estática e involutiva que transforma la fe en una ideología cualquiera? Veamos lo que a este respecto nos dice hace 2000 años la Iglesia.

Print Friendly, PDF & Email